|
Bagdad, 1 de abril de 2008
14,30 (hora
iraquí)
Adiós Bagdad.
Me Gustaría verte feliz algún día
Bagdad se ha despertado cubierta
de arena. Los aviones tampoco pueden volar por culpa
de la tormenta. El polvo se cuela por cualquier intersticio.
Desde la ventana no sé ve el hotel Palestina
a 100 metros ni la Zona Verde a 500. Pero se escuchan
con nitidez las explosiones. Voy a preguntar cuando
podré salir de Bagdad. La respuesta es lacónica:
"Hoy tampoco se pude volar". Decido darme
una vuelta por la ciudad. Le llevo al padre Manuel Hernández
unas cuantas películas clásicas para que
se entretenga en su encierro perpetuo. Me prepara un
café con leche hirviendo. Los silbidos de los
proyectiles se escuchan con nitidez y los estruendos
hacen temblar los cristales. Pero nosotros hablamos
de política nacional sin inmutarnos.
Hasta que llega mi traductor corriendo: "Me ha
llamado Ali. Está en el aeropuerto (trabaja para
la línea área iraquí) y te ha hecho
en un hueco en el próximo avión que sale
a las cinco. Me dice que vueles para allá".
Me despido del misionero. Llegamos al hotel, pido la
cuenta. Ordeno mi equipaje. Mando unos correos urgentes.
Salimos corriendo hacia la embajada. Allí me
ponen un coche blindado con un experto conductor. Nos
cruzamos con varios convoys estadounidenses. Tenemos
que circular a paso de tortuga y a una distancia prudencial
para que no nos disparen.
En el primer control perros antiexplosivos revisan el
coche. En el segundo tengo que bajar todo el equipaje
para que un policía le dé la vuelta. Otro
control con perros antes de entrar en el aeropuerto.
Y uno más con escáner.
"Te he metido en un vuelo especial que sale en
una hora", me dice Ali a modo de saludo. "¿Pero
sé puede volar con esta tormenta?", le pregunto.
"Claro", me sonríe. Estoy teniendo
demasiada suerte. No me gusta.
Otro control más en el que hay que quitarse los
zapatos y el cinturón. Revisión del pasaporte.
Llamada para el embarque. No me lo puedo creer. Voy
a estar menos de 45 minutos en un aeropuerto donde he
pasado días enteros. Literal: desde las ocho
de la mañana hasta las seis de la tarde para
regresar a la ciudad cuando anochecía porque
el vuelo se ha suspendido.
Enésimo y último control. Embarque. Cierre
de puertas. La nube de polvo dificulta la visión.
El avión se dirige a la pista. Los minutos no
quieren pasar. Hay que esperar un aterrizaje. Por fin
comienza a correr por la pista y se levanta. Tiene que
subir en círculos cerrados para evitar los misiles
tierra-aire de los insurgentes. Pero la polvareda también
impide ver desde el suelo. Miro por última vez
a tierra y lanzo un suspiro: "Adiós Bagdad.
Me gustaría verte feliz algún día".
|