En el siglo XIII, los mongoles lograron dar forma al mayor imperio de la Historia. Con un ejército de poco más de 100.000 hombres, consiguieron controlar más de 20 millones de kilómetros cuadrados, desde el extremo oriental de Asia hasta casi las mismas puertas de Viena. Siendo, como son, un pueblo de cultura nómada, apenas han dejado a lo largo de la historia testimonios de su cultura. Pero algunos de esos testimonios, los más destacados de entre los que se conservan en los museos estatales, se exhiben al público desde hoy en la Lonja.
La muestra ‘Un día en Mongolia’, organizada por la Fundación La Caixa y comisariada por Claudius Müller, director del Museo Nacional de Etnología de Múnich, reúne 152 piezas que muestran cómo vive, y cómo entiende la vida, un pueblo que ha sabido mantener sus costumbres más ancestrales durante miles de años.
Las piezas se estructuran en tres grandes bloques, que explican las formas de vida en la ‘ger’, la tienda mongola (se incluye una auténtica, montada en el interior de la Lonja); las tradiciones (la indumentaria, el nomadismo, la relación con los animales, la música y el ocio), y las formas de vida religiosas (el chamanismo y el budismo). Según aseguraba ayer Luis Reverter, secretario general de la Fundación La Caixa, "en la muestra no hay objetos de grandes dimensiones, pero es que los mongoles no los tienen. Por su carácter nómada no pueden llevar consigo objetos de grandes dimensiones. Tampoco se han conservado objetos extremadamente antiguos. Casi todo lo que se muestra aquí es del siglo XVIII, XIX y XX".
La exposición no acusa lo más mínimo esos condicionantes. En lo artístico, hay piezas espectaculares, como la pintura ‘Un día en Mongolia’; en lo etnológico, todo un tesoro, que va desde un cepillo de caballo realizado con el pico de un pájaro, hasta vasijas, platos o juegos de mesa. Mención especial requieren los abalorios y joyas, que por razones obvias los mongoles cargan encima; los objetos relacionados con sus religiones, especialmente la chamánica; y, sobre todo, la indumentaria, de la que la exposición reúne piezas destacadísimas, como un vestido ‘tsam’ en cuyos bordados hay referencias a la muerte.
Toda la exposición sirve para explicar cómo vivían aquellos que Marco Polo definió como "centauros indómitos capaces de pasar días y noches sin bajar del caballo, alimentándose con la sangre de las cabalgaduras". La muestra llega acompañada de un ciclo de conferencias y otro de cine, además de actividades didácticas.