Bagdad, 30 de marzo de 2008
14,00 (hora iraquí)
El general Nuri Al Maliki, que también ejerce de primer ministro iraquí, tenía que haber leído a los clásicos del negocio o el arte de la guerra antes de lanzar sus divisiones sobre las barricadas en Basora o Bagdad.
El chino Sun Tzu le hubiera advertido en El arte de la guerra, el tratado militar más antiguo escrito hace 2.500 años, que “sólo el que sabe cuando hay que combatir y cuando no hay que hacerlo saldrá victorioso”. Por su parte Napoleón, que amaba la obra de Sun Tzu igual que Maquiavelo o Mao Tse Tung, le hubiera explicado que “son necesarias, a veces, algunas imprudencias pero conviene que estén calculadas”. O quizá nuestro aprendiz de general se hubiese quedado patitieso al escuchar esta voz anónima: “Hemos encontrado al enemigo y somos nosotros mismo”.
En la ciudad moribunda el general Al Maliki no tiene quien le escriba unas buenas recomendaciones para evitar la gran hornada de muertos. Actúa como el autómata que se desespera cuando el guión se incumple. Sus decisiones están azuzadas por la ridiculez y el miedo escénico. Vive enclaustrado entre extrañas paredes (las mismas que acogieron a uno de los mayores dictadores del siglo XX), protegido por hombres armados que no hablan su idioma ni entienden un país patrimonio de la humanidad.
Debería leer a Sun Tzu para entender que “los generales expertos son aquellos capaces de obtener la victoria sin necesidad de ejercer su fuerza" o que “la mejor victoria es vencer sin combatir”. O escuchar el consejo de William Shakespeare: “El hombre cauto jamás deplora el mal presente; lo emplea en prevenir las aflicciones futuras”. Y no olvidar que “la guerra vuelve estúpido al vencedor y rencoroso al vencido”, como decía Friedrich Nietzsche.
Decía el gran dramaturgo francés Jean Anouilh, fallecido hace 20 años, que “todas las guerras son santas” y desafiaba a quien encontrase “un beligerante que no crea tener al cielo de su parte”. Nuestro general sin estrellas, el primer ministro Al Maliki, debe ser partidario del exquisito club de iluminados encabezado por el presidente George W.Bush, partidario de las cruzadas más singulares en nombre de una personal relación con el Altísimo…. y con el petróleo. Ya lo pensó Paul Valery cuando describió la guerra como “una masacre entre gentes que no se conocen para provecho de gentes que si se conocen pero que no se masacran ”. Como escribió el tres veces primer ministro británico Stanley Baldwin “la guerra terminaría si los muertos pudiesen regresar” .
10,00 (hora iraquí)
Toque de queda indefinido en Bagdad. La población atrapada en sus casas. Los hombres fumando como carreteros. Las mujeres contando las provisiones. Los niños perdidos por los rincones. Los enfermos curándose solos. Los policías aburridos en los cruces. Los rebeldes, más zarrapastrosos que nunca, muertos de risa. El mundo parado porque un primer ministro (Nuri al Maliki) ha ido de farol y lo han pillado.
Ha querido imponer el orden en lugares donde mandan otros. Porque han ganado las batallas (con muchos muertos) a grupos rivales tan ilegales (definidos como radicales en el pasado) como ellos aunque hoy cuenten con el apoyo gubernamental y la bendición estadounidense.
No se puede empezar una batalla sino tienes todas tus piezas bien colocadas en el tablero bélico. Tampoco si tus combatientes no están dispuestos a luchar y sacrificarse. Y sobre todo si antes no investigas la composición del enemigo y su espíritu de combate.
Los milicianos radicales gozan de una cita pendiente con el paraíso y no tienen inconveniente en morir. Los soldados regulares son asalariados que se han acomodado y no resisten un par de combates seguidos.
Por muy minúscula que sea su empresa el militar no debe pactar con el adversario en los primeros compases de la batalla. Y el general Al Maliki, que dice que dirigió la batalla de Basora desde la primera trinchera, se desautorizó a si mismo cuando estiró su ultimátum como si fuera un chicle: de 72 horas a diez días.
Estados Unidos ha sido permisivo con unas milicias y ha castigado a otras. No entiende (en sentido figurado, claro) que el rearme de unos sólo supone el refuerzo de otros. El dinero siempre fluye en las situaciones de máxima tensión en Oriente Medio y en el mundo entero. Además, los aliados de hoy pueden ser los combatientes del mañana si se produce un cambio de alianzas.
Este doble rasero le puede costar caro en el futuro. Los acontecimientos ya le han obligado a inmiscuirse en los enfrentamientos privados entre chiies. Y pronto se vera forzado a enfrentarse de nuevo en el terreno militar, como ya pasó en 2004, con su bestia negra, el clérigo Muqtada al Sader.
Lo ha hecho para proteger el negocio del petróleo, uno de los pocos que funciona en el Iraq actual, del que depende el esquilmado presupuesto iraquí, incluyendo la paga de los soldados. El otro negocio boyante es el de la guerra en todos sus aspectos diabólicos.
Un desesperado Al Maliki ha llorado por unos misiles. Y el ocupante le ha satisfecho volando algunas posiciones milicianas y matando a decenas de acólitos de Al Sader. De paso también ha triturado a unos cuantos civiles escondidos en sus casas.
En los graneros chiies de Bagdad y las ciudades suristas la muerte de unos centenares de milicianos bajo el fuego estadounidense tiene muy poca influencia. Muchos jóvenes marginados y olvidados por un estado débil pero profundamente corrupto están dispuestos a sustituir a los mártires (así se llama aquí a los fallecidos en los combates) a la primera orden.
Malos tiempos para Iraq después de la retórica triunfalista y propagandística de las últimas semanas. La violencia se redujo por un alto el fuego que ha durado siete meses. Pero este periodo de calma que ha disminuido el numéro de muertos también ha servido a las milicias de Al Sader para rearmarse. Vuelta a empezar.
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