The Cavern: viaje al inicio de la leyenda beatle con The Vinylos (II)

Van raudos, en línea recta, camino del Live Lounge… Es, digamos, un largo pasillo que, después de hundirse en el subsuelo, corre recto y a la derecha hasta el fondo, donde está el escenario, y tras él el camerino. Los cuatro ‘vinylos’ dejan atrás, a su izquierda, una gran vitrina llena de memorabilia a la venta – chapas, pegatinas, púas de guitarra, pequeñas libretas…- de The Cavern más que de los Beatles, que reservan para las tiendas de Mathew Street. ¿Deportividad comercial? Frente a esta vitrina, dejan también, a su derecha, un gran mural en relieve metálico con las caras del cuarteto. Son las diez y media de la noche y ellos tienen que tocar a las once. Van con las palpitaciones a mil. No hay posibilidad de escudriñar nada de lo que encuentran a su paso. Su objetivo es llegar cuanto antes al camerino. Hasta el día siguiente no hay tiempo de examinar minuciosamente la vitrina y el mural.

Los nervios sufren una repentina y agradable dilatación cuando el mismo David Bash los otea y sale a su paso, pidiéndoles calma. Les indica que el tiempo es justo pero suficiente y los lleva directamente al camerino, que enseguida se convierte en una especie de camarote de los hermanos Marx. Por el suelo se esparcen las fundas de los instrumentos, ropas y enseres varios de The Jeremy Band, el grupo previo, que está tocando y a punto de finalizar (un hueso duro de roer, por cierto, con sus sesenta álbumes publicados). Además, hay un perchero, un dispensador de agua, un par de sillones y una mesa. Justito todo de espacio. Y otra pequeña distensión de nervios: Bash les revela que uno de los músicos, Óscar, miembro de los madrileños The Seasongs que está en el escenario haciendo de refuerzo con The Jeremy Band, se ha ofrecido a prestar su guitarra si era necesario. Igualmente lo ha hecho el bajista. Agradecen el detalle de todo corazón. Un pequeño salvavidas en medio de la tormenta. Aunque no se sorprenden: Óscar es amigo y está al corriente de la adversidad de sus colegas canarios.

El camarote se aprieta más cuando ellos desenfundan las guitarras y dejan en el suelo las fundas y los maletines que transportan. Se acurrucan como pueden en un rincón e intentan afinar instrumentos. Ardua tarea porque, tras un viaje, desde Canarias a Liverpool, las cuerdas de la guitarra, bien lo saben los músicos, han perdido su temple, y necesitan tonificarse. Mas tan apenas es posible. Jeremy Band ya ha terminado su actuación y está recogiendo sus instrumentos: los Vinylos tienen 15 minutos para montar los suyos en el escenario y empezar a tocar. Sebastián se ha quedado sin afinar una cuerda.

Pisan tablas como zombies. Nunca jamás se habían visto en otra similar, y llevan más de un lustro de correrías. Antonio coloca los platillos de la batería, pone los tambores a la distancia adecuada y afina mínimamente. Miguel conecta el cable del ampli y trata de conocer un poco el ampli multiusos para todos los grupos. Sonia prepara la pandereta y la distribución de los micrófonos y Sebastián conecta el cable de la guitarra, trata de averiguar el sonido y mandos del ampli, coloca su pedalera de efectos, se pelea con la cuerda sin afinar… Es la primera vez que le ha ocurrido en su vida antes de salir al escenario. Mas no hay tiempo: repentinamente, el técnico de sonido pide a Antonio que haga unos breves toques de batería, lo mismo, a continuación, a Miguel con el bajo y luego la guitarra y las voces. “O. K.”, exclama el técnico ¡Tres minutos de prueba! Entra David Bash en el escenario, los presenta y ¡pim, pam pum, fuego! Arrancan con la primera canción. Curiosamente, pese a la brevedad de la prueba, el sonido es impecable. “Esto demuestra –hace notar Sebastián- lo profesionales que son y que exigen que seas tú. No se pueden permitir licencias del tipo ‘espera un poco’, ‘no me oigo bien’, ‘¿podrías subir más el bajo que no lo oigo?’… nada, todo suena a la perfección…”

El espacio del Live Lounge es mucho más grande que el original, el Front Stage, y con mejores condiciones y comodidades. Aparte del camerino, hay mesas y taburetes para sentarse a tomar copas y comer mientras se escucha a los grupos. A la izquierda del escenario queda una amplia barra y los baños. “El local es grande, espacioso y muy cómodo”, dice Sonia. “Incluso es más alto de techo que el original, lo que permite colocar pantallas donde se refleja lo que acontece en el escenario, pero conservando la estética del original”, remarca la cantante.

Mucho lujo en comparación con las rústicas instalaciones del Cavern original, aunque ellos no estén para contemplar abalorios y comodidades sino para dedicarse a su tarea: tocar lo mejor posible. Algo que consiguen por una suerte de licantropía musical. Van cargados de nervios pero sobre todo, a estas horas, de cansancio y agotamiento por la jornada tan dislocada que les ha tocado vivir, mas enseguida llega espontáneamente el reconstituyente transformador. “Lo que ocurre –apunta Sebastián- es que una vez que pisamos el escenario, sea el de The Cavern o el de cualquier otro lugar, y aunque esté mal decirlo por mi parte, nos transformamos, hasta el punto de que cuando suena la primera nota de nuestros conciertos, veo transformarse, literalmente, a mis compañeros, en otros seres… No es broma, ni son alucinaciones, es lo que nos ocurre”. Emocionante forma de vivir la música.

¿The Cavern original? Sí. Porque este está completamente reformado y ampliado aunque conserve las esencias del primigenio. El viejo se cerró el 2 de noviembre de 1972, tras una última actuación, la de Suzie Quatro, que entonces triunfaba en el mundo con ‘Can The Can’ y su estética glam de cuero. Los ferrocarriles británicos habían obligado al cierre: en la vieja bodega debía construirse un gran respiradero, al modo del metro neoyorkino. Afortunadamente a sus dueños se les ocurrió la idea de levantar un nuevo Cavern en la acera de enfrente, en concreto en los números 7 y 15 de Mathew Street. Sabían que habían enterrado un pedazo de la historia, por lo que su aflicción se convirtió en memorialismo sentimental: levantaron un nuevo Cavern lo más similar posible al original. Incluso trasladaron de manera impecable el letrero rojo y amarillo original de la entrada.

Los bulldozers demuelen el edificio del antiguo The Cavern, en junio de 1973, y convierten el espacio en un solar, que con el tiempo queda abandonado y después se convierte en aparcamiento. En el subsuelo yace la leyenda. Y el ferrocarril británico no construye el respiradero… La muerte de Lennon, la memorabilia (decenas de viejos ladrillos se venden a cinco libras la pieza) y las visitas turísticas a la entrada del viejo local alientan otra nueva reconstrucción de The Cavern. La tarea es ardua –los arcos enterrados no resisten- y burocráticamente muy complicada, pero el nuevo propietario, el veterano futbolista del Liverpool, Tommy Smith, junto con otro socio, se empecinan en la aventura. Consiguen permisos y licencias, invierten mucho dinero y buscan sobre todo el mayor grado de fidelidad al original, lo que consiguen, aprovechando y restaurando, en una minuciosa labor de arqueología clásica, los más de 15.000 ladrillos que aún guarda el enterramiento.

Una proeza. El 25 de agosto de 1985, con un festival de tributo a The Beatles, el viejo Cavern abre de nuevo sus puertas, pero ampliado. Se ha conseguido aprovechar un 80% de la vieja bodega y además, al comprar el local anexo del número 8, junto al viejo escenario aparece otro nuevo con capacidad para cerca de dos mil personas, el mentado Live Lounge o Back Stage.

Es ahí, donde 27 años después de la reconstrucción, y tras el ajetreo y las prisas, están The Vinylos abordando su repertorio incluido básicamente en su LP. El aforo, al completo. “El festival y los grupos se anunció con meses de antelación y mucho público va por ese motivo. Pero a eso hay que sumarle los que van incondicionalmente, sin saber quién toca o no, bien porque son fanáticos del lugar o sencillamente turistas que van a ver The Cavern”, señala Sonia.

Disimuladamente, mientras la actuación transcurre con normalidad y el público aplaude e incluso corea alguna de las canciones, Sebastián termina de afinar la dichosa cuerda. Ha caído casi al completo la docena de canciones del LP, cumpliendo los treinta minutos estipulados a rajatabla por la organización, pero, ¡sorpresa!, el público pide otra más, algo que no ha ocurrido, por ejemplo, con los americanos The Jeremy Band, grupo asentado aunque figure en la cosecha de ‘prometedores’ del IPO. No saben qué hacer, miran al organizador y este asiente con la cabeza. ¡Otra canción más de propina! No es lo habitual. “La verdad es que el público se entregó”, evoca Sebastián ya desde su domicilio canario. “La gente estuvo pendiente del concierto en todo instante, y luego, al terminar, muchos asistentes se acercaron para felicitarnos”.

Su asombro es mayor cuando el mismo organizador entra en el camerino también para felicitarles. David Bash tiene ya el cerebro pelado de ver grupos en los numerosos IPO que ha organizado. No debe fascinarse por muchos de ellos, pero parece que no atiende al típico modelo de promotor, más pendiente del ‘negocio’ que de la música. Él es un fan más y sigue a todos los grupos a pie de escenario. Y con The Vinylos se queda encantado. La muestra de su fascinación se volverá a repetir al día siguiente.

Recogen, salen del camerino, se meten entre el público para ver el grupo siguiente mientras no paran de recibir felicitaciones, brindan y, como ellos dicen, “nos regocijamos en lo vivido”. Ufff!, por fin, acaban los agobios, los nervios y las carreras del día más tenso de su vida sobre un escenario. Prácticamente han cerrado una larga jornada que había iniciado a las doce y media de la mañana el grupo valenciano Serie B y al que siguieron los sevillanos José Cas y la Pistola de Papa, los madrileños The Seasongs, The Harriets (Leeds), Bad Mood (Liverpool), David Sayle (Liverpool), Rogue Frecuency (Manchester), Kyle Parry (Gales), Luck, Now (Mantova), Patersani (Glasgow), Escapade (Leicester), Kascarade (Bradford), Split Sofa (Doveridge, UK), Luke Gallagher (Wrexham, UK) y The Jeremy Band (USA). Ellos tocan, como se ha dicho, a las once de la noche, cerrando Dave Rave & Hailee Rose (Nueva York) a las doce y media en punto. Todos han dispuesto de su media hora en el escenario, salvo la propina de The Vinylos. La organización ha sido perfecta y las atenciones impecables: “Son muy profesionales, lo tienen todo medido”, afirman. La torre de Babel, ni qué decir cómo bulle. Vuelven al hotel “con la tranquilidad del deber cumplido y con ganas de más, pero con la tranquilidad de que nos quedaba otra noche, otro concierto en The Cavern, pero, aún si cabe, con más morbo…”.

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2 respuestas a The Cavern: viaje al inicio de la leyenda beatle con The Vinylos (II)

  1. Dedé dijo:

    Acabo de escuchar el disco de The Vinylos. ¡Estupendos! Música perfecta para un local mítico como The Cavern. Deseando que vengan a Zaragoza.

  2. Julio jendrix iglesias dijo:

    Ostras que casualidad!!! The Jeremy Band es la banda de mi buen amigo Jeremy Morris (de Kalamazoo, donde se fabrican las mejores Martins acústicas ). Para más increíble coincidencia, lo traje a tocar a Zaragoza junto a otro gran amigo, el argentino Guillermo Cazenave. Y sabéis donde tocaron? En el ya desaparecido The Cavern zaragozano!!!! Estaba previsto que tocaría con ellos los teclados, pero acababa de comenzar a currar en la Expo, (fue en el 2008) y me fue imposible asistir. No me extraña que en Liverpool guste. Su voz es muy, muy Lennon. Saca discos de todos los estilos como churros, aunque los que hace de rock progresivo, en una onda muy Steve Hackett, son mis preferidos. El mundo es un pañuelo…..

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