Cómo disfrutar de Gallocanta sin grullas

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El grandioso espectáculo del paso de las grullas en otoño y primavera, es el reclamo más conocido de Gallocanta, pero esta laguna y su entorno guardan tesoros que descubrir también en verano.

Quien se acerque a este humedal aragonés, a caballo entre Teruel y Zaragoza, fuera de las épocas en que las famosas aves zancudas sobrevuelan sus campos en formación de lanza, puede disfrutar de otros maravillosos ejemplos de la naturaleza que allí habita.

De julio a septiembre florecen los ‘Micronecmum coralloides’, de rojo fulgurante y formación de cimas trifloras, que parecen corales fuera del agua; algo más tardana, de agosto a octubre, le sucede la floración de la salicornia; de abril a noviembre vuelan las libélulas, y la mariposa macaón se deja ver, en sucesivas generaciones, de la primavera a agosto.

En cuanto a aves, cómo no recordar que en este ecosistema habita un larguísimo catálogo de avifauna acuática: avocetas, porrones, patos colorados, gaviotas, fochas, ansares… además de rapaces como los aguiluchos laguneros o las lechuzas. Y más singulares todavía, las aves esteparias: alcaravanes, gangas, ortegas, y otras más pequeñas como la alondra común, abubilla, los.. y otras limícolas.

Y entre las de mayor porte, las inefables avutardas, desplegando su presencia trapezoide de vistoso plumaje sobre los campos.

Todo eso y más se puede conocer en el libro “La Laguna de Gallocanta. El incensante espectáculo de lo natural”, de Eduardo Viñuales y Roberto del Val, que acaba de editar la Institución Fernando el Católico, en su colección Estudios.

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El volumen es un estudio exhaustivo de Gallocanta, espacio al que se aproxima desde todos los ámbitos: desde el geográfico, al medioambiental, faunístico, edáfico, antropológico o histórico. También, por supuesto, se ocupa ampliamente de las  grullas.

Los autores describen los cinco ambientes que conforman este ecosistema: la laguna y su vaso que, con su fondo marino convierte a Gallocanta en el principal lago salado de España, aunque en un principio fuera dulce; las orillas salinas que dan lugar a una peculiar orla de vegetación, con algunas rarezas botánicas que apenas se dan en otros lugares del planeta; la vegetación lacustre, con juncos y carrizos; los campos de cultivos de secano que circundan el humedal; y finalmente la sierra.

Habla el libro también de Bernís visitándola a principios de siglo XX y llamando la atención sobre la importancia de su conservación, de la Félix Rodríguez de la Fuente y sus grabaciones televisivas que la llamaba “el Doñana de Aragón”, de Joaquín Araujo, de Eduardo de Juana y Juan Varela haciendo el primer censo acuático en 1972, y por supuesto, de Adolfo Aragués, Miguel Ángel Bielsa y otros nombres de oro del medioambiente aragonés.

Y también de los habitantes de la zona, como Natividad, que a sus 80 años recuerda haberla atravesado a pie durante la helada de un invierno, o cómo las barcas navegaban por ella cuando la laguna era mucho más profunda.

Eran otros tiempos pero Gallocanta sigue dando misterios: como la gran colonia de jara cervuna (Cistus popolifolius) que los autores descubrieron y que no había sido vista en 30 años. O la población de Coronopus navasii encontrada en La Zaida por el apn Ángel Pardo, una planta solo conocida en algunas balsas temporales de Almería y con la que los científicos de del Museo Nacional de Ciencias Naturales andaban rompiéndose la cabeza cuando se encontró de pronto en Guadalajara. ¿Cómo llegó a Gallocanta?

Quizá eso nos lo cuenten Viñuales y De Val en otro volumen. De momento, este libro es una guía perfecta para conocer Gallocanta y disfrutarla en cualquier época del año.

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