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UNA RED DE ESPÍAS EN CANFRANC

Lola Pardo

"Yo llevé secretos de los aliados"

Lola Pardo

La colaboradora

Lola Pardo, una modista de Canfranc, acabó en 2001 con 60 años de silencio, incluso para su familia. Desveló que fue una colaboradora de los aliados y transportó secretos militares en tren desde su localidad natal hasta Zaragoza, donde los entregaba a un cura castrense llamado páter Planillos.

"Mr. Le Lay nos avisó que era correspondencia clandestina y que si nos detenían, debíamos callar", asegura Pardo. "Hubo viajes que íbamos al lado de la pareja de la Guardia Civil en el vagón. Pasamos mucho miedo". Nadie lo diría al verla, con su aspecto de madraza y mujer simpática. Quizá por eso fue elegida por los franceses para ser “correo" o colaboradora de los aliados en la Segunda Guerra Mundial entre los años 1940 y 1944.

Lola Pardo tenía 17 años cuando las redes de espionaje Pic y Mithorpie de la Resistencia francesa, puestas en marcha por el célebre coronel Remy, empezaron a funcionar y enviar sus mensajes desde Francia a Londres a través del tren que unía diariamente Canfranc con Zaragoza, Madrid y Lisboa. "Lo hice por la amistad que unía a mi familia con los franceses. Hoy no sé si volvería a repetirlo. Cuando me acuerdo de lo que llevábamos encima, me entra mucho miedo", reconoce. No obstante, es consciente de que "gracias a esas informaciones pudo acabar la guerra con el desembarco de Normandía".

Hija del vigilante del túnel ferroviario de Canfranc, Joaquín Pardo Gavín, Lola siempre confraternizó con los franceses que vivían en la Aduana Internacional, por lo que se ganó su confianza. "Con 5 años me llevaron hasta el colegio francés que había en Canfranc porque en España no empezabas la escuela hasta los 6. Siempre iba con niñas francesas y mi familia se llevaba muy bien con el jefe de la Aduana Francesa, Monsieur Laran. Nos agradecieron mucho que les guardáramos todos los muebles durante la guerra civil y vieron que éramos de confianza porque al regresar tenían todo en el mismo sitio que lo dejaron", avanza el motivo de que el sucesor de Laran, Albert Le Lay, llegado a la Aduana en 1940 y principal enlace del espionaje aliado en España, confiara a ella y a su hermana Pilar para una tarea tan peligrosa como transportar decenas de mensajes secretos a Zaragoza.

Lo curioso es que las cuatro hermanas Pardo acabaron casadas con guardias civiles -entonces una ya había contraído matrimonio con un carabinero de los que custodiaban los camiones del oro nazi que pasaban por Canfranc, y otra tenía un novio del mismo cuerpo- y esta circunstancia también les confería cierta ventaja a la hora de ir en el tren a Zaragoza que iba siempre estrechamente vigilado por una pareja de la Guardia Civil. "Varios viajes fuimos con ellos al lado. Nos entraba mucho miedo porque ellos mandaban abrir maletas a todo el mundo para vigilar lo que llevaban dentro. Nos aconsejaron no llevar nunca maletas. Por eso nos repartíamos los sobres con mi hermana y los metíamos dentro de la faja, que entonces se llevaba mucho", explica Lola Pardo.

"Eran paquetes rectangulares con varios sobres que contenían fotos y cartas. La víspera del viaje nos encerrábamos en la habitación y veíamos lo que contenía. Había fotos de batallas tomadas muy de cerca y mensajes en francés o inglés”, precisa todo lo que su prudencia le deja. Una de sus hermanas, que nunca hizo el viaje, trabajaba a menudo en la casa de los Le Lay, un lugar por el que pasó desde el mismísimo Mariscal Petain, presidente de la República Francesa, colaboracionista con Hitler, hasta los embajadores francés o británico en España, o los miembros de la red de espías tejida por el aduanero.

"Un día, Monsieur Le Lay nos explicó que íbamos a llevar correspondencia clandestina y nos avisó de que era muy peligroso. Sabíamos lo que hacíamos. También nos pidió que si nos detenían no debíamos decir nunca nada", cuenta con los ojos vivos y la emoción recorriéndole el cuerpo. "Mi hermana Pilar era muy miedosa y por eso me pedía que la acompañase, porque yo era más echada para adelante", abunda en detalles.


Cita en el baile de la estación

Como en las mejores películas de espionaje, dos días antes del primer viaje en tren entre Canfranc y Zaragoza, las hermanas Pardo asistieron a un baile de oficiales en el hotel de la estación, en el que debían vestir con vestidos amarillos, como contraseña para que las reconocieran los dos españoles y dos franceses que formaban parte de la red e iban a esperarlas a Zaragoza. "El vestido era plisado con pliegues hasta abajo y un canesú en la parte delantera.Tenía unos adornos marrones", rememora aquel vestuario Lola, quien después fue modista y trabajó ocho años para Casa Marraco, donde convivían los espías, los nazis y los camioneros suizos del oro.

Durante 60 años Lola Pardo tuvo la boca sellada ("nos la cerraron con una cremallera", recuerda) y cuando vio que empezaron a publicarse historias de aquellos años, se confesó con su hija Lola Bonilla y fue desvelando su secreto mejor guardado. "Mi marido (un guardia civil extremeño) se murió sin saberlo. Un día, después de leer esas cosas del oro nazi, mi hija Lola me dijo: 'Mamá, ¡cuántas cosas pasaron en Canfranc!' Y yo le contesté: 'Si tú supieras... eso no es nada con lo que yo sé", relata el momento en el que decidió soltar amarras y hablar de su emocionate juventud.

Lola Pardo no quiso perderse la presentación del libro 'El oro de Canfranc' el 27 de abril de 2001 e incluso, por un despiste, estuvo en la cabecera de la misma, celebrada en el vestíbulo de la estación. "He pedido permiso a mi familia y me han dicho que contar esto no es nada malo porque se trata de la Historia", confiaba al absorto interlocutor a lo largo de cuatro horas de entrevista.

Jeaninne Le Lay, hija del jefe de la Aduana francesa, desconocía esta faceta de Lola y su hermana Pilar, aunque sabía de la cercanía de ambas familias. "Mi padre solía llevarlo todo muy en secreto", explica la hija del aduanero. "Había envíos de cartas a menudo, por lo que me ha contado mi madre". Las hermanas Pardo realizaron una media de dos viajes al mes durante más de tres años, incluso cuando los nazis se instalaron en la estación de Canfranc, en noviembre de 1942.

"Como a mi padre lo trasladaron del trabajo en el túnel a la central eléctrica, nosotros teníamos kilométrico y no pagábamos nada por los viajes a Zaragoza", explica Lola Pardo. Cuando se le pregunta por su filiación política, la antigua “correo" de los aliados recuerda un consejo de su padre: "Pensad como queráis, pero no lo digáis en público". "Soy apolítica, pero hice lo que hice por amistad y admiración a los franceses", argumenta. Sin embargo, le tiemblan las piernas ("y la escolaneta", como le llamaba su padre a la boca del estómago cuando alguien mostraba miedo) cuando se entera de que Juan Astier, un aduanero vasco que trabajó en Canfranc y colaboró en la red de espionaje de Le Lay, fue condenado a muerte (Franco le conmutó la pena al final de la II Guerra Mundial) al ser sorprendido en San Sebastián con un envío como los suyos.

"A Astier lo conocí mucho. Ese regalo (señala a la estantería de su casa) me lo hizo él en nuestra boda", recuerda. Sin embargo, Lola no sabía que Astier era un “correo" como ella, ni probablemente al contrario. De lo que se deduce que el éxito del espionaje estaba en que nadie supiera lo que hacía su vecino de al lado.

* Esta entrevista se realizó en julio de 2002. Lola Pardo falleció el 8 de febrero de 2015.

El jefe de la aduana francesa ayudó al paso de militares, material y documentos para la Resistencia

Albert Le Lay

El héroe

El paso fronterizo de Canfranc fue vital para los estados mayores de los aliados en la Segunda Guerra Mundial. La heroica actuación del jefe de aduanas francés Albert Le Lay, condecorado por su papel por Francia y Estados Unidos, ha desvelado esta parte de la historia ignorada hasta hoy.

Canfranc fue la rendija de la libertad para los aliados en la Segunda Guerra Mundial. En los trenes que atravesaban la frontera pasó documentación vital entre la Resistencia Francesa y los estados mayores de Gran Bretaña y Estados Unidos, que sirvió para derrotar a Hitler. La importancia del paso fronterizo en el desarollo del conflicto era inédita hasta unos años. Procede del jefe de aduanas francés de Canfranc, Albert Le Lay, a quien se conocía como "el rey de Canfranc".

Le Lay fue un espía aliado desde enero de 1941 hasta septiembre de 1943, cuando tuvo que huir hasta Argel perseguido por la Gestapo y la Policía española. De estos documentos examinados por HERALDO, se deduce que por Canfranc pasó correo, material, espías y aviadores aliados accidentados, lo que demuestra el papel fundamental de la frontera altoaragonesa en el conflicto internacional.

El 23 de septiembre de 1943, Le Lay se marchó paseando con su mujer por las vías del tren hasta un punto donde lo esperaba el coche del agente de aduanas canfranero Mariano Aso, que le ayudó a huir. Tras pasar un control policial sin problemas, esa madrugada, llegaron a Zaragoza a casa del prestigioso profesor de Otorrinolaringorología zaragozano Víctor Fairén, quien le buscó otro transporte que lo recogió de madrugada en el Coso. La Policía española llegó al día siguiente al domicilio del médico para preguntar por Le Lay.


Por 30 presos republicanos

La Embajada británica auxilió en Madrid al jefe de aduanas poniendo un coche oficial a Le Lay y a su mujer para escapar hacia Sevilla. Días después, y tras disfrazarse de mecánico en Sevilla, llegó en barco a Gibraltar, y desde allí, en avión al norte de África. Para entonces, esta zona ya había sido liberada por los aliados.

"Los alemanes sospecharon de su papel y propusieron a España intercambiarlo por 30 presos republicanos que tenían detenidos en Oloron (Francia). Avisado por Vichy de que iban a por él, huyó a Madrid, donde fue perseguido por la Policía española. Pudo llegar al norte de África", detalla la propuesta de condecoración firmada el 18 de diciembre de 1944 por el general Charles de Gaulle, presidente del Gobierno provisional de la República francesa.

Este bretón testarudo y honesto a carta cabal llegó en 1940 a la estación ferroviaria. Durante cuatro años fue un espía aliado valiosísimo que hizo de enlace de las redes de las Fuerzas Francesas Combatientes (la Resistencia) con los aliados en conexión con los ferroviarios franceses. Francés y antinazi, una de sus hijas, Jeannine, y su marido, el catedrático zaragozano de Derecho Procesal Víctor Fairén, recuerdan que Le Lay nunca presumió de su papel durante la Segunda Guerra Mundial y precisan que su ideal era "defender a Francia y echar de allí a los alemanes" que la invadieron.

Por su labor, Albert Le Lay recibió la condecoración de la Legión de Honor francesa, la medalla de la Resistencia Francesa y la Medalla de Plata de la Libertad de los Estados Unidos. A pesar de que fue propuesto para puestos de mayor rango en la Administración (como se reconoce en alguna de estas distinciones), el romántico Le Lay regresó en 1945 a Canfranc, de donde se fue en 1957. "Decía que si no volvía, cerrarían Canfranc", recuerda su hija Jeanine.

En la concesión de estas condecoraciones se detallan los méritos de Le Lay y se reconoce que "contribuyó a mantener un contacto pemanente con los estados mayores aliados en un momento crucial de la lucha contra el enemigo". Los alemanes invadieron el norte de Francia en verano de 1941 y por eso la comunicación de los aliados por el Canal de la Mancha con la Resistencia francesa era más complicada. De ahí que los estados mayores usaran el paso de Canfranc para comunicarse a través de Lisboa y Madrid, capitales de países teóricamente neutrales en el conflicto.

Los aliados necesitaban saber qué ocurría dentro de Francia, y viceversa, para saber dónde atacar. La Resistencia recibió material que iba camuflado en los trenes diarios "wagon-lit" que hacían el viaje Madrid-Canfranc. De allí, los documentos y el material cruzaban a Pau, donde eran entregados por un ferroviario resistente a los responsables de la red Mithridate, cuyo jefe era André Manuel.

Le Lay operó desde enero de 1941 con otra red llamada Pie (urraca) dirigida por el médico Doctor Rochas en la localidad bearnesa. El médico, a quien visitaba el jefe de la aduana a menudo "por un incurable dolor de muelas" (ironiza el catedrático Víctor Fairén, yerno de Le Lay), fue descubierto por los alemanes y ejecutado. Hasta noviembre de 1942, Hitler no ocupó toda Francia. En ese trascendental momento para el conflicto (y durante un año más), el puesto fronterizo vivió el año más crucial de su existencia. En esos momentos, empezó a cambiar el signo de la II Guerra Mundial a favor de los aliados.

La Gestapo y los soldados alemanes se hicieron cargo del puesto fronterizo de Canfranc, donde ondeó la esvástica en la parte francesa hasta 1945. "Una vez, los alemanes desarmaron un vagón de ferrocarril en busca de los huecos donde se pasaban los papeles, pero fallaron y el ferroviario llevaba la documentación en la cesta de comida que le preparó su mujer", recuerda la hija del aduanero galo, Jeanine Le Lay, que tenía por entonces 17 años.

En 1943, los alemanes enviaban oro expoliado a los judíos y lavado en bancos suizos a España y Portugal, a cambio de minerales estratégicos para la maquinaria de la guerra como el wolframio o el hierro. Pero lo importante fue que Canfranc se convirtió en la puerta de la libertad para los aliados. Ante los ojos de los nazis y con un gran riesgo para el aduanero francés, pieza clave del entramado de espionaje aliado, pasaron aviadores británicos derribados en Francia y numerosos documentos.

"Llegaron a mandar aparatos de minifotocopia", explica Víctor Fairén, con los que podían meter en pequeños microfilms muchos documentos.


Congelados, en Zaragoza

Junto a ese material básico para el desarrollo de la guerra mundial, muchos militares, judíos o resistentes galos franquearon la frontera española por Canfranc. "Los ferroviarios franceses idearon hasta lugares bajo los vagones para pasar gente", recuerda Jeanine Le Lay. Su marido, Víctor Fairén, (uno de los pocos españoles que por entonces estaba estudiando en Francia) sabe por su padre y hermanos que muchos franceses huidos eran atendidos por médicos en la Facultad de Medicina de Zaragoza.

"Allí, mi padre y mi hermano les atendían en lo que podían. No pocos de ellos llegaban con lesiones de congelaciones o fracturas debidas al hielo de los Pirineos. Una vez curados, les llevaban a la pensión Intercontinental, en el Coso, que pagaba la Cruz Roja francesa. Algunos partían en trenes a Algeciras hacia África. Otros eran enviados al campo de concentración de Miranda. He conservado años la correspondencia con algunas de estas personas, desde jefes del Ejército francés camuflados hasta humildes obreros", señala el catedrático zaragozano Víctor Fairén.

Así lo contó HERALDO

Reportaje: Ramón J. Campo
Programación, diseño y maquetación: Silvia Berdejo
Documentación: Mapi Rodríguez y Elena de la Riva
Fotografías: Oliver Duch, Soledad Campo, Rafael Gobantes, Juan Carlos Arcos, Aránzazu Peyrotau, Francisco Martínez Gascón, Francisco de las Heras y ARCHIVO HERALDO

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