Chuck Berry, se va apagando la era biológica del rock’n’roll

Solo quedan en pie Jerry Lee Lewis, Fats Domino y Little Richard. Se fueron hace ya muchísimos años Gene Vincent, Eddie Cochran, Buddy Holly, Ritchie Valens, Big Bopper y Johnny Burnette. Más tarde, en 1977, diría su adiós definitivo Elvis; en 1981, lo haría Bill Haley; en 1998, Carl Pekins; en 2008 Bo Didley… y ahora acaba de despedirse Chuck Berry, que falleció el sábado pasado aunque ha sido hoy domingo cuando se ha conocido la noticia. Es evidente que se está apagando la era biológica de los grandes creadores del rock’n’roll, aquel género diabólico que removió los cimientos juveniles y, por ende, de la sociedad americana de los cincuenta, proyectando su latido revolucionario en las décadas siguientes.

Honor y loor al máximo generador de aquel terremoto vital, social y musical. Es cierto, Elvis evangelizó al mundo a golpe de pelvis, canciones inmarcesibles y radiante aspecto, pero Chuck Berry fue el creador salvaje del rock’n’roll: escribía, cantaba, creaba y tocaba la guitarra. Era el mayor de toda aquella generación y eso le daba la distancia no solo de la experiencia, del aprendizaje antes que los demás, sino para mirar la vida y el mismo ritmo que acababa de nacer con ojos tan críticos como irónicos, cuando no tan defensivos como humorados. Aquel puñetazo a Beethoven…

También es mala uva que justo cuando tenía un disco en la nevera, después de ¡38 años! sin estrenarse discográficamente que no en los escenarios, que seguía pateando, haya dicho adiós. En sentido necrofílico, podría decirse que se une al clan Bowie-Leonard Cohen, al de los escritores de sus propios requiems.

Aunque para qué engañarnos. Si ese anunciado disco hubiera salido al mercado con él en vida, hubiera pasado prácticamente desapercibido si no recibido con una simple nota en los periódicos o como una anécdota del tipo “hay que ver, 90 años, y ha grabado un disco”… Berry era ya una gran reliquia del pasado que solo interesaba a aficionados recalcitrantes y estudiosos. La generación de los ochenta y las posteriores lo ignoraban, no digamos la de los millennials que les sonará tan lejano y desconocido como Boticelli o Kubala.

Pero, aunque sean unas breves líneas, vaya al menos en este rincón de lo blogosfera el recuerdo y el reconocimiento estelar de esta leyenda del rock’n’roll, a aquel adolescente que cuando consiguió comprar una guitarra española por cuatro dólares se empeñó en aprender a tocarla por sí mismo y en unos cursillos de verano en su propio instituto y después desarrollar un estilo de guitarra y canto que no solo le llevó al éxito sino a marcar el camino a generaciones posteriores.

Su discografía con Chess Records, el sello que le recomendó su admirado Muddy Waters una noche mientras firmaba autógrafos, cobijó sus primeras y grandes creaciones. El álbum ‘Chuck Berry Is On Top’ (1959), con el curioso ‘Anthony Boy’, que no es sino (¡ups!) ‘El gorila’, de Brassens, es la gran Biblia del género, como no podía ser menos, conteniendo, como contiene, ‘Carol’, ‘Maybelline’, ‘Little Queenie’, ‘Roll Over Beethoven’ y, cómo no, el impactante ‘Johnny B. Goode’, que aún me atruena en la voz de Miguel Ríos y el pedazo de recreación que se pegó el año pasado en el Centro Delicias junto a unos Seven conocidos en el mismo escenario, sin el más mínimo ensayo. Por aquí, también hizo estragos el calavera yanqui.

Que el hijo de un carpintero y una maestra no solo creó el género partiendo del blues y el R&B y popularizó el famoso ‘duck walk’, o paso del pato, sino que su vida, sobre todo en su juventud, exhibió algunos de los más insignes galones de perversión y macarrismo rocanrolero: fue arrestado por robo a mano armada en tres tiendas de Kansas City cuando tenía 18 años, pisó el reformatorio, le metieron tres años de cárcel en 1960 por seducir a una joven mexicana de 14 años y meterla en su propio club, según la justicia, un burdel, volvió a la cárcel 19 años más tarde por evadir impuestos, pagó más de un millón de dólares para salvarse de un nuevo ingreso en la cárcel por colocar cámaras ocultas en los baños de señoras de su restaurante, tras la denuncia de 59 mujeres…

Únase a ello su fama de huraño, su mal carácter con sus propios músicos, que por lo general alquilaba huyendo de los fijos, sus espantadas, su arrogancia, su extravagancia… y su fama de gran tacaño, hasta el punto de seguir el mercado de divisas para, en función de las fluctuaciones, pedir el cobro en efectivo, cobrar por las entrevistas, impedir la filmación de un solo minuto de sus conciertos si no había pago previo o escatimar a su socio en la composición, el pianista Johnnie Jonson, el más mínimo centavo de derechos de autor –hablamos de canciones emblemáticas como ‘No Particular Place To Go’, ‘Sweet Little Sixteen’ o ‘Roll Over Beethoven’- hasta que a este se le hincharon las narices y lo demandó en el 2000, y tendremos el retrato del prenda.

Nada de ello, sin embargo, empaña su papel en la invención y desarrollo del rock’n’roll. Charlie Gillet escribió en su imponente obra ´Los sonidos de la ciudad’: “Si la importancia en la música popular se pudiera medir en términos de imaginación, creatividad, imaginación e ingenio, así como según la habilidad de convertir una variedad de experiencias y sentimientos en formas musicales prestigiosas y duraderas, Chuck Berry, sería, sin duda, la mayor figura del rock’n’roll”.

Nick Cohn lo señaló como su letrista pop favorito: “Sus letras trataban de interminables romances de teenagers y las cantaba con un cinismo vicioso y maligno que le daba todo su encanto”. De todas cuantas escribió, la mejor, según Cohn, fue ‘You Never Can Tell’, que describía, como hasta entonces nadie había conseguido, por muchos intentos que se hicieron antes, el mito de los sueños adolescentes. Tuvo que ser un rocker el que diera en la tecla, si bien la canción, extrañas paradojas del negocio musical, no alcanzó éxito hasta que Tarantino la eligió para el famoso y sensual baile de Travolta y Uma Thurman en ‘Pulp Fiction’.

Y es que, siguiendo a Nick Cohn, Bogart había probado que para ser grande no se necesitaba ser intelectual. “Lo que se necesita es estilo, fuerza y una imagen específica, esto es lo que exactamente a Chuck le sobraba”. La causa por la que Dylan, Keith Richards o los Beatles le adoraran e incluso de que ellos mismos existieran en el rock, tal era su admiración hacia él.

Lástima que ese nuevo disco, 38 años después de tan extraña sequía pese a seguir rodando por los escenarios, no le coja en vida. Veremos qué depara.

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En memoria de Ricardo Gil

Se ha ido un amigo, buena persona y excelente periodista. Se ha ido mi querido Ricardo Gil. Y esta tarde, desde que su propio hijo (bloguero de pro en este rincón, por cierto) me ha llamado para darme la triste noticia de su fallecimiento, estoy muy apenado. Desolado y triste cuando alguien cercano te da repentinamente su último adiós.

Sí, ya sé, este es un blog musical, y no un recipiente para obituarios de amigos, pero hay un trasfondo musical en esta pérdida que me obliga y me complace a unirme a su memoria. Mucho fondo, por supuesto, personal. Porque dejadme que lo confiese y lo diga en voz alta: sin Ricardo Gil no existiría este blog ni por tanto yo hubiese escrito libros ni mucho menos hubiese llenado tantos folios como he llenado para el Heraldo de Aragón en los casi cuarenta años que llevo escribiendo en él.

Es cierto, hay otras personas que me impulsaron y me ayudaron a entrar en el mundo periodístico, desde el subdirector José María Doñate al admirado Juan Domínguez, el animoso Luis García Bandrés o la amiga Carmen Puyó. Sin ellos, está claro, y perdón por entrar en el túnel del tiempo personal, no habría sido posible que mi vida girase de la docencia al periodismo. Hice oficio de mi gran pasión por la música por ‘su culpa’ y por su apoyo, en especial de Carmen Puyó que me alentó desde el primer momento a formar parte de la Redacción del periódico. Infinitas gracias a ella y a todos cuantos he nombrado.

Pero con Ricardo Gil fue diferente. Nunca en mi vida me he encontrado con una persona que haya confiado tanto en mis muchos o escasos talentos para hilar cuatro frases en torno a la música como Ricardo lo hizo. Me dijo que quería una sección musical en la revista semanal del Heraldo y durante ocho años, mientras se editó la revista, o ‘el colorín’, como le llamábamos coloquialmente, primero los viernes y después los domingos, estuve a su lado, no fallé ni una sola vez. Cada semana aparecía un artículo de ‘seis páginas’ (luego, de cuatro) dedicadas a música pop.

Aún no me explico cómo pude sacar adelante aquella epopeya, máxime escribiendo desde provincias, sin acceso directo a lo que ocurría en la capital del reino y con un panorama aquí todavía de secano. Pero Ricardo no solo confiaba en las personas que trabajaban con él sino que era implacable. Cuando creía en una idea se convertía en un monolito de piedra, no se rompía en absoluto ante cualquier excusa, quería esa idea y la quería firme, constante, verla crecer semana a semana. Como así fue en mi caso, aun dejándome la piel y las neuronas.

Lo extraño, y de ahí mi admiración, era que incluyera la música pop en el catálogo de prioridades periodísticas… Ya, hoy, es normal y habitual ver desfilar por el papel nombres, grupos y artistas musicales de toda clase, pero hace 40 años el periodismo cultural vivía en otra galaxia, en otro mundo de piedra y desdén. El pop y el rock eran materia, por así decir, frívola, insustancial, extravagante, propia de cuatro pirados, incluso non grata, cuando no motivo de befa. “¡Cómo le puede gustar ese maricón de Mick Jagger, que mueve el culo y no la garganta!”, me llegó a espetar con sorna un gran pope del periódico. No resultaba fácil bracear en aquel mundo todavía de cartón piedra y mucha caspa del pasado con respecto al rock.

Ricardo Gil, sin embargo, representaba todo lo contrario de aquel pensamiento reaccionario. Tengo para mí que fue tan atrevido como visionario. El primer artículo que le llevé no tuvo el más mínimo reparo en colocarlo en portada. Trataba de Pink Floyd y su unión con el ballet de Roland Petit, si mal no recuerdo. Un espejismo. Y más adelante, cuando Héroes del Silencio eran unos pipiolos prácticamente desconocidos, apostó por ellos, encargó fotos a Ángel de Castro, que se llevó al grupo al Parque Grande, y en el colorín del Heraldo, como él mismo también lo llamaba, si no fue él quien lo bautizó, salió el primer reportaje en color y en portada que se publicó en España. Sus apuestas rockeras, en tiempos duros, fueron incontables.

Hay que mirar con elevación y evaluar. Gracias a jefes como Ricardo el rock soltó los tornillos que en el mundo periodístico, y más de provincias, le ataban al diablo y a la incomprensión, la befa y el desprecio. Leer sobre música pop en un periódico, incluso nacional, con cierta sensatez y naturalidad no era fruto maduro ni cotidiano.

Lo increíble era que él no sabía tan apenas nada de música. Ricardo era un periodista deportivo de fuste que cubría los partidos del Real Zaragoza con maestría y hasta llegó a escribir varios libros sobre su historia. También era especialista en el mundo del motor, pero de rock y pop, nada de nada. Mas intuía que había llegado un nuevo tiempo y que había que dedicarle atención a aquellas músicas que empezaban a movilizar a la gente joven en un país, aun pisando ya los años 80, todavía casposo. Convirtió la extravagancia en lo que hoy es normalidad. Un mérito inconmensurable. Cómo no agradecerle entonces y ahora aquella visión, aquella amplitud de miras, firmase quien firmase aquellas seis páginas semanales del colorín.

Fue para mí un placer conocerlo, disfrutar con sus largas charlas en su despacho o en cualquier terraza de un bar y, sobre todo, recibir aquel torrente de confianza en lo que uno buenamente pergeñaba cada semana. Estoy seguro de que sin aquel apoyo, sin aquella seguridad en sus ideas y en lo que quería de mi, ni yo hubiera seguido adelante ni por tanto este blog hubiera existido. Gracias, Ricardo. Te lo dije en vida y lo vuelvo a confesar en público: fuiste una persona querida y determinante en mi vida. Una pena que te hayas ido, más cuando estábamos a punto de vernos después de años sin hacerlo. Por siempre, mi cariño y mi abrazo emocionado.

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U2: ‘The Joshua Tree’, treinta años creciendo

Treinta años. Recurriendo al tópico: parece que fue ayer. Me veo en un bar de copas de la zona de la calle La Paz, de cuyo nombre, ¡coñe!, no consigo acordarme, al que solía acudir en noches toledanas, a veces con calaveras inveterados como Sabina; me veo, digo, oyendo absorto una cinta de casete que Emilio Velilla, representante de Ariola en Zaragoza, ha llevado al bar para su escucha antes de publicarse el disco en España.

No doy crédito a lo que me llega a los oídos: el sonido de la guitarra de The Edge y sus típicos delays, el ritmo atronador de la batería en el inicio del disco, la suavidad melódica, rozando el gospel de la segunda y tercera –aún no conocemos los títulos-, la psicodelia apocalíptica de la cuarta, la armónica y el folk a lo Ry Cooder de ‘Paris, Texas’ en la siguiente, la furia que brota hacia el final…, y como remate la tristeza que anega el tema último…

Son las nuevas canciones de U2, las de ‘The Joshua Tree’, el álbum por antonomasia del cuarteto, escrito por un Bono impactado por la pobreza en Africa y la tiranía de los dictadores de Latinoamérica, zonas que acaba de visitar. El largo conflicto minero en la Inglaterra tacheriana entra también en el espacio ideológico del álbum al igual que el tributo al asistente personal de Bono, muerto en accidente de moto, y la religiosidad del grupo, o al menos de Bono, quien años antes ha asegurado que asistía a misa cada domingo. Pero es la América que han recorrido en sus giras previas lo que sustenta el andamiaje literario del disco. Enamorado de los USA pero plenamente opuesto a la política de Reagan e inquieto por los ‘desiertos mentales’, según él, de la civilización occidental en contraposición a los físicos que Bono ha visto en África, las letras del disco aluden veladamente a la política militarista de Estados Unidos y sus zonas oscuras. De ahí que el título inicial sea ‘The Two Americas’ aunque finalmente, tras contemplar también el de ‘The Deserter Songs’, se impone el ‘The Joshua Tree’, que mantiene la idea de los desiertos mentales y físicos que envuelven al hombre. La estética negra de la portada, con el árbol de Josué, tomada en el desierto de Mojave, en la contraportada de un disco de doble funda en su formato original en vinilo, profundiza en la simbología del álbum, que musicalmente retrocede, por consejo del mismo Dylan, a sus raíces irlandesas y a las americanas.

Todavía no es un grupo de audiencias masivas, aún no se ha producido su gran estallido de popularidad, es casi una banda minoritaria, de culto. Pero yo tengo ya en mis oídos varios cebos que me tienen apresado a los irlandeses. Uno de ellos, el descubrimiento del grupo con su primer álbum, cuando el disco no había llegado todavía a España, aunque allí estaba la Base Americana a través de la cual llegó a mis manos el LP (alguna ventaja debíamos tener a cambio de ver sobrevolar los bombarderos yanquis sobre nuestras cabezas). Otro cebo: la edición del extraordinario ‘The Unforgettable Fire’ y a renglón seguido el festival Live Aid y Bono y su mística interpretación de ‘Bad’, una de las más grandes canciones de la historia del pop.

‘The Joshua Tree’ no me hace sino confirmar, y perdón por la inmodestia, que tal y como vaticiné en mi querido Disco Actualidad, antes de que cualquier otra publicación española se hiciera eco del disco, que U2 sería la gran banda del futuro. No tuvieron que pasar muchos meses. En el verano de aquel mismo año 87, Bono y compañía petaban el Bernabéu, abierto por vez primera al rock.

Concierto histórico que disfrutamos en medio de unas apreturas peligrosas pero con la emoción a flor de piel. Aquel Bono encaramado a los andamios del escenario, aquel Bono iluminando al público con un gran foco, respondiendo ‘¡Yo soy el toro!’, cuando la gente empezó a corearle ¡torero, torero!, la despedida uno a uno del escenario mientras sonaba ‘40’… Escenas y fuego inolvidable.

Y sí, treinta años. Increíble. “El tiempo es como un río que arrastra rápidamente todo lo que nace”, escribió un ilustre filósofo y emperador romano, Marco Aurelio. Pero afortunadamente, añadiría uno, en ese arrastre no se van los recuerdos, los grandes recuerdos. Bien al contrario, sedimentan en la mente hasta cristalizarlos en clavos de acero donde agarrarse emocionalmente durante toda la vida de cada cual. Y eso es lo que a mí me ocurre con este magistral disco de U2. Sigue siendo una presencia permanente enganchada a mi memoria musical y personal, una fuente de placer inagotable, por lo que estas tres décadas que ha cumplido esta semana, por mucha longevidad que detente, son un suspiro, un apasionado chasquido vital ocurrido hace tan apenas unos minutos, los mismos que dura su enésimo pase por el reproductor mientras hilo estas líneas y vuelvo a disfrutar con sus once maravillosas canciones, especialmente con la de cierre, ‘Mothers Of The Disappeared’, puesta en bucle y escuchada medio centenar de veces en horas posteriores (no exagero, a veces soy cabezón con una canción hasta romperme las neuronas). ¡Que delirio de mística belleza! Una desolada oración por los hijos arrebatados a las ‘madres de la plaza Mayo’ en Argentina y por extensión a las de Chile y El Salvador.

‘The Joshua Tree’ no mengua. Al contrario: se agranda a medida que pasa el tiempo. Ha crecido en estos treinta años, y sigue creciendo. Más, palpando la carencia de grandes obras y de artistas nuevos que el rock ha ido soltando en los últimos años. Su valor está a la misma altura de muchos de los grandes álbumes que se trabaron en la mitificada década de los sesenta, con los Beatles, los Rolling, Doors… y demás nutrida patrulla de dioses musicales.

Es, por otro lado, uno de los grandes símbolos identitarios, por no decir el mayor, de lo que fue la monumental década de los 80 y los fantásticos discos y grupos que alumbró. La ‘guitarra infinita’ de The Edge, el carisma de Bono y su potente voz de tenor del rock, única e irrepetible, la psicodelia emboscada en las canciones menos aparentes, los fondos de sintetizador, el trabajo a dúo de Daniel Lanois y Brian Eno en la producción… y, cómo no, su pirotecnia melódica, su arsenal de icónicas canciones (‘Where The Streets Have No Name’, ‘I Still Haven’t Found What I’m Looking For’, ‘With Or Without You’…) le dieron identidad a aquella década, como se la dieron The Smiths, The Cure, The Jesus & Mary Chain, Joy Division, Simple Minds, The Cult, Depeche Mode, Cocteau Twins, Siouxsie & The Banshees, The Waterboys o Echo & The Bunnymen. Hallazgos letales, chorros de esa arrebatadora hermosura que uno busca en la música y que le hacen seguir creyendo en el gran arte de la creación. Eso fue y sigue siendo ‘The Joshua Tree’, un poderoso torrente de música moderna con raíces en el pasado (Doors, Van Morrison, Dylan…), una reinvención del rock, como confesó The Edge que era el objetivo del grupo a la hora de afrontar su quinto álbum.

El 2 de junio próximo preparen bolsillos fans y coleccionistas. Después del rescate en 2007, con motivo del 20 aniversario, llega otra reedición de ‘The Joshua Tree’ a lo grande, al modo ‘Achtung Baby’, en esta ocasión con siete elepés o en su caso cuatro cedés en los que junto a la remasterización del álbum original, entre otras golosinas, se encontrarán un concierto de la gira del 87 en el Madison Square Garden, 27 canciones inéditas o diversos remixes. Los 28 millones de copias vendidas hasta ahora subirán unos cuantos puntos más. Y el árbol de Josué y de U2 seguirá creciendo.

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El ayuntamiento podemista de Zaragoza en retirada musical

La historia, aun llevando la contra a Toynbee, no está para repetirla sino para cambiarla. Más aún, para superarla y mejorarla. Se fue la Cincomarzada en Zaragoza sin dejar reguero musical visible… Sí, se celebró la atávica comida al aire libre, amenizada con charangas, actuaciones y reivindicación barrial, pero quedó huérfana de algún concierto de fuste en la víspera o en el mismo día.

¿Una apreciación esta extemporánea en estos tiempos? ¿Incomprensible para los más jóvenes? Posiblemente. ¿Qué tiene que ver el carlismo derrotado hace casi dos siglos con la música de hoy? Nada…, aunque, ¡alto!, miremos por el retrovisor. Hubo un momento en que con el PSOE ocupando la alcaldía y sembrando el nuevo espacio virginal nacido a la salida del túnel de la dictadura franquista, es decir, inventando nuevas fórmulas de ocio y cultura ciudadana, ornaba los festejos históricos y religiosos con actos y músicas de relieve. Lo hacía en la víspera de San Valero, el patrón San Jorge o en la Cincomarzada y, no digamos, en plenas fiestas del Pilar. La democracia no era solo elegir a los nuevos gobernantes, o eso se pretendía visualizar, sino llevar a la ciudadanía diversión y cultura, romper ataduras con el pasado de inacción y los bailes elitistas de la Lonja, a través de la música, la fiesta y el conocimiento.

Costó, es cierto, convencer y vencer unamonianamente a aquellos primeros regidores a entrar en el nuevo tiempo cultural, pero una vez cogidos los raíles, la locomotora musical logró caminar con gracejo y soltura, y a veces hasta con velocidad. Atizada con el carbón municipal, de las primeras actuaciones de los grupos novatos en aquel destartalado pabellón de Santa Isabel a la irrupción de Héroes del Silencio (con su primera maqueta sufragada por el ayuntamiento) y la explosión local de los 90 se llegó a la presencia de los Rolling Stones, Michael Jackson o Bruce Springsteen en grandes recintos, especialmente La Romareda. El trayecto de esfuerzo y cambio fue evidente.

Resultaba impensable que la locomotora descarrilase, pero, ¡ay!, ha ocurrido. Desde hace un lustro o más, el concejo se ha batido en retirada de la música y de los circuitos de las grandes atracciones musicales. La crisis y las telarañas en las arcas han sido factor determinante, pero también la desidia, el desdén y la impericia de los nuevos gobernantes de ZEC (Podemos).

¡Ah!, aquellas sabias y atinadas palabras de un polémico concejal de Cultura del PSOE (¡ñam, ñam, qué ricas las almejas de Carril a costa del erario municipal!), pero también valiente como fue Antonio Piazuelo: “El ayuntamiento tiene que llevar a los ciudadanos la cultura, y por ende la música, de la misma forma que les lleva el agua o arregla los parques”, dijo. Y en la crisis post Expo sevillana y los fastos olímpicos de Barcelona, entre el 93 y el 95, con más problemas económicos quizá que los actuales, Piazuelo tiró de ingenio y coraje para que la ciudad gozara de música en directo de categoría internacional. Iggy Pop o Aerosmith fueron algunos de sus dos botones de muestra mayores.

Además, tras la nefasta gestión de una colega suya de infausta memoria, Carmen Solano, diseñó una nueva política cultural que devolvió a la ciudad la alegría perdida: basta recordar las programaciones del Centro Cultural Delicias. Juan Bolea, ya con el PP, prosiguió y doró aún más aquella concepción de la cultura como fasto pero también como servicio infraestructural de base.

Hoy todo aquello está sepultado. Se convocan mesas culturales, se discute y se habla, pero ahí estamos… Palabras, palabras, palabras, que recitaría Labordeta en una de sus más bellas canciones, y siguiendo el poema ‘Retrospectivo existente’ de su hermano Miguel, registrándose los bolsillos desiertos para no encontrar nada.

Zaragoza, en manos de los nuevos políticos de ZEC, es un erial musical absoluto, es la nada labordetiana. Y esto, en manos de una izquierda que se pretende progresista y que antes, aunque con otras siglas, fue precisamente quien lavó los manchones de la cara sucia del franquismo, escuece. No es que en la Cincomarzada no hubiera relieve musical; es que, más grave, las manos municipales vuelven a estar musicalmente vacías. Al final, Toynbee va a llevar razón: la historia se repite.

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DISCOTECA ABIERTA/ Love: ‘Forever Changes’


Aprovecho el recuerdo que un lector del blog, José Carlos Garrido, ha hecho recientemente de ‘Forever Changes’ para abrir la discoteca, que llevaba tiempo cerrada, y rememorar aquella joya, y así unirme con el máximo ardor a la opinión de José Carlos. ‘Forever Changes’ está entre los mejores diez o quince elepés de la historia del pop, si no el primero para muchos fans (que le pregunten al artífice de Grabaciones en el Mar, Pedro Vizcaíno). Desde luego, entre los diez fundamentales que alumbró el año 1967 y de los que, no hace mucho, daba cuenta en una entrada previa a esta para recordar que este 2017 cumplen ¡50 tacos!

En concreto, aquel fantástico disco los cumple el próximo mes de noviembre. Como tantos, en aquella época de restricciones y escaseces, el álbum tardó mucho en llegar a España. Me atrevería a afirmar que no lo haría hasta 1977, diez años después, en aquella sustanciosa serie que Hispavox editó con el título de ‘Pioneros’ y en la que comprando cuatro títulos tenías derecho a hacerte con un quinto gratis. Yo, al menos, así lo compré, y así descubrí a Love. Algo que imagino que le pasaría a más de un españolito en una época en la que las discográficas se dedicaron a saco a llenar los grandes huecos que la industria había dejado en años previos.

En 1990 apareció la correspondiente edición en CD y luego una sarta imparable de reediciones, entre ellas, una muy recomendable de Rhino que publicó en España el sello DRO, en 2001. Una reedición modélica en la que además de la obligatoria y consabida remasterización se incluyó un extenso libreto con declaraciones del mismo líder del grupo, el excéntrico Arthur Lee -entonces ya con cinco años de cárcel a la espalada por una riña vecinal que acabó con disparos y lo peor, ya enfermo desde tiempo atrás de Parkinson (murió en 2006)-, y sobre todo con siete temas extras entre demos, descartes, singles, tomas alternativas y piezas inéditas.

‘Forever Changes’ era el tercer álbum de la banda de Los Angeles. En medio de las disputas entre dos facciones del grupo y un caos que lo acabaría machacando al año siguiente, se armó con las delirantes composiciones de Lee y un par de aportaciones del guitarrista Bryan Maclean más otra en tándem, a las que dieron vida el grupo y un elenco de músicos invitados, con ostensible sección de cuerda incluida, alumbrando embrujadas composiciones de pop, folk y rock, y dejando atrás por tanto casi por completo el psicodelismo y las guitarras eléctricas en favor de las acústicas de los dos primeros discos.

‘Alone Again Or’, originalísima y dorada pieza con trompetas mejicanas muy al estilo spaghetti western, tan de moda entonces, es su máximo señuelo, pero allí se cobijaron otras delicias como ‘Live And Let Live’, con sus aires flamencos’, la etérea ‘Andmoreagain’, ‘A House Is Not A Motel’ y unos supinos punteos eléctricos que hicieron que se comparase a Arthur Lee con Jimi Hendrix… y, como anécdota, la canción quizá de título más largo de la historia: ‘Maybe The People Would Be The Times or Between Clark and Hillsdale’, también, por cierto, con trompetas y remedando a ‘Alone Again Or’.

En su momento, el disco sufrió el vacío de crítica y público en los USA, aunque en Inglaterra, más interesados por los vientos de cambio y psicodelia que soplaban desde la dorada California, tuvo un eco más sonoro y hasta considerable que dejó huella: en 2003 varios diputados socialistas invitaron a Arthur Lee a visitar el parlamento británico como muestra de admiración y reconocimiento (eso sí, con el miedo inicial del psicótico mulato de que le fueran a endosar algún delito pasado). Detalle simbólico de que fue con los años cuando aquellas melodías introvertidas, sutiles, llenas de utopías, desconsuelos amorosos y dureza lisérgica, cuando no de resistencia y pesimismo ( Arthur Lee confesaría en el libreto de la edición de Rhino que las escribió pensando que estaba viviendo los últimos días de su vida), el disco alcanzó su actual estatus de disco de culto, su lugar de oro entre lo más granado que emitió la América hippy de finales de los sesenta.

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‘Merde in Espagne’

Al hilo de la entrada anterior, sigo en la France. Y en concreto, en la France de los primeros ochenta. El socialista François Mitterand había tomado el relevo presidencial al conservador Valéry Giscard d’Estaing y, pese a sus esperanzadoras promesas de mejoras de vida de los franceses –reducción de la jornada laboral a 39 horas, aumento del salario mínimo, cinco semanas de pago social a los cónyuges por hijo, jubilación a los sesenta años, nacionalización de bancos y poderosos grupos industriales, descentralización del proverbial estado jacobino francés…- la realidad era que el paro había aumentado, los sueldos seguían bajos y la inflación se disparó.

Las cosas no iban lo bien que había prometido el quimérico nuevo presidente (en el 86 le obligaron a la famosa ‘cohabitación’ con el conservador Jacques Chirac, elegido como primer ministro), por lo que no extraña que, fruto del escepticismo y de los típicos barros políticos, Jacques Dutronc saltara a la palestra, en 1984, con una canción de título más que atrevido y lacerante, ‘Merde in France’.

Dutronc, el guaperas y turbulento marido de la dulce Françoise Hardy, no es que fuera un cantante protesta y menos aún un ácido izquierdista. Más bien lo contrario, sus posiciones ideológicas estaban en la derecha o en el conservadurismo. Y tal vez por ello, aprovechando el mandato de un presidente sociata y el estado de cosas, ideó ‘Merde in France’, que aún hoy sigue sonando escatológica y atrevida.

Era un pegajoso rock’n’roll en la más pura tradición al que el cantante galo, en un rápido chispazo de coña e inspiración que compuso en una tarde, le inyectó una letra desgalichada e inconexa, sin sentido, porque lo esencial, en realidad, era el impacto del título y el coro de varios amigos provistos con una escoba con la que simbólicamente barrían la ‘merde’ al grito onomatopéyico de ‘cacapoum cacapoum’, con el que hacer mofa y befa del estado de cosas en que vivía la sociedad francesa del momento.

Lo consiguió: Dutronc apareció en la tele y en la radio y el disco fue un éxito. Y lo importante: generó una mirada al interior a los orgullosos franceses para hacerse cargo de que la ‘merde’ estaba con ellos.

Hay quien asegura por allí que la canción sigue siendo completamente válida hoy en día en Francia, con los problemas de paro, inmigración, maltrato policial y lepenismo que acecha. Seguramente.

¿Y quién dice que no lo sería también en l’Espagne de Rajoy? Con el ambiente fétido que se respira por aquí, entre políticos, jueces, fiscales, banqueros, pederasta, maltratadores…, la ‘Ratonera’ de Amaral se ha quedado pequeña. Hoy una ‘Merde in Espagne’ no solo sonaría apropiada sino que en manos de algún grupo satírico –¿tendrán que resucitar La Trinca o nuestros Puturrú zaragozanos?- podría ser un éxito como lo fue en la Francia de 1984. Ahí queda la idea. Y aquí la canción original de Jacques Dutronc.

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¿Qué pasa en la Francia musical de hoy?

Allá por lo sesenta, musicalmente, los Pirineos no existían, o cuando menos eran permeables como una cortina de tela fina. Johnny Hallyday, Sylvie Vartan, Françoise Hardy, Aznavour, Adamo, Juliette Gréco, Sheila, Dalida, Michel Polnareff, France Gall, Marie Laforêt, Richard Anthony, Les Surfs, Chistophe, Sacha Distel, Alain Barrière, Gilbert Becaud, Guy Mardel, Hervé Vilard, Claude François, Jacques Dutronc, Michel Delpech, Nino Ferrer, Antoine, Serge Gainsbourg, Jane Birkin… Una avalancha. Sus canciones llegaban a España con prontitud y asiduidad hasta el punto que podría decirse que se estaba a la hora de lo que ocurría en el pop francés de la época.

Luego la cosa empezó a declinar. En los 70, Laurent Voulzy inundó ondas y discotecas con su ‘Rockcollection’, Patrick Hernández machacó con ‘Born To Be Alive’, Francis Cabrel mató de romanticismo con ‘Je l’aime á mourir’… mientras que en los cenáculos de la ‘inteligentzia’ se adoraba a Maxime Le Forestier y, no digamos, a Moustaki o Brassens mientras que Téléphone se convertía en el gran grupo nuevaolero que exportó Francia a media Europa.

En los 80 llegaron, entre otros, los magníficos Bernard Lavillier, Jean Patrick Capdevielle o Étienne Daho y grupos como Carte de Séjour, Indochine, Les Rita Mitsouko… en tanto que Vanesa Paradis tomaba el relevo de belleza ye-yé de los sesenta. En los noventa explotaron Mano Negra y Manu Chao y en este milenio los dos nombres más conocidos en España, por circunstancias diametralmente opuestas, han sido Dominique A y Carla Bruni, pero se ha perdido contacto con lo que se cuece musicalmente en la France. Y me pica la curiosidad.

¿Qué pasa en el país vecino, antaño gran suministrador de música no solo a España sino a Europa y otros continentes? Zapeo en los discos que el Rock&Folk reseña en cada número, concretamente en los tres últimos, de enero, febrero y marzo, y entiendo por qué el declive, o lo presiento…

Betty Bonifassi se mueve por aguas del viejo soul, el veterano cantautor Arnold Fourboust ofrece electro-pop confidencial de autor; Kent, con sus 18 álbumes de pop-rock melódico, sigue siendo el Poulidor de la música francesa; otro veterano, Rodolphe Burger, que se atreve con la gloriosa ‘Days Of Pearly Spencer’, canta con voz grave a lo Cohen/Gainsbourg; el dúo Cassius toma el sendero de Prince y la electrónica y llega a asociarse con Cat Power; Fishbach hace de chanteuse sintética; Oscar Nip se afilia al metal en su rama stoner; Dick Annegran, holandés afincado en la Galia, va de cantautor de guitarra de palo en plan ‘libertario del mundo’; los viejos Les Wampas no se despegan de su fórmula pop-punk… y ahí está el incombustible Michel Polnareff en directo entonando aquella preciosa pieza pop ‘La popupée que fait non’ y, obviamente ‘Love Me Please Love Me’.

También pericospeo con el Google y avisto nombres destacados, “que debo conocer y añadir a mi playlist”, según el prescriptor de turno. O sea, nombres como los de Dub Inc., Chinese Man, Les Ramoneurs de Menhirs, Marina Kaye, Black M, C2C, Indila, Maître Gims, Grand Corps Malad, Zaz, Kerry James o Cocoon.

Dos retratos, en fin, el del Rock&Folk y el de Google, de urgencia e incompletos, claro, pero reveladores –sospecho- de que nada nuevo o interesante ocurre al otro lado de los Pirineos.

Quizá Brand Old Sound, comentarista pertinaz y sustancioso en este blog, que vive en París, creo, pueda ofrecer una foto fija y fundamentada de lo que se cuece en la Francia musical de hoy. No sé si en la distancia, como tantas otras veces, discreparemos o convergeremos en la visión que yo tengo de esa foto: una foto insípida, incolora y digna de no traspasar fronteras; en cierto modo, algo parecido a lo que pasa en la Iberia Sumergida.

O sea, que ese placer que es para mí oír y leer en francés, y sobre todo escuchar canciones cantadas en la lengua de Molière, tiene que seguir enjaulado en los sesenta y algún pájaro de fuera como Capdevielle y su estupendo primer álbum de 1979 con su ramalazo dylan-springsteeniano del que extraigo una de sus canciones.

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Los Grammy: la basura, en el cubo

En ese oasis cultural de la paupérrima televisión de este milenio que, aunque con cierto aire de elitismo, es el programa de La 2,‘¡Atención Obras!’, el protagonista de la excelente película ‘El hombre de las mil caras’, Eduard Fernández, le confesaba literalmente a Cayetana Guillén Cuervo que “los Goya no tienen nada que ver con la profesión, que son un jueguito, un sistema, para vendernos el cine y hacer promoción”. Un mentiroso zoco, en resumen.

No puedo estar más de acuerdo. No ya con la visión del actor catalán de los Goya sino de cualquiera de estos ‘jueguitos’ embaucadores, y sospecho que manipulados, sean de cine, televisión, radio, teatro o música, empezando por los Grammy. Me han importado un pimiento siempre estas fiestas espurias, especialmente los mentados Grammy. Primero, porque no creo en absoluto que la creación sea una olimpiada ni se pueda medir con números y, por tanto, tratarla matemáticamente como el resultado de un partido o el salto de un atleta, es decir colocando a un creador por encima o por debajo de otro. Y, segundo, porque las selecciones de nominados, y en consecuencia de los premiados, me inspiran confianza cero.

Aun con todo, caigo casualmente como un pocholito en la transmisión de los Grammy, que este año salta al aire de manera gratuita a la TDT por uno de esos canales que no ve ni el tato, Dkiss se llama. Y mientras suena el pastelón de fondo, escribo estas líneas y, como no tenía ni idea de que esta madrugada se entregaban los infaustos premios ni quiénes estaban en la absurda contienda , consulto en Internet los nominados…

Aggg, bramo al ver los escogidos para el ‘premio gordo’, pero del bramido paso al estupor cuando veo a Bowie encuadrado en la categoría de ‘rock alternativo’… Vaya, vaya, una veteranísima y reputada leyenda mundial resulta que ahora la encuadran en categoría alternativa, que, a tenor de su significado primigenio, es pasto de minorías. Benditos lumbreras los que organizan y dan paso a aberraciones como esta.

Y mientras escribo, suena de fondo o veo de refilón la parada de monstruos. Hay dos tipos que recogen sus premios en calzoncillos (todo por la notoriedad), Adele hace un Patti Smith en la entrega del Nobel a Dylan, interrumpiendo y volviendo a empezar pidiendo perdón, y Beyoncé muestra ese maravilloso milagro de la naturaleza que es la maternidad, pero su canción es un churro tan largo y tan grande como una catedral… ‘Lemonade’, su inciensado álbum de 2016, incluidas, cómo no, revistas como la truculenta e infame Rockdelux, me aburre soberanamente. Creatividad nula. Neo R&B con trazos de country y rap que reduce y tritura el viejo y sabroso R&B a la nada.

Como el nivel de seleccionados y de invitados, en medio de la mediocridad reinante en el panorama propuesto por los Grammy, que sería preocupante si coincidiera con la realidad, aunque cada vez se acerca más, y viendo el menú propuesto para llevarse el gordo, amén del coñazo de las largas y constantes pausas para la publicidad, que en estos fiestorros yanquis de avaricia por el dólar rayan en lo obsceno, corto y cierro. Me voy. Me importa un bledo si gana fulanita o menganito –imagino que Beyoncé barrerá, lo cual aún me irritará más, aunque ojalá que Adele le tuerza el brazo- e incluso si Metallica, como está anunciado, se une a Lady Gaga (cosas veredes). La basura, mejor en el cubo. Y servidor, con un buen libro en la cama. Eduard Fernández se quedó corto.

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Neil Diamond, melodías desencadenadas

Una blandenguería, opinarán algunos, o muchos. Y es posible, pero no me resisto a proclamar que Neil Diamond es una de las grandes voces melódicas que ha dado el pop. Una garganta redonda, con cuerpo, plena. Su discografía está llena de canciones subyugantes, con esa voz desbordante, plena de matices, una nasalidad embellecedora, unas melodías desencadenadas y unos arreglos orquestales de puro satén. Como baladista estándard, él, Sinatra, Tom Jones, Elvis…, y pare de contar.

¿Exagerado? Quizá. Más, insisto, por mucha melaza que haya de por medio, por mucho que se le ubique en el área de cantantes comerciales, o en ese odiado –por mi parte- anglicismo del ‘mainstream’, no escondo mi devoción por este artista de origen judío y médico truncado. Que, conviene aclarar, por si fuera necesario, es algo más que un ‘cantante melódico’. En su repertorio hay rock’n’roll, piezas vaqueras, swing, soul, folk, R&B, ecos judíos… y, aunque destilado, rock energético. Robbie Robertson (The Band), uno de sus admiradores, como lo fue Sinatra o el mismo Elvis, le produjo el álbum ‘Beautiful Noise’.

Viene al aire, o al blog, esta intro debido al anuncio de Universal de la edición, a finales del mes de marzo, de un triple CD con sus éxitos. Nada que no se sepa, especialmente por sus seguidores, pero, como ocurre con los recopilatorios, un atrio en el que santificarse y acceder a la vasta discografía del cantante, inmensa, con casi medio centenar de LP’s y no se sabe cuántos singles. Y menos mal que el disco antológico no recurre a sus trabajos como compositor a sueldo, que daría para llenar otro disco, lo que, por otra parte es una pena, pues se vería la elasticidad del artista para trabajar para otros y para amasar hits inolvidables especialmente para The Monkeys…

Sí, aquel grupo prefabricado al que Neil Diamond abasteció con insignes canciones como ‘I’m Believer’ y ‘A Little Bit Of You A Little Bit Of Me’, canciones fogosas, desenfadas, puro pop para las masas adolescentes. Cualquiera que las hubiera escrito, especialmente la segunda, merecería mis máximos respetos y devociones. ‘A Little Bit Of You A Little Bit Of Me’, traducida aquí como ‘Un bocadito tú otro yo’, fue, a finales de los sesenta, material ineludible de guateques y reuniones juveniles. Personalmente me trae bonitos recuerdos, escuchándola en un moderno ‘pick-up’ portátil de la época, a orillas de un río y en grata compañía pandillera de chicos y chicas. Fue un hit inapelable en España.

Pero hasta años después no se supo que el autor de aquella canción era aquel nuevo ídolo romántico que en las discotecas de los primeros setenta derretía corazones en las tandas de lento con el gospeliano ‘Holly Holy’, el primer single suyo que sonó en España, ‘Sweet Caroline’, ‘Stones’, ‘Canta libre’, ‘Song Sung Blue’… o la colosal (y autobiográfica) ‘I’m… I Said’. El doble álbum, ‘Hot August Night’ (1972), uno de los álbumes dobles en directo más notables de la historia del pop, o así lo ha considerado la crítica americana, contenía todas ellas, retratando magistralmente al artista. Con él alcanzó el estrellato mundial, aunque algunos ya lo teníamos en el altar merced a los tutes de las tandas de lento discotequeras y a los dos álbumes de estudio que le precedieron, ‘Stones’ (1971) y ‘Moods’ (1972), en el primero de los cuales se cobijaba ‘I’m… I Said’. ¡Dios, qué monumento de canción confesional y melódica, qué desgarro vocal, qué arreglos orquestales a lo Spector…!

Luego, Neil Diamond siguió publicando discos y subiendo enteros en la bolsa comercial del pop y del cine. Escribió la banda sonora de la muy popular ‘Jonathan Livinsgton Seagull’ y no solo hizo lo mismo sino que también protagonizó la no menos popular ‘The Jazz Singer’, si bien es verdad que creativamente, y ante la parroquia más joven, su arte fue decreciendo hasta ser aplastado por las nuevas tendencias musicales, desde el hard-rock, el sinfonismo, el punk o la nueva ola.

Interesó poco, o, digámoslo así, lo esquiné. Personalmente me quedé en ‘Hot August Night’ y aquella caterva de singles en directo que incluía, interpretados con su impecable voz nasal y un sentimiento y un romanticismo pop exacerbados. Mas, naturalmente, Neil Diamond siguió publicando discos. ¡Y cuántos! ¡Y cuánto premios y récords! Doy paso a las estadísticas, según Universal, como simple muestra de su galardonada carrera, aunque sea algo de lo que rehúyo, pero una excepción: “Ha vendido más de 130 millones de discos en todo el mundo y ha dominado las listas durante más de cinco décadas con 37 Top 40 singles y 16 Top 10 álbumes. Ha conseguido ventas con 40 discos de oro, 21 discos platino y 11 discos multiplatino”. Pues eso.

En Estados Unidos se le sigue considerando como ídolo de masas, un artista crucial en el circuito que los norteamericanos denominan como ‘soft rock audience’, lo que le ha convertido en uno de los artistas mejor pagados del país, según la revista Forbes. Obviamente sus recitales televisivos y sus DVD’s tienen también gran demanda, caso del estupendo vídeo publicado en 2008, con una remembranza en el Madison Square Garden de su ‘Hot August Night’, y lo fundamental, gozan de una tersura y energía más que apreciables. “Cuando trabajé con Laurence Olivier –declaró al Telegraph británico en 2014- en la película ‘The Jazz Singer’, me dijo: “Como actor, debes estar dispuesto a ser un payaso.” Nunca podría hacer eso en la película, pero en el escenario puedo ser el más loco que hayas conocido. ¿Estás dispuesto a ser un loco y cantar conmigo? ¿Tú, que no cantas? ¿Estás ahí? Vamos, vamos a ser locos juntos. Y eso es lo que hace que sea estupendo compartir experiencias”.

Ahora, tras la edición del triple mencionado al principio, llegará una larga gira mundial con la que Neil Diamond, a sus 76 años, que cumple el próximo día 24, quiere celebrar los 50 de carrera en solitario, que uno piensa que son más, toda vez que su primer single de éxito, ‘Solitary Man’ se publicó en 1966, siguiéndole después, hasta que llegó ’Stones’ y Mood’, una rica discografía, incógnita en su momento por estos lares, y en la que destacaban sus dos primeros álbumes para el sello Bang, y, ya para Universal, los tersos latigazos de cantautor amoroso mezclados con pop, soul, country, sones latinos o gospel, de ‘Velvet Gloves And Spit’ (1968), ‘Brother’s Love Travelling Salvation Show’ (1968) y ‘Touching You Touching Me’ (1969). Discos a descubrir.

Gustará más o menos, se le reprochará su exceso de almíbar, su clase de categoría comercial…, pero su peso artístico, su voz y su capacidad como compositor son inapelables. Y sobre todo su existencia nos recuerda a muchos que un día fuimos jóvenes, que disfrutamos descomunalmente con su torrente de melodismo y, sí, aunque suene cursi, fuimos felices bañándonos en él bajo las luces rojas en aquellas primeras discotecas de la España franquista de los 70 que caminaba a pasos largos hacia la salida del túnel. No es poco.

Y aquí, el monumento:

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La edad de oro de Paloma Chamorro, hoy inconcebible

En el momento no fuimos conscientes de que estábamos ante un hito histórico, aunque suene grandilocuente calificarlo ahora así. ‘La Edad de Oro’ fue un programa de televisión que rompió moldes en los inicios de los ochenta, aquella década de tantos sueños materializados, de tanta ruptura, de tantos cambios, de tanta modernidad.

España acababa de salir de una corta aunque angustiosa transición política. El franquismo y todas sus ataduras, todos sus venenos, había quedado atrás en diciembre del 78 con la aprobación aplastante de la Constitución. Y los ochenta estallaron en el país con un estruendo de color y modernidad juvenil que llamó la atención incluso fuera del país. Periódicos y televisiones de Inglaterra, Francia y Estados Unidos se hicieron eco del estallido.

Pero debo decir que más de uno ceñíamos el gesto. No era para tanto, pensábamos. El pop británico había abierto el camino. Lo que aquí ocurría, lo que se veía en la calle, en las revistas o en los bares, o lo que se escuchaba en algunas radios o en la misma ‘Edad de Oro’, venía empujado especialmente desde Inglaterra con sus sacudidas musicales y estéticas; primero con el punk, después con la new wave y a renglón seguido con los nuevos románticos y el tecno. También con el heavy, aunque fuera enemigo (o viceversa) de la llamada Movida. Aquí simplemente se mimetizaba, bien es cierto que con más urgencia que nunca, pero sin sorpresa alguna porque ya estábamos avisados.

Y tampoco era algo excepcional. A fin de cuentas, era lo que tocaba en un país en el que estaba todo por hacer y por conseguir. O sea, que si en la tele había un programa como ‘La Edad de Oro’ era por obligación. Los tiempos empujaban imperiosamente a ello. Incluso, pensábamos, era hasta fácil. Pasar de la nada, de la TV en blanco y negro, de los cantautores pelmazos, de la grisura… al pop de pintalabios, que diría Lennon, las revistas guais y los ropajes estrambóticos era un paso que no requería esfuerzo alguno. Había incluso impostura, creíamos, al moler y presentar aquellos ‘tiempos salvajes’ (Ilegales definieron).

Personalizo: recuerdo que cuando el socialista Luis García Nieto se hizo cargo de la concejalía de festejos del ayuntamiento de Zaragoza peleaba con él en el periódico y cara a cara para que dejara de darnos la tabarra con los cantautores y los festivales latinos en La Romareda y se metiera en harina de los nuevos tiempos. Lo tenía incluso sencillo, porque, por decirlo burdamente, le habían dejado delante, no un patatal, sino un campo fértil como la huerta zaragozana. Bastaba con airearlo y meterle un poco de agua, que allí brotaba cualquier cosa, tal era su calidad para la siembra. Y así fue. A regañadientes, pero finalmente entrando en la senda del nuevo tiempo, el rock llegó incluso a la Romareda, primero con Miguel Ríos y Burning, y después con gente como Spandau Ballet, cuya actuación se transmitió en directo por TVE desde el estadio.

Quiero decir con todo ello que, aun costando, era lo que los tiempos demandaban y, por tanto, lo que teníamos que recibir. Una sensación de que, en consecuencia, todo era fácil y obligado, que todo tenía que llegar imperiosamente, lo mismo desde un ayuntamiento sociata que desde la radio o la televisión. Insisto, era lo que tocaba y además en un paso que no tenía vuelta atrás.

Dios mío, quién nos diría que no era así, que el tiempo podía retroceder, que aquella oleada de modernidad, o llamémosle de actualización o acompasamiento al paso de fuera, podía romperse de un momento a otro, que aquello realmente era un espejismo. Imposible. Habíamos ganado mucho territorio para que ello ocurriera. Pero pasó. Sí.

Pongan los más veteranos los ojos y la memoria en aquellos primeros ochenta y levanten la visera y miren al tiempo presente. ¿Qué fue, por ceñirme exclusivamente a la televisión, de aquel programa con atinado nombre buñueliano, ‘La Edad de Oro’? Bajó la persiana en el 85, después de 55 emisiones, y ya no hubo continuidad. Se esfumaron muchos sueños y muchos logros. ¿Dónde está el equivalente actual de aquel torbellino visual, estético, musical y hasta cultural, emitido nada más y nada menos que en directo? No es necesario malgastar el tiempo buscando. No hay nada. Estamos de nuevo en el páramo. O peor, vivimos envueltos en la idiocia televisiva más ofensiva, en una burbuja de imbecilidad, como jamás podríamos imaginar.

Y al observar aquel tiempo pasado, que sí, aunque duelan prendas, en muchos aspectos fue mejor, se calibra la importancia y el valor de ‘La Edad de Oro’ y su época, aquel primer lustro de los 80. Entonces, pese a los gritos de la derechona y los escándalos que suscitó el programa, con el cantante de Lords of The New Church bajándose los pantalones o Genesis P. Orridge, más fumado que una locomotora de hace dos siglos, mostrando un crucifijo con cabeza de cerdo, algunos lo considerábamos como un hecho ‘normal’, pero hoy la perspectiva ha cambiado: fue algo trascendental, un revulsivo que cambió la vida y la piel de este país. Abrió muchas puertas, tanto estéticas como musicales y sociales, por la que entraron ideas y manifestaciones de todo tipo, que quizá, más incluso que algunos de los grupos que presentó, fue su mayor logro. El impulso que dio a la gente joven a hacer cosas nuevas, a moverse, a sacudirse la caspa de años de rigor y opresión, fuese de la ‘tribu’ que fuese, resultó bramante. Nada fue igual a partir de entonces.

Al frente de aquel programa estaba Paloma Chamorro, con sus cardados, sus redondos hombros al aire, sus preguntas muchas veces banales, su pinta de progre y de moderna sobrevenida, pero atrevida, trasgresora, iconoclasta, como ella sola. Hoy, a medida que ha ido pasando el tiempo y viendo lo que hemos visto, se la valora mucho más. Lo que hizo entonces hoy es un milagro. Así de simple, así de contundente. Y si no, ¿qué televisión se ha atrevido y se atrevería en este inicio de nuevo milenio a emitir una ‘Edad de Oro’ del siglo XXI? O preguntando de forma más filosófica y ecuménica: ¿Qué nos ha pasado para que un programa como aquel sea hoy inconcebible?

Por ello me ha invadido la pena y la nostalgia al enterarme este lunes de su fallecimiento. Ah, aquellas noches de martes programando el vídeo para grabar el programa. Aún conservo decenas de cintas grabadas en aquellas noches televisivas, tan ‘normales’ entonces, tan imposibles hoy. Paloma tenía 68 años. Tras ‘La Edad de Oro’ volvió a lo suyo, al arte, en uno de cuyos programas previos, creo que fue ‘Imágenes’, presentó a Radio Futura, pero desapareció por completo de la modernidad –o quizá la hicieron desparecer- y prácticamente del mismo mundo televisivo. No supimos públicamente de ella hasta hoy en que se ha despedido definitivamente. Vaya mi adiós más valorativo y más cariñoso.

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Insolenzia, de monolito

insolenziaLo de Insolenzia es de monolito, no ya en su pueblo natal, Alagón (Zaragoza), que por supuesto, sino en la plaza mayor de la hipotética ciudad de la producción musical. En su haber, tres disco-novelas o novelas-disco, llámese como se quiera a esta ‘insolente’ innovación discográfica, que no hacen sino dejar boquiabierto al más pintado ante presentación formal tan opulenta de rock y literaturas aunados. Sus títulos: ’La boca del volcán’ (2010), ‘Me quema el sabor de tus ojos’ (2011) y ‘Con el mundo entre las piernas’ (2013).

No hay en España ediciones similares, las de Insolencia son únicas. Y me atrevería a proclamar que son únicas en el mundo entero, al menos en la gran historia del rock. No hay precedente alguno de libro-discos como los que este grupo de Alagón factura: una novela escrita magníficamente, con prosa ágil y bella, absorbente, por su cantante Daniel Sancet, y una música, uncida a esa prosa en un difícil ejercicio de funambulismo artístico, despidiendo chispazos de rock melódico y urbano. Eduardo Mendoza y Barricada. Juntos. O Sergio del Molino y Tako. Por citar matrimonios imposibles pero indiciarios.

Ya le he dedicado atención en este blog al grupo. Remito a las tres entradas correspondientes (1, 2, 3) por si alguien quiere remover papeles del pasado. Ahora lo vuelvo a hacer una vez más ante su reciente producción: un disco en directo, que obviamente, como nos tiene acostumbrados el grupo alagonés, es algo más, bastante más, que eso. Pues no en vano viene de nuevo enfundado en duro cartón de portada de libro, sino que en su interior se acantonan, ahí es nada para como están los tiempos, dos cedés y dos deuvedés, amén de un buen tocho de páginas en couché. No, en esta ocasión no hay novela, pero sí cien páginas impresas a todo lujo gráfico, con fotografías y textos de todo tipo, desde la introducción del propio Sancet, exorcizando su neurastenia ante el reto de subirse a un escenario, y más en un día tan remarcado como el que grabaron el disco en el Centro Las Armas de Zaragoza, a un grueso puñado de otros invitados entre escritores, músicos, mánagers, periodistas, poetas… y hasta bandoleros y diseñadores titirititifláuticos, como ellos mismos se autocalifican. Y obviamente no faltan los nombres de los comandos y personas que siguen y apoyan  al grupo a través del micromecenazgo.

Musicalmente, ya saben quienes les siguen, letras llenas de poesía, sensualidad, reivindicación, muy elaboradas, y ese rock eufórico pero pausado, con filiación urbana a lo Leño, Barricada, Tako… Todo material propio, excepto una versión de Manolo Kabezabolo, interpretado con pasión y fuerza, mandando el potente muro de tres guitarras sostenidas por una expansiva sección rítmica y con el sello identitario de Isabel y Daniel en las voces. Aprovecho para decir que son las voces adecuadas a este género, pero seguramente alcanzarían más verismo y solidez si se moldearan y modularan con más precisión, solapando Daniel esa estampa de cantante death metal y cuidando Isabel las afinaciones de las sílabas últimas de algunas frases. Meras apreciaciones personales.

Atención al final, con ‘Y la sal’, con Isabel tocando la guitarra en plan Valdivia y trenzando una de las canciones más significativas del grupo. Por no dejar en el tintero, otras como ‘Sudor frío’, ‘Va a estallar’, ‘A pleno pulmón’, ‘Una sola piel’… A mi entender, Insolenzia está entre lo mejorcito del rock urbano de este país. Esto y estas magnas ediciones discográficas que sirven, bajo un férreo, sufrido y meritorio modelo de autogestión, son motivos de mucha consideración, explican la gran legión de seguidores que tienen. Ya digo, monolito.

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Mas Birras vuelven a trotar

Vaqueros de los Monegros. Unos tipos desinhibidos y con la misma facilidad para hacer canciones de fiesta cowboy como profundas baladas o escarbar en el folclore latino. Unos verdaderos artesanos de la melodía e incluso de la poesía, que, pese al trozo de tarta de popularidad que saborearon a finales de los ochenta, acabaron perdiendo su apuesta por el rock’n’roll. La culpa: el cansancio, las escasas ventas discográficas y la devoción cada vez mayor de su líder, Mauricio Aznar, por el folclore latinoamericano, que, como dijo, se fue alejando musicalmente del grupo “hasta no tener nada que ver con aquello”.

Eran los Mas Birras, un cuarteto zaragozano nacido de las cenizas de Golden Zippers, precursores del rockabilly local, que ahora, de la mano de Universal, vuelve a trotar discográficamente con la reedición de todos sus discos en una aseada cajita tamaño DVD con dos cedés y un libreto de 28 páginas. Es la segunda vez que se rescatan estas grabaciones. La primera lo hizo en el año 2002 Linacero, propietario de las primeras publicaciones que el grupo hizo para Grabaciones Interferencias, junto al grupo y Stop Producciones. Y todas cuantas veces lleguen estas recuperaciones serán bienvenidas (y necesarias) para mantener fresca la memoria de un grupo inolvidable, adelantado, fascinante, y si pudiera ser colocarle en el puesto que se merece en la pequeña historia del rock zaragozano e incluso en el nacional. Que méritos, los hubo.

Los recuerdo como Golden Zippers. La primera vez que los vi fue en el Concurso Municipal de Rock que el ayuntamiento organizó en 1982 en el destartalado pabellón de Santa Isabel y en el demolido anfiteatro del Rincón de Goya. Diría que daban miedo, no en el escenario pero sí en la calle. Sus pintas invitaban a ello: altos tupés, vestimentas vaqueras, cremalleras, puntiagudas botas… La ciudad no estaba preparada para sustos estéticos tan contundentes. Los ochenta se habían abierto en la ciudad atados todavía a la resaca de los cantautores y a la pobreza y el desangelamiento del rock. Zaragoza era, por qué no decirlo, una célula palurda en menesteres y estéticas rockeras, así que chocaba mucho chocar con ellos por la calle.

Tras el Concurso Municipal del 82, quedé con ellos en su cuartel general, un bar de la calle Juan José Rivas, en la acera de enfrente de la entonces famosa discoteca Babieca: intimidaban. Cuatro adolescentes que se bebían su estética y sus gustos musicales a caño abierto y pateaban furibundamente contra lo viejo pero también contra el soplo de novedad que llegaba desde Madrid. “Muerte a los modernos”, me gritó para el Heraldo Mauricio Aznar. Los cuatro hacían profesión de fe: “Esto es una forma de vida. Nosotros no nos disfrazamos para llegar a un grupo, es desde el grupo donde saltamos a la vida. Vives así, te peinas así, te vistes así, porque primero hay que ser rockero y después hacer rock’n’roll”.

Grabaron un single con tres canciones para el primer sello discográfico independiente local que llevó adelante el audaz Luis Linacero, Cara 2, y a finales del 84 se cansaron y reformularon sus principios musicales y hasta casi estéticos. Nacieron Más Birras con Miguel Mata (bajo) y Mauricio Aznar (voz y guitarra), ambos procedentes de los Zippers más Víctor Giménez (batería) y Mariano Ballesteros (saxo). Gabriel Sopeña se colocó en la recámara: no solo produce el primer disco sino que también hace coros, compone, toca la armónica y además toma el papel de voz solista en alguna que otra canción. Un excelente amigo de trabajo y farra.

Entre el 87 y el 92 grabaron los discos que recopila esta nueva reedición: dos singles, un maxi y dos minielepés para Grabaciones Interferencias y dos elepés para Pasión. Asimismo se recuperan las dos canciones –‘Quiero beber’ y ‘Cervezas y cigarros’- que se incluyeron en el álbum recopilatorio ‘Sangre española’ así como dos bonus: una maqueta del 89 (‘Una historia como ésta’) y un descarte de las sesiones de ‘Tierra quemada’; en concreto, ‘Eso de pedir perdón’. Treinta y ocho canciones. En realidad, 37, toda vez que ‘Voces de tango’ aparece en la versión primigenia y en la que se hizo de nuevo para el álbum ‘Tierra quemada’. Y una curiosidad para coleccionistas: ‘El próximo eres tú’, que cerraba el primer minielepé y que la recopilación de Linacero extrañamente dejó fuera. Curiosidad que esta edición aumenta al cambiarle el título por el ‘El siguiente eres tú’.

En el libreto, en el que he tenido el gozo y el honor de participar, destripo todas estas grabaciones con las que Mas Birras perdió su apuesta por el rock’n’roll pero no así su valentía y aplomo para darle la vuelta al viejo rockabilly americano y ensartar una serie de piezas memorables, sensibles, inolvidables, llenando una época del pop zaragozano en la que los discos brillaban por su ausencia. Hasta entonces, ciñéndonos al pop y a los ochenta, en la ciudad únicamente habían grabado discos en formato grande (maxi o LP) la Curroplastic, Vam Cyborg y Vocoder. Al unísono, o un poco después, lo hicieron Dirección Prohibida, Pedro Botero y Combays. Los Héroes aún estaban en el congelador.

En el libreto se inserta también un largo y profundo artículo que el profesor Javier Aguirre escribió en 2002 sobre el grupo y sus discos con motivo de la edición de Linacero, así como una pildorita de Jesús Ordovás evocando el momento en que los oyentes del fenecido ‘Diario Pop’, de Radio 3, eligieron ‘Al este del Moncayo’ como mejor disco del año. Gráficamente, una meritoria profusión de fotos, servidas básicamente por Luis Linacero, enriquecen esta brillante edición que coloca a Mas Birras en un pedestal al que nunca subió pero que se mereció holgadamente.

Mauricio Aznar tuvo que cantar en la calle, trabajar en los billares del Tubo y dedicarse a labores varias para sobrevivir. No le fue bien con los Birras, pero aquello en 2000, según pude deducir una tarde que vino a mi casa, ya lo tenía asumido y olvidado. Entonces, su ocupación y preocupación era Almagato, el vehículo elegido para dar rienda suelta a su nuevo oficio de payador y su devoción por las chacareras y el folclore argentino. Ahí sí le dolía. Me confesó con mucha amargura y mala leche:
-No hay Dios que te contrate. El ayuntamiento pasa de mí. No me hacen ni puñetero caso. Y no te cuento lo de Pirineos Sur…, joder, tendré que ponerme un tanga senegalés y pintarme el cuerpo de negro a ver si me contratan. Un festival de ‘músicas del mundo’…, ¿y qué hago yo?

Otra de esas muecas de hipocresía que se gastan por esta ciudad: meses después de su muerte, ocurrida en octubre de 2000, el ayuntamiento zaragozano, a la sazón en manos del PP, le hizo un gran tributo en la sala Multiusos. El mismo que meses antes le ninguneaba. ¡Ay!


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Discos cincuentenarios en 2017

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Mil novecientos sesesenta y siete: los Beatles publican ‘Sgt. Pepper’s Lonely Hearts Club Band’, emergen The Doors con su primer álbum, la Velvet debuta con el álbum del famoso plátano warholiano en la portada, explotan la psicodelia y el hippismo, el festival de Monterey marca el patrón de los futuros macroconciertos, San Francisco vive el ‘verano del amor’, Pink Floyd toma las noches psicodélicas del UFO londinense, el soul sube sus grados de desgarro y popularidad, el sonido garaje se consolida en reductos minoritarios, nace la voz de Janis Joplin, Zappa golpea irreverentemente dentro de sus Mothers Of Invention, Leonard Cohen cambia la novela por la canción, Bowie asoma la cara de manera incógnita, Van Morrison se estrena en solitario, Eric Burdon anuncia vientos de cambio desde California, Dylan retorna a lomos del country…

Muchos vectores confluyentes como para no considerar aquel año como prodigioso y a la vez crucial en el devenir de la música pop, espesando así la estela abierta en 1965 con una pila de discos que tan jugosamente recordó, en 2015, el beatleniano Andrew Grant Jackson en su libro ‘The Most Revolutionary Year In Music’. Se cumplen cincuenta años de aquella ‘eclosión sónica’ del 67, que diría el injustamente denostado -por Manrique y compañía- Jordi Sierra i Fabra, pope del periodismo musical hace más de 40 años y luego autor literario  prolífico y exitoso, en su imprescindible e impagable enciclopedia del rock publicada en 1972, la primera del género que se editaba en el país (lo cual ya fue un mérito en sí mismo).

La pieza mayor de aquella eclosión fue indudablemente el ‘Sgt. Pepper’, el disco que dinamitó las formas de entender y hacer música pop. Descargados de las giras y de las actuaciones en directo, los Beatles contaron con tiempo al por mayor para trabajar en el estudio. A lo largo de 327 horas y 10 minutos, aseguran los detallistas, repartidas entre el 24 de noviembre de 1966 y el 3 de abril de 1967, y bajo la dirección siempre de George Martin, alumbraron este histórico álbum, no el mejor del cuarteto pero sí el más decisivo, que mandó de vuelta al estudio a gente como los Beach Boys y dejó descolocados a los mismos Rolling Stones, quienes respondieron con un endeble y confuso ‘Their Satanic Majestic Request’. Toda una revolución en el mundo pop. Soplará velas el próximo 1 de junio.

Fue curioso el encadenado: The Beach Boys se prendaron del ‘Rubber Soul’ de los Beatles, grabando bajo su peso ‘Pet Sounds’, pero a renglón seguido los mismos Beatles quedaron impactados por aquel trabajo y se metieron en los estudios Abbey Road donde grabaron aquel conglomerado de canciones pop, psicodelia, vodeville, hinduismo, sinfonismo…, o sea, el ‘Pepper’, que a su vez llevó a los Beach Boys a un bucle de inseguridad pero de maravillosas canciones como las del inacabado ‘Smile’ y el subsiguiente ‘Smiley Smile’… Un insólito encadenado circular fabricado bajos los efectos del LSD.

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La Velvet no entró ni salió de encadenado alguno. Hizo la guerra por su cuenta en la Costa Este americana con escaso eco y desde una óptica nueva e incomprendida en el momento (ruidismo y melodía). Su primer bello susto se produjo en 1967 con el LP del plátano, fracasado entonces y años mucho más tarde, sin embargo, ensalzado e híper influyente. Y mientras ello ocurría, en la Costa Oeste, de manera diametralmente opuesta, una oleada de grupos nuevos se mancomunaban  a la sombra del hippismo, las flores, la paz, la psicodelia y el verano del amor.

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Época de renovación social  pastoreada musicalmente por una grey de formaciones nuevas y revolucionarias. Grateful Dead, Moby Grape y Country Joe & The Fish debutaban en disco en el 67 y la Jefferson Airplane, que ya lo había hecho el año anterior con ‘Takes Off’, despachaba dos de sus álbumes más peculiares: ‘Surrealistic Pillow’ y ‘After Bathing At Baxter’.

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Los vientos psicodélicos sobrevolaron el Atlántico. En Inglaterra, Soft Machine y Pink Floyd hicieron suyos los postulados inventados en los ‘ball room’ californianos por los grupos hippies y, entre luces estroboscópicas y proyecciones, ofrecieron su propia visión de aquel movimiento y de aquella nueva música en el sótano en que el productor Joe Boyd enclavó el club UFO. Pink Floyd, con el visionario Syd Barrett al frente, se estrenaba discográficamente con el insólito ‘The Piper At The Gates Of Down’.  Menos conocido entonces y después, por no decir incógnito, los Kaleidoscope británicos (había otros americanos) le daban réplica más ordenada con una obra maestra del género ( ‘Tangerine Dream’) en tanto que The Creation y su debut con ‘We Are Paintermen’ se proyectaban al futuro para dar nombre en los 80-90 a un relevante sello discográfico (la casa de Oasis).

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Entretanto otra parva de grupos, alejada de aquella onda hippiosa, volvía al sonido más sucio y rabioso de los Rolling, reciclándolo de manera impulsiva y casi diletante, dando lugar a la consolidación del sonido garaje, iniciado un año antes. Dos debuts discográficos: The Chocolate Watchband (‘No Way Out’) y Electric Prunes (‘I Had To Much To Dream’). A su vez, The 13th Floor Elevators entregaban su segundo album, ‘Easter Everywhere’ y los más precoces The Seeds soltaban dos piezas mayores: ‘A Full Spoon Of Seedy Blues’ y ‘The Future’.

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El viejo blues, que había alimentado a los Stones y a los primeros grupos de R&B británico –desde Alexis Korner y John Mayall a The Animals, Them, Yardbirds Fleetwood Mac…- alcanzaba su cima con la formación y debut del trío más poderoso de la historia: Cream. Aquel 1967, Eric Clapton, Ginger Baker y Jack Bruce   publicaban dos álbumes inapelables: ‘Fresh Cream’ y ‘Disraeli Gears’. La torrentera sonora que descargó el trío tendría efectos devastadores en el rock posterior de los setenta.

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Con Elvis aún dedicado a las películas, el rock se había quedado sin rey blanco, pero no sin negro, porque aquel año llegaba al panorama discográfico Jimi Hendrix por partida doble con ‘Are You Experienced?’ y ‘Axis: Bold As Love’, dos fieras corrupias sonoras que incluían piezas eternas: ‘Purple Haze’, ‘Hey Joe’, ‘Red House’, ‘Little Wing’… Una de las irrupciones más determinantes de la historia del rock.

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Como lo fue la The Doors, que debutaron aquel 67 con el disco de principiantes más grande y perfecto de la historia. Una compilación de blues, rock y psicodelia que abría con ‘Break On Through’ y se cerraba con el largo y sobrecogedor ‘The End’, emparedando otras gemas como ‘Back Door Man’ o el single que catapultó al grupo a las listas de éxito: ‘Light My Fire’. Soplaron las velas del cincuentenario el pasado día 4 y para el 31 de marzo saldrá una gruesa caja conmemorativa.

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Prodigioso 67. En un instante, en un pasmoso florecimiento, el pop, el rock y el soul se atestaron de nombres y álbumes inolvidables. Junto a los mencionados, una avalancha de solistas y grupos,  bajo el resplandor y la hegemonía de los Beatles, llenaron  el año de grandes discos de tendencias diversas: Love, The Who, Ten Years Alter, Spencer Davis Group, Small Faces, Kinks, David MacWilliams, Hollies, Byrds, Buffalo Springfield, Traffic, Procol Harum, Tom Jones, The Mamas & The Papas, John Mayall, Aretha Franklin, Wilson Pickett, Tim Buckley… Gloriosa explosión que aún resuena en los oídos y en la memoria de manera renovadora y gratificante. Ya hace medio siglo…, ¡uff!.

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Pero miremos también en la Iberia sumergida. El pop español seguía en 1967 apegado todavía al formato por excelencia en los dos primeros tercios de los sesenta, el EP o disco de cuatro canciones. El LP era cosa de privilegiados, así que no extraña que solo Los Bravos, al calor del cine, vieran en las tiendas su álbum ‘Los chicos con las chicas’ o que Raphael, tras un largo sendero de EP’s que se inició en 1962 con Philips y su presencia en Eurovisión en aquel 1967 con ‘Hablemos del amor’, publicara su tercer álbum, ‘Raphael’. Signo de la gran respuesta comercial que habían captado del público juvenil y de los medios.

Más sorprendente podría parecer el primer álbum de Serrat, por tratarse de un larga duración y además cantado en catalán, pero el nuevo cantautor ya venía avalado por el número uno que consiguió en 1967 con el EP ‘Cançó de matinada’, el primer número uno que un disco cantado en la lengua de Espriu  alcanzaba en España. Eso le avaló para pasar al tamaño grande y en 1967 apareció su primer álbum, ‘Ara que tinc vint anys’, todo él cantado en catalán, prueba fehaciente de la persecución por el franquismo de la lengua catalana, según el mantra del pico independentista de hoy.

El torneo del pop español, no obstante, se jugaba en formato pequeño, en EP y en single. Y ahí, la cosecha de canciones y discos hoy cincuentenarios fue bien vasta con nombres como Los Brincos, Los Ángeles, Juan y Junior, Massiel, Karina, Micky y Los Tonys, Pop Tops, Canarios, Pic-Nic, Los Pasos, Bruno Lomas, Los Mustang, Los Relámpagos, Manolo Díaz… Muchos discos y muchas canciones cincuentenarias. Muchas velas que soplar.

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Los número 1 de 2016

Ojeada a los discos más destacados del 2016 ahora que ya se han confeccionado, o son públicas, todas las listas más notables del panorama musical: la veteranía mínima de Bowie, así como la de Nick Cave y Leonard Cohen, la explosividad híbrida de Beyoncé y la proliferación del rap y el hip hop se imponen en el resumen final. Son las notas más destacada del año.

Las webs volcadas fundamentalmente en el indie avientan, como es natural y tradicional, una parva espesa de nombres absolutamente incógnitos para el gran público. Pitchfork coloca a Solange (o lo que es lo mismo, la hermana menor de Beyoncé, que tiene bonita, recogida y melódica voz –lo que la distancia de la hermana- pero que se pierde en medio de un puñado de canciones insulsas, con ribetes de hip hop, rap y nuevo R&B, de escaso punch emocional y artístico y con algún gorgorito exhibicionista, caso de ‘Cranes In The Sky’) en el número 1. Los dos siguientes discos de la tabla, firmados por Frank Ocean y Beyoncé, se mueven en parámetros musicales cercanos.

La española Jenesaispop insiste en la parva de incógnitos, aunque se rinde a los clásicos y termina por colocar en el primer puesto a Bowie y su ‘Black Star’. Ternura coyuntural o reconocimiento de que ante la veteranía llevada con dignidad no hay jovenzuelo que en estos momentos le tosa. Algo parecido a lo que le ocurre a Mondo Sonoro, que aún amplifica el síntoma, decantándose por Nick Cave y su ‘Skeleton Tree’ para el número uno y por Bowie para el dos, siguiendo luego la parva incógnita, con abundancia rapera, crucifixión, ¡ay Dios!, que se reitera en todas las listas de las publicaciones ‘modernas’.

El NME británico insiste hasta aburrir en estos dos géneros (el rap y el hip hop), aunque curiosamente opta por The 1975 y su segundo álbum, de largo título, ‘I Like It When You Sleep, For You Are So Beautiful Yet So Unaware Of It’, como cimero del año pasado. Un disco al que ya le dediqué una entrada en este blog y que, cargado de la más disparatada mezcolanza, agota en la escucha tanto como la largura de su título. Nada del otro mundo, y menos para figurar a la cabeza de lista alguna, mas la ‘Biblia’ británica’ dixit.

La americana, es decir, Rolling Stone, destaca a Beyoncé y su ‘Lemonade’, al igual que hace Billboard, una coincidencia excesiva, que no sé qué tiene la ‘nueva reina’, aparte de una poderosa  voz, para tanto premio.

Rockdelux, también cargadito de rap y hip hop, apuesta por el luctuoso y duro ’Skeleton Tree’, que no está mal (la elección)aunque no sea de lo más notable del australiano (ver la entrada en este blog). Y, por último, Ruta 66 coloca en el 1 a Drive-By Truckers y su ‘American Band’, disco mediocrísimo, un quiero y no puedo de ‘american band’ con un irritante cantante que a la primera canción, con su desmedido e inútil esfuerzo por entrar en los predios de Neil Young, echa para atrás.

Panorama, la verdad sea dicha, un tanto desalentador, toda vez que cuesta realmente destacar un disco del año pasado con perspectivas de clasicismo y perdurabilidad o al menos con seguridad de que tarde o temprano volverá al reproductor personal de quien suscribe. No hay mucho que sorprenda, que se quede en la retina de los oídos, curiosamente cuando la producción que cada año llega al mercado es oceánica. Si acaso ese también oceánico segundo álbum –‘Love & Hate’- del londinense Michael Kiwanuka, con una de las introducciones más ambiciosas que se recuerden desde los tiempos de Isaac Hayes, esos epopéyicos diez minutos de ‘Cold Little Heat’.

Personalmente, no obstante, lo tengo muy claro: el disco de réquiem de Leonard Cohen, ‘You Want It Darker’, es mi número 1. Volveré a escuchar esta sobrecogedora despedida en más de una ocasión. Como lo haré con los últimos de Bowie, PJ Harvey, Nick Cave o Radiohead, a mi gusto y entender, lo más sabroso de 2016, la foto musical que más y mejor me recordará el año finito, pero no mucho más. Curiosamente compruebo, tras escribir estas líneas, que son los mismos que destaca Efeeme en sus cinco primeros puestos. ‘Simbiosis’, que diría aquel ‘gran hermano’ de infausta memoria. A ello hay que añadir el regreso bluesero de los Stones y el último de Van Morrison, por mantener viejas fidelidades y si acaso la agresiva valentía de Swans, siempre únicos.

En el panorama nacional e incluso en el aragonés, mejor no entro. Que ahí los nubarrones son preocupantes, con dificultad máxima para destacar algo de futuro y gran calado. Escaso interés. Otro año será.

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Beth Orton, decepción

Me hubiera gustado acabar el año con un buen disco; o, mejor dicho, con un soberbio disco, que es lo que me esperaba de Beth Orton, la cantautora ‘folktrónica’ que saltó en 1995 a la popularidad con su intervención en uno de los discos clave del techno de los noventa, el ‘Exit Planet Dust’ de Chemical Brothers, aunque antes había trabajado con William Orbit. Pero nada más tener noticias de la publicación de su nuevo trabajo me he ido a por él con tantas ansias que…, leñe, decepción.

Y es que la británica ha vuelto al redil de la electrónica pura y dura, tras el folky y orgánico ‘Sugaring Season’, de 2012, que se ganó mis muchos aplausos y creo que también los de muchos lectores de este blog, hasta el punto de que la entrada dedicada a este penúltimo disco figura como la novena más seguida de este rincón musical, con más de 72.000 lecturas, algo, por otra parte, ciertamente sorprendente.

Cuesta olvidar aquel disco, a aquellas maravillosas emanaciones melódicas que de allí salían como ‘Call Me The Breeze’ o ‘Magpie’. Si se hace el esfuerzo en el olvido y se detiene uno en lo que ofrece este nuevo, especialmente en momentos tan sensibles y cósmicos como los que brotan, por ejemplo, en ‘Dawnstar’, e incluso si se echa la mirada retrospectiva hacia ‘Trailer Park’(1996) y sus devaneos electrónicos y trip-hop, la cosa no desentona, e incluso se topa con una Orton más audaz, pero, ya digo, resulta difícil solapar las ganas de encontrarse con la Orton folky de ‘Sugaring Season’,un disco en el que evocaba sutilmente a las grandes damas del folk británico de los 70, o sea, Maddy Prior, Jacqui McShee y Sandy Denny.

Los devotos de la electrónica seguramente me rebanarán el pescuezo por esta disquisición, pero, lo siento, donde suenen los ecos del folk-rock británico de los setenta no tengo la más mínima duda para elegir. El favoritismo es claro. Me sobra la electrónica.

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Van Morrison, el viejo león sigue mordiendo en la selva discográfica

Sí, mucha abundancia, qué digo, un aluvión matador de discos. Es curioso, aunque la reflexión suene ya a muy sobada, que en tiempos en que la industria musical ha caído en picado cada semana lleguen al mercado varias decenas de discos…, pero, ay, qué discos.

Realmente, lo confieso sin rubor, discos en su mayoría, especialmente los provenientes de la tropa indie y millenial, incapaces de levantarme unas mínimas esquirlas de emoción, sin el más mínimo signo de que, con el tiempo, serán discos que habré de colocar en mi altar de favoritos y memorables (lo tengo físicamente, el altar). O sea, que, tras picotear un rato en el bendito Spotify, tendré que ir a la tienda de inmediato a cazar la presa. Pero quiá, que diría el castizo.

No extraña que al final, caso de decidirse uno a invertir unos euros, recurra a lo seguro, a los clá-si-cos, a esos artistas que siempre te han acompañado y que, aunque llueva o truene, aunque no se muevan un ápice del adoquín de su consabida fórmula sonora, los vas a seguir disfrutando.

Verbigracia, Van Morrison. El gruñón irlandés llevaba cuatro años sin publicar nada nuevo hasta que en octubre pasado salió con ‘Keep Me Singing’, once canciones propias, una versión en homenaje al fallecido bluesman Boby Blue Bland y un instrumental picajoso, ¡con injertos ska! Su título y lema, según canta en la misma pieza que bautiza al disco, es bien explícito: “Dejadme cantar, es lo único que sé hacer”. O dicho en plata: No me pidáis virguerías ni raros experimentos, solo mi voz. Y, si acaso, como ocurre en este disco, que coja el viejo saxofón y la armónica.

O sea, blues, soul, baladas, jazz y punto. Ni siquiera viejos misticismos, al estilo ‘Astral Weeks’ y aquellos memorables once minutos de ‘Listen To The Lion’ del no menos memorable ‘Saint Dominic’s Preview’, tampoco experimentos con otras músicas como el skiffle, la música celta o el country, ni grandes despliegues instrumentales, aunque aquí asomen violines y cuerdas en ‘Memory Lane’ y ‘Holy Guardian Angel’ y los arreglos estén muy cuidados.

El más fiero y antipático león de la selva rockera –bueno, Dylan está unos peldaños por arriba- no tiene que rivalizar con nadie, ni cegarse con cifras de ventas, y ni tan siquiera pensar en superaciones personales, solo cantar, su mayor placer, según confesaba hace poco, por encima de exigencias del público. Y esto es lo que hay, lo tomas o lo dejas, te dejas morder o escapas.

Personalmente, lo sigo tomando, claro. ¿He confesado que, como me pasa con Dylan, sigo reafirmándome en que Morrison no tiene un solo disco malo y sí muchos sublimes, insustituibles? Este es su disco número 36 de estudio. Ya digo, inmóvil, pero seductor. Y si a ello se une la opulenta edición de tres conciertos de la gira de la que salió aquel noqueante directo del 74, ‘It’s To Late To Stop Now’, pues a seguir rugiendo junto al león de Belfast. Y los indies, a espabilar.

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Delicias navideñas con She & Him

El cantante y compositor indie M. Ward y la bella actriz Zoey Deschanel vuelven a las andadas, a sus deliciosas andadas, y lo hacen apropiadamente en tiempo navideño con un álbum de villancicos, algo que, por cierto, va siendo cada vez menos frecuente (lo de dedicar un álbum entero a los villancicos desde que Elvis diera el campanazo de salida en el pop).

No se suben a carro alguno Ward y Deschanel, que ya son viejos zorros de la música navideña: en 2011 publicaron su primer álbum del género. Bonito disco que estiran ahora con este segundo, colmado de piezas que, aunque vengan enmarcadas en el cuadro navideño, son canciones para escuchar en cualquier época del año.

Y es que, cómo no va a valer para cualquier fecha un ramillete de canciones, aun clásicas del género, atacadas previamente lo mismo por Sinatra que por Mariah Carey, que remiten a las esencias de los grupos vocales femeninos de los sesenta, los de la factoría Spector o los de la Tamla, y con la niquelada guitarra de Ward dirigiendo básicamente las maniobras, aunque el piano también lo hace en ‘London’, no digamos los bellos arreglos orquestales. Steve Shelley, de Sonic Youth, anda por ahí acompañando a la batería en media docena de piezas.

Bien, con este delicado disco navideño, quiero desear unas felices fiestas a todos cuantos se acercan a este blog. Gracias por seguir ahí y por arropar esta larga andadura que, con sus baches, sigue mirando al presente y al futuro. Disfrutad con este dúo y con este álbum navideño y más. Abrazos.

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En en lago sereno de Greg Lake

Los malditos bichos gripales me impidieron en su momento soltar públicamente unas lagrimitas de pena por la muerte, el pasado día 7, de Greg Lake, nombre que dicho así, sonará a los más jóvenes (imagino) tanto como darle un pellizco al aire, o sea, nada.

Y, sin embargo, hace casi medio siglo, este británico de Dorset era una estrella de la primera división del rock, formando parte, primero, de King Crimson y, después, de Emerson, Lake & Palmer. Casi nada. O demasié, que dirían los modernos de entonces, a tenor del eco que levantaban bandas tan atrevidas y, en el caso de EL&P, tan ‘circenses’ y espectaculares.

No es cuestión de desbrozar las idas y venidas de Greg Lake, que están accesibles por cualquier lado, y menos aún las historias de grupos tan estelares, pero sí remarcar que el bajista, guitarrista y cantante fue figura clave de ambas formaciones y de aquella época. Sí, Greg se salió del rígido papel del bajista estático, rutinariamente aplicado a darle cuerpo a las canciones mientras con el rabillo del ojo fisgoneaba y controlaba el patio femenino (por ello, en el rock figura la leyenda del bajista como el ligón a la chita callando, y si no que le pregunten a Bill Wyman).

Lake, que tenía estudios clásicos y que tocaba lo mismo a Paganini que a Elvis y The Shadows, sus ídolos iniciales, poseía una voz melodiosa y un gusto exquisito para componer y tocar la guitarra. Sus armas primordiales, más que el bajo, para que figure en el santoral del rock, y más aún del progresivo.

Suya es ‘Epitaph’, esa catedral que se levanta majestuosamente en ‘In The Court Of The Crimson King’, el álbum de debut King Crimson. Idem ‘Talk To The Wind’, otra de las sedosas piezas de aquel álbum mágico. A la altura de ellas estaba ‘Lucky Man’, pero esta ya entregada al primer álbum de Emerson, Lake & Palmer, en un single tan bello e improbable en aquella catarata de sintetizadores que era el trío. Y lo mismo, ‘From The Beginning’, y su resabio Shadows, para ‘Trilogy’; ‘The Sage’, la única canción firmada por un miembro del grupo, en este caso por Lake, en aquel álbum orondo y excesivo que copuló en directo la música clásica con los sintetizadores, ‘Pictures At An Exhibition’, y ‘C’est la vie’, con su evocación, si no pseudoplagio, del ‘Concierto de Aranjuez’, para ‘Works. Vol I’. Solo por este lago de calmadas y sutiles piezas, Palmer merece el recuerdo más emocionado.

Obviamente, hubo más. Hasta sus días finales siguió en activo, con sus proyectos individuales, su paso por Asia, sus desapariciones y retornos, sus dudosos rescates de EL&P con cambio de batería, sus acercamientos al heavy metal, sus trabajos benéficos para niños abandonados, sus canciones para películas y series televisivas… y en los últimos tiempos saliendo a los escenarios para recopilar su vida musical en conciertos tan didácticos como evocadores –véase el CD en directo ‘Songs Of A Lifetime’(2013)-, donde contaba largas historias de cómo conoció a Elvis o los Beatles e interpretaba canciones de ellos, amén de las que compuso para King Crimson y EL&P. Mal año este 2016 para este último grupo. A principios, murió Keith Emerson y ahora él.

Ya que andamos en harina navideña, ahí va este ‘I Believe in Father Christmas’ que Lake compuso para Emerson, Lake & Palmer, editándose como single y en su ‘Works. Vol 2’. Nada sorpresivo –estilísticamente- si se recuerda que el trío no fue esclavo de los sintetizadores y del llamado rock progresivo, pues lo mismo tocó boogie que honky tonk, pop playero o clásica. Hoy, en Inglaterra este es un villancico pop clásico que en estos días resuena tanto como el ‘Happy Christmas (War Is Over)’ de John Lennon.

Y como colofón, sus dos perlas mayores:

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Los Rolling Stones y el blues

Hoy, después de once años sin discos en estudio,  se ha publicado ‘Blue & Lonsome’, un nuevo álbum en el que los Rolling Stones vuelven a la adolescencia con un completo racimo de versiones de blues de grandes maestros del género, desde Howlin’ Wolf a Memphis Slim, Little Walter, Jimmy Red y Willie Dixon, combinados con otros nombres de menor rango popular, signo de los vastos conocimientos que Jagger y Richards poseen del género negro. Algo que a su vez reitera la grabación del disco en tan solo tres días del mes de diciembre del año pasado. Se dice que en realidad se metieron en el estudio de Mark Knopfler para grabar nuevas canciones pero al ver que no funcionaban se fueron de forma casi instintiva al blues de sus años mozos y salieron las doce piezas de este nuevo álbum.

Los Rolling Stones cierran así el círculo. Hace casi 60 años unos imberbes Mick Jagger y Keith Richards, que habían compartido pupitre en la escuela de Dartford, se reencontraron en una estación de metro londinense y por culpa de un par de discos -exactamente uno de Muddy Waters y otro de rock’n’roll, de Chuck Berry- que Jagger llevaba bajo el brazo estalló un trueno de complicidad musical mutua que aún sigue haciendo ruido.

Con  Brian Jones como capitán de la nave, en 1962, formaron The Rolling Stones, tomando el título de una pieza de Muddy  Waters. Su repertorio inicial se nutrió de todas aquellas canciones de blues que les habían roto las neuronas mezclándolas con otra de sus grandes devociones, Chuck Berry y el rock’n’roll. Y ya no lo abandonaron en toda su carrera, como prueba ‘Blue & Lonsome’.

Vaya por delante y de inmediato que se las han tenido mejor en los no pocos temas de blues que han incrustado en su larga discografía. ‘Blue 6 Lonesome’ no es un  disco sacramental de blues blanco: la historia, desde los primeros bluesmen británicos, empezando por Alexis Korner y siguiendo por Mayall y toda su escuela, y saltando después a los USA con la Paul Butterfield Blues Band y Canned Heat o Roy Buchanan a la cabeza, está apretujada de joyas insuperables. Hoy mismo, aunque de forma casi incógnita, saltan al mercado docenas de discos con mucho más gramaje y brillo que este ‘Blue & Lonesome’. Clapton ya hizo lo mismo en ‘From The Cradle’ y luego en sus recreaciones de Robert Johnson.

Y obvia señalar su nula capacidad de sorprender en tiempos actuales, menos aún de escandalizar como lo hicieron en aquel terreno virgen de los primeros sesenta, añadiendo a los blues el descaro juvenil  y la impudicia virginal que ellos le añadieron. Pero resulta indiscutible el nivel de fidelidad e interpretación de estos blues por unos Rolling viejunos pero en plena forma (materia casi de estudio para la ciencia médica, por cierto).

La apertura del álbum surge de forma correosa y cabeceante, con ‘Just For Your Fool’, un blues a lo Fleetwood Mac de vieja escuela, que es casi como decir de Elmore James, aunque su autor es el gran armonicista Little Walter. La armónica de Jagger sale a relucir de inmediato, al primer segundo, como aviso de su omnipresente presencia en el disco y del buen manejo que siempre hizo de ella. En esta misma dinámica burbujeante y optimista se mueven ‘Commit A Crime’, ‘I Gotta Go’, ‘Rid’em On Down’, ‘Just Like I Treat You’ e incluso ‘Hoo Doo Blues’. El resto, hasta completar la docena de piezas del disco, es decir, la otra mitad, son blues lentos. La banda al completo, con la aparición de Eric Clapton en dos piezas, que andaba por allí rematando su último disco, se mueve como tiburón en el agua, tal es la voracidad, sangre y groove que saca de la faena, aunque siendo algo quisquilloso, ese final y súper clásico ‘I Can’t Quit You Baby’, con un Jagger algo gritón y forzado, no tiene oros suficientes  para fajarse con la versión de Mayall en su fastuoso ‘Crusade’ (1967).

No es mal disco, insisto. Pero la pregunta salta de inmediato. ¿No tenían otra cosa que abordar los Rolling para rellenar un disco? ¿O querían hacer un simple tributo al blues? Era innecesario. Ya lo han hecho aunque haya sido a trompicones. Su discografía está trufada de numerosos encuentros con Satán en el cruce de carreteras, como los de Robert Johnson, en busca del ‘mojo’ del blues. ‘Midnight Rambler’ es el premio mayor que les otorgó el diablo en aquella interpretación que dejaron en ‘Let It Bleed’(1969) y luego, desde ‘Get Yer-Yaya’s Out’, en sus muchos discos en directo, no digamos en carne viva en los escenarios donde la crónica del estrangulador de Boston, Albert De Salvo, se engrandece musicalmente en originalidad y pulsión emocional hasta rascar la espina dorsal del mismo Satán.

Afortunadamente, en Zaragoza probamos esta sanadora medicina bluesera en aquella inolvidable noche de 2003 en la Feria de Muestras: a la séptima canción saltó ‘Midnight Rambler’ que Jagger acabó en español con un “sois geniales, ¡eh!”. “Si alguien quiere saber lo que son los Rolling Stones debe escuchar ‘Midnight Rambler’. Eso somos nosotros. Es la quintaesencia de lo que son los Stones”, explicaba Keith Richards en 2012, en el documental ‘Crossfire Hurricane’ con el que conmemoraban sus 50 años de actividad.

No era la primera vez que el blues afloraba en los surcos de sus discos. En el primer LP ya colaron tres, pero bajo el seudónimo de Nanker Phelge: Jagger y Richards tenían miedo de no estar a la altura. En el segundo atacaron ‘I Can’t Be Satisfied’, de Muddy Waters, y en el tercero saltó otra de sus grandes y venenosas versiones: ‘Little Red Rooster’, de Willie Dixon. Desde entonces, aun ya enfilando su carrera con material exclusivamente propio, hubo blues stoniano para adoquinar el camino al infierno: ‘Doncha Bother Me’, ‘Parachute Woman’, ‘Prodigal Song’, ‘You Gotta Move’, ‘I Got The Blues’, ‘Love In Vain’, ‘You Gotta Move’, ‘You Got The Silver’, ‘Shake Your Hips’, ‘Casino Boogie’, ‘Manish Boy’…

Blues para indigestar a una reserva de bisontes. El nuevo disco cierra así el círculo de sus trayectorias musicales, certificando que los Rolling, lamentablemente, ya no están para trotes creativos. Y ni ganas. O lo ven como ejercicio vano: “¿Para qué vamos a grabar discos nuevos si la gente solo quiere los éxitos del pasado”, se lamentó Jagger cuando, en 2012, salió el recopilatorio ‘Grrr’. Afortunadamente -por más que la clientela tocapelotas y mefítica insista en su retirada- sí lo están para volver la vista con nitidez a su adolescencia y sobre todo para seguir pateando los escenarios con decoro y entrega. Su reciente DVD, ‘Havana Moon’, vuelve a martillar en el clavo.

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Dover se va… y da pena

Hoy domingo se ha hecho pública en los grandes medios la disolución de Dover… y da pena. La guitarrista Amparo Llanos lo explicó el pasado miércoles en Radio 3 de esta manera al hilo de la presentación en Madrid del primer disco de su nuevo grupo, New Day: “Cuando teníamos claro que Dover nos íbamos a separar, me apetecía seguir haciendo música. Durante el verano pasado empecé a hacer algunas canciones y durante el invierno llamé a Samuel [bajista de Dover] y le dije: “¿te aburres? Yo también, ¿por qué no hacemos un grupo?”. Y nació el mentado New Day y la desaparición a su vez de Dover. “Gracias a todos por vuestro apoyo. Dover como grupo deja de existir pero nuestra música seguirá sonando en vuestros corazones”, han remachado las hermanas Llanos en Twitter sobre esta separación.

El cuarteto madrileño es de lo poco y más presentable que dio la música española de éxito en el último cuarto de siglo. Deja en la nevera una colección de discos dispersa y polémica, pero no por ello menos apreciable y se diría que pionera en el pequeño islote del indie español.

‘Devil Came To Me’ (1997), con ‘Loli Jackson’, ‘Serenade’ y la titular dentro, fue su disco de ruptura y desbordamiento en un mundo tan poco explosivo en las listas españolas como el independiente. Marcado por la melodía y la rabia del grunge, tan de moda en el primer lustro de los noventa, y tan influyente en grupos como los mismos Dover, a cuyas ubres se formó el cuarteto madrileño en 1992, era el segundo de los ocho álbumes que llegó a publicar. Antes quedó un disco de tanteo y debut como fue ‘Sister’ (1995).

Después del estallido y con la singularidad en el rock español de incluir a dos chicas en su configuración no solo como guitarristas y cantante sino como compositoras y ‘front woman’, siguieron su línea melódico-grunge y su devoción nirvanera hasta el punto de que tanto ‘Late To Night’ (1999) como ‘I Was Dead For 7 Weeks In The City Of Angels’ (2001) se grabaron en la cuna del género, en Seattle. A estas alturas, las multinacionales ya habían ejercitado uno de sus deportes favoritos: la absorción de los grupos notables provenientes de los sellos independientes. La vieja historia: el pez grande, en este caso Chrysalis/EMI, comiéndose al pequeño, lo que afortunadamente no hizo que las hermanas Llanos levantaran el pie del acelerador, mostrándose en estos discos hasta incluso más espídicas y rasposas sin perder por ello musicalidad, como bien remachó el breve ‘The Flame’ (2003).

Mas como es norma obligada en cualquier faceta del arte y más aún en la música pop, esto es, evolucionar, reinventarse, no vivir permanentemente en el mismo espacio disparándose selfis sonoros una y otra vez, unido a la repercusión de influjos vitales imprevistos, originó que el grupo diera a continuación una serie de bandazos creativos que dejaron descolocados a buena parte de su parroquia y con los que se incrementó su fama de grupo odiado/querido, sometido tanto al halago supremo como a la befa descarnada.

Dover se soltó el cinturón, y de los efluvios nirvaneros saltó a la electrónica con ‘Follow The City Lights’ (2006) y el imparable ‘Let Me Out!’ de estandarte. Un ejercicio de reconversión insólito. Más la cosa no paró allí. En 2010 no es que Dover descolocase, es que sufrió un colocón extraño, abrazando el africanismo con ‘I ka kené’ ‘por culpa’ de un novio africano que le salió a la rubia Amparo. El bandazo, pese a momentos exquisitos como ‘Solitaire’, y sus toques folk no fue letal, para dejar a las hermanas Llanos definitivamente en la cuneta, pero estuvo a punto.

Un fracaso comercial del que sobrevivieron con ‘Complications’ (2015) y su retorno a los tiempos de ‘Devil Came To Me’ en que pusieron patas arriba el tablero del rock indie hispano. Aquel álbum bebía de aquellos inicios, pero acentuando una faceta larvada entonces como la del punk. Había momentos -‘Too Late’, ‘Complications’, ‘Four The Floor’- en los que la guitarra tenía un punto Steve Jones (Sex Pistols) más que evidente y nutritivo. Y como era habitual, Dover, en medio del guitarreo y la acción, volvió a definir con tiralíneas sus melodías infecciosas y urgentes, con logros mayores como ‘Sisters Of Mercy’.

Se puede creer en ellos o no, en sus complicaciones para evolucionar, escribía hace tiempo uno en Heraldo, pero si se despelleja a Dover -cosa algo habitual, por desgracia- habría que hacer tabla rasa en el rock nacional. Así que da pena que se acabe, pero también es ley de vida, y más en este negocio tan volátil como el del pop.

El nuevo grupo de Amparo, junto al mentado bajista de Dover, Samuel Titos, y el batería Jota Amijos, se decanta por el folk y por el eco de las canciones de Paul McCartney con cierto poso de electrónica, como muestran las dos canciones colgadas hace tres días en Youtube: ‘Stay’ y ‘Say Yeah’. Ello, lo de New Day, no significa, según parece, que las dos hermanas Llanos vayan a montar un ‘pollo’ tipo Gallagher, sino todo lo contrario. Las relaciones entre ambas son excelentes, y la misma Cristina, que en realidad fue la que encendió la chispa de la separación al no sentirse motivada con el grupo e incluso con la música, está aconsejando a su hermana menor en su nuevo proyecto, a la vez que la apoya. El pasado 24 se la vio en el concierto de New Day en la sala madrileña Wurlitzer. Ella, por su parte, no tiene decidido nada sobre su camino musical. “Le apetece descansar y vivir la vida”, le comentó Amparo a Julio Ruiz en Radio 3. Según parece, tiene intenciones de dedicarse a la literatura. Veremos.
Yo hago una apuesta: Dover volverá.




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