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Aragón

Cuando las plañideras desaparecieron de los velatorios de los pueblos

La cultura popular impuso antaño numerosos rituales de protección y recuerdo en torno a la muerte y el enterramiento. 

M. Penacho. Zaragoza Actualizada 01/11/2015 a las 13:26
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Una mujer limpia una lápida en el cementerio de Alcañiz.F. J. Saenz Guallar

"A los muertos se les quiere y a la vez se les teme, y eso se ha mantenido a lo largo de la historia de la Humanidad: se han labrado unos lazos de afecto con ellos por la relación en vida, pero se les teme por la propia definición esencial de la muerte, por lo que puede haber de incógnita del más allá". Y en esa ambivalencia, la cultura popular en Aragón ha dictado numerosos rituales para perpetuar el recuerdo, pero también en una obsesión de protección de las almas de los fallecidos y también de los vivos.

"Todavía es tradicional en algunos sitios del Pirineo salir con esquilones a la calle por las noches para espantar muertos, aunque ya no con esa intención antropológica permanece el ritual; al igual que antes se tocaban campanas en los pueblos del Moncayo para que las almas de los muertos no volvieran a los pueblos", explica el periodista e investigador Alberto Serrano Dolader.

Del ayer a hoy del hecho fúnebre han cambiado muchas cosas, las personas finalizan sus días en los hospitales, y no en las casas, se vela en tanatorios y espacios públicos, y de la gestión de la muerte se encargan empresas especializadas. "En la sociedad contemporánea la muerte es apartada, ocultada como si se tratara de un nuevo tabú", apunta el antropólogo turolense Francisco Javier Sáenz Guallar, en contraposición a los modos de vivir la muerte como parte de la vida de las sociedades tradicionales.

'La muerte en Aragón', obra publicada en 1995 por Rafael Andolz, es uno de los pocos estudios en los que a través del relato imaginado del deceso del abuelo de una familia altoaragonesa y en base a la tradición oral, se recorren hábitos y obsesiones que rodeaban el ritual mortuorio, desde que se preparaba el cadáver con ayuda de las 'amortalladoras' hasta días después del enterramiento, en una sucesión de costumbres marcadas por la simbología y el temor al más allá, y donde muchas veces el fin y el principio de la vida se daban la mano. Como en Fraga, cuando a los vestidos de las ancianas fallecidas se les cosían las puntillas de los faldones de bebés en una especie de cierre del ciclo de la vida.

La costumbre de colocar a los cuerpos en el suelo o en una mesa con velas, de vestirlos con sus mejores galas o incluso con trajes de novia a las mujeres -entonces oscuros-, se explican en este relato, en el que queda patente la obsesión secular de todas las culturas por que las almas no quedaran vagando en pena en el mundo terrenal. "Hasta hace 50 ó 60 años se pensaba que antes de ir a esa residencia definitiva las almas permanecían en el entorno en el que se había producido el óbito en una situación de confusión", explica Serrano Dolader, de ahí creencias en algunos enclaves como cubrir o quitar los espejos para que las ánimas no quedasen enredadas en ellos, dejar sin zapatos a los muertos para que no pudieran volver al mundo terrenal o atarles un pañuelo de la barbilla a la cabeza para mantenerles la boca cerrada y que fuera imposible el retorno a su cuerpo carnal o que este fuera ocupado por malos espíritus. "El resorte es el mismo que el de las fiestas de Carnaval, cuando a los niños se les llevaban a comidas como las de Jueves Lardero, para que tuvieran la tripa llena y no pudieran ser ocupados por otro espíritu, ésa es la explicación antropológica primigenia", apunta Dolader.

Crucifijos, rosarios, escapularios o bulas de Cuaresma se metían en las cajas mortuorias como pasaportes para la salvaguarda del alma en la otra vida.

Socialización del dolor

Si las mujeres amortajaban los cuerpos, era tarea de los hombres comunicar la defunción con mecanismos extendidos en algunas sociedades rurales, como la de colocar trapos negros en las cabañas o el ganado del propietario fallecido.

Las condiciones del deceso en los pequeños pueblos imponían estrechos lazos de solidaridad vecinal, una socialización del dolor que giraba en torno a la casa de los difuntos. En los pueblos de todo Aragón fueron habituales las plañideras, lloraderas y rezadoras -mayor en número en función del rango social del entierro-, y el velatorio acababa siendo una reunión social en la que se repartían pastas y licores y, si la defunción era de una persona mayor y no contaba con elementos que añadieran drama, la velada acababa animándose. "Yo lo viví con mi abuelo, esas reuniones acaban siendo una pequeña fiesta, con comentarios animados y contando chistes, a mí me impresionó mucho, porque la gente al final se reía, pero yo era pequeño y era mi abuelo", recuerda por su parte Francisco Javier Sáenz Guallar.

Cementerios

Hasta la llegada de los coches motorizados, el estatus social del difunto también lo marcaba el tipo de carruaje que conducía hasta los cementerios, un itinerario fúnebre que en muchos pueblos de Aragón se sigue haciendo a pie.

Los camposantos también han marcado muchas tradiciones y cómo ha cambiado la visión de la muerte para los vivos. En pequeños enclaves del Pirineo quedan preciosas rémoras de antiguos camposantos junto a las iglesias, como era costumbre hasta que llegaron las corrientes higienistas del siglo XVIII y alejaron de los núcleos urbanos los enterramientos. Espacios de dolor y recogimiento que describen estatus sociales, corrientes artísticas y las distintas formas de vivir la muerte de los seres queridos. Por ejemplo, en Teruel, "en los pueblos más pequeños y con menos recursos, salvo excepciones, lo habitual ha sido inhumar con tumbas sencillas en la tierra -explica Sáenz Guallar-. Hasta hace poco, si no se contaba con enterrador, siempre había una fosa cavada y los familiares de cada nuevo entierro se responsabilizaban de abrir la sepultura para el siguiente". Con la campaña llevada a cabo a finales del siglo pasado por parte de la Diputación de Teruel para construir nichos, cambió la fisonomía de los camposantos y se impuso la nueva costumbre de las tumbas perdurables: "al enterrar en tierra el cuerpo se descompone más rápidamente, mientras que en el nicho el resto perduraba un poco más y se tenía la sensación de tener más tiempo al familiar".

Cementerios que a través de la mortandad que describen lápidas y monumentos cuentan la historia de sus enclaves, como la Guerra Civil y o la posguerra. "En los cementerios turolenses se ve cómo los muertos franquistas suelen estar enterrados en grupo y se han levantado mausoleos en su honor, y los republicanos se ven en las cunetas o inhumados en tumbas individuales en las que hasta hace poco no se podían poner epitafios alusivos a su condición", explica el antropólogo como se ve en cementerios como los de Alcañiz o Valdealgorfa, entre muchos otros.







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