Bagdad, 26 de marzo de 2008
15, 30 (hora
iraquí)
Centenares de miles de funcionarios
y trabajadores no han acudido esta mañana a sus
trabajos. Muchas escuelas y comercios no han abierto
sus puertas. En los barrios chiis la circulación
es nula. El llamado a la desobediencia civil lanzado
ayer por el clérigo radical Muqtada al Sader
ha tenido un gran impacto. La mayor parte de los bagdadíes
han preferido quedarse en sus casas. Unos por simpatía,
muchos por miedo.
Milicianos de Al Sader recorrieron ayer por la tarde
barrios enteros con altoparlantes recordando la obligación
de respetar la orden del imán. "Todos sabemos
lo que puede pasar si la desobedecemos", comenta
un ciudadano de un barrio chií.
Una pintada lo explica sin rodeos: "Mataremos a
quienes cooperen o apoyen a los estadounidenses. Viva
Muqtada". "Actuarían de la misma manera
si alguien se atreve a incumplir un llamado a favor
de a desobediencia", reflexiona la misma persona.
La aparente calma de los últimos días
se ha convertido en un recuerdo. Los enfrentamientos
de Basora se han extendido por Bagdad. Desde primeras
horas de la mañana se producen intensos combates
en Ciudad Al Sader entre tropas gubernamentales y milicianos
radicales. Han muerto 12 personas y otras 77 han resultado
heridas. Ciudades chiies del sur como Diwaniya, Kut,
Nasiriya, Um Qasar, están bajo el toque de queda.
Dos proyectiles de morteros disparados contra la Zona
Verde y desviados durante sus recorridos han matado
7 civiles en dos barrios distintos de la capital. Otro,
que si ha alcanzado su objetivo, ha herido a tres ciudadanos
estadounidenses en la zona protegida.
Suena el teléfono de mi traductor. Al finalizar
la conversación me la resume: "Es un buen
amigo que me pide si esta noche puede venirse a dormir
a mi casa porque cree que la suya puede ser asaltada
por las milicias de Al Sader". ¿Quién
es? "Pertenece a la milicia rival Bader, pero es
un buen hombre", recalca.
Antes de marcharme pregunta: "¿Crees que
este país tiene remedio si todo el mundo obedece
a un religioso?" Me encojo de hombros y le deseo
suerte en el regreso a su casa.
9,00 (hora iraquí)
La casa de Abderraman Kadel Kahim muestra
las huellas de los incesantes cruces de disparos que
tuvo que soportar junto a su familia durante la guerra
sectaria entre radicales suníes y chiies que
invadió el barrio de Al Yihad de la noche a la
mañana.
El tejado de su casa de tres pisos a medio construir y varias paredes exteriores fueron alcanzados por impactos directos. Alguno de los proyectiles consiguió colarse entre los grandes ventanales sin cristales estrellándose contra el interior de la vivienda. El depósito de agua fue alcanzado por varias esquirlas que lo dejaron inservible.
El barrio quedó dividido en dos partes: una zona suní influida por los grupos más radicales conectados con la red Al Qaeda y otra chií donde se atrevieron a quedarse algunas familias suníes. Los milicianos suníes bombardeaban una base militar estadounidense a un kilómetro de distancia. Los soldados ocupantes repelían el fuego sin gran soltura táctica. Muchas casas como la de Abderramán recibían los disparos directos o perdidos de unos y otros. Una de las explosiones provocó tantos destrozos en su vivienda que varios vecinos pensaron que la familia había muerto.
“Fuimos a protestar a la base y le preguntamos a los estadounidenses por qué nos destrozaban las viviendas. Nos pidieron excusas. Hicimos los trámites para recibir compensaciones económicas. Pero nunca cobramos nada”, explica este hombre de edad media.
De día aún podían conversar con los soldados ocupantes. De noche las patrullas derribaban la puerta de la casa a patadas o con cargas explosivas. Le ocurrió seis veces. “La última vez me pusieron una capucha y me ataron las manos a la espalda. Mi mujer y mis tres hijos temblaban de miedo. La pequeña todavía tiene hoy pesadillas”, recuerda
Tomaron la única decisión razonable: abandonaron la casa y se fueron a vivir durante varios meses a otra alquilada en una zona más segura. “Lo quisimos hacer en cuanto comenzaron los combates pero no teníamos dinero. Y hemos vuelto porque no podíamos seguir pagando el alquiler”, confiesa Abderraman.
Aunque los vuelos de los helicópteros son continuos ya no disparan desde la base. Tampoco hay patrullas nocturnas de soldados estadounidenses. Una brigada iraquí se ha instalado en la base y son sus militares los encargados de mantener la seguridad.
Las milicias suníes fueron expulsadas del barrio. Algunos vecinos encontraron cadáveres abandonados en sus casas recuperadas. Algunas había sido utilizadas como centros de tortura y de detención de secuestrados.
El ambiente en el barrio sigue siendo irrespirable por culpa de las aguas fecales desparramadas por todas las calles. Les han prometido arreglarles el alcantarillado y suministrarles agua y luz en unas pocas semanas. Pero Abderraman y su familia se conforman con poco: que no vuelva la pesadilla de la guerra. |