Radiohead: 20 años de un disco crucial de los 90, ‘OK Computer’

El tiempo del indie más novedoso, primigenio y percutante, el de los primeros noventa, ya se estaba extinguiendo, si no lo había hecho ya. Y en estas, Radiohead, que había sorprendido con ‘Pablo Honey (1993) y ‘The Bends’ (1995), y sí, con su famosos y pegadizo ‘Creep’, se descolgó en junio de 1997 con un disco fuera de su ámbito sonoro, inesperado y hasta revolucionario. Con el tiempo se convirtió en uno de los discos señeros de los 90, si no el que más: con él se pegó carpetazo al brit-pop, o dicho a lo bruto, como alguien ha opinado, “el disco enterró al grunge y asesinó al britpop” y con él, junto a otros discos, se abrió la puerta al electro-pop y a grupos como Coldplay, Placebo, Travis, Elbow, Muse y toda la estirpe mustia. No fue moco de pavo el eco de su estallido.

Luego, ya se sabe, entre pitos y palmas, el grupo británico se lanzó por los caminos de la experimentación sin límites y más dura, con momentos absolutamente intragables (tengo pendiente un esfuerzo para ver si un día digiero cosas como “Kid A”, “Amnesiac” o “The King Of Limbs”). Y haciendo de chicos malos, en un tiempo en que ya empezaba a estar todo perdido para las grandes discográficas, iniciaron una campaña para desacralizar el disco y arrancarlo de las fauces comerciales de la industria: en 2007 regalaban ‘In Raibows’ vía Internet. Ahora parece que, por lo que revela su apreciable último álbum,’A Moon Shaped Pool’, han vuelto al redil, o sea, a las canciones de verdad, dejando atrás la experimentación brutal, cuando no las salidas de tiesto.

Una historia singular que, pese a los sobresaltos, figura con letras de oro en la historia del pop. Y todo por culpa, sobre todo, de aquel gran disco del 97, de ‘O K Computer’, un disco, pese a todo, no comprendido ni captado al máximo en su momento. No lo voy a destripar de nuevo. Simplemente echo mano de la hemeroteca y traigo al blog la crítica que el 28 de julio de aquel 97, hice en las páginas de Heraldo. La sigo manteniendo, y añadiría nuevos detalles que entonces desconocía, aunque haya canciones que hoy no me hagan tilín como entonces tampoco me lo hicieron, caso de ‘Fitter Happier’, pero todavía piezas como ‘Lucky’ y ‘Tourist’, seguramente por mis querencias pinkfloydianas, me siguen poniendo la piel de gallina, como también lo hacen ‘Let Down’, ‘Exit Music’…

Compartiendo espacio aquella semana con El Niño Gusano, El Bosque, Camus, La Ley y Lutricia McNeal, esto fue lo que escribí:

Tom York, cantante y compositor de Radiohead, es un tipo taciturno y atormentado, esa clase de gente que todo lo cuestiona y que cada paso que da en su vida tiene que tener una explicación. Un auténtico manojo de dudas en conflicto permanente consigo mismo. No extraña que a la hora de componer canciones le salgan cosas tan retorcidas, introspectivas, casi dolorosas como las contenidas en su tercer álbum; el más atormentado de todos los hechos hasta ahora, pero también el más hermoso, que la belleza es fruto no solo de la alegría sino también del dolor y la pena. El es consciente de este conflicto interior suyo pero no tiene remedio, y eso que hasta gente como Mike Stipe de REM se lo avisan: «Estás loco», le dice Stipe, «si sigues hablando de temas tan serios, te vas a quemar». Pero él, ni caso.
Así que con una voz entre los Echo & The Bunnymen de «Ocean Rain» y los U2 de «Unforgertable Fire» y una actitud sufriente a lo Ian Curtis de Joy Division, amén del eco inevitable de los Smiths, de los que Tom York fue y sigue siendo un rendido admirador, Radiohead da salida a doce canciones nuevas que se mueven siempre por la línea del dolor y la balada convulsa, recurriendo a efectos tremendos como el grito liberador de «Climber Up The Wall», a las guitarras distorsionadas de esta misma canción o esa insólita combinación de tres canciones en una _tres líneas melódicas distintas_ que dan lugar a un single difícil como es «Paranoid Android». Y, por supuesto, nada de un nuevo «Creep», que el grupo está ya tan harto del hit que le catapultó al éxito que ya ni lo toca en directo. A cambio de tanta dureza aparente, Radiohead ofrece otras piezas que son puras inhalaciones de canción crooner, impregnadas en un romanticismo impecable y que hacen mantener el CD en el compact durante días y días. El tema final «The Tourist» es de un romanticismo y de una calidez amorosa retumbante, aunque la letra tiene poco de poético («a dónde demonios vas a mil pies por segundo?, hey, tío, despacio, idiota, despacio»). No obstante, el gran tema del disco para el grupo es «Exit Music», la banda sonora de una película de la que Tom dice que jamás había oído música tan bella en un disco. Y casi hay que darle la razón: en conjunto, «OK Computer» es un retablo de solemnes canciones, de una belleza infinita, un álbum que destila exquisitez por todos sus poros y que ha de dejar huella este año. Soberbio.

‘OK Computer’, no lo dije en el inicio, ha cumplido, por tanto, veinte años. Dos décadas, ¡quién lo diría!, que el grupo ha celebrado reeditando el álbum con las doce canciones remasterizadas y un cedé extra con tres inéditas y ocho caras B. ¡Dios! Que quedaran fuera del saco estas tres inéditas… ¡Si son tres joyas! ‘I Promise’, ‘Man Of War’ y ‘Lift’ son sus títulos. Hace unos días veía el vídeo de la actuación del grupo en el pasado Glastonbury y había que ver la solemnidad con que el grupo entonaba la primera citada, ‘I Promise’, y el embelesamiento con que el público la escuchaba, ondeando las típicas banderas del festival, todo un espectáculo en sí mismo, por cierto.

Y como complemento, esas ocho caras B que mantienen palpitante el pulso creativo de un grupo en su mayor época de esplendor. Como será difícil, salvo que se sea un fan compulsivo, que esas ocho caras B, publicadas en los seis EP’s-singles que salieron a la estela de ‘OK Computer’ entre 1997 y 1998, obren en poder de cualquiera, las ocho piezas vienen que ni pintadas, sin recurrir a las tomas diferentes ni a otras zaradanjas de relleno, para complementar un disco que ya suda historia. Vamos, que el disco extra, que bien podría haberse aumentado con más caras B que han quedado en el tintero, tendría entidad por sí solo, algo que suele ocurrir con escasa frecuencia en las acostumbradas exhumaciones a que nos tiene acostumbrada la industria. ¡Qué gozo!

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