Mucho más que un torero

Florentino Ballesteros (1893-1917)


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Florentino Ballesteros (1893-1917), a quien va dedicada la Feria de San Jorge por cumplirse un siglo de su muerte, fue mucho más que un torero en Zaragoza. Su triste origen, su doliente infancia y su hombría, condición que expuso dentro y fuera del ruedo, hicieron de él un héroe tan fugaz como fulgurante. Nació en la calle del Caballo, pero con solo un mes lo abandonaron en la puerta del Hogar Pignatelli. Desde allí lo trasladaron a Loscos, donde tomó la lactancia, y a Calatayud, localidad en la que permaneció hasta su regreso a la capital aragonesa.

Ensayando la suerte de matar frente a un carretón.

Con 10 años comenzó a ejercer como pintor de brocha gorda en el Hospicio, actividad que compaginaba con los ensayos en la banda de música. Cuentan que aprendió a tocar el clarinete con el único objetivo de entrar a la plaza de toros a contemplar las corridas. Y así surgió la afición que no tardó en convertir en profesión. Tras recorrer infinidad de capeas como maletilla, el 14 de agosto de 1910 vistió por primera vez el traje de luces y, dos años después (16 de junio de 1912), debutó en Zaragoza para estoquear dos vacas.

Muletazo por alto de Florentino Ballesteros, en la Misericordia.

A pesar de que -según relatan las crónicas de la época- no estuvo bien, su eclosión desató la rivalidad con Jaime Ballesteros ‘Herrerín’, torero zaragozano que contaba con un gran número de partidarios pero jamás alcanzó la dimensión de Florentino. Sus duelos, promocionados por periodistas locales que pretendían una disputa similar a la de Joselito y Belmonte, generaban un ambiente exacerbado. Tanto, que los tendidos de la Misericordia tuvieron que ser ampliados para saciar la demanda de entradas. Remodelación que, curiosamente, ninguno de los dos vio terminada.

La puerta de acceso a la plaza de toros de la Misericordia, abarrotada.

‘Herrerín’ falleció en 1914, en Cádiz; a Florentino todavía le quedaban tres intensos años de vida. Periodo que le bastó para ser considerado, con permiso de Nicanor Villalta, el diestro aragonés de mayor relevancia de la historia. En las páginas del HERALDO de comienzos del siglo pasado, Darío Pérez aseguraba que “la elegancia de su capote parecía cohesionar toda la emocionante sobriedad de la escuela rondeña y la gracia rutiladora de la escuela sevillana”, y que “con la muletilla en mano, tenía indecisiones frecuentes, pero cuando se confiaba de verdad daba todas las notas de los grandes maestros: la soltura de los brazos, el ágil juego de la muñeca, el aguante, el temple, el dominio, la gracia y el valor”.

Ballesteros lancea con el capote a un novillo recién picado.

Como lunar, el crítico taurino echaba de menos “más definición” en el estilo matador de Florentino. “A rachas subía extraordinariamente su papel de estoqueador; a rachas le duraban los toros más de la cuenta”, explicaba, antes de volver a los elogios. “No vuela porque en este mundo nadie vuela, pero cabalga con paso firme y seguro hacia la cumbre en la que posan las grandes figuras”, adelantaba, depositando su confianza en un talento que alcanzó su máximo esplendor en la campaña 1916-1917.

Florentino Ballesteros, junto a un subalterno, tras ejecutar la suerte suprema.

El 13 de abril, Florentino se doctoró en Madrid; el 18 de septiembre cayó herido en Morón de la Frontera; y el 22 de abril de 1917, de nuevo en Madrid, recibió la cornada que dos días después acabó con su joven vida. Aún no estaba totalmente recuperado del percance sufrido en tierras sevillanas, pero decidió comparecer junto a Joselito y Bienvenida. Cartel de altos vuelos que terminó en tragedia. El toro Cocinero le atravesó el pecho; el dolor se esparció por Aragón entero.

El matador zaragozano, siendo volteado de forma fea.

Desde la plaza, inexplicablemente, lo trasladaron al Hostal los Leones en vez de al hospital. Y allí, en una cama de pensión, feneció. “Se han cumplido los tristes presagios. Florentino Ballesteros sucumbió ayer al tremendo cornalón recibido el domingo en la plaza de Madrid. Ni solicitudes familiares ni cuidados de la ciencia han podido rescatarlo de las garras de la muerte. Desde muchas horas antes de ocurrir, se presentaba la desgracia. Las impresiones que llegaban no podían ser más fatales; auguraban desenlace trágico. Y no tardaron en confirmarse los augurios fatídicos”, narraba el HERALDO del 25 de abril de 1917, día posterior a la muerte de Ballesteros.

Ballesteros es transportado rápidamente a la enfermería.

“A las dos y media menos unos minutos, dejó de existir, en tierra extraña y sin ver a sus pequeñuelos, que eran el gran amor de su vida”, añadía el texto llegado desde la capital española. Y es que Ballesteros dejaba huérfanos de padre a dos niños, fruto del matrimonio con su amada Candelaria.

Multitudinario entierro

Desde el Hostal los Leones hasta Atocha, varios ministros acompañaron el féretro con los restos mortales de Ballesteros. En la estación de Zaragoza, una muchedumbre esperaba a su ídolo, que llegó a las 6.30 del 26 de abril. De la estación fue conducido al Hospicio y depositado en una dependencia que hay frente a la portería, antes de que se celebrasen solemnes funerales presididos por Basilio Paraíso.

Los restos mortales, en la estación de tren.

Ballesteros fue ayer paseado por última vez por las calles de Zaragoza. A hombros iba, como otras tardes para él gloriosas; a hombros de compañeros de profesión; a hombros de amigos que quisieron darle esta última prueba de cariño. Encerrado en negro ataúd yacía su cuerpo destrozado por las astas de una fiera. Tras su cadáver iba un gentío embargado por la emoción. No sonaban aplausos triunfales; pero de muchos ojos rodaban lágrimas silenciosas”, recoge el HERALDO de aquel triste día en el que, bajo la gloria de un sol de primavera, fue conducido al Cementerio Católico Torrero su cuerpo mozo.

Último adiós a Florentino Ballesteros en Zaragoza.

Probablemente, desde que Zaragoza es Zaragoza no le han hecho a nadie una despedida tan solemne y multitudinaria. Once carruajes llenos de coronas; más de ochenta autos en el cortejo; muchos miles de almas para verle pasar por última vez”, completaba el artículo.

Multitudinaria comitiva en dirección al Cementerio Católico de Torrero, donde fue enterrado el torero.

El 3 de agosto de 1957, se organizó una corrida de beneficencia con objeto de recaudar fondos para la construcción de un mausoleo digno para la memoria del torero. Las más de 62.000 pesetas de la época que se obtuvieron permitieron que se levantara un panteón que fue diseñado por el arquitecto Marcelo y esculpido por Ángel Bayod y Domingo Ainaga. En marzo de 1958, se produjo el traslado de los restos de Ballesteros desde su antiguo nicho.

Ídolo local

Sobre Florentino Ballesteros siempre giró una atmósfera de simpatía misericordiosa. Los humildes que se criaron en el abandono se sentían identificados con él, circunstancia que le proporcionó más devotos entusiastas que sus arrestos y buen arte para la lidia de reses bravas. Como torero tenía muchos admiradores, pero lejos de la afición brotaban sus amistades más sinceras y hondas.

Ballesteros, posando con el traje de luces.

Ampliación de la Misericordia

En la Edad de Oro del toreo zaragozano, época en la que Florentino Ballesteros coincidió con Jaime Ballesteros ‘Herrerín’, se decidió ampliar de 8.000 a 13.000 localidades la plaza de toros de la Misericordia. La razón residía en que el recinto se quedaba pequeño para albergar sus enfrentamientos, y buena parte del público no podía acceder por falta de espacio.

Ballesteros y 'Herrerín' motivaron la portada de 'The kon leche'.

Muchos fueron los domingos en los que la rivalidad traspasó el ruedo y los partidarios de uno y otro, que llegaban a vestir de distinto color, se enzarzaron en peleas que terminaron en pleitos. “No debemos torear juntos porque le van a pegar fuego a la plaza”, se exclamaban los protagonistas en conversaciones privadas. Pero lo cierto es que los encuentros sobre la arena continuaron.

El palco de la plaza de toros de la Misericordia, durante una corrida.

Para los entendidos, Ballesteros poseía más arte; si bien ‘Herrerín’ contaba con el apoyo de las Tenerías, barrio del que procedía y en el que su padre, Teófilo, regentaba una herrería. De ahí el apodo de quien falleció a consecuencia de una cornada del toro Almejito, de López Plata, el 9 de septiembre de 1914. Tenía 23 años y provisionalmente fue enterrado en Andalucía. Cinco años más tarde, sus restos fueron trasladados al Cementerio de Torrero.

Un personaje de novela

La vida de Florentino Ballesteros ha inspirado la redacción de varios libros. El primero de ellos vio la luz en 2001, de la mano del fallecido Enrique Asín, y es una biografía titulada ‘El torero de los tristes destinos’. Tres años después, en 2004, Francisco Javier Aguirre publicó ‘Florentino Ballesteros, un corazón en la arena’. Esta última obra está más centrada en el ámbito sentimental y, tal y como recuerda el propio autor, trata de descubrir al que fue un personaje épico.

“Mi amigo Ricardo Vázquez-Prada -crítico taurino de HERALDO entre 1971 y 2003- me dijo que si investigaba sobre Ballesteros me iba a sorprender, y así fue. Yo no entiendo mucho de toros, pero siempre le agradeceré que me instase a escribir sobre una historia de tanto valor humano”, explica Aguirre, antes de destacar algunas singularidades del torero. “A pesar de contar con infinidad de pretendientas, decidió casarse joven. Era atrevido en todos los aspectos de la vida; también aragonés testarudo, propiedad que le llevó a cometer la imprudencia de torear convaleciente en la tarde en que fue herido de muerte”, concluye Aguirre.

Además, Emilio Quintanilla redactó otra especia de biografía titulada ‘Magenta y Oro’, teniendo en cuenta que el vestido que lució el torero zaragozano en las grandes ocasiones era de esos colores.

Origen y legado

Florentino Ballesteros fue hijo de una madre soltera de Sástago llamada Ramona Ballester y Solsona, pero a los 37 días de su nacimiento (calle del Caballo de Zaragoza, número 12) fue depositado en el Hospicio. Una monja -de nombre Mariana- se hizo cargo del bebé, que durante la niñez fue de orfanato en orfanato. Ya en edad adulta y siendo famoso en Zaragoza, Ballesteros supo quién era su verdadera madre, pero prefirió seguir siendo un hospiciano más.

A los 21 años, contrajo matrimonio con Candelaria y tuvieron dos hijos a los que llamaron Florentino y Candelaria, como ellos mismos. El mayor también fue torero -aunque de menor relevancia que el padre- y acabó emigrando a Venezuela; la pequeña tuvo otros dos hijos, Pablo Martínez de San Vicente Ballester y Natalia Martínez de San Vicente Ballester.

Florentino Ballesteros, junto a su mujer Candelaria.

Lo que conozco de Florentino es lo que mi abuela me ha contado. Se enamoraron cuando eran muy jóvenes y decidieron casarse. A ella le gustaban los toros y acudía a verle actuar con asiduidad. No tuvieron mucho tiempo de disfrutar juntos del matrimonio. Concretamente, vivieron tres años juntos, pues mi abuelo murió con 24. Después, mi abuela volvió a casarse con un militar, pero ya no tuvo más hijos”, recuerda ahora Natalia, que reside en La Coruña y sigue conservando algunos retratos de quien fue “un ejemplo como artista y como persona”.

El resto del archivo que estaba en su poder se lo cedió en su día a Enrique Asín, quien, además de escribir la biografía, coleccionaba recuerdos de Ballesteros. Muchas de esas fotografías pueden verse desde este jueves en el aula cultural de la plaza de toros, gracias a una exposición organizada por la Diputación Provincial de Zaragoza y la Asociación de Informadores Taurinos de Aragón.

Este viernes (20.00) y en idéntico espacio, tuvo lugar un acto de homenaje a Florentino Ballesteros organizado por el Rincón Taurino El Mentidero, de la Casa de Andalucía. En el mismo participaron el escritor Emilio Quintanilla y José Manuel Valero, con Francisco Martínez de moderador.

Textos: Javier Clavero
Fotografías: Diputación Provincial de Zaragoza, Natalia Martínez de San Vicente Ballester y archivo del periódico ABC (Aurelio Grasa)
Documentación: Mapi Rodríguez y Elena de la Riva (Heraldo de Aragón); ‘El torero de los tristes destinos’ (Enrique Asín); ‘Florentino Ballesteros, un corazón en la arena’ (Francisco Javier Aguirre).
Diseño y programación: R. Torres

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