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Aragón

Ramón Bernard: "Si esto pasa en España, un país desarrollado y moderno,¿qué pasaría en Costa de Marfil si hubiera algún caso?"

Sacerdote zaragozano misionero en costa de marfil desde el año 1970

B. T. 16/10/2014 a las 06:00
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La psicosis que se vive en España por la infección de la auxiliar de enfermería madrileña ha atravesado fronteras y ha llegado incluso a los países africanos más amenazados por el virus del ébola. Ramón Bernad, sacerdote zaragozano, miembro de la Sociedad de Misiones Africanas, lleva desde 1970 viviendo en Costa de Marfil, un país en el que, de momento, –según explica el religioso a través de internet– no se ha registrado ningún caso, aunque de vez en cuando "se oyen rumores de algún contagio en pueblos fronterizos con Liberia o Guinea Conakry (que junto a Sierra Leona son los países de África occidental más afectados por la enfermedad) o se dice que el gobierno oculta los casos". 

Bernad reconoce que está al tanto de lo que ocurre en España: "Por las noticias que leo, en España se está viviendo una gran psicosis. Como aquí no hay ningún caso –dice– no vivimos con esa inquietud, pero lo que ha pasado en España podría pasar aquí. La gente de Costa de Marfil está enterada, lo han visto por la tele y se dicen: “Si eso pasa en España, un país desarrollado y moderno, qué pasaría aquí si hubiera algún caso”. Temen que el contagio sería muy rápido".

Atentos a otras enfermedades 

El misionero zaragozano explica que en el país africano hay una "gran sensibilización". "Se han hecho ensayos en muchos hospitales, hay anuncios avisando de cómo prevenirse del ébola, pero falta equipamiento y material. La gente está más mentalizada con las muertes producidas por el paludismo, el sarampión, la meningitis, tuberculosis o sida. Y ahora, que venga el ébola, ya sería demasiado", asegura. 

Como efectos del miedo al contagio del ébola, Bernad recuerda que las fronteras terrestres, marítimas y aéreas de Costa de Marfil están cerradas y el ejército marfileño está desplegado a lo largo de toda la línea fronteriza para impedir el paso de la población que viene de esos países infectados. "Pero las fronteras son muy porosas –explica– y la gente sigue pasando por senderos en la selva". 

En cuanto al día a día, el sacerdote apunta que el miedo al contagio ha hecho variar costumbres muy arraigadas en el país: "La gente sigue con preocupación lo que pasa en esos países, (...) no se imaginan que puedan quedarse incomunicados, les parece horrible; como una pesadilla. Eso les hace comprender la gravedad de la epidemia y les hace aceptar ciertos cambios en las costumbres, sobre todo culinarias". Por ejemplo, cuenta que les ha costado mucho dejar de comer roedores y murciélagos. Y que expresiones de alegría como estrecharse las manos o darse tres besos se han suprimido. En lugares como hospitales o centros de salud, el personal va con guantes y mascarillas y al entrar a los bancos y otras oficinas se dan unas gotas de desinfectante.
 







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