El olvido de Johnny Hallyday en España. No, Loquillo, no

Otro ídolo más de la primera generación del rock’n’roll, en este caso europea, que se ha ido: Johnny Hallyday. Ya lo he escrito en alguna entrada anterior: los viejos rockers y no rockers están en boxes de salida hacia el infierno, subiendo la escalera ledzeppeliana para pagar entre llamas sus pecados terrenales, que es lo que corresponde a un elemento luciferiano, como se consideraba tiempo ha a aquellos pioneros.

Hallyday era todo un ídolo en Francia. Fue, o así le consideran por allí, el Elvis galo, el tipo que prendió en el país vecino la mecha del rock’n’roll y el twist junto a otros como Eddy Mitchell, Les Chausettes Noirs, Vince Taylor o Les Chats Sauvages. Los periódicos vecinos lloran su pérdida, los viejos fans acuden en romería a su villa en Marnes-la-Coquette a depositar flores, la totalidad de expresidentes vivos –especialmente los de la derecha, donde el cantante decía sentirse más cómodo- han expresado sus condolencias cuando no lo elevan al olimpo de los dioses, como Macron, que lo ha calificado de ‘héroe francés’, los diputados le rinden pleitesía con un gran aplauso en la Asamblea Nacional, y hasta su primera esposa, Sylvie Vartan, la más bella del baile, ha confesado que “ha perdido a su gran amor de juventud y nadie lo podrá reemplazar”. Todo un océano de tristeza nacional, que los franceses para guardar y sostener lo suyo, más o menos méritos de por medio, son únicos. Por algo son los creadores y dueños de la palabra chauvinismo.

En España ese océano es y ha sido un mar pequeño, por no decir inexistente. Johnny entró en los primeros sesenta con el batallón yeyé de Salut les Copains, del que él era su gallito (basta con ver la icónica foto de época de todos ellos donde luce con cazadora blanca como el más alto y más insultantemente guapo, que tan elegantemenete abría el folleto del lujoso triple CD que editó Montparnasse en 2009) pero con un cacareo que alcanzó incluso menos ruido que el de sus partenaires femeninas.

Su esposa sonó mucho, y más, que él con sus inolvidables ‘La plus belle pour aller dancer’, ‘En ecoutant la pluie’ y ‘Si je chante’ o ‘La Locomotion’, y con la Hardy ni cuento con aquel adolescente ‘Tous les garçons et les filles’ y sus joyas posteriores de los 70, Sheila con ‘L’ecole est finie’, France Gall con el eurovisivo ‘Poupée de cire’, Dalida con ‘Gigi l’amoroso’, Marie Laforet con ‘La playa’ y ‘Volvamos al amor’ y no digamos los impactos de los melódicos Hervé Vilard (‘Capri c’est fini’), Alain Barrière (‘Ma vie’), Cristophe (‘Aline’), Claude Françoise (‘Le telephone pleure’) Aznavour (‘Venecia sin ti’, ‘La Boheme’), Richard Anthony (‘En Aranjuez con tu amor’), Michel Polnarev (‘Love Me Pleas Love Me’), Jean-François Michaël (‘Adieu Jolie Candy’) por no abrumar con Adamo o Les Surfs… para desembocar en el gran y escandaloso bombazo de la Birkin y Gainsbourg (‘Je t’aime moi non plus’). Una tonelada de inolvidables canciones de cuño galo que sonaron muchísimo en la España de los sesenta.

Él era una esponja, un tipo tan guapo como habilidoso para absorber el repertorio rockero de los grandes americanos o a los mismos Beatles (‘Girl’) y trasvasarlo a Francia y diversos países europeos entre los que no estuvo España, no se sabe bien la razón cuando el pop galo y el italiano gozaban de una salud de hierro y de un gran poder de penetración en España como nunca antes se ha conocido. Tal vez porque aquí ya teníamos nuestros rockers y twisteros masculinos, encabezados por Mike Ríos.

Pero, ya digo, Hallyday fue un traductor incontenible de clásicos del pop y rock americano, desde Chuck Berry a los mismos Troggs. Su vastísimo repertorio, distribuido en torno al centenar de discos que publicó, así lo delata. Recuerdo con mucho agrado su traslación de ‘A Hundred Pounds Of Clay’, de Gene McDaniels, que él tituló ‘Une poigne de terre’ y que Enrique Guzmán, el verdadero ganador en España con la versión, tituló como ‘Cien kilos de barro’. O ‘Souvenirs souvenirs’, su primer éxito que luego dio nombre a un programa de TV, la hilarante traslación del ‘Black Is Black’ de Los Bravos como ‘Noir c’est noire’, pero sobre todo dos piezas incontournables, que dirían los franceses: las hermosas ‘Retiens la nuit’, escrita por Aznavour, y ‘Les brass en croix’, de él mismo, que versionó maravillosamente Ríos, y el fruto de aquella pelea musical con el hippy Antoine, ‘Cheveux longues, idées courtes’. No mucho más. Desde entonces, desde los mismos finales de los sesenta, se difuminó y en España poco se supo de él desde entonces, aunque en el país vecino llenara estadios, parques de los príncipes y hasta plazas de la Concordia enteras. Un olvido que, bien es cierto, padeció toda la tropa ‘salut les copains’. Misterios o desgana de la industria.

Loquillo, que lo conoció personalmente y hasta grabó con él, ha incidido en este lamentable olvido, pero se ha dejado llevar por su idolatría y el exceso, poniéndolo a la altura ¡de Bruce Springsteen! y más aún a la de Mick Jagger (tal vez porque el mismo Hallyday, que de modesto no tenía ni un pelo, se equiparó a él) y cometiendo un grave error, ¿o un agravio intencionado?, cuando en su texto de despedida publicado en El País, asegura que Hallyday, Celentano y Bruno Lomas “fueron los pioneros de todo esto”…

No, hombre, no Loco. Aquí, antes que Bruno Lomas, que sí fue pionero en Los Milos, pero no como solista, tuvimos a los rockers zaragozanos –Chico Valento, Rocky Kan, Baby, Nelo y Gavy Sander’s-, que no alcanzaron un éxito arrasador, pero sí lo hizo otro coetáneo, Mike Ríos, Miguel, el gran Miguel, el alfa y el omega del rock español. ¿Cómo lo olvidas? ¿Un patinazo neuronal? ¿Algún conflicto personal? No quisiera pensar en nada de esto último, pero suena grosera esa afirmación y ese olvido.

Mas, en fin, se ha ido otro viejo rockero que ya transitaba por la mitad de las siete décadas de vida. Los excesos y la ley de vida. Bye bye Johnny. Gran rocker, pero las cosas en su sitio con respecto a España y a los pioneros.

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