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16 de marzo de 2008
10,00 (hora iraquí)
Es domingo. Les recomiendo que vaya a ver “En el valle de Elah”, una gran película que habla del conflicto de Irak, pero transcurre en la trastienda de Estados Unidos. Los únicos combates que verán están recogidos en los archivos dañados de un teléfono móvil. Pero la violencia de la guerra está presente desde el principio hasta el final. Y sus estragos en los cerebros más débiles. Igual que las consecuencias del estrés postraumático, el calvario de la mayoría de los combatientes que han tenido la desgracia de enfrentarse a la oscuridad de la guerra.
También les recomiendo que se preparen para sentir el desgarramiento de los protagonistas mientras buscan a su hijo desaparecido durante un permiso militar antes de regresar a Iraq. Van a ver a un padre y una madre, maravillosamente protagonizados por Tommy Lee Jones y Susan Sarandon, enfrentándose a la soledad del dolor, al desbordamiento anímico, a un sentimiento descorazonador que se acerca a la locura cuando las palabras son incapaces de explicar los acontecimientos absurdos. Una de las mejores escenas que he visto en los últimos años tiene como soporte el hilo telefónico y se narra de una manera tan estremecedora que los silencios sacuden como si fueran alaridos de terror. Un Cara a Cara al desnudo sublime.
Paul Haggis, su director, ha sido uno de los guionistas preferidos de Clint Eastwood, otro monstruo del cine, y ganó el Oscar por “Crash”, su primera película. Quizá no se lo mereció del todo. En cambio, creo que “En el valle de Elah” es la mejor película que ha participado en la última entrega de los Oscars. Ni siquiera Tommy Lee Jones ha sido premiado por su trabajo extraordinario.
Pero es una película que tiene que doler mucho al espectador medio estadounidense. Porque le cuenta una historia tan de cuerpo presente en sus vidas actuales marcadas por un conflicto que no tiene visos de acabar. Porque es dañina para su salud patriótica. Porque le habla de un tipo cien por cien estadounidense que se siente traicionado por el sistema que ha ayudado a edificar y al que ha servido con pundonor en las guerras del pasado. El final de la película es idéntico al principio. Pero los valores se han invertido.
¿Cuántos soldados han regresado a sus casas tan dañados que son candidatos ideales para protagonizar hechos delictivos en cuanto se descuiden sus cuidadores? ¿Cuántos jóvenes tendrán que ser tratados de estrés postraumático? ¿Cuántos heridos tendrán que buscar ayuda psicológica durante décadas? ¿Cuántos padres y madres, como los protagonistas de esta gran película, se verán sometidos al plebiscito de buscar la verdad o aceptar el destino?
14,00 (hora iraquí)
Ya que es domingo, incluso de esos domingos especiales del calendario cristiano, sigamos hablando de películas deslumbrantes. El otro día regresé visualmente a “El planeta de los simios”, presentada hace cuarenta años en plena Guerra Fría. Parece una película de aventuras con un argumento sorprendentemente cómico, pero detrás de las magníficas caracterizaciones y los espectaculares exteriores hay una gran metáfora sobre la condición humana. O mejor dicho: sobre la obsesión del Hombre por la destrucción.
El argumento está situado en el futuro lejano, en el año 3.978. Después de una guerra nuclear la especie humano ha sucumbido. Los sobrevivientes se han convertido en cobayas de una avanzada generación de simios. Todo transcurre al revés de la lógica. O quizá no como le lanza el doctor Zaius, el jefe de los científicos simios al coronel Taylor cuando discuten al final de la película: “Si el hombre fue superior, ¿por qué no sobrevivió a la catástrofe nuclear?”
Zaius niega la existencia de un Hombre inteligente porque conoce su pasado glorioso y el desenlace final de su historia de fracasos. Sabe que su ambición por el poder y el dinero y su preferencia por el juego de la guerra y la muerte le llevó a su propia autodestrucción. No quiere permitir su resurrección y esconde la verdad a los científicos más jóvenes que buscan el eslabón perdido. Les advierte: “Protegeos contra el hombre puesto que es la garra del diablo. Es la única de las criaturas que mata por placer, ambición o avaricia. Sí, matará a su hermano por poseer lo de su hermano. No lo dejéis procrear en gran número porque convertirá en desierto los mejores los mejores campos. Es el brazo ejecutor de la muerte”
18,30 (hora iraquí)
Acabemos el domingo con otra gran película, "Senderos de Gloria" de Stanley Kubrick realizada en 1957. La he visto más de diez veces, la última hace una semana, y siempre me estremece la facilidad que tienen los hombres con poder, en este caso, generales del ejército francés durante la Primera Guerra Mundial, para dar las órdenes más absurdas que suelen culminar en un baño de sangre. Y cómo son incapaces de aceptar sus responsabilidades y buscan un chivo expiatorio: tres soldados elegidos al azar que son fusilados para escarmentar la falta de disciplina de una tropa lanzada sin piedad a un ataque suicida.
"Los senderos de la gloria no conducen sino a la tumba", dice el poema de Thomas Gray escrito en el siglo XVIII y que utilizó tanto el autor de la novela Humphrey Cobb como Kubrick para titular esta obra de arte, convertida en un poderoso alegato antimilitarista.
Los generales deshumanizados y ambiciosos que persiguen la gloria aunque les cueste la vida a sus soldados y se refugian en la cobardía cuando se trata de buscar culpables. "Sus hombres murieron maravillosamente", comenta un general. "No hay nada más estimulante para las tropas que ver morir a un ser humano", remacha otro.
La película fue prohibida en Francia por el gobierno socialista francés de la época y no pudo estrenarse hasta 1972. Y también en España por el gobierno franquista. Cuando se trata de esconder las mentiras de la guerra o los comportamientos mezquinos y cobardes de generales sin escrúpulos, republicanos, demócratas, populares, socialistas o autoritarios suelen actuar de forma parecida. |