Músicos aragoneses en Cataluña

‘Grosso modo’ puede afirmarse que a los músicos aragoneses en Cataluña no les fue mal, pero podría haberles ido mejor. Ya se sabe: salir de tu tierra para buscarte la proteína en otra es tarea ingrata por no decir odiosa, antes y ahora, máxime en Barcelona, donde, no me duelen prendas en afirmarlo, por mucho que prediquen los independentistas lo contrario, se ha mirado al de fuera por encima del hombro, y en estos tiempos más aún, si no practica la fe en el catalanismo o simplemente no participa de su lengua y cultura. También si no pasas por su cedazo ‘colonizador’: me sobran vivencias relacionadas con la música, managers, distribuidores, promotores y disqueros de allí. Al mismo Labordeta, que agarró un buen cabreo, le catalanizaron su primer LP copulando el título del disco con una i latina, ‘Cantar i callar’.

En los años sesenta fueron unos cuantos, en realidad todos cuantos destacaron, los músicos que tuvieron que salir de Zaragoza para buscar el éxito y cuando menos una mejor vida en otras ciudades españolas. Barcelona era entonces el foco principal de la industria musical y discográfica. Algunos de los sellos más importantes y activos estaba radicados allí: Belter, Vergara… y especialmente EMI que había lanzado a la fama al Dúo Dinámico. Pero además, la Ciudad Condal, frente al foco madrileño –más constreñido en discográficas y escenarios para la música moderna-, contaba con un rico circuito de locales de actuación entre teatros, salas de fiesta, entoldados veraniegos y hoteles playeros. No había otra opción que trasladarse allí en busca de trabajo y proyección. Cataluña, y en especial la metrópoli Barcelona, era la nueva tierra de promisión. Y a ella se marcharon cuatro de los primeros rockers zaragozanos: Chico Valento, Rocky Kan, Baby y Gavy Sander’s. También lo hicieron las cantantes Licia, Teresa María, Pilarín Lasheras, las mismas gemelas Pili y Mili, aunque estas por distinto motivo, o Luisita Tenor, esta también por otras razones.

Más tarde lo hicieron el pianista Benjamín Torrijo, que durante años acompañó a Julio Iglesias, o conjuntos afamados en la época, Unión de Reyes y Diablos Blancos, que acudieron a la Ciudad Condal a grabar discos. En los setenta aflojó el flujo, tan solo Joaquín Carbonell se buscó la vida por allí poniendo copas y cantando durante un año, pero no fueron pocas las veces que acudió a actuar después, cuando la canción popular aragonesa despegó, como también lo hicieron Labordeta o La Bullonera. Y más tarde, lo hizo Javier Mas.

A cada cual le fue como le fue, pero de todo hubo: desde quienes pasaron hambre como descosidos y recibieron pocas ayudas y poco calor catalán, caso de Rocky y Gavy, hasta quienes llegaron y triunfaron, caso de Baby, que acabó residenciándose en Sitges, o el de cantantes femeninas como Licia, Teresa María o Luisita Tenor que asentaron allí sus vidas y sus matrimonios.

Los cantautores no tuvieron asiento en tierra catalana. Acudían a cantar cuando les llamaban, por lo general casas regionales aragonesas pero ninguna entidad catalana. Actuaban y volvían. Tal vez por ello, y por la misma idiosincrasia del pueblo catalán de mirarse mucho a sí mismo, no eran frecuentes las actuaciones junto a otros cantautores de la tierra, algo que todavía no se explica Carbonell: “La defensa de las señas catalanas no habían alcanzado el paroxismo actual. Vivía Franco, estábamos aún en la dictadura o saliendo de ella, y el enemigo era común, pero aun así, catalanes y ‘españoles’ actuábamos en lugares distintos y casi nunca mezclados”.

Vienen a colación estos párrafos anteriores por la exposición ‘Dicen que hay tierras al este’, que desde el 20 del pasado mes de octubre y hasta el 7 de enero próximo se está celebrando en el palacio de Sástago, y con la que se intenta exponer la interrelación aragonesa-catalana durante los últimos tres siglos. La muestra, que han sufragado la DGA y la DPZ con más de 200.000 euros y que ha hecho que más de uno se pregunte si era necesaria, si no hubiera estado mejor aprovechado ese dinero en hospitales, escuelas o colectivos necesitados, en lo cual no falta una base de razón, se ha complementado con un documental y un opulento libro –‘Tejidos de vecindad’- de casi 600 páginas y unos tres o cuatro kilos de peso. Un libro del que conviene resguardarse si cae al pie o si la estantería es débil.

Tanto en el documental, que bellamente ha realizado Vicky Calavia, como en el libro, coordinado por el catedrático de Historia de la Universidad de Zaragoza, Alberto Sabio, intervienen profesores universitarios, periodistas y expertos en diversas materias, tanto económicas como históricas, sociales, pictóricas, literarias, cinematográficas o musicales.


En ambos, modestamente, quien suscribe tiene espacio para exponer, sucintamente en el documental y de forma mucho más extensa en el libro, esas relaciones, en concreto las musicales, que también han sido recíprocas aunque obviamente menos intensas: Javier Sebastián, de Alta Sociedad, se convirtió allí en escritor de cierto éxito, Puturrú de Fua grabó en Barcelona su primer LP, lo mismo que Dynamos y otros grupos de los ochenta en que paró la ‘héjira’ a tierras catalanas, la banda actual de Bunbury está reclutada casi al cien por cien en Barcelona, Juan José González Milla, nacido a mediados de los años 40 en el barrio del Clot de Barcelona y bautizado en la misma Sagrada Familia, vino a hacer la mili a Zaragoza y aquí se instaló abriendo los estudios Kikos, Loquillo tiene aquí su logística instalada, es decir, local de ensayo y oficina de management, y en su banda han figurado los zaragozanos Cuti y Gabriel Sopeña, por no olvidar la ascendencia aragonesa de Ramón Arcusa y Serrat.

A todos los que se fueron, ya digo, les fue mejor o peor, pero allí lanzaron sus carreras, y todos los que vinieron fueron acogidos de forma hospitalaria. Elefantes, por ejemplo, consideran Zaragoza como su segunda casa y Juanjo ‘Kikos’ no tiene el más mínimo empacho en asegurar que se considera “más aragonés que nadie”, sin el más mínimo anhelo por volver a su ciudad natal, Barcelona.

Muchos vínculos musicales, en fin, entre ambas tierras durante más de cinco décadas, que han dado grandes frutos discográficos, escénicos y relacionales como para establecer unos lazos de hermandad fuertes e imposibles de desanudar, por muchos litigios de bienes religiosos y soflamas independentistas que soplen de un lado o de otro.

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