The War On Drugs, rock de penumbra, de exploración interior

‘A Deeper Understanding’: Rock melódico, de penumbra, de viaje al mundo interior. Melodías diáfanas, de una pulcritud sangrante, dentro de instrumentaciones envolventes, con apoyo en los teclados, coros femeninos, tinturas de armónica o pedal steel y unas guitarras tan finas como creativas y punzantes. Es el disco de rock tranquilo de la temporada, de este otoño prematuro, que se despertó a finales de agosto con este trabajo melancólico y preciso, el cuarto de The War On Drugs, cuarteto formado en Philadelphia en 2005.

Comentaba en este blog en 2014, a propósito de su magnífico tercer álbum, ‘Lost In The Dream’, que Adam Granduciel y Kurt Vile eran dos apasionados seguidores de Dylan que un día se decidieron a ejecutar ellos mismos sus propias canciones, siguiendo los pasos de su ídolo pero sin mimetizarlo, sin engullirlo descaradamente hasta la indigestión, como daba buena cuenta su debut, ‘Wagonwheel Blues’ (2008).

Luego, Vile se marchó y el influjo dylaniano se evaporó hasta casi desaparecer, mostrando una cara más ochentera en el citado ‘Lost In The Dream’, con reminiscencias de The Cure, U2, Waterboys, Inmaculate Fools, The Alarm… y hasta el mismo Springsteen de aquella década (‘Lost In The Dream’). Fue el álbum que les dio la puntilla para darse a conocer mundialmente y recoger laureles y trabajo a mansalva.

Ahora, en esta nueva entrega, editada por la multinacional Atlantic, aflora de nuevo el espíritu dylaniano, aunque sea quizá más bien de forma anecdótica o como tributo a su mentor espiritual. Es el caso de un par de canciones: ‘Strangest Thing’ y sobre todo la canción de cierre,’You Don’t Have To Go’, con un deje vocal de Adam Granduciel muy cercano al del bardo de Minnesotta. También aflora de nuevo el anclaje con los ochenta nada más abrirse con la magnética ‘Up All Night’, evocando a Inmaculate Fool y House Of Love, a toda aquella gente con canciones de gran espesura instrumental y obcecados por la melodía. Incluso, salvando las distancias y sin hacer comparaciones odiosas, se reedita el ambiente de relajo y elegancia que ofrecía Roxy Music en aquel maravilloso ‘Avalon’. Y también anda por ahí de nuevo el espectro del Springsteen de ‘Dancing In The Dark’ y ‘I’m On Fire’, que aquí los Drugs despiertan y refunden vía ‘In Chains’…

Pero la pieza más significativa y vaporosa, la más sorprendente, es ‘Thinking Of A Place’, un single de ¡once minutos!, once minutos que dirían reiterativamente los taurinos, que editaron para el Record Store Day y que rescatan en este disco como su piedra angular. Suena en el fondo a mucho conocido, desde Pink Floyd a Steely Dan, Dire Straits o Roxy Music si se quiere, pero a nada se parece, tiene su personalidad y encanto propio, que es uno de los logros del cuarteto: echar la vista atrás pero sin clonar descaradamente, torpemente.

Aunque a buen seguro habrá quien tilde este tipo de pop-rock de siraposo y dulzón, de blando como la mantequilla, para quienes amamos la elegancia, el buen gusto, el perfeccionismo, la belleza, el hedonismo… esta es la mejor medicina que se nos puede suministrar para alisar la piel y las neuronas. Música de hoy pero, como la de coetáneos suyos del tipo Fleet Foxes, Bon Iver o Father John Misty, con la pátina del pasado. Probad, probad…

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Diluvio otoñal de discos

“Ya no hay discos”, dijo hace unas noches un indocumentado en el programa cultural de La 2 de TVE. ¿Que no hay discos? La crisis ha derrumbado a las multinacionales, ha cambiado el modelo de consumo musical, a la televisión nacional, salvo para enjuagues raros en connivencia con la SGAE, la música pop y la no pop le suena a chino mandarín, no existe, vamos. Todo lo que se quiera, pero uno vuelve con la cantinela de años atrás: pese a esta catástrofe que ha dado la vuelta a la industria musical pero no la ha destruido, ahora se editan más discos que nunca. El diluvio discográfico, no ya en formato digital sino en físico, es decir en CD y vinilo, es tan torrencial que hay que ponerse a buen recaudo o tirarse de los pelos por la imposibilidad de defenderse de él, dicho sea en plata, de la imposibilidad de abarcar todo lo que se publica para desesperación personal. Y es que entre los restos de las multinacionales, las autoproducciones y especialmente el trabajo ingente e imparable de los pequeños sellos independientes el panorama discográfico goza de una salud de hierro. Otra cosa es la calidad, los contenidos, pero ese es otro cantar o tocar.

Así que el otoño va ser tan pródigo como las setas que crecen en esta época. No es mi intención hacer una exhausta revisión de lo que viene o de lo que incluso va a venir, sino simplemente hacer un breve muestreo de los discos en los que uno personalmente piensa detenerse en fechas próximas o en las mismas actuales con los elepés que esperan o los que ya se han publicado en estos primeros días de septiembre. Un diluvio, ya digo.

La división de las viejas glorias sigue tan activa como siempre. Dos esenciales por aquello de su veteranía mayor y sus significancia: Beatles y Rolling. Los primeros tienen de nuevo en el mercado toda su discografía en vinilo, pero en 180 gramos, algo que no está mal, especialmente para las nuevas generaciones. Lo bueno es que se han publicado los discos ordinarios pero también otros extraordinarios que nunca, que uno sepa, y excusas si patino, vieron la luz en vinilo, caso de los ‘Past Masters’, los ‘Anthology’ o los Live de la BBC. Con libretos, se dice, autorizados y enjundiosos, los edita Planeta de Agostini desde el pasado día 8 de este mes a razón de uno por quincena y en quioscos. Las viejas generaciones también tienen donde picar: seguro que alguno se les pasó en su momento. Los Rolling vuelven, es un decir, con la reedición del psicodélico ‘Their Satanic Majesties Request’, en lujosa edición, y con un gran recopilatorio navideño, estando al caer otro nuevo, no se sabe si en la línea bluesera de ‘Blue & Lonsome’, pero sí con el entusiasmo con que hicieron este último disco. Jagger y cía, al parecer, le han vuelto a pillar gusto al estudio.

Neil Young recupera un disco acústico de 1976 con el título de ‘Hitchhiker’, un ‘disco perdido’, con piezas inéditas y otras que salieron en eléctrico en ediciones muy posteriores, caso de la poderosa ‘Powderfinger’. David Gilmour regresa a Pompeya pero sin Pink Floyd, sino en solitario, con su banda actual: allí grabó un DVD que anuncian poderoso. Aunque para poderoso el de Van Morrison, al menos por lo que sugiere la portada, con una escena de boxeo matadora. Su nuevo álbum se llama ‘Roll With The Punches’. Y otras viejas glorias que apuntar en la agenda: Ringo Starr, Gregg Allman, Deep Purple, Duanne Eddy, Sparks, Robert Plant, Cat Stevens o la misma Carol King que se fue a dar un voltio al londinense Hyde Park y, mire por dónde, de camino, ante 60.000 personas, reinterpretó enterito su glorioso ‘Tapestry’. Ah, y que no quede en el tintero el retorno de Flamin’ Groovies a los discos al cabo de 23 años o los mismos Bravos españoles que resucitan internacionalmente, vía RPM, con una extensa recopilación de 60 canciones en doble CD titulada de forma obvia ‘Black Is Black’. Ya se ve cómo de bullicioso está el patio yayo.

Ochenteros al cuadrilátero: Waterboys con un doble de 34 canciones,‘Out Of All This Blue’, en el que Mike Scott mete la pala, ¡glup!, en el funk y ¡hasta en el hip hop y el rap! (renovarse o suicidarse); Dream Syndicate resucita al cabo de una porrada de años con ‘How Did I Find Myself Here?; Orchestral Manoeuvres In The Dark, a la chita callando, siguen activos ante los sintetizadores y grabando: el turno es ahora para ‘The Punishment Of Luxury’. Y, cómo no, los inefables y poderosos U2 que al fin editan el disco que en principio se creía, o eso anunciaron, la segunda parte de ‘Songs Of Innocence’. Se titula ‘Songs Of Experience’, con adelanto ya del single ‘You Are The Best Thing About Me’. Confiemos en que su previsibilidad y hasta su anodina melodía quede superada por el resto de canciones del álbum.

También los noventeros asoman la patita. El más insigne: Liam Gallagher. Tiene a punto ‘For What Is Worth’ ya a nombre propio, sin Beady Eye, y parece una simple esquirla de Oasis. Veremos. Weezer también anuncia nuevo material: ‘Pacific Daydream’. Y Foo Fighters acaban de presentar en directo en España su décimo trabajo después de que se derrumbara Nirvana: ‘Concrete And Gold’. No olvido a la exuberante y desafiante Shania Twain y ‘Now’, tras quince años sin material nuevo. Y en otro terreno bien distinto, el historicismo jazzístico del pianista Vijay Iyer, con su quinto álbum, ‘Far From Over’, para ECM y su ejercicio sobre el sonido del Miles Davis de los sesenta o el Herbie Hancock de ‘Mwandishi’.

Entremos en el nuevo milenio. La ex primera dama francesa, Carla Bruni, regresa con su estilo intimista y un curioso disco, ‘French Touch’, de versiones de lo más dispares, desde los Rolling a Depeche Mode, Lou Reed, Abba o AC/DC. Casi nada. Ya le están dando sopapos por todos lados. Lo contrario, tanto del intimismo y los sopapos a la Bruni, de Queens Of The Stone Age, cuyo nuevo disco, ‘Villains’, está recogiendo opiniones muy positivas. Y lo mismo ‘America Dream’, y el ‘dance rock’ de LCD Soundsystem, el peculiar intimismo folk de Iron & Wine o la neopsicodelia de The Oh Sees y su ‘Orc’, aunque para psicodelia rockera atención al debut de Faith Healer con ‘Try’ o al tercer álbum de Beaches, ‘Second Of Spring’.
También atractivo es el nuevo disco de The Pains Of Being Pure, titulado ‘Echo Of Pleasure’, las trece versiones de Dylan que se ha marcado Jon Osborne en ‘Songs Of Dylan’, el consustancial retorcimiento de Tori Amos en ‘Native Invader’ o el enigmático melodismo de The National en ‘Sleep Well Beast’. También la asociación del ex REM Peter Buck con la cantante y guitarrista de Sleater Kinney, Corine Tucker en Filthy Friends y su debut, ‘Invitation’, o la propuesta del cantautor británico Nick Mulvey en ‘Wake Up Now’, uniendo folk, pop, africanismo y hasta raíces hispanas para poner sobre la mesa el gran problema de los refugiados. Mas el gran premio de la temporada, una vez más, al menos en mi devocionario particular, se lo va a llevar The War On Drugs y su ‘A Deeper Understanding’. Sugestivo.

Y finalmente, territorio aragonés aunque con proyección internacional: Bunbury y Amaral. El primero publicará en octubre ‘Expectativas’ del que ya han avanzado dos piezas, una de ellas sorprendente por no decir vampírica. ¿El ‘Rock’n’roll’ de Gary Glitter o el eco de T. Rex? Pues ahí está bien evidente en ‘La actitud correcta’. Por su parte, Amaral grabará a finales de octubre en Madrid un disco en directo que saldrá hacia Navidades. Eva y Juan, con su nueva banda, quieren recoger el sonido ‘cañón’, que dicen haber logrado en su última gira. Y detrás, todo un tropel de autoediciones locales y regionales que la mayoría de las veces se quedan en ‘petit comité’, entre amigos y familiares, pero que ahí están engrosando todo el diluvio de grabaciones que cae sobre el mundo mundial. ¿Qué no hay discos? Este otoño se verá.

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Adiós al verano del amor… de hace cincuenta años

El tiempo cronológico y hasta el meteorológico anuncian el final del verano de 2017, de este verano musicalmente insulso, olvidable y amorfo, sin discos espectaculares ni canciones recordables, al menos en mi caso, que habrá quien haya llenado la mochila con más tino y caudal que un servidor. Mucho menos, un verano sin agitación juvenil y movimientos de liberación aún perdurables.

No fue así hace cincuenta años. En su hermoso y privilegiado libro, ‘El verano del amor’, George Martin escribe: “Cómodamente respaldados por un clima de prosperidad y un nivel de desempleo prácticamente nulo, la gente joven tenía el lugar, el tiempo y los ingresos para permitirse experimentar sin límites con la persona. Y si no podías hacerlo en plena calle, podías hacerlo en el mundo de la contracultura, alimentado por el combustible de las drogas, el sexo, la filosofía oriental y la música rock”. El insigne productor de los Beatles describía de esta manera el paisaje juvenil que en el verano de 1967 se vivía en San Francisco, cuna de la psicodelia y el hippismo, y con los Beatles y su reciente ‘Sgt. Pepper’ –venía a decir él- como mascarón de proa.

Un verano ciertamente fecundo y socialmente revolucionario, aunque por estos pagos –vivíamos, ay, en la reserva espiritual de occidente- no se respirase aún (llegaría luego) la más mínima brizna de aquella revolución que se dio en llamar hippismo. Tiempos de utopías y transformaciones sociales que cambiaron el mundo y aún pendulean sobre él. ¡Casi nada comparado con este vacuo verano que se va y del que para cientos de miles de jóvenes del mundo lo que más presente quedará en su memoria musical, y no sé si vital (bufff), serán los acordes de una innombrable cancionceja reggaetonera que cual virus infecto ha envenenado playas, radios y fiestas discotequeras!

Mario Maffi, en su ensayo sobre la cultura underground, señala que el escenario de la música pop en aquellos años finales de la década de los sesenta fue el escenario de la rebelión, con las mismas características que marcaron el escenario político: anarquismo, rebelión cotidiana, autodestrucción, exaltación del placer, mitología, virulencia, fraternidad de los débiles, agitación, frenesí, inconformismo… Un escenario con unos nuevos centauros que, como afirmaría uno de los grandes estudiosos del fenómeno contracultural, Theodore Rozack, arremetieron contra el templo de Apolo e hicieron saltar en astillas todos los convencionalismos de una época de máxima pasividad adulta en la que los viejos –por miedo y acomodamiento- habían perdido el control de las instituciones políticas y los jóvenes –por la peligrosidad de la incertidumbre y la guerra fría- vivían con la amenaza de verse un día tomando un baño de napalm en Vietnam o sepultados por una tormenta de misiles nucleares, si no, más a pie de calle, sometidos a los preceptos moralizantes y estrictos de padres, familias y profesores. Contra todo aquel tanque de opresión, nació el hippismo, aquel sonoro latigazo, envuelto en olores a pachuli y marihuana y consignas de paz y amor, contra la sociedad establecida.

Permitan la fotografía que en el libro ‘Zaragoza60’s’ hice en 2016 de aquella floración contracultural:
“Este nuevo frente juvenil irrumpía en el mundo armado de consignas contra la guerra y el sistema establecido y de defensas públicas hasta entonces impensables y nunca vistas: el amor libre, las drogas, la revolución sexual, los anticonceptivos, el feminismo, la comuna, la rotura del concepto tradicional de familia, la fraternidad universal… Entre olor a pachuli, posters de Jimi Hendrix y canciones mesiánicas de Los Beatles o la Jefferson Airplane, los chicos se dejaron unas barbas y unos pelos de kilómetro, se horadaron las orejas con pendientes, se calzaron chancletas y se cubrieron con vaqueros raídos y chalecos pintados de flores y símbolos pacifistas. Ellas se colocaron flores en el pelo y descubrieron sus cuerpos, tirando al río el vallado de fajas y sostenes que oprimieron –en todos los sentidos- a las generaciones pasadas. Lo ascético del hippismo consistía en bañarse en mugre y barro, y el placer supremo hacer el amor a cualquier hora, en comuna o en dormitorios destartalados bajo la foto de unos Beatles barbudos o del Che Guevara. Algunas quinceañeras, las llamadas ‘runaways’, se escapaban de casa en busca de aquella nueva tarta de libertades que les ofrecía el hippismo. El viejo mundo de convenciones sociales y sumisión paterna se desplomaba definitivamente para siempre. Fue una revolución social atípica y nueva, sin armas, en silencio mediático y mucho trasfondo musical. El rock ha cambiado el mundo más de lo que lo recogen las enciclopedias y los mismos sesudos tratados sociológicos”.

Esto fue lo que trajo aquel verano que hace medio siglo excitó a la gente joven en San Francisco y cuya semilla voló, como esporas agitadas por el viento de la rebelión, lo mismo al Quartier Latin de París que a las escaleras de la Trinitá dei Monti. El famoso decálogo de Farson no llegó a realizarse pero lo cierto es que el hippismo no fue producto insustancial de la fantasía, vómito de la imaginación y el ensueño, sino algo, aunque breve (con la venia, ya dedicaré otra entrada a su incubación y muerte súbita) totalmente tangible e influyente que no solo cambió los modos de vida de miles de jóvenes de aquel verano y posteriores sino que dejó como poso musical un género tan reverencial hoy mismo como la psicodelia y una pléyade de grupos de rock míticos, desde la Jefferson Airplane a los Grateful Dead, Moby Grape, Country Joe & The Fish, Quicksilver Messenger Service y tantos y tantos otros, incluso los no adheridos al movimiento pero sacralizados entonces, como The Doors, los Byrds, Zappa, Fugs o Love, por no olvidar a grandes como Hendrix o Janis Joplin.

No me digan que aquello no eran veranos musicales y sociales con miga y no el amorfismo que nos rodea, estos dos meses estivales que se van sin pena ni gloria musical ni social, salvo que alguien tenga argumentos en contra que serán bien recibidos… Por cierto, un par o tres de discos para acompañar (si hay paciencia) la lectura de este texto o meterse en aguas rockeras de época, o sea, en aquel mismo 1967: ‘Surrealistic Pillow’, de Jefferson Airplane, ‘Grateful Dead’, de los idem, y ‘Moby Grape’ también de los idem.

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Radiohead: 20 años de un disco crucial de los 90, ‘OK Computer’

El tiempo del indie más novedoso, primigenio y percutante, el de los primeros noventa, ya se estaba extinguiendo, si no lo había hecho ya. Y en estas, Radiohead, que había sorprendido con ‘Pablo Honey (1993) y ‘The Bends’ (1995), y sí, con su famosos y pegadizo ‘Creep’, se descolgó en junio de 1997 con un disco fuera de su ámbito sonoro, inesperado y hasta revolucionario. Con el tiempo se convirtió en uno de los discos señeros de los 90, si no el que más: con él se pegó carpetazo al brit-pop, o dicho a lo bruto, como alguien ha opinado, “el disco enterró al grunge y asesinó al britpop” y con él, junto a otros discos, se abrió la puerta al electro-pop y a grupos como Coldplay, Placebo, Travis, Elbow, Muse y toda la estirpe mustia. No fue moco de pavo el eco de su estallido.

Luego, ya se sabe, entre pitos y palmas, el grupo británico se lanzó por los caminos de la experimentación sin límites y más dura, con momentos absolutamente intragables (tengo pendiente un esfuerzo para ver si un día digiero cosas como “Kid A”, “Amnesiac” o “The King Of Limbs”). Y haciendo de chicos malos, en un tiempo en que ya empezaba a estar todo perdido para las grandes discográficas, iniciaron una campaña para desacralizar el disco y arrancarlo de las fauces comerciales de la industria: en 2007 regalaban ‘In Raibows’ vía Internet. Ahora parece que, por lo que revela su apreciable último álbum,’A Moon Shaped Pool’, han vuelto al redil, o sea, a las canciones de verdad, dejando atrás la experimentación brutal, cuando no las salidas de tiesto.

Una historia singular que, pese a los sobresaltos, figura con letras de oro en la historia del pop. Y todo por culpa, sobre todo, de aquel gran disco del 97, de ‘O K Computer’, un disco, pese a todo, no comprendido ni captado al máximo en su momento. No lo voy a destripar de nuevo. Simplemente echo mano de la hemeroteca y traigo al blog la crítica que el 28 de julio de aquel 97, hice en las páginas de Heraldo. La sigo manteniendo, y añadiría nuevos detalles que entonces desconocía, aunque haya canciones que hoy no me hagan tilín como entonces tampoco me lo hicieron, caso de ‘Fitter Happier’, pero todavía piezas como ‘Lucky’ y ‘Tourist’, seguramente por mis querencias pinkfloydianas, me siguen poniendo la piel de gallina, como también lo hacen ‘Let Down’, ‘Exit Music’…

Compartiendo espacio aquella semana con El Niño Gusano, El Bosque, Camus, La Ley y Lutricia McNeal, esto fue lo que escribí:

Tom York, cantante y compositor de Radiohead, es un tipo taciturno y atormentado, esa clase de gente que todo lo cuestiona y que cada paso que da en su vida tiene que tener una explicación. Un auténtico manojo de dudas en conflicto permanente consigo mismo. No extraña que a la hora de componer canciones le salgan cosas tan retorcidas, introspectivas, casi dolorosas como las contenidas en su tercer álbum; el más atormentado de todos los hechos hasta ahora, pero también el más hermoso, que la belleza es fruto no solo de la alegría sino también del dolor y la pena. El es consciente de este conflicto interior suyo pero no tiene remedio, y eso que hasta gente como Mike Stipe de REM se lo avisan: «Estás loco», le dice Stipe, «si sigues hablando de temas tan serios, te vas a quemar». Pero él, ni caso.
Así que con una voz entre los Echo & The Bunnymen de «Ocean Rain» y los U2 de «Unforgertable Fire» y una actitud sufriente a lo Ian Curtis de Joy Division, amén del eco inevitable de los Smiths, de los que Tom York fue y sigue siendo un rendido admirador, Radiohead da salida a doce canciones nuevas que se mueven siempre por la línea del dolor y la balada convulsa, recurriendo a efectos tremendos como el grito liberador de «Climber Up The Wall», a las guitarras distorsionadas de esta misma canción o esa insólita combinación de tres canciones en una _tres líneas melódicas distintas_ que dan lugar a un single difícil como es «Paranoid Android». Y, por supuesto, nada de un nuevo «Creep», que el grupo está ya tan harto del hit que le catapultó al éxito que ya ni lo toca en directo. A cambio de tanta dureza aparente, Radiohead ofrece otras piezas que son puras inhalaciones de canción crooner, impregnadas en un romanticismo impecable y que hacen mantener el CD en el compact durante días y días. El tema final «The Tourist» es de un romanticismo y de una calidez amorosa retumbante, aunque la letra tiene poco de poético («a dónde demonios vas a mil pies por segundo?, hey, tío, despacio, idiota, despacio»). No obstante, el gran tema del disco para el grupo es «Exit Music», la banda sonora de una película de la que Tom dice que jamás había oído música tan bella en un disco. Y casi hay que darle la razón: en conjunto, «OK Computer» es un retablo de solemnes canciones, de una belleza infinita, un álbum que destila exquisitez por todos sus poros y que ha de dejar huella este año. Soberbio.

‘OK Computer’, no lo dije en el inicio, ha cumplido, por tanto, veinte años. Dos décadas, ¡quién lo diría!, que el grupo ha celebrado reeditando el álbum con las doce canciones remasterizadas y un cedé extra con tres inéditas y ocho caras B. ¡Dios! Que quedaran fuera del saco estas tres inéditas… ¡Si son tres joyas! ‘I Promise’, ‘Man Of War’ y ‘Lift’ son sus títulos. Hace unos días veía el vídeo de la actuación del grupo en el pasado Glastonbury y había que ver la solemnidad con que el grupo entonaba la primera citada, ‘I Promise’, y el embelesamiento con que el público la escuchaba, ondeando las típicas banderas del festival, todo un espectáculo en sí mismo, por cierto.

Y como complemento, esas ocho caras B que mantienen palpitante el pulso creativo de un grupo en su mayor época de esplendor. Como será difícil, salvo que se sea un fan compulsivo, que esas ocho caras B, publicadas en los seis EP’s-singles que salieron a la estela de ‘OK Computer’ entre 1997 y 1998, obren en poder de cualquiera, las ocho piezas vienen que ni pintadas, sin recurrir a las tomas diferentes ni a otras zaradanjas de relleno, para complementar un disco que ya suda historia. Vamos, que el disco extra, que bien podría haberse aumentado con más caras B que han quedado en el tintero, tendría entidad por sí solo, algo que suele ocurrir con escasa frecuencia en las acostumbradas exhumaciones a que nos tiene acostumbrada la industria. ¡Qué gozo!

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‘Arca’, ¿la nueva sensación? Eso ‘vende’ el Rock de Lux

¿El pop muerto? ¿La música de hoy sin anclajes de presente ni de futuro? No hay que preocuparse. Nuevamente el Rock de Lux ha dado con la tecla de la salvación, de la procreación del género para hoy y para los restos.

Los días de hospital se hacen largos. Así que uno rompió su estampida de hace meses de la revista más esnob y sectaria que se edita en este país y encargó el número extra del verano para hacer más llevadera la convalecencia con su vicio número uno, la música y las revistas musicales. En portada, un tipo con fajín negro en el abdomen, tanga y medias posaderas al aire. Atiende al nombre de Arca, nombre ignoto para mí, y supongo que para el 90% de los mismos lectores del fanzine de colorines. Mas en el interior se habla de que es la mano derecha de Björk, ¡oooh!, y no sé qué glorias más: nacido en Caracas como Alejandro Ghersi y afincado en Londres, ha trabajado con Kanye West, Kelela o Frank Ocean y “ningún productor de su generación puede medirse ante la potencia expresiva de su sonido inverosímil, tóxico y elástico”…

Spotify al canto para ver si tanta gloria se corresponde con la realidad y hasta merece una portada en una revista musical… Ufff, fraude. Una vez más la revista catalana comete fraude de ley al ensalzar la extravagancia, la mediocridad, la jeringonza, la insignificancia más absoluta. Un tipo sin voz que, en el álbum homónimo que le lleva a la portada, farfulla textos incomprensibles sobre fondos de teclado como el niño cuando se pone tontito ante una grabadora y la complacencia familiar. Inaguantable. Ni experimentación, ni ideas, ni novedad, ni gaitas. Fatigante, obtuso. Él mismo, Arca, afirma que le agota escuchar su propia música.

Dicho en plata: pufo. Una broma de mal gusto. Dentro de unos años no se acordará de Arca ni el mismo que escribió el artículo, un tal Juan Monge. No hay que echar la vista muy atrás en la hemeroteca del Rock de Lux para comprobar la hilera de encumbramientos fatuos y engañosos perpetrados por el fanzine. Es su línea.

Otro petardazo de esnobismo de una publicación musical cuyo misterio es cómo perdura en el mercado español, vendiendo la mercancía tan barata y escasa de interés que vende, con músicos y grupos artríticos, glaciales, indiferentes, un-todo-vale de medianías actuales, sin exigencia artística, sin nivel, sin filtros de calidad, sin firmas de fuste, con un director incapaz de ensartar un simple editorial y unos redactores, por lo general, parvularios, atados al snobismo más purulento y con escasa visión histórica.

No digamos cuando saltan a hacer periodismo ‘serio’, caso de los obituarios. Ozú, qué especial más infumable y mal escrito pergeñaron a raíz de la muerte de Leonard Cohen. Lo siento por Luis Lles, mucha modernidad, mucha periferia y mucho pirisur, pero qué planitud, qué estilo ‘wikipediano’ más extremadamente ramplón y simple, qué escasez de recursos e imaginación en la escritura, qué falta de análisis, derramó en el artículo ‘de fondo’ que abría aquel especial sobre el bardo canadiense. Y ello, sin las prisas que impone un obituario en un periódico diario. Lástima que estando por allí el gran Alberto Manzano, biógrafo, estudioso y amigo de Leonard Cohen, no se encargara de desentrañar y ubicar la vida y obra del gran poeta musical. Incomprensible.

Otros cinco euros tirados en el Rock de Lux, en un periodismo musical pueril en el que lo moderno por ser moderno se convierte en categoría máxima, en ideario y brújula de sus contenidos, obviando por lo general el pasado e incluso lo actual con poso e inteligencia. Un ‘arca’ o baúl, en fin, que cierro de nuevo. No estoy dispuesto a mantener extravagancias y esnobismos con falsos distintivos de modernidad y originalidad. No se me caerá ni una lágrima de pena el día que cierre tan falsario fanzine de fraudulentas actualidades.

Ah, y ahórrese cualquier disidente el epíteto de viejuno, desactualizado o cualquier otro similar. Sé muy bien dónde estoy y por dónde camino. Y a dónde voy.

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The Pretenders en el Teatro Real

Está por una parte lo del rock en el Teatro Real, que no es nuevo, pero sí sigue sorprendiendo; y luego la misma Chrissie Hynde, que a sus casi 66 años sigue estando en plena forma.

Lo de un espacio clásico para el rock tiene sus defensores y sus detractores. Un profesional de la radio, y antaño crítico pop del ABC, Tomás Cuesta, afirmaba días atrás que no lo veía muy bien, aunque este tipo de conciertos en el Real –subrayaba- son los únicos que le inyectan jugo económico. Salen rentables. La ópera y los conciertos clásicos, si no hay subvención y dinero estatal, palmarían, sentenció el mentado Cuesta. Así que tal y como están los tiempos, pues siempre viene bien una ayudita económica, aunque sea mediante ese bicho fiero del rock.

Personalmente pienso que no es su lugar. Que el rock tiene sus espacios y sus liturgias, y no es precisamente en un teatro de estas características donde mejor pueden desarrollarse esas ceremonias, más en España donde esa tradición americana de atar a un rockero a una butaca de un teatro o a una silla en un gran estadio no está muy arraigada. Aunque, claro está, depende del grupo, y de la misma música que se interprete. Y también, como ya no se fuma ni en uno ni en otro lugar…, pues como que da igual; ¡ay¡, el humo y el olor a brebajes de todo tipo, consustanciales antaño al ruido de guitarras!

Y en este escenario, la Hynde y sus numerosas vidas. Casi sesenta y seis años y hecha una jabata, enfundadada en ese traje de chica mala de toda la vida y luciendo su poderío y su gran voz, entre sensible y dura, como si Sandie Shaw y los Pistols formaran parte de su aura. Me remito al DVD grabado en Londres en 2010, con unos Pretenders eufóricos y una Hynde con el maquillaje chorreándole por la cara, como símbolo de su garra rockera.

Si la cosa del Real fue por los derroteros de ese DVD, que parece que sí a tenor de las crónicas, no me extraña que las críticas hayan sido tan halagüeñas. Personalmente fue uno de mis grupos favoritos de aquella fructífera new wave de finales de los setenta y primeros ochenta. Soberbio disco el primero –‘Pretenders’ (1980)- con aquel ‘Stop Your Sobbing’ de Ray Davies, que ella no conocía personalmente y que, cosas del destino, luego sería su primer marido y padre de su primera hija (después, repetiría con otro músico, Jim Kerr, de Simple Minds) y otras piezas memorables –‘Precious’, ‘Brass In Pocket’, ‘The Phone Call’, ‘Tattooed Love’, ‘The Wait’…- que convirtieron al álbum –dos millones de copias vendidas- en una de las piezas angulares de la new wave. El Rolling Sone proclamó a Pretenders como el mejor grupo del año 80 y sus adorados Rolling lo eligieron para su gira de aquel año.

Camino abierto a la fama mundial. Mas a punto estuvo de truncarse: el segundo álbum –‘Pretenders II’ (1981)- aflojó el pistón del ingenio, enfatizando más la rabia (llegando al alarido vocal) y la batería pero malogrando las piezas –a Hynde ni le gustó la portada-, lo que –sin ser un mal disco- le hizo caer en ventas. Y a renglón seguido, dos de sus integrantes morían de sobredosis. El bajista Peter Fardon se marchó, despechado por el genio huraño de la chica de cuero (la que le montó a Ángel Casas en ‘Musical Express’ por parearla con Devo por el simple hecho de haber nacido ambos en Akron, la ciudad del caucho). Un año más tarde, moría. Sorprendentemente, al día siguiente de la salida de Fardon, el guitarrista y puntal del grupo, James Honeyman-Scott, cayó también, víctima de la hipodérmica.

¿Qué he hecho yo para merecer esto?, parecía preguntarse la geñuda Hynde (otra: un periodista madrileño la comparó con Debbie Harry y saltó como una tigresa: “No jodamos, que yo tenga delantera y trasero como la Harry no quiere decir nada…”), después de lo que le había costado conseguir su objetivo mayor, cual era formar un grupo de rock propio: trabajó de camarera, dibujó escudos de armas, dejó la universidad de su Akron natal para en 1973 –obsesionada con Bowie, Iggy Pop y Lou Reed- buscar aventuras rockeras en Londres, donde las pasó canutas, viviendo en un cuchitril junto a una lesbiana española, saltando los tornos del metro para no pagar, vendiendo bolsos en un mercadillo o intentándolo (no colocó ninguno), fabricando marcos para puertas, trabajando de recadera en un despacho de arquitectos, teniéndoselas tiesas en más de una ocasión con ‘asquerosos babosos y pervertidos’, como cuenta en sus memorias (‘A todo riesgo’/Malpaso. 2016), haciendo autostop, y hasta –sin tener ni idea, como ella reconoció, pero dando leña con sus ‘majaderías pseudofilosóficas’ que enervaban a los fans- ejerciendo durante un año el periodismo musical en el New Musical Express de la mano de Nick Kent, más tarde su loco maltratador. Luego entró de dependienta en la tienda de ropa de Malcolm McLaren y Viviente Westwood, o lo que es lo mismo en las entrañas de la explosión punk. De París, a donde se trasladó después, escapó huyendo de la heroína y de la imposibilidad de montar un grupo con los ‘caóticos franceses’, todos intentando imitar a Keith Richards.

¿Y ahora que hago, con medio grupo en la cuneta? Sacó fuerzas de flaqueza, reorganizó el cuarteto y partió, como quien dice de nuevo, de cero. No extraña el título del álbum de su reaparición en el 84: ‘Aprendiendo a gatear’ (‘Learning To Crawl’). Pretenders dan de nuevo en la diana con otro gran álbum. Diana que se repite con otro excelente disco: ‘Get Close’ (1986) con la penetrante ‘Don’t Get Me Wrong’ y especialmente con una de las grandes baladas feministas de la historia ‘Hymn To Her’. Y luego una trayectoria en zigzag, con aciertos, rupturas, largas ausencias, vida artística en solitario…, pero siempre con su devoción impoluta por el rock.

Su último disco, ‘Alone’, se publicó a finales del pasado año, coincidiendo con sus memorias, y es el motivo que le ha traído de gira a España y pisar insólitamente las tablas del Real. Un álbum más calmado, con órgano de terciopelo, baladas y pedal steel (como ya hizo en el DVD londinense), pero también con dureza y con las esencias guerreras de Hynde: voz en plena forma, un timbre robusto y a la vez sensible de veinteañera, sensualidad a lo Rita Hayworth, agradables melodías… Y, ya digo, va a cumplir los sesenta y seis el 7 de septiembre próximo. Pese a lo que ha circulado de venenoso por su cuerpo (como ella relata en sus memorias), una rockera de raza, una cantante excepcional, un ejemplo modélico, como el de Patti Smith, Springsteen, Neil Young, Dylan o los Rolling (sí), en camino paralelo a los viejos bluesmen, de envejecer con una dignidad rockera a prueba de bombas y de géneros juveniles de moda pero de una estulticia suprema. El Real la enaltece.


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Dream Machine, a correr al pasado

El debut discográfico de Dream Machine, ‘The Illusion’, que alguna reputada revista elogia, me obliga a correr, a practicar un deporte ya habitual, pese a estar en una forma física ruinosa: salir disparado a la estantería a desempolvar viejos vinilos, en este caso de Deep Purple, Iron Butterfly, Uriah Heep, Birth Control, Grand Funk, Rare Earth… e incluso los mismos Doors. En un disco con apenas unos días en el mercado oigo sonidos más que reconocibles y añejos. Una muestra más de reciclaje del viejo rock. El original antes que la copia, dirán los más puristas. Un ejemplo más- dirán los más fatalistas- de la muerte del rock.

Mas salvados prejuicios y reseteando, incluso dejando el cerebro limpio de pasado, no es un pastel amargo. Sabe dulce y bien. Las voces, tanto masculina como femenina, resultan algo endebles para un género hard-rockero y garajero como este, si bien los dejes pop de la fémina exigen esta fragilidad, pero instrumentalmente dan la talla. También es apreciable el sonido glam que lleva cosido en las costuras más profundas.

Es el debut de este grupo de Austin (Texas) comandado por Matthew Melton, que antes fue el líder de dos bandas menores como Bare Wires y Warm Soda. A su lado, su esposa de origen bosnio, cantante y sobre todo teclista, Doris Melton, que pone la singularidad al brebaje con el órgano, mas el pertinente dúo de ritmo.

Ya digo, un disco y un debut más anecdótico que otra cosa. Mas así pensaremos quienes ya tenemos trillados kilómetros de vinilos de antaño. ¿Y los más jóvenes? Con toda seguridad que no será esta su apreciación. Incluso puede que, parafraseando a los Doors, al oír a estos tejanos se les abran las puertas de la percepción y no solo disfruten con estas canciones sino que viajen también al pasado y descubran las verdaderas raíces de lo que escuchan. Disco pedagógico se diría, que a fin de cuentas a todos nos ha pasado. ¿O es que por culpa de los Beatles y los Stones no descubrieron muchos tiernos infantes de los sesenta el ya viejo rock’n’roll de los cincuenta? Pues eso. Un poco de didáctica en el blog. Y que cada cual agite el tarro como más le plazca: saboreando el contenido o tirándolo a la basura. Personalmente a este tipo de reciclajes les doy la oportunidad como destino a los más jóvenes. Spotify o Youtube se lo ponen a tiro como novedad e igual les toca fibra, con lo que eso puede conllevar a continuación: emprender un fructífero viaje al pasado.



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Quince días en el hospital, Jonathan Richman & The Modern Lovers

Tan cercanos y lamentablemente tan familiares a muchos enfermos, es lógico que el pop y el rock contengan alusiones a los hospitales, cuando no canciones enteras dedicadas a ellos. Counting Crows, Alaska y Los Pegamoides, Lorde, Los Petinelles, Fito y los Fitipaldis… o Jonathan Richman & The Modern Lovers han dedicado renglones musicales a tan necesarias pero odiosas residencias.

Personalmente me quedo con Jonathan Richman. No porque su ‘Hospital’, una canción tristona y en línea con ‘Pale Blue Eyes’, de su admirada Velvet Underground, sea la más enjundiosa sino porque, en lo personal, es un tipo que, desde que lo conocí directamente, me sigue produciendo en el cerebro chirivitas de humor y sorpresa. Sus primeros discos, con la dinámica ‘Roadrunner’ a la cabeza, llegaron a España tarde pero hicieron mella en la audiencia más inquieta. Así que cuando el mismo Richman con sus Lovers vino a Zaragoza por vez primera, en febrero del 88, la sala En Bruto alcanzó uno de sus mejores registros de público.

Tras disfrutar del minimalismo pop del bostoniano en el escenario, lo más sorprendente y humorado vino después, cuando accedió a que le entrevistara mientras daba cuenta de una crepe en una pizzería cercana a En Bruto. Me hizo un examen exhaustivo de quién era yo y para qué clase de medio trabajaba. Dada la información pertinente, me dijo que no solía conceder entrevistas, sobre a todo a medios especializados como el New Musical Express, “que han escrito sobre mí muchas historias ficticias que luego tengo que desmentir”. También me advirtió que no hablaba con periodistas menores de 25 años, “porque son a menudo muchachos envidiosos de los músicos”, pero en mi caso accedía porque pertenecía a un diario generalista, “que aunque a veces cometen errores, por lo menos contratan a gente profesional, antes que a adolescentes con chaquetas de cuero, complexión débil y máquinas de escribir”. Uhmmm ¡Toda una clase de periodismo muy sui generis en varios minutos!

Y tras lo cual, no cesaron las sorpresas, si no las extravagancias, aunque, eso sí, siempre con una sonrisa llena de afabilidad, lo que fue el motivo básico para que yo persistiera en mi empeño en entrevistarle, antes que mandarle a freír espárragos, si de un hueso o un impertinente endiosado se hubiera tratado (en alguna ocasión, por cierto, no he tenido más remedio que hacerlo). Descalzo, mostrando sus nudillos rudos y su tez curtida de agricultor californiano de las montañas, donde vivía, sin perder tajo de la crepe y prácticamente mudo, me impidió darle al ‘rec’ de la grabadora y en su lugar agarró un puñado de servilletas en las que fue anotando lo que le parecía, viniera a cuento de mi pregunta o no. Una vez terminada la entrevista, releyó lo que había escrito y entonces me autorizó a publicar sus ‘reflexiones servilleteras’. Aún las guardo. Jamás me topé con surrealismo mayor, pero simpático.

No es cuestión de pormenorizar, pero entre otras cosas, después de negarse a firmar la hoja de autores, “porque falsean y yo no establezco listas de canciones”, aunque luego rectificó, me confesó que sentía especial devoción por Van Gogh y Goya –“¡condenado, cómo pintaba!”- aunque en su devocionario mayor figuraba en cabecera, obvio, la Velvet, grupo al que había llegado a ver en ¡70 ocasiones! y que en realidad fue el resorte que le impulsó a hacerse músico.

¿Y todo esto? Ya digo, por ‘Hospital’, canción del bostoniano, grabada en 1972 aunque publicada en 1976, dentro del primer álbum de The Modern Lovers, bajo la dirección de John Cale, y luego reabsorbida en discos y directos, que me ha tintineado estos días de encierro en el Servet de Zaragoza… Sí, ya sé que este no es un blog de confidencias personales, pero por los amigos a los que hace tiempo que no veo y por algunos lectores que me siguen desde hace tiempo, rompo normas y me tomo la licencia de revelar que durante quince días he estado recluido en el gran hospital zaragozano. Una operación de urgencia por oclusión intestinal ha sido la culpable de la reclusión…

¿Reclusión? Sí, claro. Y obligada. Pero muy asumible gracias al trato humano y profesional que he recibido por parte de todo el colectivo sanitario de la planta de Cirugía, desde el personal de limpieza a los médicos, desde el primer al último eslabón. No, por ser vos quien sois, que uno no es nada, claro, sino porque es norma de la casa. Lo cual es encomiable. Toda esta gente, ante la adversidad, como dice la hermosísima canción de Simon & Garfunkel, ‘Bridge Over Troubled Water’, ha sido mi puente de salvación para atravesar con más garantías el torrente de aguas bravas de la enfermedad. Que la Seguridad Social en España es el-gran-tesoro a preservar y mimar, lo demuestran profesionales como estos.

Entretanto, claro, he estado alejado del blog. Me quedé anclado en la última entrada de The Cavern, que tampoco hubiera estado mal, pero ahora ya es tiempo de retomar de nuevo la actividad en la medida que se pueda. Lo primero que he hecho ha sido leer los comentarios, siempre muy bien recibidos mientras no se recurra al insulto o a la puya personal, aunque a veces se produzcan desbarres un tanto extraños como los que ha dejado Suso en estos días de ausencia mía. Le daré réplica en la entrada correspondiente, donde tanto Brand Old Sound como Woodyalle se la han dado atinadamente, mas quiero dejar constancia aquí de mi perplejidad ante pensamientos tan pétreos en estos tiempos, máxime en un campo tan elástico y amplio como el de la música, donde el disfrute se puede encontrar en géneros tan dispares como la zarzuela, la música clásica, la ópera, el pop, el rock, el jazz, el blues, el folk, la psicodelia, la electrónica alemana, los cantautores urbanos, la experimentación…, por citar solo algunos de los géneros globales que rigen mis gustos y preferencias.

Pero, en fin, c’est la vie, que cantaba Chuck Berry y tantos otros. Nos vemos. Y, como colofón, unas piezas del simpático Jonathan Richman, presente en mi cerebro en estos quince días hospitalarios.

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The Cavern: viaje al inicio de la leyenda con The Vinylos (y III)

Llámale emoción más que morbo. Queda lo mejor: al día siguiente, lunes, The Vinilos tocan en el escenario original, el de toda la vida. Y ya sin prisas y sin los nervios del día anterior. La sesión empieza a las seis y cuarto de la tarde. Ellos tocan a las once menos cuarto de la noche. Y en la tanda están TBA Band (Florida), Lifeguard (UK), Paul McCann (Irlanda), Midland Railway (UK), Slyboots (Nueva York), Hijinx (Liverpool) y The Corridors (Londres). The Vinylos son los penúltimos.

La mañana la dedican a hacer las típicas compras de detalles beatlenianos y de ropa, que ellos cuidan mucho en el escenario. Esto es lo que palpan en su recorrido por calles y tiendas: “Se respira Beatles por todo Liverpool, pero también Hollies, Gerry and The Pacemakers, Animals, The Kinks, etc. Y grupos de los 80’s como China Crisis, OMD, A Flock of Seagulls (muy respetados allí porque son de Liverpool) y otros muchos artistas que han pasado por allí. Está muy explotado. The Beatles están por todos lados, y no es para menos. Pero la ciudad es muy bonita. La visita por los muelles, por el río…”.

En cuanto a la estrecha calle del Cavern, tan propalada en documentales y reportajes de época, aunque naturalmente hoy mucho más arreglada con respecto a la indigencia de hace sesenta años, explican: “Mathew St. es una calle pequeña y muy normal. Quizá hasta un poco cutre. Aunque la zona central de Liverpool, incluida esa calle, hoy en día es peatonal, muy turística y llena de comercios con ese fin orientados, el entorno tiene el glamour de ser lo que fue y nada más”. En uno de esos comercios, unos espectadores que la noche anterior han estado en el Cavern, los reconocen y les piden autógrafos.

Naturalmente hacen la típica ruta beatleniana por los lugares más unidos a la vida del cuarteto, un filón turístico que, al menos cuando yo mismo lo realicé en 1988, era bastante cutre: un autobús deteriorado y una casete en inglés sonando a lo largo del recorrido. Ellos tienen más suerte: “Antes del viaje, contactamos con una española, Carmen Villoria, que se dedica a hacer tours en Liverpool y nos preparó la ruta. Nos reservó un minibús en el que subimos siete personas y nos mostró en tres horas unos cuantos lugares importantes y significativos en la historia de The Beatles: las casas donde vivieron en aquella época, Penny Lane, Strawberry Field…, todo muy bien ilustrado”.

Al anochecer ya están de nuevo en The Cavern. Entran por la misma puerta del día anterior, que, por cierto, es la original. Un inciso: durante tiempo, quizá debido a una mala interpretación de una placa colocada en la fachada, como a mí me ocurrió, dio lugar a equívocos, colocándose la entrada original en la acera de enfrente, en el número donde se reconstruyó el segundo Cavern; pero, no, la entrada original es la del 10 de Mathew Street, la actual, quedando a la derecha viniendo de Johns St. A la izquierda, es decir, en la acera de enfrente, se ubica un pub, llamado The Cavern Pub, de los mismos dueños de Cavern Club, donde también dan conciertos más modestos aunque también funciona como restaurante, pero no tiene nada que ver con el Club, excepto el nombre y los dueños. Aclaración al margen para seguidores puntillosos de los Beatles.

Llegan con mayor tranquilidad y mucho más tiempo del marcado para poder inspeccionar todos los rincones de la vieja bodega y disfrutar de su glorioso pasado. Ahora hay más ilusión y morbo que nervios, aunque estos no faltan, debido al lugar donde van a actuar. La entrada tiene el mismo ritual de la noche anterior: acreditación, aunque más rápida porque ya les conocen, e inmersión escaleras abajo una noche más en la leyenda. Dan una vuelta por el local, observan con detenimiento la gran vitrina de memorabilia y el gran mural metálico. Se acercan también a una mesa en la que la organización expone discos y merchandising de los grupos participantes ese día.

La noche anterior, con las prisas, fue imposible hacerlo, pero hoy dejan unos discos a los encargados de la mesa que muestran su agrado al palpar el vinilo y ver su lustrosa portada. No caerá en saco roto: a lo largo de la noche venden todos los expuestos, algunos de ellos con sus firmas estampadas a petición de los compradores. Buena parte de la culpa de esta copiosa venta la tiene el mismo organizador, el ya familiar a estas alturas de la historia, David Bash, que, fascinado con el grupo, promociona el disco paseándose insistentemente por The Cavern con el LP en las manos, mostrándolo a los asistentes con una gran sonrisa de complicidad. La foto inferior habla por sí misma, con Bash exponiendo el disco.

Hecha la inspección por el viejo y nuevo Cavern, se dirigen a la nave lateral derecha del escenario principal. Dejan los instrumentos en el suelo y se colocan en la mesa más cercana al escenario, que divisan lateralmente a través de uno de los grandes arcos típicos, de medio punto y muy anchos, dado el gran peso que deben soportar, de The Cavern. En la pared, sobre la misma mesa que han ocupado, una placa y unas fotos recuerdan las 292 veces que tocaron los Beatles allí. La placa indica incluso que el día 3 de agosto de 1963 fue la última vez que el cuarteto, ya famosísimo en Inglaterra, tocó allí (véase el detalle en la foto).

Toman tranquilamente una cerveza mientras toca un veteranísimo cuarteto del mismo Mersyside, Hijinx. Detrás van ellos. Esperan que acaben, pero ya con cierto mariposeo en el estómago… Final de los paisanos de los Beatles, recogen y los canarios suben directamente al escenario. Aquí no hay camerino. ¡Por fin pisan el teatro de sus sueños! La sensación de pisar su suelo y de verse enmarcados en la conocida bóveda de ladrillos con la pared trasera llena de las pintadas con los nombres de los principales grupos que han pasado por allí, les llena de emoción. Sonia: “Subir allí, pisar donde pisaron todas aquellas leyendas, tener la misma visión que tuvieron, sentir todo eso, es indescriptible. Cada ladrillo de aquellos está lleno de las mejores vibraciones que la música del Mersey Beat ha dado. El escenario está acordonado, no dejando subir a nadie ni siquiera a hacerse fotos, a no ser que seas del grupo que va a tocar esa noche. Algo que se entiende, porque dada la afluencia de público que siempre tiene, y lo fanáticos que son muchos de ellos, se llevarían hasta los ladrillos…”.

Van vestidos elegantemente. Abren las fundas de los instrumentos y repiten los mismos preparativos de la noche anterior, con cierto nerviosismo y con celeridad porque saben que de un momento a otro el técnico les va a pedir acción. En efecto. ¡Tres minutos de prueba! El técnico de sonido es, aún si cabe, más profesional, según aprecian. Esta vez, Sebastián no tiene que pelearse con la afinación de cuerda alguna de su guitarra Rickenbacker roja, como la que usaba Harrison y Lennon. Suena perfecta. Como él, se ha acoplado a la ilusión que le depara Liverpool. Pero también llevan un bajo Hofner como el mítico de McCartney. Es un guiño a los Beatles en su cuna de nacimiento, sí, pero es el material instrumental que usan habitualmente. Aunque la cercanía al cuarteto lo proporciona y subraya aún más el propio equipo técnico de la sala. La batería es clavada a la de Ringo, y más significativo aún son los amplis: ¡‘Vox de válvulas, cables y colocados en la trasera de cada cual! Como en los viejos tiempos y como los mismos Beatles. Mantenimiento de esencias en su mayor pureza. Una borrachera de nostalgia.

“Nos gusta cuidar la imagen. Nos gusta la música de esa década maravillosa de los 60’s. Nos gusta tratar al público con respeto, no sólo en lo musical, sino en lo que es el espectáculo. Y aunque el rock es, por naturaleza, una trasgresión, y así nació, hoy en día y aunque parezca mentira, se trasgrede más yendo vestido con las normas estéticas de aquella época que con camiseta, pantalones cortos y chanclas… Por esa razón siempre nos presentamos así, no solo en The Cavern sino en cualquier escenario: Berlín, Barcelona, Madrid… Pero sí es cierto que también nos sirve de guiño a The Beatles en The Cavern. Ya lo creo que nos sirve”, apuntala Sebastián.

Sube David Bash al escenario. Los presenta diciendo que vienen de uno de los lugares más bonitos y cálidos del mundo y que suenan de maravilla. No miente en nada: de las bondades turísticas de Canarias para qué contar, y del sonido y las canciones ellos mismos se encargan de corroborarlo. Suenan de nuevo e impecablemente las canciones del LP, con sus canciones propias y el aire sixties que le imprimen y esas versiones del libro de oro del pop internacional. Esta vez no hay el menor desafine. “El concierto es un verdadero éxito”, afirman ellos mismos. “El público, con el anterior grupo, está más en el Back Stage que en este escenario, quizá por el tipo de música que hacían. Lo cierto es que empezamos a tocar y se llenó la sala. Se vació el otro escenario y se llenó el nuestro. Vemos entre el público a unas cuantas personas que nos han reconocido esa misma mañana en una tienda mientras comprábamos ropa, e incluso componentes de otros grupos que habían tocado a lo largo de la tarde, como el grupo femenino Slyboots, que luego vendrían a saludarnos, diciéndonos que nos seguían a través de las redes sociales y que le gusta mucho The Vinylos”.

Aun cuando el factor sixties cuenta mucho a la hora de que llegue una invitación del IPO y aun cuando el peso de los Beatles sea demoledor en un lugar donde nació la leyenda más grande la historia de la música pop, ningún grupo está obligado a tocar canciones de los Fab Four. Tiene libertad plena para acometer su repertorio. Es lo que hace The Vinylos, aunque para el final dejan la versión de la vigorosa ‘Run For Your Life’, que cerraba ‘Rubber Soul’ y también el álbum de los canarios. La canción, bien lo saben los beatlenianos, aunque compuesta básicamente por Lennon, era la más odiada por este de todo el repertorio del cuarteto. El explícito mensaje malvado y machista que destilaba, según manifestó el propio McCartney, que tampoco le tenía especial simpatía a la canción aunque Harrison, sin embargo, la adoraba, era la causa de ese odio. Cómo no, con lo que decía: “Well I’d rather see you dead, little girl / Than to be with another man”, empezaba, concluyendo con la estrofa mayor: “You better run for your life if you can, little girl / Hide your head in the sand little girl / Catch you with another man / That’s the end’a little girl”. (Prefiero verte muerta, pequeña a que estés con otro hombre… Mejor corre a salvar tu vida, pequeña, esconde tu cabeza en la arena, pequeña, te pillo con otro hombre y es el fin, pequeña). En estos tiempos hubiera sido objeto de repulsa y juicio sumarísimo.

“Allí puedes tocar lo que quieras”, comenta Sonia, “al menos en nuestro caso”. “Tocamos nuestro repertorio, prácticamente la presentación de nuestro último disco, pero de todas maneras nos curamos en salud tocando ‘Run For Your Life’. Hacerlo resultó muy gratificante tanto para nosotros como para el público”. No hay duda de esa gratificación y del éxito. Qué más elocuencia: el público pide más, y de nuevo mirada a David Bash, quien asiente. Pero en esta ocasión, en vez de un bis hacen dos, excediéndose unos cuantos minutos más de lo establecido. Sin problemas, al contrario: el mismo Bash también corea junto con el público ¡¡¡otra, otra, otra!!!!

El asombro es mayúsculo. “El público es muy caluroso”, sentencia Sonia. “Nos agasaja, nos aplaude, nos pide otra…, quién podía imaginarlo. Nosotros fuimos con eso de que “quizá no nos conocen mucho”, “no nos harán mucho caso”…, pero para nuestra sorpresa ocurre lo contrario. Incluso nos encontramos con que nos conocían y nos seguían por las redes… y hasta nos reconocen en una tienda y nos piden autógrafos y las clásicas fotos… Inimaginable”.

Sebastián, marido, por cierto, de Sonia, es partícipe de ese asombro. También de las vibrantes sensaciones que produce el subirse al escenario más emblemático e histórico que hoy existe en el mundo del pop. “En ese momento, mientras transcurre el concierto, mientras toco cada nota de mi guitarra, no quiero distraerme de saber dónde estoy pisando y quién había estado allí antes, observando cada ladrillo de los que me rodean, pensando cuánta música ha sonado allí y quienes han estado allí primero. El concierto es aún más satisfactorio que el anterior. Podría añadir más adjetivos a estas palabras, pero no serían precisos. No puedo decir nada más de lo que vivo allí. Sólo, y es una confesión muy personal, que estando allí me doy cuenta, soy consciente de que estamos haciendo algo importante. Y esto lo dice alguien que ya peina canas y que, como más de uno sabe, he hecho unas cuantas cosas importantes en la vida y he desempeñado varios trabajos…”.

Termina el concierto, recogen para que pase el último grupo, The Corridors, y se relajan. Brindan entre abrazos y felicitaciones mientras de vez en cuando se le acercan aficionados para que les firmen el disco, les den un autógrafo o se hagan una foto con ellos. Esperan a que acabe la actuación de los londinenses y se dan otro nuevo paseo ante la gran vitrina y las paredes con fotos y recuerdos de diversos grupos y artistas famosos que han pasado por The Cavern, mas ante la señal de que iban a cerrar comienza la retirada. Hacen las últimas fotos y con el alma plena de gozo por lo vivido, suben las escaleras negras, les saluda el encargado de las acreditaciones, les felicita un mismo encargado de seguridad, y con los instrumentos en mano ¡emergen a la realidad!

Se despiden de John, de la estatua de fuera, claro, se hacen unas fotos y le prometen que volverán. Sonia también se despide, con foto incluida, de la estatua de la gran Cilla Black, natural de Liverpool y fallecida en Estepona en 2015, tan unida a los Beatles y a The Cavern y tan famosa a raíz de su éxito mundial con ‘Anyone Who Had A Heart’. Cargan los instrumentos, van a comer algo, vuelven al hotel y al día siguiente emprenden el camino de vuelta a Tenerife.

El sueño se ha cumplido. Regresan cansados y con la cabeza bombardeándoles el cúmulo de sensaciones que han vivido. Piden tiempo mental para asimilarlo. No solo han pisado el templo donde se inició la leyenda sino que hasta han tenido la posibilidad de vivir las mismas sensaciones, durante poco más de media hora y en el mismo escenario donde las vivieron y se fajaron unos de sus mayores héroes musicales. Cualquiera no lo puede hacer. Incluso, ni pagando. La lista de espera es desesperante, dicen. Sebastián asegura que no despertó de este sueño días más tarde, si es que aún no sigue soñando. “El tiempo será el que dé la importancia y relevancia de este hecho en nuestras vidas, en nuestra música. Por mi parte ya lo está haciendo”. Volvamos a parafrasear a Paulo Coelho: sí, hay sueños que hacen la vida no solo interesante sino excelsa, incluso irrepetible y maravillosa.


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The Cavern: viaje al inicio de la leyenda beatle con The Vinylos (II)

Van raudos, en línea recta, camino del Live Lounge… Es, digamos, un largo pasillo que, después de hundirse en el subsuelo, corre recto y a la derecha hasta el fondo, donde está el escenario, y tras él el camerino. Los cuatro ‘vinylos’ dejan atrás, a su izquierda, una gran vitrina llena de memorabilia a la venta – chapas, pegatinas, púas de guitarra, pequeñas libretas…- de The Cavern más que de los Beatles, que reservan para las tiendas de Mathew Street. ¿Deportividad comercial? Frente a esta vitrina, dejan también, a su derecha, un gran mural en relieve metálico con las caras del cuarteto. Son las diez y media de la noche y ellos tienen que tocar a las once. Van con las palpitaciones a mil. No hay posibilidad de escudriñar nada de lo que encuentran a su paso. Su objetivo es llegar cuanto antes al camerino. Hasta el día siguiente no hay tiempo de examinar minuciosamente la vitrina y el mural.

Los nervios sufren una repentina y agradable dilatación cuando el mismo David Bash los otea y sale a su paso, pidiéndoles calma. Les indica que el tiempo es justo pero suficiente y los lleva directamente al camerino, que enseguida se convierte en una especie de camarote de los hermanos Marx. Por el suelo se esparcen las fundas de los instrumentos, ropas y enseres varios de The Jeremy Band, el grupo previo, que está tocando y a punto de finalizar (un hueso duro de roer, por cierto, con sus sesenta álbumes publicados). Además, hay un perchero, un dispensador de agua, un par de sillones y una mesa. Justito todo de espacio. Y otra pequeña distensión de nervios: Bash les revela que uno de los músicos, Óscar, miembro de los madrileños The Seasongs que está en el escenario haciendo de refuerzo con The Jeremy Band, se ha ofrecido a prestar su guitarra si era necesario. Igualmente lo ha hecho el bajista. Agradecen el detalle de todo corazón. Un pequeño salvavidas en medio de la tormenta. Aunque no se sorprenden: Óscar es amigo y está al corriente de la adversidad de sus colegas canarios.

El camarote se aprieta más cuando ellos desenfundan las guitarras y dejan en el suelo las fundas y los maletines que transportan. Se acurrucan como pueden en un rincón e intentan afinar instrumentos. Ardua tarea porque, tras un viaje, desde Canarias a Liverpool, las cuerdas de la guitarra, bien lo saben los músicos, han perdido su temple, y necesitan tonificarse. Mas tan apenas es posible. Jeremy Band ya ha terminado su actuación y está recogiendo sus instrumentos: los Vinylos tienen 15 minutos para montar los suyos en el escenario y empezar a tocar. Sebastián se ha quedado sin afinar una cuerda.

Pisan tablas como zombies. Nunca jamás se habían visto en otra similar, y llevan más de un lustro de correrías. Antonio coloca los platillos de la batería, pone los tambores a la distancia adecuada y afina mínimamente. Miguel conecta el cable del ampli y trata de conocer un poco el ampli multiusos para todos los grupos. Sonia prepara la pandereta y la distribución de los micrófonos y Sebastián conecta el cable de la guitarra, trata de averiguar el sonido y mandos del ampli, coloca su pedalera de efectos, se pelea con la cuerda sin afinar… Es la primera vez que le ha ocurrido en su vida antes de salir al escenario. Mas no hay tiempo: repentinamente, el técnico de sonido pide a Antonio que haga unos breves toques de batería, lo mismo, a continuación, a Miguel con el bajo y luego la guitarra y las voces. “O. K.”, exclama el técnico ¡Tres minutos de prueba! Entra David Bash en el escenario, los presenta y ¡pim, pam pum, fuego! Arrancan con la primera canción. Curiosamente, pese a la brevedad de la prueba, el sonido es impecable. “Esto demuestra –hace notar Sebastián- lo profesionales que son y que exigen que seas tú. No se pueden permitir licencias del tipo ‘espera un poco’, ‘no me oigo bien’, ‘¿podrías subir más el bajo que no lo oigo?’… nada, todo suena a la perfección…”

El espacio del Live Lounge es mucho más grande que el original, el Front Stage, y con mejores condiciones y comodidades. Aparte del camerino, hay mesas y taburetes para sentarse a tomar copas y comer mientras se escucha a los grupos. A la izquierda del escenario queda una amplia barra y los baños. “El local es grande, espacioso y muy cómodo”, dice Sonia. “Incluso es más alto de techo que el original, lo que permite colocar pantallas donde se refleja lo que acontece en el escenario, pero conservando la estética del original”, remarca la cantante.

Mucho lujo en comparación con las rústicas instalaciones del Cavern original, aunque ellos no estén para contemplar abalorios y comodidades sino para dedicarse a su tarea: tocar lo mejor posible. Algo que consiguen por una suerte de licantropía musical. Van cargados de nervios pero sobre todo, a estas horas, de cansancio y agotamiento por la jornada tan dislocada que les ha tocado vivir, mas enseguida llega espontáneamente el reconstituyente transformador. “Lo que ocurre –apunta Sebastián- es que una vez que pisamos el escenario, sea el de The Cavern o el de cualquier otro lugar, y aunque esté mal decirlo por mi parte, nos transformamos, hasta el punto de que cuando suena la primera nota de nuestros conciertos, veo transformarse, literalmente, a mis compañeros, en otros seres… No es broma, ni son alucinaciones, es lo que nos ocurre”. Emocionante forma de vivir la música.

¿The Cavern original? Sí. Porque este está completamente reformado y ampliado aunque conserve las esencias del primigenio. El viejo se cerró el 2 de noviembre de 1972, tras una última actuación, la de Suzie Quatro, que entonces triunfaba en el mundo con ‘Can The Can’ y su estética glam de cuero. Los ferrocarriles británicos habían obligado al cierre: en la vieja bodega debía construirse un gran respiradero, al modo del metro neoyorkino. Afortunadamente a sus dueños se les ocurrió la idea de levantar un nuevo Cavern en la acera de enfrente, en concreto en los números 7 y 15 de Mathew Street. Sabían que habían enterrado un pedazo de la historia, por lo que su aflicción se convirtió en memorialismo sentimental: levantaron un nuevo Cavern lo más similar posible al original. Incluso trasladaron de manera impecable el letrero rojo y amarillo original de la entrada.

Los bulldozers demuelen el edificio del antiguo The Cavern, en junio de 1973, y convierten el espacio en un solar, que con el tiempo queda abandonado y después se convierte en aparcamiento. En el subsuelo yace la leyenda. Y el ferrocarril británico no construye el respiradero… La muerte de Lennon, la memorabilia (decenas de viejos ladrillos se venden a cinco libras la pieza) y las visitas turísticas a la entrada del viejo local alientan otra nueva reconstrucción de The Cavern. La tarea es ardua –los arcos enterrados no resisten- y burocráticamente muy complicada, pero el nuevo propietario, el veterano futbolista del Liverpool, Tommy Smith, junto con otro socio, se empecinan en la aventura. Consiguen permisos y licencias, invierten mucho dinero y buscan sobre todo el mayor grado de fidelidad al original, lo que consiguen, aprovechando y restaurando, en una minuciosa labor de arqueología clásica, los más de 15.000 ladrillos que aún guarda el enterramiento.

Una proeza. El 25 de agosto de 1985, con un festival de tributo a The Beatles, el viejo Cavern abre de nuevo sus puertas, pero ampliado. Se ha conseguido aprovechar un 80% de la vieja bodega y además, al comprar el local anexo del número 8, junto al viejo escenario aparece otro nuevo con capacidad para cerca de dos mil personas, el mentado Live Lounge o Back Stage.

Es ahí, donde 27 años después de la reconstrucción, y tras el ajetreo y las prisas, están The Vinylos abordando su repertorio incluido básicamente en su LP. El aforo, al completo. “El festival y los grupos se anunció con meses de antelación y mucho público va por ese motivo. Pero a eso hay que sumarle los que van incondicionalmente, sin saber quién toca o no, bien porque son fanáticos del lugar o sencillamente turistas que van a ver The Cavern”, señala Sonia.

Disimuladamente, mientras la actuación transcurre con normalidad y el público aplaude e incluso corea alguna de las canciones, Sebastián termina de afinar la dichosa cuerda. Ha caído casi al completo la docena de canciones del LP, cumpliendo los treinta minutos estipulados a rajatabla por la organización, pero, ¡sorpresa!, el público pide otra más, algo que no ha ocurrido, por ejemplo, con los americanos The Jeremy Band, grupo asentado aunque figure en la cosecha de ‘prometedores’ del IPO. No saben qué hacer, miran al organizador y este asiente con la cabeza. ¡Otra canción más de propina! No es lo habitual. “La verdad es que el público se entregó”, evoca Sebastián ya desde su domicilio canario. “La gente estuvo pendiente del concierto en todo instante, y luego, al terminar, muchos asistentes se acercaron para felicitarnos”.

Su asombro es mayor cuando el mismo organizador entra en el camerino también para felicitarles. David Bash tiene ya el cerebro pelado de ver grupos en los numerosos IPO que ha organizado. No debe fascinarse por muchos de ellos, pero parece que no atiende al típico modelo de promotor, más pendiente del ‘negocio’ que de la música. Él es un fan más y sigue a todos los grupos a pie de escenario. Y con The Vinylos se queda encantado. La muestra de su fascinación se volverá a repetir al día siguiente.

Recogen, salen del camerino, se meten entre el público para ver el grupo siguiente mientras no paran de recibir felicitaciones, brindan y, como ellos dicen, “nos regocijamos en lo vivido”. Ufff!, por fin, acaban los agobios, los nervios y las carreras del día más tenso de su vida sobre un escenario. Prácticamente han cerrado una larga jornada que había iniciado a las doce y media de la mañana el grupo valenciano Serie B y al que siguieron los sevillanos José Cas y la Pistola de Papa, los madrileños The Seasongs, The Harriets (Leeds), Bad Mood (Liverpool), David Sayle (Liverpool), Rogue Frecuency (Manchester), Kyle Parry (Gales), Luck, Now (Mantova), Patersani (Glasgow), Escapade (Leicester), Kascarade (Bradford), Split Sofa (Doveridge, UK), Luke Gallagher (Wrexham, UK) y The Jeremy Band (USA). Ellos tocan, como se ha dicho, a las once de la noche, cerrando Dave Rave & Hailee Rose (Nueva York) a las doce y media en punto. Todos han dispuesto de su media hora en el escenario, salvo la propina de The Vinylos. La organización ha sido perfecta y las atenciones impecables: “Son muy profesionales, lo tienen todo medido”, afirman. La torre de Babel, ni qué decir cómo bulle. Vuelven al hotel “con la tranquilidad del deber cumplido y con ganas de más, pero con la tranquilidad de que nos quedaba otra noche, otro concierto en The Cavern, pero, aún si cabe, con más morbo…”.

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Little Steven, inyectado de ‘springsteenina’

He sentido ternura y estupor escuchando ‘Soulfire’, la nueva y reciente entrega de Little Steven. Lo primero, viendo encanarse al discípulo para seguir los pasos del viejo amigo y maestro; lo segundo, oyendo cómo esos pasos rayaban en la fotocopia descarada.

Un comentarista de El País digital, Fernando Navarro, ha escrito que este era el disco que tenía que grabar Springsteen en la actualidad, y a renglón seguido le metía un zasca de aúpa por haberse difuminado, por decirlo fino, en los últimos años. Una aseveración así demuestra una inopia supina del repertorio springsteeniano, impropia de alguien que dice caminar por ‘la ruta americana’.

Ya lo ha dicho, muy bien dicho, por cierto, en este blog, un lector y fiel seguidor del Boss, Noel, quien sentenció que si hoy Springsteen hace un disco de esta guisa lo encorren a gorrazos. Estoy plenamente de acuerdo con Noel. Sería escarbar en discos pasados, tanto en los oficiales como en los que se dejó en la guantera, para llenar un nuevo disco que de nuevo no tendría nada y de repetitivo todo.

Basta con detenerse en algunas de las canciones de ‘Soulfire’, sin profundizar en exceso. ‘Blues Is My Bussines’ es, pese al título, soul. ¿Y qué era si no el archiconocido e incendiario ‘Tenth Avenue Freeze-Out’? ¿Y ‘I’m Coming Back’ y ‘Love On The Wrong Side Of Town? Resabios ‘Rendez-Vous’ por doquier. Y parémonos en la melosa baladita ‘The City Weeps Tonight’: ¿a estas alturas en un disco de Springsteen? Si precisamente tiró a la papelera el azucarado sonido ‘high-school’ mientras andaba enfrascado en el tormentoso ‘Darkness On The Edge Of Town’ (luego, por cierto, rescataría algunas de aquellas piezas en el disco ‘The Promise’ que acompañó a la reedición del citado ‘Darkness’). ‘I Saw The Light’ va más o menos tras los pasos de ‘Night’ y, si no, huele a Springsteen añejo que atufa. Lo mismo ocurre con ‘Some Things Just Don’t Change’ y su imagen en ‘My City In Ruins’ y ‘The Rising’. Y ‘Soulfire’ lleva en las tripas ‘Tunnel Of Love’.

Luego, hay una licencia –‘Down And Out Of New York City’- sacada del catálogo Blaxploitation, y más concretamente del Isaac Hayes de ‘Shaft’, que nada tiene que ver ni con Springsteen ni con el mismo Steven. Mucho menos ‘Standing In The Line Of Fire’ y su trote vaquero a lo Morricone. Licencias distintivas y separadoras del mundo springsteeniano, pero no nuevas, que se patentaron en los setenta y sesenta respectivamente. Licencias también incomprensibles, y por demás en un disco como este.

Ello no obvia para que esta nueva entrega del viejo amigo (ya militó con Springsteen en Steel Mill), consejero y co-productor suyo en algunos de sus álbumes se escuche con mucho agrado. Steven se parapeta en un cálido muro de canciones con sabor a clasicismo. Las enhebra muy bien, las viste mejor con abundancia de metales y coros femeninos, las satina con cuerdas esporádicas, les da calor, las suda… y las canta peor, claro, que su jefe.

Si se mira por el lado amable, resulta tierna esta dosis de ‘springsteenina’ inyectada por vía intravenosa, que quizá podría traducirse tanto en gesto de admiración como de reconocimiento de que se vive muy bien al ladito de quien ejerce como artista mayor y le paga la soldada. Mas, si se mira por el lado más crítico, produce estupor semejante ejercicio de parasitismo, de chuparle la sangre al jefe. Máxime cuando el propio Steven es un experto en sonidos garajeros (ahí está su programa de radio que llega incluso a España, vía Rock FM), y lo mismo en rock clásico y punk, es decir, tiene su mundo propio y vasto donde inspirarse y sacar obras más nutritivas y menos evidentes como ‘Soulfire’. Ya lo hizo, por cierto, en 1999 con el vehemente ‘Born Again Savage’.

En definitiva, que Springsteen, lo reconozco y así ha quedado escrito en su momento en el Heraldo, ha dado algún que otro traspiés en este milenio (de antes no le niego nada, pero absolutamente nada), mas de ahí a afirmar que este es el disco (el de su paisa Steven) que tenía que haber grabado va un trecho. Vamos, que iban a faltar gorras para encorrerlo.

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The Cavern: viaje al inicio de la leyenda beatle con The Vinylos (I)

Los Beatles, como a tantos jóvenes del mundo, alimentaron su infancia y su adolescencia musical. También sus propias canciones cuando decidieron formar un grupo pop en los inicios de esta década en su Tenerife natal. Son The Vinylos: Sonia González (cantante), Sebastián Suárez (guitarra), Miguel Molina (bajo) y Antonio Sosa (batería). Han grabado un EP en 2013 y en 2016 debutan con un disco largo en el que lucen su habilidad para encarar viejas versiones beat y garajeras (loor a quien tiene el buen criterio y gusto para elegir la deliciosa ‘Why Do I Cry’, de The Remains, eso ya es un sello de garantía), pero también lucen un pulso insólito para componer e interpretar canciones propias con resabios sesenteros.

“Uno de esos inesperados brotes que le salen al árbol del pop español. Y desde la misma raíz”, escribo en Heraldo el verano pasado, en alusión a su pericia para amalgamar viejos géneros. “Tenerife tiene seguro de pop”, concluyo, admirado por las atinadas canciones que encierra el disco, por su ejecución, por la insólita presencia de una chica rubia, no alardeando su belleza, como hace cualquier diva jovencita de hoy, sino su dominio de los resortes para mover aquellos géneros musicales, y finalmente por la hermosa carpeta, que me trae a la memoria el negro stoniano pero también la imagen velvetiana de Sonia a lo Nico.

Les va bien. En su Tenerife natal no paran de actuar e incluso, con las dificultades de salir de la isla, saltan a la península y actúan en festivales mods barceloneses y hasta llegan a Berlín. No es una banda, digamos profesional, en el sentido de vivir de sus canciones, cada cual tiene su trabajo, pero miman y trabajan al grupo con pasión desmedida. Los cuatro respiran con él, se divierten, hacen amigos… y fabrican su catálogo de sueños.

No muchos, es cierto, porque tienen los pies en el suelo. O sea, que nada de ‘superventas’, estadios y esas grandezas con las que sueñan muchos jóvenes cuando se ven por vez primera con una guitarra en las manos. Entre esos pocos sueños, uno accesible: visitar un día la ciudad de los Beatles. “La posibilidad de realizar un sueño es lo que hace que la vida sea interesante”, escribió el brasileño Paulo Coelho. Lo que no podían pensar es que ese sueño no solo se va a cumplir, haciéndoles la vida interesante, sino que se va a agrandar hasta convertirla en excelsa: a principios de este año, coincidiendo con el sesenta aniversario de The Cavern, el origen de la leyenda beatle, les llegó una invitación para tocar en el icónico lugar.

No salían de su asombro. “David Bash, organizador del ‘International Pop Overthrow, IPO Liverpool’, contactó con nosotros y nos propuso participar en este festival”, cuentan, todavía con la sombra de la sorpresa revoloteando en su rostro y en su pensamiento. Tocar en tan emblemático lugar no es fácil, y menos con invitación. Hay centenares de peticiones de todo el mundo para hacerlo y largas listas de espera, porque eso es como bautizarse en las aguas del Jordán beatleniano, y no cobrando una sola libra, sino al contrario, debiendo abonar previamente una cantidad.

Pero a Mr. Bash le ha encantado su álbum, que ni ellos mismos saben cómo ha llegado a sus manos, y los incluye en la agenda del festival. EL ‘IPO’, como familiarmente se le denomina, es un festival itinerante que se celebra durante uno o varios días en diversas ciudades del mundo, principalmente en Los Angeles, donde nació hace veinte años, y en el Cavern de Liverpool, donde este año cumple sus tres lustros. Participan de 25 a 180 grupos, según días de duración y ciudad, y su objetivo es promover nuevas bandas de pop con esencias sixties. Y ahí están The Vinylos, no ya unos jovencitos, porque no se mira el carnet de identidad sino la identidad sesentera.

El de Liverpool dura este año, ni más ni menos, que ocho días, del 16 al 23 de mayo. Cuenta con más de un centenar de grupos invitados de todo el planeta, que se van sucediendo, en largas sesiones que suelen arrancar a mediodía y terminan a medianoche, tanto en el escenario principal, el mítico, el original (donde, tal y como recordó Paul McCartney en diciembre de 1999 ante su vuelta al lugar para celebrar la llegada del nuevo milenio, “se forjaron” los Beatles) como en el añadido nuevo, el llamado Live Lounge o también Back Stage, así como en el Cavern Pub, ubicado en la acera de enfrente del original. Una maratón de música incesante y una babel de grupos de medio mundo. Y siempre a rebosar los tres locales.

Los cuatro ‘vinylos’, acompañados de algunos amigos y familiares, entre ellos el excelente pintor pop zaragozano José Emilio López, que fue quien me descubrió a este elegante grupo tinerfeño, vuelan a Madrid y después a Manchester para continuar en tren hasta Liverpool. Su debut es el domingo día 21 en el Back Stage. Los nervios se los comen, no ya por la experiencia que van a vivir, sino porque el día anterior la guitarra y el bajo se quedan… en Madrid. Las faenas, por no definirlas de manera más contundente, de los aviones y las compañías. En el aeropuerto de Manchester les prometen que al día siguiente, antes de la una del mediodía, tendrán los instrumentos en el hotel, pero la promesa no se cumple. Son las cinco y media de la misma tarde de la actuación y no han llegado. Los nervios se desatan. La actuación es a las once de la noche. El esfuerzo está a punto de convertirse en vano, y lo que es peor, el sueño a punto de saltar por los aires. No sirven las llamadas, las gestiones no fructifican, nadie les da una respuesta segura y satisfactoria. Ante lo cual, toman la presurosa determinación de viajar al aeropuerto de Manchester y averiguar qué ha sido de la guitarra y el bajo. Se la juegan a cara o cruz. Una hora de ida y otra de vuelta y puede que no solo no lleguen a tiempo sino que vuelvan de vacío. Pero no encuentran, ni se les ocurre, otra solución.

Miguel y Sebastián cogen un tren en torno a las siete de la tarde. Llegan al aeropuerto sobre las ocho y justo en ese momento, Antonio, el batería, les llama y les comunica que acaban de recibir los instrumentos en el hotel de Liverpool. Carreras precipitadas por el aeropuerto y la estación de Manchester, al modo de los Beatles huyendo de sus agresivos fans en ‘Qué noche la de aquel día’… En torno a las diez están de nuevo en Liverpool. Tienen que cambiarse en el hotel, vestirse con una elegancia sixty que ellos cuidan mucho, trasladarse a The Cavern, pasar el ‘checkpoint’, llegar al camerino y a las once en punto estar en el escenario. Ni cenan. ¡Qué nervios! Están a punto de estallar como una bomba sin espoleta…

The Cavern ha cumplido este año su sesenta aniversario. Abrió en enero de 1957 de la mano de un empresario, Alan Stytner, que había viajado a París y se había quedado fascinado con los clubs de jazz ubicados en viejos sótanos, en concreto de Le Caveau De La Huchette. Así que cuando volvió a Liverpool buscó un lugar donde poder ‘clonarlo’ y ofrecer música en directo. En la céntrica y estrecha calle Matthew Street, en el número 10, dio con un viejo almacén subterráneo que, según la leyenda negra, había servido en el siglo XVIII como lugar de reclusión de los esclavos africanos en su criminal periplo hacia Estados Unidos, leyenda que Spencer Leight, en su documentado libro ‘The Cavern Club: The Rise of The Beatles and Merseybeat’ (2015) ni asegura ni niega porque no ha encontrado datos fehacientes. Lo que sí es cierto es que sirvió de almacén de grano y alimentos y después de bodega. En la segunda Guerra Mundial hizo también de refugio antiaéreo.

Styner lo reconvirtió en club musical con gran éxito, pero solo para artistas de jazz, blues y, como mucho, para conjuntos de skiffle, música muy sencilla, tocada con guitarras acústicas y banjos e instrumentos caseros, desde cazos a tablas de lavar, incluso peines, cajas y palos de escoba, que entonces, por socorrida y barata, estaba de moda en Liverpool. Ringo Star fue precisamente el primero en actuar allí dentro del Eddie Clayton Skiffle Group. Lo hizo el 31 de julio del 57. Al mes siguiente, el 7 de agosto, lo hacía John Lennon con The Quarry Men Skiffle Group. Paul McCartney, que se había unido a los Quarry Men en octubre del 57, pisaba por vez primera el escenario de The Cavern el 28 de enero del 58.

Quién diría que el destino iba a llevar a la gloria a aquellos tres mozalbetes sin otras ansias que divertirse. El 9 de febrero de 1961, ya reunidos en The Beatles, tras sudar, machacarse y vérselas con gentes de malvivir en los clubes de Hamburgo, actúan por vez primera en The Cavern. Uno de los recuerdos que más clavados tiene MacCartney de aquella primera vez fue lo que costó tocar allí: no había manera de que les contrataran, pero se convirtieron en martillo percutor y a base de insistir e insistir… Entonces Pete Best se ocupaba de la batería (después lo largarían por petición de George Martin), y había un quinto miembro al bajo, Stuart Sutcliffe, atormentado y difícil, pero dotado músico que ayudó mucho a modelar el grupo, y más su novia alemana, Astrid Kirchherr, inventora de los peinados a tazón. Salió del grupo en aquel mismo 1961, tras quedarse en Hamburgo para desarrollar su carrera como pintor, muriendo al año siguiente. La película ‘Backbeat’, de 1993, cuenta emotivamente su historia.

Desde aquella primera noche hasta el 3 de agosto de 1963, en que acabaron sus actuaciones en el mítico local, los Beatles tocaron en la vieja bodega unas trescientas veces, según el citado Spencer Leight (292 para ser exactos, según la web de The Cavern). Cuando la abandonaron ya la habían convertido en un lugar para la historia: eran famosos en Inglaterra y media Europa y estaban a punto de conquistar Estados Unidos.

The Vinylos llegan a The Cavern, guitarras en mano y asmáticos perdidos por los nervios y el ajetreado viaje a Manchester. Bajan a toda prisa la escalera forrada de ladrillo pintado de negro. Ahora es menos angosta que en su origen. No agobia, pero hay que sumergirse en el fondo de la tierra a cuatro pisos con sus descansillos correspondientes en los que se incrustan grandes letreros con el nombre de The Cavern en forma curvada cubriendo como un paraguas el nombre de la ciudad, Liverpool. “The most famous club in the world”. Es la señal inequívoca de que están pisando suelo histórico, insigne.

En las paredes saltan a sus ojos fotos enmarcadas en cristal de algunas de las leyendas que han tocado allí en tiempos pretéritos. No hay tiempo para degustar estos jugosos detalles que destilan gloria. El reloj apremia. Descienden hasta el último piso, giran a la izquierda y, ¡bumba! se dan de bruces, allá al fondo de una no muy larga nave, con arcos laterales y flanqueada por otras dos, con el mítico escenario, aquella bóveda estrecha y maloliente, contruida sobre el nivel freático, en la que Lennon y compañía empezaron a escribir su historia personal y la de la música pop mundial. No hay espacio mental ni para glorificaciones ni para pensamientos fetichistas. La prisa les obliga a correr, pero el sobresalto emocional es impactante. ¡Están pisando la Altamira del Pop!

Van raudos, en línea recta, camino del Live Lounge…

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Penguin Cafe Orchestra, la amorosa herencia de padre a hijo

Ya no es lo mismo; aunque los caminos, si no son convergentes, sí son paralelos y muy próximos. En 1997 murió Simon Jeffes, fundador y alma mater de la ensoñadora Penguin Cafe Orchestra, a la que tuvimos, por cierto, en dos ocasiones en Zaragoza, y una década después de su fallecimiento, su hijo Artur Jeffes decidió retomar el trabajo de su padre y con el nombre acortado a Penguin Café se lanzó a los discos y a la carretera. Ahora, precisamente, acaba de publicar su tercer disco,’The Imperfect Sea’, que es una hermosa colección de piezas sensibles…

Pero ineluctablemente, al menos en mi memoria, sigue pesando mucho el nombre del padre y aquellos preciosos ocho álbumes que sirvió desde 1976 a 1999, con parada especial, a mi gusto, en ‘When In Rome’, que reflejaba con un estilismo y una finura superiores lo que era aquella orquesta en directo. Una orquesta mágica, entre la realidad y la ficción, como los hombres pingüino que ilustraban las carpetas de sus discos, que fabricaba una música fascinante sin fronteras delimitantes que le permitían desbordarse lo mismo por las laderas del pop que por las de la música clásica, la latinoamericana, el jazz, el rock’n’roll, la new age o el minimalismo.

La Penguin vino por vez primera a Zaragoza en mayo de 1989, en aquel fecundo ciclo denominado ‘En la Frontera’ –sí, la música debe ser materia obligatoria para los ayuntamientos, tanto como llevar el agua a las casas -, actuando en el Teatro Principal. Un día antes, Simon Jeffes declaraba en Barcelona que su orquesta, radicada en Londres, nació de un sueño de opresión que dio lugar a la libertad de su música.

Y un servidor recogía en el Heraldo el eco fascinante de sus dos horas de actuación en el Principal con el título de ‘El taller de sueños de la Penguin Café Orchestra’, para en el texto realzar el papel de Jeffes a lo largo del recital: en agitación permanente, yendo y viniendo en busca de un montón de instrumentos y dirigiendo a su vez a la orquesta, sentada en semicírculo en el escenario. Agitación del ‘Jeffe’, pero quietud y música onírica a su alrededor. Y mucha imaginación: la transformación del sonido de un teléfono comunicando en un juguete sinfónico de cámara, es decir, ‘Telephone & Rubber Band’, cautivó a la audiencia. Y él se fue igualmente de cautivado, tomando fotos del público con una polaroid.

La segunda ocasión en que nos visitó fue el 22 de noviembre de 1994. Vino a la sala Mozart y el día anterior tuve la fortuna de realizar una de las entrevistas que con más admiración y cariño recuerdo y he realizado a lo largo de mi vida periodística. Pude ‘cazar’ a Jeffes en el hotel Romareda, y en el salón adjunto a la cafetería, rodeado de una tranquilidad masajeante, que él amplificaba con su charla pausada, me confesó que se había quedado prendado de la recién inaugurada sala Mozart nada más tomar contacto con ella: “Es como la cueva de Aladino”, dijo.

Luego me explicó que oiríamos a una orquesta con un color nuevo porque había añadido a dos chicas que tocaban trombón y oboe. Y así fue. La orquesta del café Pingüino, con su seriedad y rigor, pero con un fondo de humor finísmo, volvió a dejar en Zaragoza otra noche de magia, ante 1.200 personas, interpretando “nuestros hits más impactantes”, como en broma me decía el día anterior: ‘Air à danser’, ‘Souther Jukebox Music’, ‘Bean Fields’, ‘Air’ u ‘Oscar Tango’, amén, claro, entre otras, de varias piezas del nuevo disco que traía, ‘Union Café’, en el que había recuperado dos viejos temas, ‘Yodel’ y ‘Pythagoras’, como plasmación del concepto de música inacabada que para Jeffes tenían las canciones, en función de los instrumentos y de la técnica. La interpretación de ‘Bean Fields’, con la minifaldera Annie Whitehead al trombón, fue el signo distintivo más visible de la transformación anunciada.

También me habló en la entrevista del día anterior del porqué de las canciones basadas en simples sonidos cotidianos como el de un teléfono o una gota de agua. “Hasta un disparo tiene música en su interior”, me confesó, aunque nunca llegó a probar con él. Tampoco lo hizo con el sonido de una máquina de tren, con el que estaba obsesionado en hacerlo. No le dio tiempo. Murió tres años más tarde.

Su hijo continúa ahora su labor, en un trabajo de amor y admiración profesional al padre, inédito en el mundo de la música. No es lo mismo, claro, pero sigue siendo un inmenso placer tomarse un café al ritmo de la orquesta de los pingüinos.



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Gregg Allman, pilar fundacional de la Allman Brothers Band, se va con 69 años

Ha muerto Gregg Allman, lo que significa que ha muerto uno de los grandes del rock. Sí, él fue el artífice, el segundo pilar fundacional, junto a su hermano, el gran Duanne Allman, de una de las grandes bandas de la historia del género, The Allman Brothers Band.

Gregg llevaba varios años enfermo, necesitando en 2011 un transplante de hígado. Drogas y alcohol fueron los causantes de estas ‘averías’ que han terminado llevándoselo a los 69 años. Una vida ajetreada, con seis matrimonios, uno de ellos con Cher, y su pelea por mantener en pie la Allman tras la muerte, en 1971, de su hermano en accidente de moto. También por sacar a flote su carrera en solitario, que no logró cuajar, aunque tuvo buenos destellos discográficos.

Su larga melena rubia, su órgano Hammond y su voz terrosa fueron las grandes marcas que le identificaron en aquella banda prodigiosa que formó junto a su hermano. ‘The Allman Brothers Band’ (1969) y ‘Idlewild South’ (1970), este una verdadera joya, fueron sus dos primeros álbumes, que en España vieron la luz conjuntamente en 1973 con el título de ‘Begginings’. Pero curiosamente fue con un álbum en directo, ‘At Fillmore East’ (1971), algo nuevo y revolucionario en la industria, con el que dieron el pistoletazo mundial de la fama. Un disco para la historia, del que ya me ocupé en este blog, con siete piezas que ofrecían una compacta y sutil aleación de blues, rock, country y jazz.

Cream había abierto el camino de la improvisación y de las llamadas ‘jam-sessions’, pero aquello era otra cosa, al añadir el toque sureño y bluesero, amén de la sensibilidad que transparentaban piezas como la icónica ‘In Memory Of Elizabeth Reed’ o el exotismo de ocupar una cara con solo una pieza, caso de los 22 minutos de ‘Whipping Post’. La portada doble, en negro riguroso, con los seis miembros de la banda riendo a carcajada limpia delante de los baúles de su equipo musical en la trasera del Fillmore de Nueva York, terminaba por cuajar la iconografía de aquel fabuloso disco. Siguió otro doble, ‘Eat A Peace’ (1972), mitad en directo mitad en estudio, un disco inacabado porque justamente, mientras que se estaba grabando, Duanne Allman se mató al estrellarse su moto contra un camión.

El esquema organizativo e instrumental de la banda, como señalaba en la entrada de 2011, no podía ser más peculiar ni menos revolucionario para la época, e inclusive para el mismo desarrollo posterior del rock: la Allman contaba, además de Gregg Allman como cantante y organista, acolchando las piezas o ‘punteando’ solos cual guitarrista, con secciones dobladas en las guitarras y en las baterías. Eso daba lugar a unos entrelazados sugerentes y sutiles entre sus dos guitarristas, Duanne y Dicky Betts, a la vez que los dos baterías –Jay Johanny Johanson y Butch Trucks- llenaban el espacio de fondo de manera carnosa y delicada. Algo que, a su vez, permitía que de una canción de cinco minutos saliera una ‘jam-session’ de 30 o 40 minutos.

‘Brothers & Sisters’ (1973) fue una pequeña decepción para quienes seguían demandando el viejo blues de antaño. Entró en liza el pop y el country, aunque, pese a las críticas de los más puristas, aún elevó más alto a la banda. ‘Jessica’ o ‘Ramblin’ Man’ fueron, fundamentalmente, las canciones causantes, amén de aquella nutrida y risueña foto del interior y el niño de la bucólica portada otoñal. Como tantos discos y tantos libros, tienen su pequeña historia personal para quienes los consumimos: este no se me olvidará nunca que lo adquirí en una tienda de los Campos Elíseos de París, ¡más allá de las doce de la noche!, así como ‘At The Fillmore’ fue fruto de una de mis frecuentes razias discográficas a Andorra en los setenta. Londres fue lugar también para abastecerse: allí cayó el directo ‘Wipe The Windows’, con una belleza de carpeta. Los tiempos en España para hacerse con discos fuera de lo comercial no eran realmente fáciles.

‘Win, Lose Or Draw’ (1975), el más flojo de la carrera, fue el último de la primera etapa, toda vez que la banda acabó disolviéndose en 1976. ‘Enlightened Rogues’ (1979), ‘Rich For The Sky’ (1980) y ‘Brothers Of The Road’ (1981) fue el fruto del retorno hasta que las puertas se volvieron a cerrar una vez más, para luego, en 1989, volver a renacer con algunos discos potables, una buena legión de nuevos seguidores y cambios de formación a tutiplén, dando entrada incluso al luego guitarrista de Gov’t Mule, Warren Haynes. Y también no pocos malos rollos y peleas. En 2014 el grupo bajó la persiana definitivamente.

Paralelamente a todo ello, desde 1973, Gregg fue trazando su carrera en solitario con actuaciones individuales y una decena de álbumes –uno de los mejores, el último que grabó en 2011, ‘Low Country Blues’- en los que puso especial énfasis en el soul y el gospel, pero obviamente sin olvidar el blues y jugando esporádicamente con el country, las cuerdas, los metales, los coros femeninos e incluso revisionando, eso sí de forma muy breve, viejas piezas de la Allman como la citada ‘Whipping Post’, una sombra (maravillosa) que pese a sus intentos de distanciamiento en solitario le persiguió siempre. Americana de pura cepa que, pese al auge del estilo en los noventa y estos dos mil, deja chiquititos a no pocos de sus discípulos.

“Era un alma amable y dulce con la mejor risa que jamás he oído. Su amor por su familia y sus compañeros de banda era apasionado, igual que el cariño que tenía a sus extraordinarios fans. Gregg era un compañero increíble y un amigo aún mejor. Todos le echaremos de menos”, ha escrito su representante Michael Lehman en la web del artista, donde hoy se dio a conocer la muerte. Descanse en paz.

En su memoria:

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The Residents, ¿vivos o muertos?

Mi habitual, y frecuentemente infructuosa, búsqueda, tanto en los suburbios como en los barrios chic de Internet de algo nuevo que me sorprenda, y sobre todo me agrade, me lleva, ¡glup!, a The Residents. ¡Coño, todavía existen!

Confieso mi ignorancia: desde que se dieron a conocer al mundo –aunque ya llevaban un tiempo de acción y grabando discos- con aquella foto de los cuatro con cabeza de ojo, desde que un corresponsal que me busqué en Londres para aquella locura mía que fue la revista, periódico, panfleto, basurilla o vaya usted a saber qué fue Disco-Actualidad, los dio a conocer en España, y especialmente desde que Paloma Chamorro les dedicó un Edad de Oro entera en 1983, su nombre se me fue de la memoria, o simplemente perdí deliberadamente la pista de su existencia: me aburrieron soberanamente, o por decirlo en términos actuales, me pareció un postureo intragable, si no una tomadura de pelo de mil pares.

Pero hete aquí, que no solo siguen en activo sino que llevan grabando discos sin cesar, década tras década, hasta desembocar este año en ‘The Ghost Of Hope’, aunque Spotify les certifica este 2017, ni más ni menos que la edición de cinco álbumes, aunque de ‘la gran discoteca de Alejandría’ conviene fiarse poco, que las fechas le bailan como chinches.

¿Y qué hay de ‘Ghost Of Hope’? Pues lo mismo de hace 40 años. Un tochazo de sonidos, ruidos y voces que si hay un guapo que los aguante de principio a fin, pues premio. No es mi caso…, bueno, miento, que me lo he empapado entero mientras tecleaba estas líneas y sigo más frío que un témpano. Vamos que no creo que vuelva a mis oídos nunca más, como seguro que no estoy dispuesto a darme un atracón de “sabotaje de la normalidad”, como se le ha calificado a su trabajo, escuchándome toda la discografía en Spotify, dicho sea de paso uno de los grandes inventos de la humanidad musical: tener al alcance de un clic, gratis aunque aguantando publicidad, o por diez euros al mes, casi toda la música habida o por haber, es un lujo increíble, que no solo reconforta los oídos cuando la ocasión lo requiere sino que, sobre todo, evita aquellos viejos pufos cuando se compraba un disco a ciegas en la tienda, porque no había posibilidad de escucharlo, o cuando un articulista, por modernidad, por mostrarse más listo que los demás, o por mero convencimiento, que también, glorificaba discos que no había manera de encontrar o suponían un vaciamiento hiriente de bolsillo.

Pero a lo que iba, que toda la discografía de The Residents está disponible en este gran saco sin fondo que es Spotify para quien quiera meterse en harinas fuera del pop o el rock reglamentario, o incluso para consolarse, como ha sido mi caso, de compensar la frustración de una vez más haber intentado otra caza furtiva de ‘nuevos talentos’ y volverme a casa de vacío. Sin rubor lo digo: que entre todas las glorias actuales que me han anunciado en las webs más in, resulta que estos incombustibles Residents me han resultado más fructíferos y gratificantes que la mara de indies, metálicos, folkies… que he pinchado a saltos en las tres o cuatro horas que ha durado mi cacería.

De hecho, Spotify, burla burlando, que diría Lope con su soneto de Violante, se me ha ido a ‘Strange Culture’ (2015), una oda a la paz y la serenidad electrónica que suena gratificante… A ver si Servando Carballar iba a tener razón cuando en tiempos remotos me decía que aquellos locos que nunca daban la cara, ni siguen dándola, eran el presente y el futuro de la música y voy a tener que acabar mis infructuosas búsquedas en “el colectivo anónimo de iconoclastas –como ha escrito alguien- que, desde 1972, dinamita con métodos libertarios todo aquello que está pidiendo pólvora”, cambiándolos por mis inexcusables Flaming Lips o Swans. Miedo me da, pero quién sabe, si hay consuelo.

Por cierto, ¿algún fan recalcitrante por ahí? ¿Alguien con paciencia que se haya escuchado toda la discografía de estos californianos sin identidad conocida? ¿Qué suponen en el mundo musical de hoy? ¿Están vivos o muertos?

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Chris Cornell: ¿Soundgarden o Audioslave ?

Kurt Cobain, de un tiro en la sien. Y ahora, según se ha sabido hoy, Chris Cornell, ahorcándose. ¡Qué manera más insólita de meterle una rebanada tan grande e inapropiada al grunge, del que fue uno de sus puntales, pero sobre todo qué manera más trágica e incomprensible de irse de este mundo!

Y más en su caso. Los dos triunfadores, famosos, guapos, con familias asentadas, bellas esposas… ¡Qué misterio el de la psique humana! Los psicólogos sabrán mejor, pero parece que la raíz del suicidio del cantante de Soundgarden estriba en el divorcio de sus padres cuando entraba en la adolescencia, a los catorce años. Fue tal la depresión que le sobrevino que estuvo un año sin salir de casa y sometido a tratamiento médico. Remontó pero aquel negrísimo lunar anímico le quedaría para siempre en el cerebro. Hasta que el pasado miércoles por la noche, tan apenas una hora después de actuar en Detroit, el lunar reapareció y reventó: Cornell se enrolló una cuerda en el cuello en el baño de un hotel y puso fin a su vida, haciendo realidad la inmolación de ‘Like Suicide’, la pieza que cerraba, en 1994, el elogiadísimo ‘Superunknown’ de Soundgarden. Su esposa ha asegurado en un comunicado que se excedió en la toma de la dosis de Ativan, un medicamento contra la ansiedad y el insomnio.

Debo confesarlo. Ni entonces, ni ahora, Soundgarden fue un grupo que ocupase excesivo tiempo de mi vida. Aquellas tres octavas y media de Cornell me producían cierto repelús: sonaba a manierismo zeppeliano, a exageración de Robert Plant o Ian Gillan, lo que conducía a los cantantes gritones del metal, que tan poco gozan de mi admiración. Quiero decir con ello que no es que menosprecie ‘Superunknown’ o el precedente, ‘Badmotorfinger’, sino que cuando Cornell dio el paso a Audioslave, uniéndose a tres miembros de Rage Against The Machine (un supergrupo de vieja escuela, se dijo entonces), fue cuando realmente aprecié, y sigo apreciando, su valía vocal.

Entonces controló más el registro, rebajando la graduación tonal y siendo menos evidente en las subidas, y por tanto en el grito, con lo que consiguió un canto más homogéneo, sólido, temperado. No extraña que la revista americana Rolling Stone lo incluyera entre los diez mejores cantantes de hard-rock de la historia.

Ello, unido al potente trío que le acompañó, olvidado de los estallidos raper-metálicos de Rage Against The Machine, con el verbo guitarrero de Tom Morello e incluso entrando en el más terso de los baladismos (‘I Am The Highway’, ‘The Last Remaining Day’, ‘Be Yourself’…), dio lugar a un poderoso trío de álbumes –‘Audioslave’ (2002), ‘Out Of Exile’ (2005) y ‘Revelations’ (2006)- que uno mismo recibió en su día en el Heraldo cargados de estrellitas.

Tres discos en los que se ponía al descubierto la admiración de Cornell por Kurt Cobain, Eddie Vedder o James Hetfield, pero sobre todo se destilaba puro metal-rock en los viejos alambiques de Led Zeppelin, Black Sabbath, AC/DC e incluso Free o Hendrix, con wah wah guitarreros que atrapaban a viejos rockeros y que no hacían sino conectar los 2000 con los setenta.

Obviamente no hay que olvidar sus trabajos en solitario, su participación en Temple Of The Dog o, con su incesante actividad, la cantidad de canciones que dio al cine y la televisión, pero los centros gravitatorios de la carrera de Chris Cornell fueron Soundgarden y Audioslave. Personalmente le tengo más aprecio a estos últimos, pero allá cada cual con sus gustos y preferencias. Lo cierto y lo peor es que, con 52 años, esposa y tres hijos, se ha ido un cantante de la primera plana del rock-metal y a la vez un puntal del grunge. Y de qué manera más espeluznante. ¡Porca vida!


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El nuevo traje de Imelda May

No es el camaleonismo de Bowie, que en esa faceta el británico no tiene rival, pero Imelda May acaba de dar un timonazo estético y musical que la devuelve nueva e inédita, mutada, al mundo de la música, tras un divorcio y tres años sin publicar discos.

Adiós al tirabuzón rubio incrustrado en su cabello moreno y adiós al rockabilly. Su nuevo álbum, el quinto de su carrera tras ‘No Turning Back’ (2003), ‘Love Tattoo’ (2008), ‘Mayhem’ (2010) y ‘Tribal’ (2014), se llama ‘Live. Love. Flesh. Blood’ y transcurre por los caminos de la canción sedada, tranquila, lo que no significa que no haya algún chispazo de dureza y menos aún que la voz salga de cuna de terciopelo. Bien al contrario, a veces la rabia parece robada a su amigo y paisano Bono, pero hay mucha más dulzura que furia.

Por momentos, el disco parece una especie de acercamiento al Dylan último, una incursión en el cancionero americano de los 40-50 –swing, gospel, blues, R&B…-, si bien es ella quien firma todas las canciones. Lo que en modo alguno sorprende ni puede tomarse como un giro forzado: desde su más tierna infancia, merced al ambiente musical familiar, la irlandesa está impregnada en aquellas sonoridades y en especial en el sentimiento interpretativo de la gran Billie Holiday.

Todo ello se transparenta en este disco, amable, confesional, personalísimo, fruto de un agrio tramo vital marcado por el divorcio de su marido Darrell Highman, guitarrista de su grupo, y por una hija que adora. Ella lo califica como un disco de amor, culpa y deseo.

No ha estado sola en esta transfiguración. Su amigo Bono la ha estimulado y aconsejado, Jeff Beck y Jools Holland han colaborado y sobre todo ha contado con un productor de bandera como T-Bone Burnett, que no solo le ha ayudado tanto en lo personal y lo musical, sino que le ha reunido una banda en la que figuran músicos también de primera como el versátil Marc Ribot, que se nota, y mucho.

¿Recuerdan a Tanita Tikaram? No, no es lo mismo, pero aquel aire tristón y dulce, aquel sonido elegante, parece revolotear en algún momento por este disco, hay algún lunar visible en la superficie de este nuevo traje de Imelda. Ahora es morena total, sin tirabuzón rubio, con flequillo y más guapa, con una belleza a lo Chrissie Hynde sin colmillo sino amable. El traje le sienta bien, la transfiguración también. Si alguien lo quiere comprobar más de cerca, tiene la oportunidad de hacerlo el próximo día 8 de julio en el festival Castillo de Aínsa (Huesca). [Corregido: 8 de julio, no de junio]



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El frente de Iván Zulueta contra el festival de Eurovisión

Este sábado próximo llega de nuevo el festival de Eurovisión…, ay, la apolillada nostalgia. No sé si tendré valor para seguir el ritual de ponerme un año más ante el televisor, pero es un viejo rescoldo de mis tiempos de infancia que aún no he superado: entonces, pese a los Beatles o los locales Brincos, que se comían el pastel, la cita eurovisiva era la cita musical suprema ante el televisor. El tiempo ha dejado marcado que, aunque aquello era un casposo mercadillo, no se hicieron tan malas canciones en el festival como ahora. Algunas de ellas, incluso, han devenido perdurables.

Hoy, sigue el mercadeo en mayor amplitud y en esta edición, hasta con boicots y polémica política y guerrera entre fronteras cuando precisamente el festival nació para que los europeos al menos dejaran de pelearse un rato, que menudo siglo XX llevábamos.

Aun cuando con menos atención, sigo pues enchufado a la pantalla porque, a falta de grandes canciones y aun con el sonido (no la voz) en playback, que manda güevos, es innegable que Eurovisión es un espectáculo músico-visual impresionante. Los miles de euros o de grivnas (que este año llega desde Ucrania) corren a chorros en favor del derroche tecnológico. Pero, ya digo, musicalmente apesta, por no decir que “es una mierda”, evocando y parafraseando la película que Iván Zulueta estrenó en el 70, aunque se rodó en el 69, con el título de ‘Un, dos, tres… al escondite inglés’.

¡Qué valor el de este vasco de San Sebastián! Sin un duro, pero con mucha cabezonería e ingenio, confeccionando él mismo los decorados y la cartelería, y con Jaime Chavarri como guionista que lo inventaba de un día para otro mientras se rodaba, con Borau como actor, productor y director asociado, y las mismas Vainica Doble haciéndose cargo de la música extradiegética, dejó plasmado el filme más psicodélico y surrealista de la música española. Hoy, una delirante pieza de lujo que hace bueno aquel cine atrevido e incomprensible en la época, que desembocaría en la aún más atrevida película de Zulueta, ‘Arrebato’, hoy obra de culto.

En ‘Un, dos, tres… al escondite inglés’ no solo se desplegó una cantidad de subversión visual desbordante sino todo un estacazo demoledor a aquel festival eurovisivo y a todos los de su estirpe, que en la España de los sesenta florecían como setas otoñales.

Contra ellos, contra los artistas que desfilaban por aquellos cónclaves entontecedores y en general contra la música comercial que producía la pacata España, Zulueta recurrió a un manojo de ‘conjuntos’ nuevos y punteros para mostrar que otra música pop era posible. Grupos de apenas unos meses de vida pero que ya tenían discos, sonaban en la radio, aparecían en la tele y contaban con canciones de mucho fuste amarradas a los metales, en onda con el soul-rock de Chicago o Blood Sweat & Tears, que marcaban tendencia mundial. Gracias a la osadía de Zulueta, hoy es posible disfrutar de aquellas canciones y de aquellos ‘conjuntos’ en copia restaurada en blu ray, que se publicó el año pasado y que andaba perdida desde que salió en VHS hace la tira de años.

En el batallón que Zulueta presentó para confrontar el nuevo pop español con las horteradas festivaleras estaban Los Buenos, Los Iberos, Shelly y Nueva Generación, Los Beta, Henry y Los Seven, Los Ángeles, Pop Tops, The End… y hasta Fórmula V, que aún no había enfilado el filón veraniego y contaba con nutritivas canciones pop como ‘Busca un amor’. También aparecía un Ismael cantautor, progreta pero despistado, y unos Mitos menos progres pero novísimos.

Traslademos aquel frente contra la comercialidad y la festivalitis de entonces a hoy día. ¿Qué grupos de tan apenas una año o dos de vida y con cierto caché mediático podrían pegarle una pedrada a Eurovisión y a la venidera, ¡aggg!, nueva edición de ‘Operación Triunfo’? Me temo que ninguno. El pop español más nuevo no solo anda en las catacumbas mediáticas sino en la inopia indie.

Zulueta, hoy, tendría que agachar la cabeza. ¿O con qué grupos nuevos, con difusión y con canciones consistentes, podría contar un Zulueta de hoy para hacer un hipotético remake de ‘Un, dos, tres… al escondite inglés’? ¿Cómo batallar contra Eurovisión, los mediocres concursos televisivos de nuevas voces y la inminente reposición de ‘Operación Triunfo’ y el PP volviendo a las andadas del ingenio zafio?

Batalla perdida. Hasta el mismo Iñigo, el presentador más vanguardista de aquella tele de finales de los sesenta, vía ‘Último grito’, y prota de ‘Un, dos, tres… al escondite inglés’ y paladín en ella no solo contra la festivalitis sino contra el pop, en favor de la música clásica, es hoy uno de los baluartes del festival de Eurovisión. ¡Cómo se revuelve el tiempo contra uno mismo! Y cómo tiempos pasados, aunque esté feo decirlo, parece que a veces fueron mejores.

Aquí, el tercer single de Los Buenos, con el gran Julián Granados al frente, y con una de su canciones mas famosas, ‘Groovy-Woovy’, editada en 1969 y con la que se abría la película de Iván Zulueta, ‘Un, dos, tres… al escondite inglés’:

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Jesus & Mary Chain, 20 años después

Hacían un ruido casi molesto, herencia de la Velvet y a modo y semejanza de los primeros Sonic Youth, pero al lado de aquellos temibles tabiques ruidistas, y aun con sus peleas fratricidas, eran capaces de levantar maravillosos espacios de terciopelo, sí, aquel ‘Just Like Honey’, que tomaba lo mejor del sonido Spector en medio de la erupción de la nueva ola británica y de aquellos fecundos ochenta (¿quién es, por cierto, el ignorante que los califica de ‘amuermantes’ (sic) en el pretencioso artículo que apareció el mes pasado en Ruta 66? Esos controles de calidad, plis). ‘Psychocandy’ fue el receptáculo de aquellos ruidos y de aquellos terciopelos. Un disco de The Jeus & Mary Chain, o sea, de los hermanos escoceses William y Jim Ride, ahora clásico e inefable en la misma historia del rock, al menos de los 80.

Luego fueron aminorando la dicotomía ruido-terciopelo, por no decir que eliminaron el primer factor de la ecuación, aunque a cambio endurecieron el sonido, se eclipsaron los disturbios en que acababan muchos de sus actuaciones iniciales, y se entregaron al rock más puro y directo, saliendo joyas como ‘Darklands’ (1987), ‘Automatic’ (1989) o ‘Honey’s Dead’ (1992).

Ocurría, sin embargo, que los dos hermanos se llevaban a matar, como después, o más, lo harían los Gallagher, y entre eso, entre que los promotores huían de ellos como la peste, y la discográfica no podía sujetar a aquellos potros desbocados, se acabaron sus días. ‘Munki’ (1998) fue su sexto y último álbum.

Mas no hay mal que cien años dure. Y aquí están de nuevo los hermanos Reid con las paces hechas y volviendo a las andadas, es decir, actuando y publicando discos. Su nuevo trabajo, casi veinte años después de ‘Munki’, se titula ‘Damage & Joy’, y es otro pildoraza made in The Chain. Inconfundible, aunque los resortes impulsivos de la primera juventud sean solo un bello o maldito recuerdo.

Hay menos gas y menos fuego, pero queda todavía el resabio para componer atractivas melodías que ambos embadurnan en guitarras correosas y cuidadas y hasta amables cuerdas o imitaciones sintetizadas. Han invitado también a varias voces femeninas para evocar aquel ‘Just Like Honey’, o la pieza que grabaron con Hope Sandoval en ‘Stoned & Detroned’ (1994). En concreto, aparece (de nuevo) su hermana pequeña, Linda, más la novia de William, Bernardette Denning, Isobel Campbell y Sky Ferreira. Las cuatro, sin duda, aportan ese aire sensual e inocente que embadurnaba ‘Just Like Honey’ y que se extendió a grupos posteriores como Mazzy Star, The Sundays, Velocity Girl o The Raveonettes, por recordar algunos afectados que me vienen a la memoria.

Y como la cosa podía ser peligrosa en el campo relacional entre hermanos, que pese a los años no han enterrado las hormonas guerreras, se aseguraron previamente de contratar un juez de paz, alguien que fuera capaz no solo de dirigirles por primera vez musicalmente sino de que sacara la vara o la autoridad para enviarlos al rincón de pensar al mínimo roce. Ni en Granada ni en Los Angeles, donde se grabó el disco, parece que hubo lugar a la intervención. El elegido, Martin ‘Youth’ Glover, estaba bregado en estas lides: ya le tocó poner paz en aquel corralito de fieras corrupias que fue Killing Joke.

No es un retorno que vaya a cambiar el devenir del rock actual ni tan siquiera a producir escalofríos sensitivos, pero es un aceptable disco que mantiene en pie la leyenda y la capacidad de los dos hermanos para hacer canciones melódico-ruidosas con santo y seña ochentero. Y a la vez es un buen acicate para desempolvar –como yo he hecho con gran gozo- los viejos vinilos, especialmente los de los 80, que no han perdido ni un ápice de la gloria pasada; ay, si el indie más canalla de hoy tomara nota… A ver si alguno los ha visto, por cierto, estos días por Madrid y Barcelona o por cualquiera de las capitales por donde está pasando su gira de retorno y ha sacado la libreta. La Cadena de Jesús y María sigue electrizante, apretando el cuello.


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Hasta el cogollo de Llach

Lo confieso sin tapujos y pese a quien pese: estoy hasta el cogollo del independentismo catalán. Más de cinco años con la misma matraca, día tras día, en la radio, en la tele, en los periódicos…, el cansancio se convierte en hastío. Cuando sale el dúo Puigdemont-Junqueras, o alguno de sus acólitos cercanos, o cambio de canal o se me remueven las tripas. Es un pugilato permanente, cuando no bravatas que irritan, ese cansino amagar pero no dar. ¿No era esta, por cierto, la legislatura constituyente y de la declaración unilateral? ¿Pues qué han hecho? Otra vez, el referéndum. ¿Pero no lo hicieron ya? La burra volviendo al trigo y tiro porque me toca.

Por supuesto que todo territorio tiene derecho a expresarse y alcanzar sus metas y anhelos, sean del tipo que sea, pero por medios democráticos y sin saltarse las reglas vigentes. De lo contrario, es la selva, cada cual a su conveniencia, y eso es el caos para todos. Si no gusta lo que hay, para eso está la política y los políticos y el reglamento con el que jugamos todos, pero no el desafío del yo-soy-más-que-tú-porque-lo-digo-yo. ¿O es que Aragón no tiene sus muchos problemas para quejarse, para reivindicar? Y quien dice Aragón, dice Canarias, Galicia o cualquier otra comunidad. Mejor, por cierto, no saquemos a colación los problemas de Aragón, no ya con el gobierno central de Madrid, sino con la misma Cataluña, que vamos dados. Pero no, a la brava no se pueden resolver las cosas. Hasta hace no mucho, unos defendieron lo suyo a pistoletazos y bombas, y ahora otros lo están haciendo mansinamente pero a la brava. O lo tomas o lo dejas. Y esto puede acabar como el rosario de la aurora.

Pero uno de los aspectos que me ha sorprendido en este desvarío independentista, y tratándose como se trata este de un lugar musical, ha sido el de la posición de los músicos catalanes ante el separatismo. Me disgusta el silencio, la tibieza o las medias voces de algunos que han hecho carrera fuera de Cataluña y recibido el cariño de tantos españoles de fuera –poco se ha oído levantar la voz a Serrat, a Manolo García, Estopa, Pau Donés o Sergio Dalma- frente a gente tan desprejuiciada como Loquillo, capaces de cantar las verdades del barquero a quien corresponda.

Pero me sorprende, o me ha sorprendido más, el frente independentista integrado por gentes que han paseado su música por toda España, recibiendo parabienes y cariño, y por supuesto llenando la faldriquera, y ahora reniegan de esa relación. Entiendo a grupos como Sopa de Cabra, Sau o El Pets, que ya hace muchos años se les denominó como ‘grupos subvencionados por el catalanismo’ por el mero hecho de cantar en catalán, pero ¿y Quimi Portet, o Dyango, o el mismo Peret, que triunfó haciendo gala de las raciales esencias folclóricas de España? Casi suena a sainete.

Mas el que me duele es Lluis Llach. Confieso que en los tiempos álgidos de los cantautores, ni él ni su tropa formaban parte de mi devocionario particular. Yo estaba en otras cosas: el rock, el blues, la psicodelia, la vanguardia, el jazz-rock, el folk inglés…, y, por supuesto, con mi imperecedero fervor por la música clásica. Aún así, apreciaba, por su gran trabajo orquestal, sus coros y por salirse del patrón de los cantautores al uso, discos como ‘Viatge a Itaca’ (1975) o ‘Campanades a mort’ (1977), si bien fue con ‘Astres’ (1986) cuando caí rendido a su trabajo. ¡Qué hermoso álbum, qué instrumentación con elementos orgánicos, sintéticos y coros femeninos! No digo ya aquella noche de su interpretación completa en vivo en el fenecido Anfiteatro del Rincón de Goya bajo una deslumbrante luna llena. Lo entrevisté en alguna ocasión y me trasmitió una sensación de dulzura y sensibilidad que aún no he olvidado. Por supuesto, jamás hizo mención alguna de separatismos ni desdenes hacia la ‘opresiva’ España.

Pues ahí lo tenemos, hoy ha vuelto a levantar ‘L’estaca’, himno, por cierto ya casposo que convierte a los de Podemos en antiguos si no en ignorantes: ¡cómo si no hubiera canciones más granadas y sustanciales, musicalmente hablando, para cantar a la solidaridad y a la libertad y contra la represión! Apunten, por ejemplo, la dylaniana ‘Chimes Of Freedom’, ‘Rocking On The Free World’ (Neil Young), ‘I’m Free’ (The Who), ‘Imagine’ (Lennon), ‘Libertad’ (Julieta Venegas), ‘Get Up, Stand Up’ (Peter Tosh), ‘Freedom’ (Jimi Hendrix)… Produce hilaridad ver a los podemitas cimbrearse en el escenario al ritmo de ‘L’estaca’. Jóvenes desinformados, por no emplear otros adjetivos más sonoros como trasnochados.

Pero a lo que iba: hoy Llach ha amenazado a los funcionarios catalanes que se atengan a las consecuencias si no cumplen con la ley catalana de la desconexión. Es lógico que los funcionarios cumplan con las leyes vigentes, pero avisarles ya de antemano con sanciones de leyes que no existen y que, según el ordenamiento actual, serían ilegales, es levantar la estaca, no aquella de la libertad sino la de la dictadura, ni más ni menos. O estás conmigo o atente a las consecuencias. El libertador convertido en verdugo. ¿No suena a bolchevismo puro y duro? Patético Llach. Hace tiempo que no escucho uno de sus álbumes, ni pienso. Es de los que me tienen hasta el cogollo.

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