Se cumplen 25 años del cierre de la base aérea, que dejó una importante huella en la cultura, la sociedad y la economía de la ciudad

La Zaragoza americana

El 30 de septiembre de 1992, Dan Moyer cerró definitivamente las puertas de la base americana de Zaragoza. Poco antes, Julio J. Torres pulsó el botón con el que apagó las emisiones de la radio que había funcionado ininterrumpidamente durante 35 años, y que no solo fue la primera emisora FM del país sino que propició la llegada del jazz y el rock a la sociedad zaragozana de la época. “Fue uno de los momentos más tristes de mi vida”, recuerda.

Ellos fueron solo dos de los miles de protagonistas de la historia de una instalación militar que marcó durante casi cuatro décadas la vida de la capital aragonesa. Este año se cumple el 25 aniversario del cierre de la base, donde las fuerzas aéreas norteamericanas (USAF, por sus siglas en inglés) llegaron a contar con más de 10.000 militares, trabajadores y familiares.

Su puesta en marcha, junto con las bases aéreas de Torrejón (Madrid), Morón (Sevilla) y la aeronaval de Rota (Cádiz) no solo supuso la salida del ostracismo internacional en el que se encontraba la autárquica España de Franco en la década de los 50 -gracias a los Pactos de Madrid de 1953-, sino que influyó sobremanera en la sociedad de las ciudades donde se establecieron.

El contacto directo con ciudadanos de una superpotencia mundial mucho más desarrollada evidenció contrastes económicos, culturales y sociales, posibilitó oportunidades de negocio -no todas legales-, e incluso matrimonios ‘mixtos’ que todavía perduran. Una pequeña colonia de aquellos norteamericanos decidió echar raíces en Zaragoza, y todos los viernes se les puede encontrar alrededor de una mesa en el Café Levante.

Otros, en cambio, prefirieron aislarse de esa ciudad al noroeste de un país que con dificultad podían ubicar en el mapa, y vivieron su estancia dentro del perímetro de la base, una auténtica ciudad norteamericana en miniatura que contaba con iglesia, colegio, supermercado, bolera y campo de golf propios. “Tuve compañeros que en tres años de destino, nunca salieron de la base”, recuerda Dan.

Una pequeña colonia de aquellos norteamericanos decidió echar raíces en Zaragoza, y todos los viernes se les puede encontrar alrededor de una mesa en el Café Levante.

En el recelo con que parte de la sociedad zaragozana recibió a los estadounidenses radica alguno de estos comportamientos. La presencia de tropas militares extranjeras en territorio nacional no siempre fue bien vista, una percepción que se agudizó con el paso de las décadas y, fundamentalmente, con la llegada de la democracia, que dio pie a las conocidas protestas anti-base y que culminó con la clausura definitiva hace 25 años.

En el camino, jugadores de baloncesto que deslumbraron a la incipiente afición local, accidentes aéreos, intercambio de discos de rock, coches de unas dimensiones nunca vistas hasta entonces, cazas partiendo hacia las guerras internacionales más importantes del momento, la Nasa, peleas en prostíbulos e incluso algún asesinato sin resolver… Todo un contraste cultural que marcó la segunda mitad del siglo XX de la ciudad y que dejó una huella todavía visible.



España-USA:
un matrimonio de conveniencia

Lo que terminó siendo un matrimonio de conveniencia entre España y Estados Unidos, comenzó una década antes con un desplante poco alentador para un futuro romance. La postura no beligerante de Franco durante la 2ª Guerra Mundial, que sin embargo no evitó una evidente simpatía hacia Alemania y las potencias del Eje, pasó factura.

Tras la victoria aliada, las potencias vencedoras -USA, Gran Bretaña y Rusia- impulsaron la creación de la ONU en 1945, de la que quedó excluida España, considerada una dictadura fascista. El lustro siguiente, el país vivió en el ostracismo y bajo la vigilancia internacional, tiempo que utilizó Franco en ejecutar un “oportunista proceso de desfascistización” para conseguir una imagen exterior más amable, y a su vez, enarbolar la bandera anticomunista, que en el nuevo contexto de Guerra Fría se convirtió en el flotador al que agarrarse, como explica la historiadora Gema Martínez de Espronceda.

La ‘pedida de mano’ tuvo lugar en los denominados Pactos de Madrid de septiembre de 1953. Franco y el presidente norteamericano Eisenhower firmaron una serie de acuerdos por los que Estados Unidos proporcionaba a España material de guerra y ayudas económicas a cambio de la instalación de tres bases aéreas de la USAF (Torrejón, Morón y Zaragoza) y una aeronaval (Rota).

Los Pactos de Madrid sirvieron a España para salir del aislamiento internacional

Los pactos sirvieron a España para salir del aislamiento internacional y, junto a la firma del Concordato con la Iglesia Católica de ese mismo año, poder restituir su imagen exterior en el bando de los aliados. Por su parte, Eisenhower lograba un despliegue militar estratégico en su partida de ajedrez con la Unión Soviética.

No obstante, los documentos firmados en Madrid incluyeron una serie de cláusulas secretas que, como reflejó el historiador Ángel Viñas en su libro ‘Los pactos secretos de Franco con Estados Unidos’, evidenciaron importantes cesiones del caudillo en materia de jurisdicción y soberanía, que trajeron más de un quebradero de cabeza a las autoridades locales a la hora de situar ante la Justicia a militares americanos -y sus familias-. Además, los acuerdos no garantizaban el apoyo estadounidense en caso de ataque extranjero a España.



Cómo construir una ciudad militar americana en casi 5 años

En 1954, Zaragoza contaba con dos aeródromos: el de Sanjurjo, para la aviación civil, y el de Valenzuela, de uso militar. Estas instalaciones preexistentes, su ubicación geoestratégica, y otras ventajas como la firmeza del suelo o la homogeneidad del viento, convencieron a los americanos para levantar en la capital aragonesa una de las tres bases aéreas.

La base en cifras
Perímetro 36

Kilómetros

Superficie 23

kilómetros cuadrados

Ubicación 15

kilómetros de Zaragoza

Altitud 257

metros sobre el nivel del mar

Torre de control 23

23 metros de altura

Los trabajos comenzaron en otoño de ese año y se prolongaron durante casi un lustro hasta 1959. Las primeras actuaciones se centraron en la pavimentación y en la construcción de almacenes para la logística de las obras. Pese a que los principales contratistas fueron empresas norteamericanas (Walsh Construction Company, Raymond Concrete Pile Company, y Brown and Root), su ejecución supuso una gran oportunidad para los trabajadores locales.

En 1956, dos años después del inicio de las obras, participaban en las mismas un millar de obreros españoles y cerca de 300 técnicos y especialistas norteamericanos. Para coordinar todo el proyecto y solucionar los problemas que fueran surgiendo se abrió una oficina en el Coso, que posteriormente se trasladó al paseo de los Ruiseñores.

La periodista Concha Roldán señala en su libro ‘Los americanos en Zaragoza’ que los estadounidenses “fueron tan exigentes y cuidadosos durante las tareas de edificación que en tres ocasiones ordenaron tirar lo que se iba construyendo, ya que se deseaba en el trabajo la mejor calidad posible”.

Finalmente se ejecutaron dos pistas de aterrizaje en paralelo, 13 hangares y una ciudad auténticamente americana con 156 chalets y todo tipo de servicios. Además, se construyó un oleoducto entre Rota y Zaragoza de 570 kilómetros de longitud y un coste de 1.600 millones de pesetas que conectó todas las bases solucionando sus ingentes necesidades de combustible.

El sueldo de los obreros

Autoridades, empresarios y la prensa local celebraron la construcción de la base como una inyección para la economía zaragozana. Los trabajadores cobraban 3 dólares al día, unas 120 pesetas, más del doble del salario medio de la época. Además, los americanos pagaban 7 dólares por cada hora extra.

Regreso a la Base

La mayoría de ellos están jubilados, pero siguen muy activos y quedan a menudo para rememorar un pasado fuera de lo común. En el grupo figuran militares norteamericanos que estuvieron destinados en la Base -y que por amor decidieron quedarse en la capital aragonesa-, extrabajadores españoles del sector americano y empleados que, tras el cierre en 1992, fueron reubicados y continúan su labor en la Base Aérea de Zaragoza.

Ángel Díaz, Julio Torres, Jesús Matute, Avelina García, John Ellin, Pascual Domingo, Agustín Burguete, Higinio Pascua, Francisco Soravilla y Ángel Hernández.

Este año, en el que se cumple el 25 aniversario del cierre de la base americana, Ángel Díaz, John Ellin, Jesús Matute, Pascual Domingo, Agustín Burguete, Higinio Pascua, Avelina García, Ángel Hernádez y Francisco Soravilla recorren de nuevo las calles del sector sur en un día marcado por el viento y el recuerdo.

Fachada del antiguo cine de la base

La huella de la base americana permanece en quienes formaron parte de ella… y en lo que queda de sus instalaciones: el campo de golf, la bolera, la cafetería (donde se ubicó una bolera anterior a la actual), el cine, el gimnasio, la capilla o los chalés que hoy ocupan oficiales y suboficiales españoles.

Algunas permanecen casi intactas, como el gimnasio o el campo de golf; otras, mantienen el mismo uso pero con alteraciones en su diseño interior original, como la capilla o el cine; y varias han desaparecido o tienen otra utilidad, como el Shopette (una tienda en la que se vendía casi de todo) o la Library (papelería) , ubicadas cerca del cine.

“Tengo buenos recuerdos de aquellos años y aquí conocí a mi marido”, cuenta Avelina García, quien trabajó en la base americana entre 1958 y 1960. En ese último año se casó con Donald Reynolds, un militar norteamericano destinado en la base de Zaragoza, y tras idas y venidas a Estados Unidos, España e Italia, finalmente fijaron su residencia en Zaragoza a partir de 1976. Entonces fue cuando Avelina volvió a la base para trabajar en el economato hasta 1992.

John Ellin fue sargento maestre encargado del sector de mantenimiento de aviones durante 7 años. Llegó en 1969 y conoció a su esposa en Zaragoza, en el 75. A finales del año siguiente le destinaron a Alemania y se marcharon allí, hasta que decidieron regresar en 1997 para fijar su residencia en la capital del Ebro. “Siempre me gustó estar aquí, desde la primera vez hasta hoy. He visto muchos cambios en la ciudad, unos buenos, otros malos, pero todavía me gusta”.

“Al principio llevé la tienda de repuestos de automóvil –todos de coches americanos- y la juguetería y posteriormente trabajé en la cafetería que estaba junto al club de suboficiales. Fue maravilloso: pagaban bien, el clima era agradable y lo mejor es que aquí encontré a mi novia que después fue mi mujer”, cuenta Ángel Hernández Mostajo, extrabajador del sector americano entre 1960 y 1964.

El zaragozano Francisco Soravilla comenzó a trabajar en la base en octubre del 59, con 21 años. “Había estudiado algo de inglés en el bachiller y un amigo que estaba allí me animó a entrar porque necesitaban gente. Hice la entrevista con el jefe de personal, me puso un test y lo pasé”, relata.

“Había una serie de tiendas, una de ellas delicatesen. Allí comencé vendiendo leche, pan, latas de Campbell’s… Luego pasé al Main Store, que era una tienda grande, y ahí vendíamos de todo: frigoríficos, vajillas… productos traídos de Estados Unidos”, añade.

Soravilla también trabajó en el Radio Record Shop, donde se vendían discos y aparatos de radio y magnetófonos. “Por primera vez allí aparecieron los discos de The Beatles, de 45 rpm. Era la época en la que estaba de moda Frank Sinatra, Everly Brothers…”, comenta. Otro de los lugares donde desempeñó su labor, antes de dejar la base, en 1966, fue en la sección de piezas para el automóvil, “donde aprendí más vocabulario y por último acabé de supervisor del almacén. Para mí, francamente, fue una experiencia muy buena”.

El grupo mantiene su vínculo con la base y sus gentes . Pascual Domingo recuerda cuando trabajaba de joven en el Gran Hotel: “Allí se alojaban los ingenieros norteamericanos que construyeron la base". Tres años después entró como empleado de Comunicaciones y, después, como enlace de la Security Police. Estuvo trabajando en la base desde la llegada de los primeros soldados hasta su marcha, en el 92.

Hoy, Pascual Domingo camina por el recinto del sector americano junto a antiguos compañeros entre anécdotas, risas y momentos emotivos y se fotografían junto al avión F-86 Sabre y otros edificios con toda naturalidad, como si el tiempo se hubiera detenido. Algunos compañeros no habían pisado la base en décadas y otros prefieren no volver a pisarla para mantener el recuerdo intacto de una época que, de un modo u otro, marcó para siempre su destino.

Y el roce hizo el cariño

Me casé en 1968 con una zaragozana en la iglesia del Perpetuo Socorro, por supuesto, en una boda típicamente española”, comenta con cierta sorna Rogelio Reyna, un militar de San Antonio (EE.UU.) con raíces mexicanas que llegó destinado a la base aérea de Zaragoza dos años antes de contraer nupcias.

Su caso no es nada extraño. Durante la presencia de tropas americanas en la capital aragonesa se celebraron decenas de bodas ‘mixtas’ que afianzaron los lazos entre dos sociedades tan dispares, lo que ayudó a eliminar en parte algunas barreras.

“Mi mujer aprendió inglés y tiene un acento muy bonito, y yo di clases de castellano. Nuestros hijos nos hablaban a cada uno en nuestro idioma, y han crecido bilingües”, apunta orgulloso el que fuera Jefe de Compras de los departamentos de ingeniería de la base.

María Carmen Gaspar y William Walton

A María Carmen Gaspar también se le cruzó un americano en su vida, de nombre William Walton. “Le conocí en 1971 en la plaza de San Francisco y un año después nos casamos”, recuerda en el Café Levante, centro de reunión de militares y extrabajadores de la base.

“Cuando terminó el Ejército nos fuimos a Estados Unidos y allí hizo la carrera de piloto de aviación comercial y empresariales. Después regresamos a España y nos dedicamos a la exportación de calzado de Aragón”, relata. El año pasado falleció su marido, a quien recuerda con gran cariño, y del que siempre lleva encima una colección de fotos antiguas, junto con las de su hija y sus dos nietas.

"Nuestros hijos nos hablaban a cada uno en nuestro idioma, y han crecido bilingües"
Ana Rivas y Charles Poff

Sus casos son representativos de los matrimonios entre americanos y zaragozanas que echaron raíces en la capital aragonesa. Según Rogelio, “todavía estamos unos 30 americanos afincados aquí de aquella época”. Otros, en cambio, volvieron a cruzar el Atlántico.

Es el caso de Ana Rivas, que conoció en Zaragoza al que sería su marido, Charles Poff, militar americano de la base, con quien vive desde hace 39 años en Estados Unidos. “Trabajaba con españoles y siempre me decía que no le hablaban en inglés, pero aprendió el idioma muy rápido”, relata por correo electrónico.

“Se enamoró del Pirineo, de las tapas del Tubo, del Monasterio de Piedra… y le gustaba hacer paella con sus compañeros, a los que todavía vemos cuando vamos a Zaragoza”, recuerda. Charles tuvo que regresar a su país por trabajo, y allí se establecieron, aunque no sin “ciertos problemas de integración” para ella.

Ahora está totalmente adaptada, es auxiliar de enfermería y su marido ingeniero, tienen tres hijos y seis nietos, y gracias a su abuela zaragozana, “cuatro de ellos ya hablan español”.



De vacuna contra la dictadura, a incómoda presencia imperialista

Pero no todo fue amor. La presencia de una fuerza militar extranjera en territorio español no siempre fue bien acogida y las voces críticas que reclamaron su salida de Zaragoza fueron in crescendo con el paso de las décadas, en especial por parte de los movimientos de izquierdas.

Durante el franquismo, esas mismas alas de pensamiento vieron la llegada estadounidense como una vacuna democrática con la que luchar contra la falta de libertades en España. Además, la inyección económica, las obras e infraestructuras, los matrimonios ‘mixtos’, el apoyo en tareas logísticas como la extinción de incendios y las posibilidades de negocio con el invitado rico que llegó a la ciudad propiciaron un clima favorable de convivencia.

Sin embargo, la Transición hacia la democracia tras la muerte del caudillo despertó un sentimiento anti-imperialista que se tradujo en una clara presión -tanto en la calle como en las instituciones políticas- para el desmantelamiento de las bases americanas en España. Tampoco ayudó la devaluación del dólar y el desarrollo de una sociedad cada vez menos distante del ‘amigo americano’.

A su vez, el uso de la base en los conflictos armados de Estados Unidos generó entre los años 70 y 90 una sensación de riesgo para la propia población zaragozana que no pasó desapercibida, como sí ocurriera años atrás. En la crisis de los misiles de Cuba (1962), por ejemplo, se elevó el nivel de alerta en la base hasta tal punto que los familiares americanos fueron evacuados al Pirineo ante un posible desenlace fatal, sin que la ciudad se enterase de nada.

La participación norteamericana en disputas como la Guerra de los Seis Días (1967), la Guerra del Yom Kippur (1973) o el bombardeo de Libia (1986) convirtieron la base en un ir y venir de soldados, cazas y aviones de transporte militar. Una situación que se elevó a su máxima expresión en la Guerra del Golfo (1990), en la que se llegaron a registrar cien despegues al día con un total de 20.000 soldados de paso en la instalación aragonesa.

Todo ello creó el caldo de cultivo del rechazo a la presencia estadounidense en la capital aragonesa. Lo que primero fueron pequeñas protestas ciudadanas y estudiantiles, pronto alcanzó dimensiones masivas, gracias fundamentalmente a las denominadas ‘marchas a la base’. Fueron en total siete, aunque la más multitudinaria fue la primera, el 29 de mayo de 1983, con más de 25.000 personas recorriendo los 14 kilómetros que separan la instalación y la ciudad.

Paralelamente, los partidos políticos iniciaron su particular marcha en las instituciones, con el alcalde Ramón Sáinz de Varanda como una de las voces más críticas por la presencia americana. Ya en 1978 se registró la primera petición oficial en el Parlamento nacional del desmantelamiento de la base por parte de los cuatro senadores que Aragón tenía entonces en Madrid. Una presión que se mantuvo hasta 1992, año en el que Estados Unidos retiró a la USAF de la base aérea de Zaragoza.

El rock de la primera base
La influencia norteamericana en Zaragoza a través del ocio, la cultura y el deporte

Welcome to Zaragoza

A mediados de los años 50, los primeros soldados norteamericanos destinados en la base de Zaragoza comenzaron a pisar las calles de la capital aragonesa en busca de ocio y diversión, atraídos por la curiosidad de adentrarse en una ciudad que en muchos casos ni sabían que existía antes de ser destinados a la capital del Ebro.

La España de aquel tiempo todavía era un país que vivía en blanco y negro, en muchos sentidos, mientras que EE. UU. aparecía ante el mundo como una nación llena de vida y color, cuya industria cultural comenzaba a propagarse, en parte, debido a la presencia de sus tropas en suelo europeo. Este hecho impregnó la forma de entender y disfrutar del ocio, la cultura y el deporte, así como otros aspectos relacionados con su paso por Zaragoza.

Los primeros soldados que vinieron a Zaragoza ocuparon edificios residenciales construidos dentro del sector americano de la base, entre los que se encontraban dos urbanizaciones de chalés destinados a oficiales y suboficiales. Además, se construyeron viviendas unifamiliares fuera del recinto militar, en el Portazgo de San Lamberto, conocido entonces como el poblado americano.

También alquilaron viviendas en Garrapinillos, Utebo, Torrero, en el entorno de la plaza de San Francisco y en calles próximas a la Gran Vía y el paseo de la Independencia. En las puertas de sus casas aparcaban grandes vehículos, llamados popularmente haigas, que dejaban boquiabierto a más de uno.

De fiesta

Con la llegada de estos nuevos vecinos, los negocios dedicados al ocio y la restauración local no tardaron en adaptarse a los gustos 'yankis', como la hamburguesería Nevada, que todavía elabora sus hamburguesas según la receta transmitida por un cocinero de la base desde que abrió sus puertas el 10 de noviembre de 1957.

Las salas de fiestas, discotecas, boleras y algún que otro prostíbulo proliferaron en la ciudad coincidiendo con la llegada de los americanos. Capri, Río Club, Pigalle, Cosmos y Cancela fueron algunas de las salas de fiestas frecuentadas por ellos en una primera etapa desde finales de los 50 y durante los años 60. En la década siguiente, llenarían las pistas de discotecas como Samantha’s y Astorga’s y ya en los 80, otros templos del baile como Scratch y La Room.

Los soldados recién llegados a la base americana recibían formación desde el departamento Social Actions, así como un 'briefing' o escrito en el que se les indicaba una serie de recomendaciones o normas de conducta. Una de ellas puntualizaba la necesidad de dejar el uniforme al salir de la base y vestir ropa civil. “Si te ibas con el uniforme debías ir directamente a tu casa a cambiarte porque en aquel tiempo no estaba muy bien visto que militares de otro país pasearan por las calles de Zaragoza”, recuerda Dan Moyer, uno de los militares norteamericanos destinados en la base a mediados de los 80.

Puertas adentro de la base se celebraban varias festividades americanas: Halloween, el Día de Acción de Gracias… y la más importante, el 4 de julio. “Nos daban un pin con la bandera española y americana. Se hacían barbacoas, había fuegos artificiales… Todavía conservo el porrón de vino que me regalaron con la fecha del 4 de julio del 81”, recuerda Steve Millican, militar destinado en la base entre 1979 y 1982. Entre estas celebraciones también figuraba el People's Fest, en la que se invitaba a los militares españoles y al personal civil español de la base a pasar una jornada de convivencia festiva.

Sintonía con el rock

Desde la llegada de los americanos el 'rock and roll', con Elvis Presley como un de sus máximos exponentes, causó furor en Zaragoza por influencia directa de la base. No fue un hecho aislado. La música americana se propagó a través de sus bases militares instaladas en suelo europeo tras el fin de la Segunda Guerra Mundial y el inicio de la Guerra Fría, marcando a grupos como The Beatles.

“George Martín, el productor del grupo, hablaba de la influencia de la base americana que había cerca de Liverpool. La música que salía de su emisora y los discos que allí legaron fueron claves para John Lennon.

Ocurrió lo mismo en Alemania o Italia -dando origen al swing y al rock italianos- y, por supuesto, también aquí” señala el periodista y musicólogo Plácido Serrano.

A finales de los 50, muy pocos zaragozanos tenían la suerte de poder escuchar los discos de música americana, disfrutar de los productos que los militares podían comprar cómodamente en las tiendas de la base, y mucho menos tener acceso a sus instalaciones. El sector sur de la Base era una pequeña ciudad norteamericana con todo lo necesario para abastecer a los militares, tanto a ellos como a sus familias, sin necesidad de salir de allí. Era un trozo de Estados Unidos incrustado en Zaragoza.

El cantante zaragozano Gavy Sanders

Los primeros 'rockers'

Poco a poco, americanos y zaragozanos se fueron conociendo y adaptando a la circunstancias. Hubo militares que empatizaron con los vecinos de la ciudad y sus costumbres y, a su vez, zaragozanos que entablaron buena amistad con ellos. La puesta en marcha de la radio de la base, la primera emisora de FM que hubo en España y la primera que años más tarde comenzaría a emitir en estéreo propagaría el rock en la ciudad.

Uno de aquellos primeros ‘rockers’ nacionales es Gavy Sanders artista zaragozano criado en el barrio de Torrero, donde empezó a jugar a béisbol con los militares americanos, al tiempo que la música comenzaba a ser la gran pasión de su vida. Uno de aquellos americanos con los que jugaba le regaló unos Levi’s usados. “Debí de ser uno de los primeros en Zaragoza que vistió pantalones vaqueros. Los llevé hasta que se rompieron”, cuenta.

“En Zaragoza se gestó la primera revolución rocanrolera de España con cinco cantantes, Rocky Kan, Baby, Chico Valento, Nelo y Gavy Sander’s, forjados en los programas de variedades de la radio local y sazonados en la Base Americana, a las mismas puertas de la ciudad. Todos ellos trabajaron allí o contaron con la amistad de soldados yanquis”, señala Matías Uribe en su libro ‘Zaragoza 60’s’.

Abrieron el camino a una generación de grupos musicales que eclosionaron en la década siguiente a la de la llegada de los americanos a la base: Unkinds, Los Magnos, Los Sombras, Junglas, Grupo 70, Rocas Negras, Los Guayanes, Los Jóvenes, The Lions… y un buen número de conjuntos aragoneses, algunos de ellos fueron contratados en más de una ocasión para actuar en el club de oficiales de la base.

“Todos los sábados por la noche se celebraban fiestas en el club de oficiales, por donde pasaron decenas de grupos aragoneses. Algunos de estos músicos vieron allí el primer striptease de su vida”, recoge Uribe en su texto sobre la Zaragoza de los 60.

“A los americanos les hacía gracia oír rock cantado en español”, cuenta Gavy Sanders, quien cantó en dos ocasiones en la Base americana, y llenó innumerables noches de rock en las salas Cosmos (frente al Teatro Principal) o Capri (junto al desparecido cine Coliseo), Rumbo (Fernando el Católico, 22) o Cancela (Royo, 5-7), entre otras.

“La Cosmos fue la primera que puso ‘Night Club’ en su rótulo, -recuerda Sanders-. Los americanos que frecuentaban algunas de estas salas de fiestas tenían bastante poder adquisitivo. Pedían una copa tras otra, dejando casi entera la anterior. Entonces, no estábamos acostumbrados a ver aquello”.

La influencia de la emisora de la base americana fue impregnando la escena musical aragonesa y ampliando el gusto por la música norteamericana. El rock entró con fuerza y en torno al jazz se fue creando un grupo de aficionados en la ciudad que llegaron a soñar con crear el primer festival de Jazz de España, toda una temeridad para el régimen de entonces.



American Forces Radio

La radio de la base “estuvo emitiendo ininterrumpidamente desde 1957 hasta 1992”, afirma Julio Torres, técnico de la emisora entre 1983 y 1992, año en que el mismo fue el encargado de apagar para siempre el transmisor de la radio en la que John Rowley inició los primeros programas. Entre sus contenidos, había espacios de producción propia que contaban con locutores -todos militares americanos-, enfocados al público americano de Zaragoza.

Otros se traían de EE. UU. grabados en discos de vinilo, como el famoso programa ‘American Top Forty’ (Los 40 principales), que llegaban para ser escuchados una sola vez. Al finalizar el programa los discos se destruían ya que los derechos de autor solo permitían ser reproducidos en una única emisión semanal.

“Los que no se destruían se rayaban. Otra forma de inutilizarlos era durante la celebración del People’s Fest, donde cada unidad organizaba algo de diversión. Nosotros montábamos lo que se conocía como un ‘bootz’, que era poner los discos en un stand y se tiraban pelotas de tenis para romperlos. A quien derribaba 5 vinilos le regalábamos un porrón”, cuenta.

Para que hubiera sana competitividad, anualmente se nombraba la ‘Station of the Year’ (emisora del año). Competían todas las emisoras de radio y televisión de las bases americanas de todo el mundo. Zaragoza ganó en varias ocasiones, como ocurrió 1983 y 1984.

“Mis compañeros eran todos americanos y durante años fui el único empleado civil, ‘local national’. Mi sensación desde el primer día es que fui uno más, no sentí discriminación por no llevar uniforme o ser español, y no puedo hablar más que cosas buenas de aquella época”, añade Torres.

La radio de la Base actuó como difusor de una música que poco a poco fue impregnando a los jóvenes zaragozanos. Algunos de ellos entraron en contacto directo con la Base, trabajando en ella como es el caso de Rocky Kan y entablando amistad con algunos de ellos.

Fue tal la influencia que muchos jóvenes zaragozanos se interesaron por los programas musicales de la emisora americana y, con suerte, quien tenía un amigo o un conocido en la base, podía lograr hacerse con discos de rock que de otro modo era imposible encontrar.

“Éramos conscientes de lo que suponía la música. Aunque mucha de la programación musical venía ‘enlatada’ directamente de EE. UU., había oyentes que pensaban que los Dj's estaban en la base y llamaban para pedir canciones”, comenta Torres.

Por supuesto, no era así, aunque en ocasiones sí que pasaron por ella estrellas de la música que se encontraban de gira por instalaciones militares norteamericanas para mantener el ánimo de los Fuerzas Aéreas estadounidenses destacadas en Europa.

El cantante norte americano Lee Greenwood (izquierda) en la emisora de la base junto a Julio Torres

Por la capital aragonesa pasó Don Tracy, célebre Dj de principios de los 80, o el cantante de country Lee Greenwood, entre otros. “Vino a la base y actuó en uno de los hangares. Le entrevistaron en directo para la emisora y me firmó una hoja del Billboard donde figuraba como número 1 aquella semana”, recuerda Julio Torres.

Pista de baile

En los 60 y 70, el rock progresivo y el funky, de moda en los 70 y primeros años 80, también penetraron a través de la base. Los discos solo podían oirse en la emisora de la Base “o cuando los americanos compraban vinilos y los llevaban a discotecas como Astorga’s o Scratch, entre otras", señala Julio Torres.

Además de grupos de música funky, sonaban otros géneros provenientes de EE. UU. en locales como Samantha’s (propiedad de Rocky Kan) y en bares del entorno de las calles de San Antonio María Claret y San Juan de la Cruz frecuentados por militares de la base.

“Escuchábamos como posesos toda la música a la que no teníamos acceso ni en tiendas de discos ni en otras emisoras de radio. Recorríamos bares como el Why Not (en la calle López Allué) o La Room (en Francisco Vitoria) o la discoteca Scratch (en Cesáreo Alierta) o Dernier y Cioe (los dos en Dr. Cerrada) para escuchar la música que los americanos sacaban de la base y llevaban a los pinchadiscos de la época”, cuenta Ignacio Cristóbal ‘Coco’, uno de los grandes animadores de la Zaragoza musical de los 80, autor junto a Ramón Rojas y Justo Peña del libro 'Perdidos en los 80'.

Fiesta Break-Dance en la discoteca Punto Cero con Ramón, Feno, Javier (entonces pinchadiscos en Punto Cero), Coco, Kani y tres bailarines de break-dance de la base americana

“En aquella época tuve la suerte de trabajar en la radio como locutor de musicales en la recién inaugurada Popular FM y como pinchadiscos junto a Ramón en Punto Cero. Allí traían sus discos amigos americanos de la base para que los pinchásemos y al final conseguimos convencerlos para que nos los vendiesen para nuestra discoteca. No solo los discos, claro. El tabaco americano era garantía de éxito con las chicas también”, añade Coco.

Astorga’s

El locutor y periodista Ricardo Cepero se hizo con la discoteca que montaron dos hermanos de Astorga a finales de los 60. Y de ahí su nombre: Astorga’s. Fue un templo de la música funky durante más de una década, entre 1970 y 1983.

En ella estuvo a los platos Charlie, Dj histórico de la capital aragonesa, y nombre indispensable en las discotecas de la década de los 70: Beethoven, Parsifal, Samantha’s o Liverpool... entre ellas.

De cuando en cuando, en la cabina de Astorga’s se colaba un jovencísimo Ricardo Cepero hijo, quien con el paso de los años cobraría protagonismo en la gestión de la sala y al frente de la música en muchas sesiones. Fue Charlie quien le examino para poder realizar tal cometido, como mandaba la norma en la época. Otro de los pinchadiscos que pasaron por allí fue el locutor Tony Miranda.

Ante la vieja creencia de que la pista de baile era copado solo por americanos, Ricardo Cepero hijo afirma que del total del aforo que permitía la discoteca, unas 200 personas, solo unos 50 eran americanos. “Lo que ocurría es que llamaban mucho la atención por sus coches, sus ropas y la corpulencia de algunos militares afroamericanos…”

Entre la clientela, americanos de origen latino y afroamericanos que acudían al local atraídos por una música que entonces rompía esquemas: el funky. De James Brown a Kool & The Gang y Earth, Wind & Fire entre los artistas más conocidos, pero había muchos más.

“Tenía un amigo en la emisora, Tom Spilman, con quien podía entrar en la base americana. Desde la tienda de discos que había allí me ensañaba las portadas de varios vinilos y yo le hacía señas para decirle cuáles quería. Por otra parte, en la radio destruían los que llegaban para ser reproducidos solo una vez, así que en alguna ocasión le convencí para que me diera la mitad de los que iban a desechar”, recuerda Charlie.

“Siempre nos las arreglábamos para tener las últimas novedades discográficas. En ocasiones, provenían de la base, de personal que traía discos, o grabaciones que hacíamos de ellos. Y por supuesto de algunas tiendas zaragozanas como Linacero o Guateque, en el pasaje Palafox”, cuenta Cepero.

En este último establecimiento, Cepero consiguió uno de los 3 primeros discos que llegaron en exclusiva de ‘Rapper’s Delight’, el exitazo de Sugarhill Gang del año 1979. Se las arregló para quedarse con uno de ellos, el único que sonó en la ciudad, y que solo podía escucharse en Astorga’s.

“Semanas después de que estuviera sonando en Astorga’s el programa ‘Aplauso’ de TVE anunciaba en exclusiva la canción. Nacho Dogan apareció en pantalla y dijo antes de que sonase el tema: ‘Este disco solo lo tenemos nosotros y una discoteca de Zaragoza’”, rememora.

En Astorga’s eran célebres los concursos de baile que organizaba la discoteca, en los que participaban militares de la base. Entre la clientela, uno de los habituales del local fue el boxeador Perico Fernández. También era frecuentada por músicos como Del Moran, quien sería bajista de Bunbury años más tarde, y que por aquel entonces tocaba con Magnum, un grupo formado íntegramente por personal de la base americana.

La década de los 70 fue de Astorga’s, un lugar de parada obligatoria para el grupo Tequila siempre que pasaban por la ciudad. “Siempre que venían me decían: ‘Pon a James Brown, algo de los Stones y luego lo que quieras’. Hicimos muy buena amistad”, dice Cepero.

Los 80 ya no fueron lo mismo y significó el ocaso de la discoteca, marcado por un ambiente enrarecido que propició que las autoridades militares estadounidenses calificaran el establecimiento como ‘off limits’ para sus personal, lo cual significaba la prohibición expresa de frecuentar la discoteca.

En los 80, Scratch y La Room tomaron el relevo. A comienzos de la década, Ricardo Cepero intentó crear “una Rockola en Zaragoza”, al estilo de la mítica sala de conciertos madrileña. En Astorga’s tocaron Los Coyotes, Parálisis Permanente, Pistones, Alta Sociedad, Ferrobós, pero la cosa no cuajó y, finalmente, Cepero optó por dedicarse enteramente a su labor como profesor de Veterinaria y se desligó del negocio familiar, que se mantuvo hasta el año 1983.

Cerca del comienzo de la década de los 90, el hip hop comenzaba a extenderse en España. En Zaragoza, parte de esta cultura urbana entró de nuevo por la base. Uno de los grupos de mayor éxito en Aragón fue Foreign Nation, formado en 1989 por Fernando Laguna (Def Boy) y King Mc Alo (Angelo) y Jeff (Doonski X) dos militares norteamericanos destinados en la base.

En 1990, ganaron el certamen nacional de maquetas de la revista ‘RockdeLux’ y parte de aquel premio fue la grabación de un maxi (‘State of a Nation / Mi autógrafo’).

El 1992 publicaron el álbum ‘Brothers?’, coincidiendo con la marcha de Angelo y Jeff a Alemania, donde fueron destinados. El grupo quiso lanzar el álbum en Europa pero, al no lograrlo, finalmente se disolvieron. El videoclip de la canción ‘¿Cómo que no?’ está considerado como el primer videoclip profesional de un grupo hip hop español.

Aportaciones culturales

La base no solo influyó en la música que escuchaban los jóvenes zaragozanos, entre ellos músicos de la tierra como Santiago Auserón y Carmen París, entre otros. La artista recuerda que por el bar familiar que tenían en Utebo solían ir americanos que residían en la localidad. La música americana fue una de las influencias que marcaron su destino como cantante: “Gracias a la base, escuchábamos grupos y canciones que en otros lugares tardaban 4 o 5 años en llegar”, cuenta.

Sin embargo, Carmen París lamenta que aquella influencia no fuese recíproca: “No se interesaban apenas por la cultura de la ciudad, y menos por la música”, lamenta. Unas décadas después, la artista zaragozana ha logrado cumplir su deseo de revertir el proceso y poner un pica aragonesa en Estados Unidos, donde ha grabado su último álbum, que incluye jotas en clave de jazz, con músicos de la prestigiosa Universidad Berkeley College of Music de Boston.

La literatura y el cine también han sentido el reflejo de la presencia norteamericana en la base de Zaragoza. La novela ‘Carreteras secundarias’, de Ignacio Martínez de Pisón evoca ese huella americana, así como la película homónima, basada en esta obra literaria, rodada en 1997 en el sector americano de la Base.

Fue el primer largometraje que se rodó en la ciudad después de 3 décadas, tras ‘Culpable para un delito’ (José Antonio Duce, 1966), en cuyo filme aparece en las secuencias finales uno de los chalés americanos construidos junto a la carretera de Logroño. La Base de Zaragoza también ha sido escenario reciente de dos rodajes: ‘Aragón Rodado’ (Vicky Calavia, 2014) y ‘Leavy’ (Gabriela Cowperthwaite, 2017).

El pintor Eduardo Laborda, en su libro ‘Chas, de Salduba a Las Vegas’ aborda la figura Marcial Buj ‘Chas’, humorista, caricaturista y periodista que trabajó en varios momentos de su vida en HERALDO. Uno de los capítulos de esta obra está dedicado a la Zaragoza ‘americana’, donde Laborda desgrana, entre otros aspectos, cómo fue la llegada de los primeros estadounidenses que trabajaron en la construcción de la base, entre ellos los engrasadores de la maquinaria empleada en las obras. Eran los obreros mejor pagados y se alojaban en el Gran Hotel, segun describe Laborda.

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El origen del cine en España tiene sus raíces en Aragón y parte de su legado se mantiene en la capital aragonesa gracias a la Filmoteca Municipal. A ello contribuyó en su día una ayuda cultural de 50.000 dólares (unos 6 millones de pesetas de entonces)donada por el Comité Conjunto Hispanoamericano que permitió adquirir el archivo de Antonio Tramullas -hijo de Antonio Tramullas Perales, pionero del cine en Aragón-, compuesto por una valiosa colección de documentos sobre la vida en esta comunidad durante el primer cuarto del siglo XX.

Otra aportación significativa fue la donación de 10.000 libros de diversas materias (psicología, historia, geografía, física…) a la Universidad de Zaragoza, que fueron depositados en la biblioteca universitaria de la sede del Paraninfo tras el cierre de la base.

A jugar

Los americanos de la base también dejaron su huella en el ámbito deportivo. Durante su estancia en la capital aragonesa practicaron deportes tan arraigados en EE. UU. como el béisbol, el fútbol americano, el baloncesto o el golf.

Las instalaciones de la base contaban con un campo de golf de 9 hoyos, el primero que se construyó en Aragón, donde algunos zaragozanos comenzaron a practicar este deporte a partir de 1964, tras quedar la base en ‘stand by’. Entre aquellos primeros golfistas aragoneses estaban Vicente Comet, Jesús Casamián, José María Laguna, Pedro Mateo y Carlos Antolín.

El sector americano de la base contaba con 2 campos de béisbol y 2 de fútbol americano, 3 pistas de frontenis, un gimnasio completo con cancha de baloncesto, piscina cubierta, pista de atletismo, 4 pistas de tenis y una bolera de 6 pistas.

Fuera de la instalación militar, los americanos de la base practicaron el esquí en las estaciones aragonesas y contaban con su propio club, el Zaragoza American Ski Club. Otra de sus aficiones deportivas fue la pesca, que practicaron en Caspe, donde también tuvieron un club.

Webb Williams, Trofeo Skol día San Jorge 23-4-79, en Palacio de los Deportes, partido homenaje por el ascenso del equipo a Primera División
Hollis Copeland Temporada 1980-81 en Primera División contra el Real Madrid

En la base se formó el equipo de baloncesto llamado Toros, que participaba en competiciones con los equipos de Torrejón y Rota y, en ocaciones, jugaba contra equipos locales como el Helios y el Iberia. En las filas de este último militó el teniente Stone, considerado uno de los mejores jugadores norteamericanos que han pasado por España.

“Me entró la afición viendo jugar al Iberia y al Helios, en los que había jugadores de la base. En aquella época estaba permitido formar los equipos con 3 extranjeros. El Iberia, como tenía buena relación con la base, conseguía que estos jugadores, que normalmente eran trabajadores de la base o militares en su mayoría, tuvieran disposición de horarios porque también había que viajar”, recuerda José Luis Rubio, presidente del Club Baloncesto Zaragoza.

Para Rubio la importancia de la base fue clave: “Traían un baloncesto que aquí no se conocía, como el tiro en suspensión, por ejemplo. Eran muy espectaculares comparados con los nuestros”.

También rememora que a mediados de los 70 pudo fichar para el Helios al norteamericano Webb Williams. Era la primera vez que un professional jugaba en Tercera División. “Hizo posible que subiéramos de Tercera a Segunda y de Segunda a Primera”, cuenta.

“Al principio, Williams no logró acoplarse a la vida en Zaragoza y en ese momento nos echó una mano un aficionado que venía a vernos y que trabajaba en la base, Joe Castillo. Nos ayudó mucho a hacer Williams que se sintiera más integrado”, añade.

Grupo Cheerleader de la Base, Temporada 1980-81 en el Pabellón CAZAR

El baloncesto de la ciudad fue creciendo gracias a los esfuerzos de José Luis Rubio por adaptar varios aspectos que enriquecieron todo lo que rodea a este deporte y que en Estados Unidos eran communes: la incorporación de animadoras (‘cheerleaders’), la mascota del equipo, organización de torneos navideños…

Pero sobre todo tuvo la habilidad de fichar a varios jugadores tan importantes como el citado Webb Williams o Hollis Copeland, entre otros, que ayudaron a lograr que el baloncesto adquiriese un nivel de espectáculo. “Se adaptaron muchas cosas de su baloncesto pero todavía hay mucho que aprender”, asegura Rubio.

Durante esos años, y posteriormente con el CAI Zaragoza, José Luis Rubio subraya que fue fundamental la colaboración del Donald Reynolds –militar norteamericano destinado en Zaragoza-, su mujer Avelina García –extrabajadora de la base- y su hijo Luis. “Son grandes aficionados y todavía siguen al primer equipo de la ciudad. Nos ayudaron mucho a la hora de integrar a los jugadores americanos que tuvimos en el CAI”, afirma.

La cara ‘B’
Contrabando, agresiones y algún asesinato marcaron la crónica negra de la USAF en Zaragoza

Contrabando en la base: el gran bazar americano

A la cigarrera del Tubo le vendíamos 25 cartones al mes de Pall Mall, que sacábamos de la base”, reconoce uno de los protagonistas entrevistados para este reportaje. El contrabando de productos americanos en Zaragoza es sobradamente conocido, y no pocos hicieron de él un lucrativo negocio.

Los militares estadounidenses tenían acceso en la base a una oferta de enseres y consumibles nunca vistos hasta entonces en la ciudad, y a precios muy por debajo del mercado. Se trapicheaba con electrodomésticos, licores, comida, gafas de sol, tabaco…y hasta piezas de los aviones. “Con la chatarra también había una mafia impresionante”, publicaba este periódico en los años 90.

Un zaragozano que hizo el servicio militar en la base a finales de los 70 recuerda cómo “sacábamos botellas de Coca-Cola, que eran diferentes de las que teníamos aquí, y se las vendíamos a un amigo que tenía un bar en La Almozara”.

El contrabando fue generalizado y en gran parte aceptado por la sociedad de la época. Sin embargo alcanzó tal magnitud que a los trabajadores españoles en la base solo se les permitía adquirir tabaco, dos paquetes por día, y al final hasta esta ventaja terminó por cancelarse.

Donde también hicieron su particular agosto fue en los prostíbulos, y en especial, en El Madrazo, centro neurálgico de las más oscuras noches de juerga de los americanos en los años sesenta. Peleas, borracheras, detenidos… e incluso algún enlace matrimonial tuvieron su origen en esta zona de marcha.

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Como recuerda Concha Roldán, su clausura bien pudo ser propiciada por la mediación del arzobispo Cantero Cuadrado, o por sugerencia de las autoridades militares americanas ante la proliferación de enfermedades venéreas entre sus tropas.

Crónica negra: ¿quién juzga al presunto asesino?

A partir de los años 70, los americanos comienzan a establecerse en localidades y barrios como Garrapinillos, Monzalbarba, Casetas y Utebo, donde los propietarios de viviendas sacaron grandes réditos alquilándoselas a los americanos por hasta el triple del precio normal de la época.

A cambio, sufrieron los excesos de algunos militares, en especial, de aquellos que llegaban de conflictos armados. “Venían del Vietnam los soldados súper quemados -recordaba un vecino de Garrapinillos a HERALDO DE ARAGÓN, en 1992-, salían de marcha por el pueblo, se colocaban de alcohol y montaban unos follones de miedo”.

Pero a muchos de estos soldados las noches de desenfreno y los choques con las autoridades locales les salieron muy baratas. En los acuerdos secretos entre España y Estados Unidos firmados en los Pactos de Madrid de 1953, Franco aceptó una importante cesión en la jurisdicción con los americanos creando “un régimen penal y procesal de excepción de tipo privilegiado”, según el historiador Ángel Viñas.

Pero a muchos de estos soldados las noches de desenfreno y los choques con las autoridades locales les salieron muy baratas

En diciembre de 1954 se creó la Comisión Mixta de Competencias, encargada de resolver los conflictos de jurisdicción de los sucesos en los que se vieran implicados ciudadanos norteamericanos.

Como consecuencia, se calcula que de los casi 4.500 casos de americanos implicados en delitos y faltas, apenas un 1% acabaron resolviéndose en la Justicia española. Del resto, o se encargaron los tribunales militares estadounidenses, o se diluyeron con el tiempo bajo un oscuro manto.

La prensa zaragozana de la época se hizo eco de algunos de los sucesos más sonados. En mayo de 1975, un alumno de la escuela de la base que paseaba por el perímetro de la misma descubrió un cadáver semienterrado al que se identificó rápidamente. Era el soldado norteamericano Neal Gainer, de 23 años de edad, desaparecido cuatro meses antes. Las investigaciones llevaron a la detención de dos militares compatriotas acusados del asesinato, consecuencia de un ajuste de cuentas por un chanchullo de drogas, tal y como informó en HERALDO el periodista Mariano Banzo. El caso llegó a la Comisión Mixta de Competencias, que lo derivó a las autoridades estadounidenses sin que se supiera nada de su resolución.

En 1978, un sargento de las USAF fue condenado a prisión tras asesinar de cuatro puñaladas a una joven de 17 años en Garrapinillos. Dos años después, dos militares se libraron de pasar ante un juez por un intento de violación, en el mismo año en el que un capitán y un teniente tampoco fueron juzgados pese a ser acusados de abusar de una menor.

Hubo más. En junio de 1984, un militar mató a una mujer de 40 años en Miralbueno tras intentar abusar de ella, por lo que fue condenado a 12 años de cárcel. En 1986, otro miembro de las Fuerzas Aéreas fue asesinado por su mujer en Vía Univérsitas tras una violenta discusión. No hubo juicio en España.

El último trágico suceso antes del cierre de la base tuvo lugar el 16 de abril de 1992, apenas cinco meses antes de la salida definitiva de las USAF de Zaragoza. Ese día fue encontrado el cadáver de Eva María Aznárez, de 22 años, a escasos metros de su domicilio, en la avenida de Gómez Laguna, y desde el primer momento las investigaciones apuntaron a un “norteamericano y sicópata” de la base, tal y como publicó este periódico.

Precisamente, el caso ha sido reabierto este miércoles tras las nuevas investigaciones de la Policía Nacional. Las pesquisas relacionan al posible autor de este crimen con otro sucedido un mes antes en la capital aragonesa, el de Mercedes Lázaro Sanmiguel de 25 años asesinada en circunstancias similares.

En el aire
La aviación en el sector americano de la base

Aviones

La presencia de las Fuerzas Aéreas de los Estados Unidos en la base zaragozana trajo consigo una intensa actividad en algunos periodos concretos, sobre todo durante la Guerra del Golfo, aunque la instalación también sirvió en otras etapas para el desarrollo de ejercicios tácticos realizados en el cercano polígono de tiro de Las Bardenas.

En 1957, el control de la Base Aérea de Zaragoza fue transferido al Comando Aéreo Estratégico de la USAF. La actividad militar americana comenzó un año antes con la llegada de aviones procedentes de sus bases en África: cinco bombarderos B47 Stratojet, un T33 y dos KC97.

En septiembre de 1958, la unidad 431st Fighter-Interceptor Squadron se trasladó de la base libia de Wheelus a la de Zaragoza, donde aterrizaron los primeros aviones F86D Sabre. Dos años después llegarían los F102, B47 y, hasta 1964, los nodriza KC135.

Entre 1956 y 1964, la base tuvo un carácter estratégico y a partir del 1 de julio de 1964 permaneció en estado de espera (‘stand by’), hasta su reactivación en 1970, pasando a ser considerada como base de entrenamiento.

A partir de 1970, la base albergó la unidad del 406th Tactical Fighter Training Wing, que se mantuvo en la instalación hasta 1992. Durante ese periodo pasaron por allí diferentes tipos de aviones: OV10 Bronco, F4, F105, F100, F111, B66, F15, F16, KC10, A7, A10, F14, C9, C5 Galaxy, C141, C130 y el avión espía F117, entre otros.

En la pista de la base también aterrizaron aviones presidenciales. Una aeronave C54 Skymaster igual que la que utilizó el trigésimo segundo presidente de los Estados Unidos, Franklin D. Roosevelt, para asistir a la Conferencia de Yalta estuvo en Zaragoza en febrero de 1958.

El C54 transportó a varias autoridades militares y a directores de periódicos de las ciudades españolas donde se ubicaban bases americanas –tres de ellos de Zaragoza- en una gira en la que visitaron instalaciones estadounidenses similares en Francia y Alemania.

En la década de los 70, otro avión presidencial estuvo en la base de Zaragoza, según el testimonio de un antiguo trabajador de la instalación. “El Air Force One en el que llegó a Madrid el presidente de Estados Unidos fue llevado a Zaragoza porque en aquel momento la base de Torrejón de Ardoz estaba saturada de aviones”.

Sin embargo, el veterano empleado de la base no recuerda si se trataba de la visita de Richard Nixon a España, entre el 2 y 3 de octubre de 1970; o la de Gerald Ford, entre el 31 de mayo y el 1 de junio de 1975.

El aparato que con toda seguridad aterrizó en Zaragoza en el año 2001 fue el Gulfstream V, segundo avión del presidente estadounidense George W. Bush, quien se reunió con el rey Juan Carlos I y el presidente del Gobierno José María Aznar durante su visita. La misión del Gulfstream V consistía en sustituir al Air Force One ante cualquier problema que pudiera sufrir la aeronave titular.

Unidades de las Fuerzas Aéreas estadounidenses en la base de Zaragoza (1956-1992)

  • 7603d Air Base Squadron (9-1-1956), reasignado como 3974th Air Base Squadron desde el 1 de enero de 1957.
  • 431st Fighter-Interceptor Squadron (1958-1964)
  • 3974th Air Base Group, (1958-1965)
  • 874th Aircraft Control and Warning Squadron, (1959-1965)
  • 7602d Support Wing, (1960)
  • 7472d Combat Support Group, (1964-1970)
  • 406th Tactical Fighter Training Wing (1970-1992)
  • 67th Aerospace Rescue and Recovery Squadron - 3 helicópteros UH-1N de apoyo en rescate (hasta 1988)

Accidentes aéreos

En la actualidad, todavía resulta complicado conocer la cifra exacta de accidentes de aviones norteamericanos durante la presencia de las Fuerzas Aéreas de EE. UU. en la base -sobre todo porque durante los primeros años no se tiene constancia de siniestros ni de fallecidos, aunque los hubo-.

En suelo aragonés tuvieron lugar varios accidentes aéreos de la USAF en las proximidades de la base (1963 y 1971); en el Moncayo (1970 y 1980); en Borja (1969 y 1984), Sádaba (1970), El Buste ( 1972), Cariñena (1975), Tarazona (1980), Sierra de Albarracín (1984), Pitarque (1984) y Cetina (1986).

Otros aparatos siniestrados cayeron, en su mayoría, en la Comunidad Foral de Navarra y, en uno de los casos, en la provincia de Guadalajara. También se perdieron varias bombas entre la base y el polígono de tiro de Las Bardenas aunque, afortunadamente, en ninguno de los casos llevaban explosivos.

En la etapa que comprende entre los años 1970 y 1992 se sabe que murieron 33 estadounidenses al estrellarse los aviones en los que volaban. El siniestro más grave tuvo lugar en el término municipal de Borja el 28 de febrero de 1984, cuando un Hércules C130 de la USAF se precipitó cerca del Moncayo.

Fallecieron los 18 militares ocupantes de la aeronave, todos estadounidenses, a excepción del capitán español del Ejército del Aire Francisco Guardiola Gabó.

En el Moncayo aún quedan restos de los aviones americanos que se estrellaron en este pico en 1970 y 1980. No han sido los únicos. Michel Lozares, autor del libro ‘Los aviones del Moncayo’, en el que también colabora el guarda forestal Ismael González, recopila todos los siniestros ocurridos en esta montaña y en sus inmediaciones.

Entre ellos, el de la avioneta Piper Cherokee en la que perdieron la vida sus cuatro ocupantes el 10 de junio de 1972: Miguel Vilches, Juan Francisco Olivares, Javier Gortázar y Ana María Sangillao, quien estaba a punto de convertirse en la primera mujer piloto de Iberia.

Al margen de los accidentes aéreos, la USAF tuvo un especial protagonismo en un terrible siniestro ocurrido en la capital aragonesa el 12 de julio de 1979: el incendio del hotel Corona de Aragón. Una tragedia que dejó 79 víctimas mortales y 133 heridos.

Aquel día, la base americana prestó su apoyo para sofocar las llamas y colaboró en las labores de rescate aportando 30 bomberos, un camión autobomba y un vehículo de rescate.

Además, dos helicópteros de la USAF se desplazaron hasta allí pero cuando uno de ellos se situó sobre el edificio provocó que las aspas de la aeronave reavivaran el fuego en las plantas superiores del hotel. Pero finalmente, el incendio pudo controlarse gracias a su colaboración con los bomberos de Zaragoza.

La NASA en Zaragoza

La Base Aérea de Zaragoza albergó desde 1983 un pequeño hangar destinado a la NASA tras ser elegida como pista de emergencia de las misiones espaciales. Hasta el 8 de julio de 2011, la agencia espacial americana mantuvo un operativo en la base durante las 135 misiones realizadas en ese periodo.

Misión STS-127 transbordador Endeavour 2009 Misión STS-135 transbordador Atlantis 2011

Transbordadores espaciales como el Endeavour, el Discovery o el Atlantis podrían haber aterrizado en Zaragoza si hubieran tenido un problema en los primeros minutos de vuelo antes de atravesar la atmósfera.

La pista de la base zaragozana, de casi 4 kilómetros -la más larga de Europa- formaba parte junto a la base sevillana de Morón y la de Istres, en Francia, de un dispositivo especial que la NASA desplegaba en cada una de sus misiones.

La agencia espacial estadounidense enviaba a la capital del Ebro un equipo de 60 personas que, junto con 40 miembros del Ejército español, realizaban un simulacro previo al lanzamiento y estaban preparados en todo momento ante cualquier complicación tras el lanzamiento.

Steve Millican, militar norteamericano afincado en la capital aragonesa, colaboró durante 14 años con la agencia espacial americana. Además de las misiones con la NASA, durante años su labor consistió en la preparación ante desastres (‘Disaster Preparing’), enseñando al personal de la base cómo sobrevivir tras un ataque (prácticas con máscara de gas, fugas tóxicas…).

Otro de sus cometidos consistía en recuperar componentes de aviones americanos que se estrellaron en Aragón, entre ellos las bombas simulacro que “aunque no llevaban explosivos tenían suficiente fósforo como para explotar”, afirma Millican.

Entre el personal de la NASA desplazado a Zaragoza también se encontraban astronautas encargados de guiar al transbordador hasta la pista de la base si hubiera sido necesario. Eric Boe, James Dutton, Rick D. Husband o William McCool fueron algunos de los que estuvieron por aquí –Husband y McCool fallecieron en el accidente del Columbia, en 2003, pocos años después de su paso por la capital aragonesa-.

El astronauta Gregory H. Johnson fue el astronauta que participó en la última misión en la que la NASA contó con la base zaragozana como pista de emergencia.

Durante dos décadas, el personal norteamericano fraguó una buena amistad con la dirección y el personal del Hotel Boston, y también con la clínica MAZ, elegida en 1992 por la Agencia Espacial de Estados Unidos para incrementar la asistencia médica a sus tripulaciones en caso de aterrizajes de emergencia.

Ovnis

Por la base han pasado una gran cantidad de aviones y algún que otro objeto volador no identificado. Informes sobe avistamientos ovni revelados por el Gobierno de EE. UU. en 2015 y el proceso de desclasificación de los denominados 'Expedientes ovni' por parte del Ministerio de Defensa desde 1991 sacaron a la luz algunos casos relacionados con la Base Aérea de Zaragoza.

El primero de ellos ocurrió el 28 de agosto de 1960, cuando un militar del sector americano de la base informó sobre una “alargada bola brillante y blanca, de color naranja y rojo en la cola”, que volaba en línea recta y desapareció de repente tras sobrevolar el cielo durante unos segundos.

El testimonio del militar fue contestado por el Coronel Philip G. Evans solicitando más información. Sin embargo, el caso se cerró con la explicación de que el objeto avistado era “probablemente un meteorito”.

Otro de los ‘expedientes X’ relacionados con la base fue la Operación ‘Ojo rojo’, nombre de las maniobras conjuntas que realizaron el Ejército español y el estadounidense el 4 de noviembre de 1970. El objetivo era evaluar mediante ataques simulados la capacidad del sistema defensivo en el espacio aéreo español.

Dos cazas F86, pilotados por los capitanes Juan Alfonso Sáez-Benito y Luis Carbayo, despegaron a las 9.30 de la Base Aérea de Zaragoza aquella mañana. El ejercicio era guiado por controladores militares a cargo del radar del Escuadrón de Alerta y Control Nº 1-llamado Siesta- ubicado en Calatayud.

Los pilotos recibieron la indicación de dirigirse rumbo al mar Cantábrico, a un lugar ubicado a 80 kilómetros al norte de Gijón. Sáez-Benito y Carbayo siguieron las órdenes recibidas desde Calatayud.

En ese momento apareció en el radar un eco no identificado y los controladores optaron por enviar a aquel punto a los dos cazas. La señal de la pantalla indicaba que se encontraba a unos 8.000 metros de altitud y aproximadamente a unos 1.000 metros por encima de los F86. El combustible de los aviones empezaba a agotarse y los pilotos decidieron regresar a la base.

A continuación, el eco no identificado se situó detrás de las cazas. Sáez-Benito vio un reflejo a su izquierda y tanto él como Carbayo se dirigieron hacia el destello. Los dos pudieron ver un artefacto con forma de huevo y de aspecto metálico.

Intentaron colocarse frente al objeto en varias ocasiones pero no lo consiguieron, ya que se movía en vertical de forma vertiginosa. Los cazas se aproximaban a la pista de aterrizaje cuando el ovni se colocó nuevamente detrás de los aviones y luego ascendió verticalmente a gran velocidad hasta desaparecer. Los pilotos perdieron el contacto visual y el objeto también desapareció de la pantalla del radar.

Al aterrizar, los pilotos estaban convencidos de que lo que habían visto no era de este planeta. Permanecieron lívidos durante horas, según explica el periodista Bruno Cardeñosa en su libro ‘Expedientes del misterio’, en el que aborda con detalle este caso. Curiosamente, uno de aquellos pilotos, el capitán Juan Alfonso Saez-Benito, sería años después jefe del Ala 15 y comandante de la Base Aérea de Zaragoza.

El 29 de marzo de 1980, un nuevo avistamiento tuvo lugar en Zaragoza desde la Academia General Militar por parte del Coronel Jefe de Estudios y ocho personas de su familia que durante media hora, entre las 21.45 y las 22.15, pudieron observar “un objeto con forma de exprimelimones, muy brillante”.

En el expediente, otro de los testigos, un controlador aéreo de la base de Zaragoza, de nacionalidad norteamericana, detectó un eco primario en el radar a la altura de la Academia General Militar.

Sin embargo, el expediente del Ejército del Aire señala algunas ambigüedades entre los testimonios y el informe del Juez, y concluye que “no existen pruebas fehacientes para admitir la presencia de ovnis, pudiendo tratarse en el caso de la observación del primer testigo de un cuerpo sideral de gran luminosidad”. Respecto a los ecos de radar detectados, concluye que “podrían ser efectivamente los de una aeronave ligera sin contacto con las agencias de tránsito aéreo”.

Pavor nuclear
Documentos de la CIA desvelan detalles de la presencia de armas nucleares en Zaragoza, el terrorismo y el referéndum de la OTAN

Moscú lo acepta

La pregunta ha estado en el aire durante décadas: ¿hubo armas nucleares en la base aérea de Zaragoza durante la presencia de las USAF? La respuesta ha sido siempre esquivada por las autoridades de ambos países, pero el ‘sí’ se ha insinuado, e incluso asumido, por múltiples voces.

La confirmación ‘oficiosa’ llegó en 1999, cuando la prestigiosa revista ‘The Bulletin of the Atomic Scientists’ publicó que Estados Unidos llegó a almacenar hasta 250 bombas nucleares en las bases españolas, cifra que habría ido disminuyendo hasta su desaparición tras la muerte de Franco.

Ya en 1953, tras la firma de los Pactos de Madrid, el secretario de Estado norteamericano, Foster Dulles, señaló que su país no tenía intención de almacenar este tipo de armamento en sus bases españolas, pero que “si llegamos a tenerlas, y cuando las tengamos, no lo anunciaremos públicamente al mundo y, menos, a nuestro enemigo en potencia”.

El accidente de Palomares, el 17 de enero de 1966, ya confirmó el paso de aviones de la USAF cargados con bombas nucleares sobre suelo español, que se abastecían de combustible en pleno vuelo con aeronaves cisterna de las bases de Morón y Zaragoza.

Documento de la CIA fechado el 6 de enero de 1984

Con la llegada de la democracia, las declaraciones y acuerdos firmados entre España y Estados Unidos en los años ochenta apuntaron a la desaparición de este tipo de armamento en el país. Por aquel entonces, el alcalde de la capital aragonesa, Ramón Sainz de Varanda, una de las voces más críticas con la base americana, señaló que estaba convencido de que durante muchos años se habían almacenado armas nucleares en esta instalación militar: “El peligro nuclear para Zaragoza es real”, reconoció en 1980.

Pero ahora, la reciente desclasificación -el pasado mes de enero- de más de 930.000 documentos secretos de la CIA apunta a la presencia de bombas nucleares casi una década después de la muerte del caudillo. En un informe fechado el viernes 6 de enero de 1984, la Inteligencia norteamericana se hace eco de la declaración de un general soviético en la que asegura que la URSS “no apuntaría sus misiles nucleares nucleares contra España siempre que -este país- se mantenga desnuclearizado”.

“El peligro nuclear para Zaragoza es real”, reconoció Sainz de Varanda en 1980

De hecho, dicho general considera que “a pesar del acceso de España a la OTAN -en 1982- y de la presencia de las bases estadounidenses, la URSS considera a España un país neutral”. El valor del documento ahora desclasificado llega con el comentario personal del agente secreto que remite el informe a la Agencia.

A su juicio, “Moscú reconoce que las armas nucleares estadounidenses no están almacenadas permanentemente en España en este momento”. Sin embargo, apunta al uso esporádico de las instalaciones militares norteamericanas en suelo español como lugar de paso del controvertido armamento. “Esta declaración -refleja el agente- parece aceptar tácitamente el hecho de que las bases aéreas de Estados Unidos en Zaragoza y Torrejón y la naval de Rota manejan periódicamente aviones y barcos con armas nucleares”.

La amenaza terrorista

El análisis de los documentos de la CIA ahora desclasificados también confirman la enorme preocupación de la agencia por el fenómeno terrorista en todo el mundo, y Zaragoza no fue una excepción.

Entre los informes asoman datos relativos a la capital aragonesa, y el temor estadounidense por que sus tropas en la base aérea se convirtieran en objetivo de ETA. Las primeras referencias se remontan a los años 70. Un documento de noviembre de 1972 resume brevemente el ataque perpetrado “posiblemente por extremistas vascos” en la ciudad. “Bombardearon el Consulado de Francia, hiriendo gravemente al Cónsul Honorario de Francia”, relata el agente de inteligencia.

La documentación aumenta en los duros años 80, coincidiendo con la etapa de mayor actividad de la banda terrorista. “El 18 de diciembre en España, tres explosiones de bomba causaron 90.000 dólares en daños a un oleoducto que servía a las bases aéreas estadounidenses y españolas. Los bombardeos ocurrieron en puntos muy separados a lo largo del oleoducto que se extiende por 780 kilómetros entre Rota y Zaragoza. Otro oleoducto entre Zaragoza y Tarragona, que no lleva combustible militar, también fue bombardeado”, recoge el informe. Además, apunta que “ETA reclamó tardíamente (de forma no totalmente creíble) la autoría de los bombardeos, diciendo que los ataques habían sido dirigidos contra el ejército español”.

Lógicamente, el atentado contra la casa cuartel de Zaragoza perpetrado el 11 de diciembre de 1987 no pasó desapercibido. Tras describir en un completo relato lo acontecido, un documento secreto de la CIA señala que la capital aragonesa, “que cuenta con una base aérea estadounidense, aloja a cientos de estudiantes vascos, alguno de los cuales podría proporcionar apoyo a ETA”.

“Zaragoza aloja a cientos de estudiantes vascos, alguno de los cuales podría proporcionar apoyo a ETA”

Además, varios informes recogen ataques del GRAPO, e incluso apuntan a un suceso del Frente Revolucionario Antifascista y Patriota -organización terrorista creada en 1973- ocurrido en la capital aragonesa: “Un grupo de seis a ocho activistas ha estado vigilando al personal militar estadounidense asignado a la base aérea de Zaragoza”.

El otro gran punto de interés de la agencia de inteligencia relativo a la instalación militar aragonesa fue la reducción de tropas estadounidenses en España tras la Transición, y el temor americano al referéndum de la OTAN de Felipe González en 1986. La salida de esta organización ponía en riesgo el despliegue táctico de Estados Unidos en la península.

Tras el sí en las urnas, la preocupación no disminuyó. En el verano de ese mismo año, la CIA informa de la presión de los representantes españoles en las reuniones bilaterales con EE.UU para renovar el acuerdo de colaboración entre ambos países.

“Han insinuado que están dispuestos a permitir que la presencia estadounidense en la base naval de Rota permanezca en gran parte intacta. A cambio, quieren que Estados Unidos deje de contar de forma permanente con las fuerzas en las bases aéreas de Zaragoza, Morón y -especialmente- Torrejón. Los españoles están ofreciendo el uso estadounidense de las bases aéreas para ejercicios y despliegue de emergencia, pero quieren eliminar en gran medida su uso en operaciones fuera del área”, refleja el escrito. En el caso aragonés, el proceso de repliegue se prolongó durante seis años más, con la partida definitiva de sus tropas el 30 de septiembre de 1992.