Quince días en el hospital, Jonathan Richman & The Modern Lovers

Tan cercanos y lamentablemente tan familiares a muchos enfermos, es lógico que el pop y el rock contengan alusiones a los hospitales, cuando no canciones enteras dedicadas a ellos. Counting Crows, Alaska y Los Pegamoides, Lorde, Los Petinelles, Fito y los Fitipaldis… o Jonathan Richman & The Modern Lovers han dedicado renglones musicales a tan necesarias pero odiosas residencias.

Personalmente me quedo con Jonathan Richman. No porque su ‘Hospital’, una canción tristona y en línea con ‘Pale Blue Eyes’, de su admirada Velvet Underground, sea la más enjundiosa sino porque, en lo personal, es un tipo que, desde que lo conocí directamente, me sigue produciendo en el cerebro chirivitas de humor y sorpresa. Sus primeros discos, con la dinámica ‘Roadrunner’ a la cabeza, llegaron a España tarde pero hicieron mella en la audiencia más inquieta. Así que cuando el mismo Richman con sus Lovers vino a Zaragoza por vez primera, en febrero del 88, la sala En Bruto alcanzó uno de sus mejores registros de público.

Tras disfrutar del minimalismo pop del bostoniano en el escenario, lo más sorprendente y humorado vino después, cuando accedió a que le entrevistara mientras daba cuenta de una crepe en una pizzería cercana a En Bruto. Me hizo un examen exhaustivo de quién era yo y para qué clase de medio trabajaba. Dada la información pertinente, me dijo que no solía conceder entrevistas, sobre a todo a medios especializados como el New Musical Express, “que han escrito sobre mí muchas historias ficticias que luego tengo que desmentir”. También me advirtió que no hablaba con periodistas menores de 25 años, “porque son a menudo muchachos envidiosos de los músicos”, pero en mi caso accedía porque pertenecía a un diario generalista, “que aunque a veces cometen errores, por lo menos contratan a gente profesional, antes que a adolescentes con chaquetas de cuero, complexión débil y máquinas de escribir”. Uhmmm ¡Toda una clase de periodismo muy sui generis en varios minutos!

Y tras lo cual, no cesaron las sorpresas, si no las extravagancias, aunque, eso sí, siempre con una sonrisa llena de afabilidad, lo que fue el motivo básico para que yo persistiera en mi empeño en entrevistarle, antes que mandarle a freír espárragos, si de un hueso o un impertinente endiosado se hubiera tratado (en alguna ocasión, por cierto, no he tenido más remedio que hacerlo). Descalzo, mostrando sus nudillos rudos y su tez curtida de agricultor californiano de las montañas, donde vivía, sin perder tajo de la crepe y prácticamente mudo, me impidió darle al ‘rec’ de la grabadora y en su lugar agarró un puñado de servilletas en las que fue anotando lo que le parecía, viniera a cuento de mi pregunta o no. Una vez terminada la entrevista, releyó lo que había escrito y entonces me autorizó a publicar sus ‘reflexiones servilleteras’. Aún las guardo. Jamás me topé con surrealismo mayor, pero simpático.

No es cuestión de pormenorizar, pero entre otras cosas, después de negarse a firmar la hoja de autores, “porque falsean y yo no establezco listas de canciones”, aunque luego rectificó, me confesó que sentía especial devoción por Van Gogh y Goya –“¡condenado, cómo pintaba!”- aunque en su devocionario mayor figuraba en cabecera, obvio, la Velvet, grupo al que había llegado a ver en ¡70 ocasiones! y que en realidad fue el resorte que le impulsó a hacerse músico.

¿Y todo esto? Ya digo, por ‘Hospital’, canción del bostoniano, grabada en 1972 aunque publicada en 1976, dentro del primer álbum de The Modern Lovers, bajo la dirección de John Cale, y luego reabsorbida en discos y directos, que me ha tintineado estos días de encierro en el Servet de Zaragoza… Sí, ya sé que este no es un blog de confidencias personales, pero por los amigos a los que hace tiempo que no veo y por algunos lectores que me siguen desde hace tiempo, rompo normas y me tomo la licencia de revelar que durante quince días he estado recluido en el gran hospital zaragozano. Una operación de urgencia por oclusión intestinal ha sido la culpable de la reclusión…

¿Reclusión? Sí, claro. Y obligada. Pero muy asumible gracias al trato humano y profesional que he recibido por parte de todo el colectivo sanitario de la planta de Cirugía, desde el personal de limpieza a los médicos, desde el primer al último eslabón. No, por ser vos quien sois, que uno no es nada, claro, sino porque es norma de la casa. Lo cual es encomiable. Toda esta gente, ante la adversidad, como dice la hermosísima canción de Simon & Garfunkel, ‘Bridge Over Troubled Water’, ha sido mi puente de salvación para atravesar con más garantías el torrente de aguas bravas de la enfermedad. Que la Seguridad Social en España es el-gran-tesoro a preservar y mimar, lo demuestran profesionales como estos.

Entretanto, claro, he estado alejado del blog. Me quedé anclado en la última entrada de The Cavern, que tampoco hubiera estado mal, pero ahora ya es tiempo de retomar de nuevo la actividad en la medida que se pueda. Lo primero que he hecho ha sido leer los comentarios, siempre muy bien recibidos mientras no se recurra al insulto o a la puya personal, aunque a veces se produzcan desbarres un tanto extraños como los que ha dejado Suso en estos días de ausencia mía. Le daré réplica en la entrada correspondiente, donde tanto Brand Old Sound como Woodyalle se la han dado atinadamente, mas quiero dejar constancia aquí de mi perplejidad ante pensamientos tan pétreos en estos tiempos, máxime en un campo tan elástico y amplio como el de la música, donde el disfrute se puede encontrar en géneros tan dispares como la zarzuela, la música clásica, la ópera, el pop, el rock, el jazz, el blues, el folk, la psicodelia, la electrónica alemana, los cantautores urbanos, la experimentación…, por citar solo algunos de los géneros globales que rigen mis gustos y preferencias.

Pero, en fin, c’est la vie, que cantaba Chuck Berry y tantos otros. Nos vemos. Y, como colofón, unas piezas del simpático Jonathan Richman, presente en mi cerebro en estos quince días hospitalarios.

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The Cavern: viaje al inicio de la leyenda con The Vinylos (y III)

Llámale emoción más que morbo. Queda lo mejor: al día siguiente, lunes, The Vinilos tocan en el escenario original, el de toda la vida. Y ya sin prisas y sin los nervios del día anterior. La sesión empieza a las seis y cuarto de la tarde. Ellos tocan a las once menos cuarto de la noche. Y en la tanda están TBA Band (Florida), Lifeguard (UK), Paul McCann (Irlanda), Midland Railway (UK), Slyboots (Nueva York), Hijinx (Liverpool) y The Corridors (Londres). The Vinylos son los penúltimos.

La mañana la dedican a hacer las típicas compras de detalles beatlenianos y de ropa, que ellos cuidan mucho en el escenario. Esto es lo que palpan en su recorrido por calles y tiendas: “Se respira Beatles por todo Liverpool, pero también Hollies, Gerry and The Pacemakers, Animals, The Kinks, etc. Y grupos de los 80’s como China Crisis, OMD, A Flock of Seagulls (muy respetados allí porque son de Liverpool) y otros muchos artistas que han pasado por allí. Está muy explotado. The Beatles están por todos lados, y no es para menos. Pero la ciudad es muy bonita. La visita por los muelles, por el río…”.

En cuanto a la estrecha calle del Cavern, tan propalada en documentales y reportajes de época, aunque naturalmente hoy mucho más arreglada con respecto a la indigencia de hace sesenta años, explican: “Mathew St. es una calle pequeña y muy normal. Quizá hasta un poco cutre. Aunque la zona central de Liverpool, incluida esa calle, hoy en día es peatonal, muy turística y llena de comercios con ese fin orientados, el entorno tiene el glamour de ser lo que fue y nada más”. En uno de esos comercios, unos espectadores que la noche anterior han estado en el Cavern, los reconocen y les piden autógrafos.

Naturalmente hacen la típica ruta beatleniana por los lugares más unidos a la vida del cuarteto, un filón turístico que, al menos cuando yo mismo lo realicé en 1988, era bastante cutre: un autobús deteriorado y una casete en inglés sonando a lo largo del recorrido. Ellos tienen más suerte: “Antes del viaje, contactamos con una española, Carmen Villoria, que se dedica a hacer tours en Liverpool y nos preparó la ruta. Nos reservó un minibús en el que subimos siete personas y nos mostró en tres horas unos cuantos lugares importantes y significativos en la historia de The Beatles: las casas donde vivieron en aquella época, Penny Lane, Strawberry Field…, todo muy bien ilustrado”.

Al anochecer ya están de nuevo en The Cavern. Entran por la misma puerta del día anterior, que, por cierto, es la original. Un inciso: durante tiempo, quizá debido a una mala interpretación de una placa colocada en la fachada, como a mí me ocurrió, dio lugar a equívocos, colocándose la entrada original en la acera de enfrente, en el número donde se reconstruyó el segundo Cavern; pero, no, la entrada original es la del 10 de Mathew Street, la actual, quedando a la derecha viniendo de Johns St. A la izquierda, es decir, en la acera de enfrente, se ubica un pub, llamado The Cavern Pub, de los mismos dueños de Cavern Club, donde también dan conciertos más modestos aunque también funciona como restaurante, pero no tiene nada que ver con el Club, excepto el nombre y los dueños. Aclaración al margen para seguidores puntillosos de los Beatles.

Llegan con mayor tranquilidad y mucho más tiempo del marcado para poder inspeccionar todos los rincones de la vieja bodega y disfrutar de su glorioso pasado. Ahora hay más ilusión y morbo que nervios, aunque estos no faltan, debido al lugar donde van a actuar. La entrada tiene el mismo ritual de la noche anterior: acreditación, aunque más rápida porque ya les conocen, e inmersión escaleras abajo una noche más en la leyenda. Dan una vuelta por el local, observan con detenimiento la gran vitrina de memorabilia y el gran mural metálico. Se acercan también a una mesa en la que la organización expone discos y merchandising de los grupos participantes ese día.

La noche anterior, con las prisas, fue imposible hacerlo, pero hoy dejan unos discos a los encargados de la mesa que muestran su agrado al palpar el vinilo y ver su lustrosa portada. No caerá en saco roto: a lo largo de la noche venden todos los expuestos, algunos de ellos con sus firmas estampadas a petición de los compradores. Buena parte de la culpa de esta copiosa venta la tiene el mismo organizador, el ya familiar a estas alturas de la historia, David Bash, que, fascinado con el grupo, promociona el disco paseándose insistentemente por The Cavern con el LP en las manos, mostrándolo a los asistentes con una gran sonrisa de complicidad. La foto inferior habla por sí misma, con Bash exponiendo el disco.

Hecha la inspección por el viejo y nuevo Cavern, se dirigen a la nave lateral derecha del escenario principal. Dejan los instrumentos en el suelo y se colocan en la mesa más cercana al escenario, que divisan lateralmente a través de uno de los grandes arcos típicos, de medio punto y muy anchos, dado el gran peso que deben soportar, de The Cavern. En la pared, sobre la misma mesa que han ocupado, una placa y unas fotos recuerdan las 292 veces que tocaron los Beatles allí. La placa indica incluso que el día 3 de agosto de 1963 fue la última vez que el cuarteto, ya famosísimo en Inglaterra, tocó allí (véase el detalle en la foto).

Toman tranquilamente una cerveza mientras toca un veteranísimo cuarteto del mismo Mersyside, Hijinx. Detrás van ellos. Esperan que acaben, pero ya con cierto mariposeo en el estómago… Final de los paisanos de los Beatles, recogen y los canarios suben directamente al escenario. Aquí no hay camerino. ¡Por fin pisan el teatro de sus sueños! La sensación de pisar su suelo y de verse enmarcados en la conocida bóveda de ladrillos con la pared trasera llena de las pintadas con los nombres de los principales grupos que han pasado por allí, les llena de emoción. Sonia: “Subir allí, pisar donde pisaron todas aquellas leyendas, tener la misma visión que tuvieron, sentir todo eso, es indescriptible. Cada ladrillo de aquellos está lleno de las mejores vibraciones que la música del Mersey Beat ha dado. El escenario está acordonado, no dejando subir a nadie ni siquiera a hacerse fotos, a no ser que seas del grupo que va a tocar esa noche. Algo que se entiende, porque dada la afluencia de público que siempre tiene, y lo fanáticos que son muchos de ellos, se llevarían hasta los ladrillos…”.

Van vestidos elegantemente. Abren las fundas de los instrumentos y repiten los mismos preparativos de la noche anterior, con cierto nerviosismo y con celeridad porque saben que de un momento a otro el técnico les va a pedir acción. En efecto. ¡Tres minutos de prueba! El técnico de sonido es, aún si cabe, más profesional, según aprecian. Esta vez, Sebastián no tiene que pelearse con la afinación de cuerda alguna de su guitarra Rickenbacker roja, como la que usaba Harrison y Lennon. Suena perfecta. Como él, se ha acoplado a la ilusión que le depara Liverpool. Pero también llevan un bajo Hofner como el mítico de McCartney. Es un guiño a los Beatles en su cuna de nacimiento, sí, pero es el material instrumental que usan habitualmente. Aunque la cercanía al cuarteto lo proporciona y subraya aún más el propio equipo técnico de la sala. La batería es clavada a la de Ringo, y más significativo aún son los amplis: ¡‘Vox de válvulas, cables y colocados en la trasera de cada cual! Como en los viejos tiempos y como los mismos Beatles. Mantenimiento de esencias en su mayor pureza. Una borrachera de nostalgia.

“Nos gusta cuidar la imagen. Nos gusta la música de esa década maravillosa de los 60’s. Nos gusta tratar al público con respeto, no sólo en lo musical, sino en lo que es el espectáculo. Y aunque el rock es, por naturaleza, una trasgresión, y así nació, hoy en día y aunque parezca mentira, se trasgrede más yendo vestido con las normas estéticas de aquella época que con camiseta, pantalones cortos y chanclas… Por esa razón siempre nos presentamos así, no solo en The Cavern sino en cualquier escenario: Berlín, Barcelona, Madrid… Pero sí es cierto que también nos sirve de guiño a The Beatles en The Cavern. Ya lo creo que nos sirve”, apuntala Sebastián.

Sube David Bash al escenario. Los presenta diciendo que vienen de uno de los lugares más bonitos y cálidos del mundo y que suenan de maravilla. No miente en nada: de las bondades turísticas de Canarias para qué contar, y del sonido y las canciones ellos mismos se encargan de corroborarlo. Suenan de nuevo e impecablemente las canciones del LP, con sus canciones propias y el aire sixties que le imprimen y esas versiones del libro de oro del pop internacional. Esta vez no hay el menor desafine. “El concierto es un verdadero éxito”, afirman ellos mismos. “El público, con el anterior grupo, está más en el Back Stage que en este escenario, quizá por el tipo de música que hacían. Lo cierto es que empezamos a tocar y se llenó la sala. Se vació el otro escenario y se llenó el nuestro. Vemos entre el público a unas cuantas personas que nos han reconocido esa misma mañana en una tienda mientras comprábamos ropa, e incluso componentes de otros grupos que habían tocado a lo largo de la tarde, como el grupo femenino Slyboots, que luego vendrían a saludarnos, diciéndonos que nos seguían a través de las redes sociales y que le gusta mucho The Vinylos”.

Aun cuando el factor sixties cuenta mucho a la hora de que llegue una invitación del IPO y aun cuando el peso de los Beatles sea demoledor en un lugar donde nació la leyenda más grande la historia de la música pop, ningún grupo está obligado a tocar canciones de los Fab Four. Tiene libertad plena para acometer su repertorio. Es lo que hace The Vinylos, aunque para el final dejan la versión de la vigorosa ‘Run For Your Life’, que cerraba ‘Rubber Soul’ y también el álbum de los canarios. La canción, bien lo saben los beatlenianos, aunque compuesta básicamente por Lennon, era la más odiada por este de todo el repertorio del cuarteto. El explícito mensaje malvado y machista que destilaba, según manifestó el propio McCartney, que tampoco le tenía especial simpatía a la canción aunque Harrison, sin embargo, la adoraba, era la causa de ese odio. Cómo no, con lo que decía: “Well I’d rather see you dead, little girl / Than to be with another man”, empezaba, concluyendo con la estrofa mayor: “You better run for your life if you can, little girl / Hide your head in the sand little girl / Catch you with another man / That’s the end’a little girl”. (Prefiero verte muerta, pequeña a que estés con otro hombre… Mejor corre a salvar tu vida, pequeña, esconde tu cabeza en la arena, pequeña, te pillo con otro hombre y es el fin, pequeña). En estos tiempos hubiera sido objeto de repulsa y juicio sumarísimo.

“Allí puedes tocar lo que quieras”, comenta Sonia, “al menos en nuestro caso”. “Tocamos nuestro repertorio, prácticamente la presentación de nuestro último disco, pero de todas maneras nos curamos en salud tocando ‘Run For Your Life’. Hacerlo resultó muy gratificante tanto para nosotros como para el público”. No hay duda de esa gratificación y del éxito. Qué más elocuencia: el público pide más, y de nuevo mirada a David Bash, quien asiente. Pero en esta ocasión, en vez de un bis hacen dos, excediéndose unos cuantos minutos más de lo establecido. Sin problemas, al contrario: el mismo Bash también corea junto con el público ¡¡¡otra, otra, otra!!!!

El asombro es mayúsculo. “El público es muy caluroso”, sentencia Sonia. “Nos agasaja, nos aplaude, nos pide otra…, quién podía imaginarlo. Nosotros fuimos con eso de que “quizá no nos conocen mucho”, “no nos harán mucho caso”…, pero para nuestra sorpresa ocurre lo contrario. Incluso nos encontramos con que nos conocían y nos seguían por las redes… y hasta nos reconocen en una tienda y nos piden autógrafos y las clásicas fotos… Inimaginable”.

Sebastián, marido, por cierto, de Sonia, es partícipe de ese asombro. También de las vibrantes sensaciones que produce el subirse al escenario más emblemático e histórico que hoy existe en el mundo del pop. “En ese momento, mientras transcurre el concierto, mientras toco cada nota de mi guitarra, no quiero distraerme de saber dónde estoy pisando y quién había estado allí antes, observando cada ladrillo de los que me rodean, pensando cuánta música ha sonado allí y quienes han estado allí primero. El concierto es aún más satisfactorio que el anterior. Podría añadir más adjetivos a estas palabras, pero no serían precisos. No puedo decir nada más de lo que vivo allí. Sólo, y es una confesión muy personal, que estando allí me doy cuenta, soy consciente de que estamos haciendo algo importante. Y esto lo dice alguien que ya peina canas y que, como más de uno sabe, he hecho unas cuantas cosas importantes en la vida y he desempeñado varios trabajos…”.

Termina el concierto, recogen para que pase el último grupo, The Corridors, y se relajan. Brindan entre abrazos y felicitaciones mientras de vez en cuando se le acercan aficionados para que les firmen el disco, les den un autógrafo o se hagan una foto con ellos. Esperan a que acabe la actuación de los londinenses y se dan otro nuevo paseo ante la gran vitrina y las paredes con fotos y recuerdos de diversos grupos y artistas famosos que han pasado por The Cavern, mas ante la señal de que iban a cerrar comienza la retirada. Hacen las últimas fotos y con el alma plena de gozo por lo vivido, suben las escaleras negras, les saluda el encargado de las acreditaciones, les felicita un mismo encargado de seguridad, y con los instrumentos en mano ¡emergen a la realidad!

Se despiden de John, de la estatua de fuera, claro, se hacen unas fotos y le prometen que volverán. Sonia también se despide, con foto incluida, de la estatua de la gran Cilla Black, natural de Liverpool y fallecida en Estepona en 2015, tan unida a los Beatles y a The Cavern y tan famosa a raíz de su éxito mundial con ‘Anyone Who Had A Heart’. Cargan los instrumentos, van a comer algo, vuelven al hotel y al día siguiente emprenden el camino de vuelta a Tenerife.

El sueño se ha cumplido. Regresan cansados y con la cabeza bombardeándoles el cúmulo de sensaciones que han vivido. Piden tiempo mental para asimilarlo. No solo han pisado el templo donde se inició la leyenda sino que hasta han tenido la posibilidad de vivir las mismas sensaciones, durante poco más de media hora y en el mismo escenario donde las vivieron y se fajaron unos de sus mayores héroes musicales. Cualquiera no lo puede hacer. Incluso, ni pagando. La lista de espera es desesperante, dicen. Sebastián asegura que no despertó de este sueño días más tarde, si es que aún no sigue soñando. “El tiempo será el que dé la importancia y relevancia de este hecho en nuestras vidas, en nuestra música. Por mi parte ya lo está haciendo”. Volvamos a parafrasear a Paulo Coelho: sí, hay sueños que hacen la vida no solo interesante sino excelsa, incluso irrepetible y maravillosa.


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The Cavern: viaje al inicio de la leyenda beatle con The Vinylos (II)

Van raudos, en línea recta, camino del Live Lounge… Es, digamos, un largo pasillo que, después de hundirse en el subsuelo, corre recto y a la derecha hasta el fondo, donde está el escenario, y tras él el camerino. Los cuatro ‘vinylos’ dejan atrás, a su izquierda, una gran vitrina llena de memorabilia a la venta – chapas, pegatinas, púas de guitarra, pequeñas libretas…- de The Cavern más que de los Beatles, que reservan para las tiendas de Mathew Street. ¿Deportividad comercial? Frente a esta vitrina, dejan también, a su derecha, un gran mural en relieve metálico con las caras del cuarteto. Son las diez y media de la noche y ellos tienen que tocar a las once. Van con las palpitaciones a mil. No hay posibilidad de escudriñar nada de lo que encuentran a su paso. Su objetivo es llegar cuanto antes al camerino. Hasta el día siguiente no hay tiempo de examinar minuciosamente la vitrina y el mural.

Los nervios sufren una repentina y agradable dilatación cuando el mismo David Bash los otea y sale a su paso, pidiéndoles calma. Les indica que el tiempo es justo pero suficiente y los lleva directamente al camerino, que enseguida se convierte en una especie de camarote de los hermanos Marx. Por el suelo se esparcen las fundas de los instrumentos, ropas y enseres varios de The Jeremy Band, el grupo previo, que está tocando y a punto de finalizar (un hueso duro de roer, por cierto, con sus sesenta álbumes publicados). Además, hay un perchero, un dispensador de agua, un par de sillones y una mesa. Justito todo de espacio. Y otra pequeña distensión de nervios: Bash les revela que uno de los músicos, Óscar, miembro de los madrileños The Seasongs que está en el escenario haciendo de refuerzo con The Jeremy Band, se ha ofrecido a prestar su guitarra si era necesario. Igualmente lo ha hecho el bajista. Agradecen el detalle de todo corazón. Un pequeño salvavidas en medio de la tormenta. Aunque no se sorprenden: Óscar es amigo y está al corriente de la adversidad de sus colegas canarios.

El camarote se aprieta más cuando ellos desenfundan las guitarras y dejan en el suelo las fundas y los maletines que transportan. Se acurrucan como pueden en un rincón e intentan afinar instrumentos. Ardua tarea porque, tras un viaje, desde Canarias a Liverpool, las cuerdas de la guitarra, bien lo saben los músicos, han perdido su temple, y necesitan tonificarse. Mas tan apenas es posible. Jeremy Band ya ha terminado su actuación y está recogiendo sus instrumentos: los Vinylos tienen 15 minutos para montar los suyos en el escenario y empezar a tocar. Sebastián se ha quedado sin afinar una cuerda.

Pisan tablas como zombies. Nunca jamás se habían visto en otra similar, y llevan más de un lustro de correrías. Antonio coloca los platillos de la batería, pone los tambores a la distancia adecuada y afina mínimamente. Miguel conecta el cable del ampli y trata de conocer un poco el ampli multiusos para todos los grupos. Sonia prepara la pandereta y la distribución de los micrófonos y Sebastián conecta el cable de la guitarra, trata de averiguar el sonido y mandos del ampli, coloca su pedalera de efectos, se pelea con la cuerda sin afinar… Es la primera vez que le ha ocurrido en su vida antes de salir al escenario. Mas no hay tiempo: repentinamente, el técnico de sonido pide a Antonio que haga unos breves toques de batería, lo mismo, a continuación, a Miguel con el bajo y luego la guitarra y las voces. “O. K.”, exclama el técnico ¡Tres minutos de prueba! Entra David Bash en el escenario, los presenta y ¡pim, pam pum, fuego! Arrancan con la primera canción. Curiosamente, pese a la brevedad de la prueba, el sonido es impecable. “Esto demuestra –hace notar Sebastián- lo profesionales que son y que exigen que seas tú. No se pueden permitir licencias del tipo ‘espera un poco’, ‘no me oigo bien’, ‘¿podrías subir más el bajo que no lo oigo?’… nada, todo suena a la perfección…”

El espacio del Live Lounge es mucho más grande que el original, el Front Stage, y con mejores condiciones y comodidades. Aparte del camerino, hay mesas y taburetes para sentarse a tomar copas y comer mientras se escucha a los grupos. A la izquierda del escenario queda una amplia barra y los baños. “El local es grande, espacioso y muy cómodo”, dice Sonia. “Incluso es más alto de techo que el original, lo que permite colocar pantallas donde se refleja lo que acontece en el escenario, pero conservando la estética del original”, remarca la cantante.

Mucho lujo en comparación con las rústicas instalaciones del Cavern original, aunque ellos no estén para contemplar abalorios y comodidades sino para dedicarse a su tarea: tocar lo mejor posible. Algo que consiguen por una suerte de licantropía musical. Van cargados de nervios pero sobre todo, a estas horas, de cansancio y agotamiento por la jornada tan dislocada que les ha tocado vivir, mas enseguida llega espontáneamente el reconstituyente transformador. “Lo que ocurre –apunta Sebastián- es que una vez que pisamos el escenario, sea el de The Cavern o el de cualquier otro lugar, y aunque esté mal decirlo por mi parte, nos transformamos, hasta el punto de que cuando suena la primera nota de nuestros conciertos, veo transformarse, literalmente, a mis compañeros, en otros seres… No es broma, ni son alucinaciones, es lo que nos ocurre”. Emocionante forma de vivir la música.

¿The Cavern original? Sí. Porque este está completamente reformado y ampliado aunque conserve las esencias del primigenio. El viejo se cerró el 2 de noviembre de 1972, tras una última actuación, la de Suzie Quatro, que entonces triunfaba en el mundo con ‘Can The Can’ y su estética glam de cuero. Los ferrocarriles británicos habían obligado al cierre: en la vieja bodega debía construirse un gran respiradero, al modo del metro neoyorkino. Afortunadamente a sus dueños se les ocurrió la idea de levantar un nuevo Cavern en la acera de enfrente, en concreto en los números 7 y 15 de Mathew Street. Sabían que habían enterrado un pedazo de la historia, por lo que su aflicción se convirtió en memorialismo sentimental: levantaron un nuevo Cavern lo más similar posible al original. Incluso trasladaron de manera impecable el letrero rojo y amarillo original de la entrada.

Los bulldozers demuelen el edificio del antiguo The Cavern, en junio de 1973, y convierten el espacio en un solar, que con el tiempo queda abandonado y después se convierte en aparcamiento. En el subsuelo yace la leyenda. Y el ferrocarril británico no construye el respiradero… La muerte de Lennon, la memorabilia (decenas de viejos ladrillos se venden a cinco libras la pieza) y las visitas turísticas a la entrada del viejo local alientan otra nueva reconstrucción de The Cavern. La tarea es ardua –los arcos enterrados no resisten- y burocráticamente muy complicada, pero el nuevo propietario, el veterano futbolista del Liverpool, Tommy Smith, junto con otro socio, se empecinan en la aventura. Consiguen permisos y licencias, invierten mucho dinero y buscan sobre todo el mayor grado de fidelidad al original, lo que consiguen, aprovechando y restaurando, en una minuciosa labor de arqueología clásica, los más de 15.000 ladrillos que aún guarda el enterramiento.

Una proeza. El 25 de agosto de 1985, con un festival de tributo a The Beatles, el viejo Cavern abre de nuevo sus puertas, pero ampliado. Se ha conseguido aprovechar un 80% de la vieja bodega y además, al comprar el local anexo del número 8, junto al viejo escenario aparece otro nuevo con capacidad para cerca de dos mil personas, el mentado Live Lounge o Back Stage.

Es ahí, donde 27 años después de la reconstrucción, y tras el ajetreo y las prisas, están The Vinylos abordando su repertorio incluido básicamente en su LP. El aforo, al completo. “El festival y los grupos se anunció con meses de antelación y mucho público va por ese motivo. Pero a eso hay que sumarle los que van incondicionalmente, sin saber quién toca o no, bien porque son fanáticos del lugar o sencillamente turistas que van a ver The Cavern”, señala Sonia.

Disimuladamente, mientras la actuación transcurre con normalidad y el público aplaude e incluso corea alguna de las canciones, Sebastián termina de afinar la dichosa cuerda. Ha caído casi al completo la docena de canciones del LP, cumpliendo los treinta minutos estipulados a rajatabla por la organización, pero, ¡sorpresa!, el público pide otra más, algo que no ha ocurrido, por ejemplo, con los americanos The Jeremy Band, grupo asentado aunque figure en la cosecha de ‘prometedores’ del IPO. No saben qué hacer, miran al organizador y este asiente con la cabeza. ¡Otra canción más de propina! No es lo habitual. “La verdad es que el público se entregó”, evoca Sebastián ya desde su domicilio canario. “La gente estuvo pendiente del concierto en todo instante, y luego, al terminar, muchos asistentes se acercaron para felicitarnos”.

Su asombro es mayor cuando el mismo organizador entra en el camerino también para felicitarles. David Bash tiene ya el cerebro pelado de ver grupos en los numerosos IPO que ha organizado. No debe fascinarse por muchos de ellos, pero parece que no atiende al típico modelo de promotor, más pendiente del ‘negocio’ que de la música. Él es un fan más y sigue a todos los grupos a pie de escenario. Y con The Vinylos se queda encantado. La muestra de su fascinación se volverá a repetir al día siguiente.

Recogen, salen del camerino, se meten entre el público para ver el grupo siguiente mientras no paran de recibir felicitaciones, brindan y, como ellos dicen, “nos regocijamos en lo vivido”. Ufff!, por fin, acaban los agobios, los nervios y las carreras del día más tenso de su vida sobre un escenario. Prácticamente han cerrado una larga jornada que había iniciado a las doce y media de la mañana el grupo valenciano Serie B y al que siguieron los sevillanos José Cas y la Pistola de Papa, los madrileños The Seasongs, The Harriets (Leeds), Bad Mood (Liverpool), David Sayle (Liverpool), Rogue Frecuency (Manchester), Kyle Parry (Gales), Luck, Now (Mantova), Patersani (Glasgow), Escapade (Leicester), Kascarade (Bradford), Split Sofa (Doveridge, UK), Luke Gallagher (Wrexham, UK) y The Jeremy Band (USA). Ellos tocan, como se ha dicho, a las once de la noche, cerrando Dave Rave & Hailee Rose (Nueva York) a las doce y media en punto. Todos han dispuesto de su media hora en el escenario, salvo la propina de The Vinylos. La organización ha sido perfecta y las atenciones impecables: “Son muy profesionales, lo tienen todo medido”, afirman. La torre de Babel, ni qué decir cómo bulle. Vuelven al hotel “con la tranquilidad del deber cumplido y con ganas de más, pero con la tranquilidad de que nos quedaba otra noche, otro concierto en The Cavern, pero, aún si cabe, con más morbo…”.

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Little Steven, inyectado de ‘springsteenina’

He sentido ternura y estupor escuchando ‘Soulfire’, la nueva y reciente entrega de Little Steven. Lo primero, viendo encanarse al discípulo para seguir los pasos del viejo amigo y maestro; lo segundo, oyendo cómo esos pasos rayaban en la fotocopia descarada.

Un comentarista de El País digital, Fernando Navarro, ha escrito que este era el disco que tenía que grabar Springsteen en la actualidad, y a renglón seguido le metía un zasca de aúpa por haberse difuminado, por decirlo fino, en los últimos años. Una aseveración así demuestra una inopia supina del repertorio springsteeniano, impropia de alguien que dice caminar por ‘la ruta americana’.

Ya lo ha dicho, muy bien dicho, por cierto, en este blog, un lector y fiel seguidor del Boss, Noel, quien sentenció que si hoy Springsteen hace un disco de esta guisa lo encorren a gorrazos. Estoy plenamente de acuerdo con Noel. Sería escarbar en discos pasados, tanto en los oficiales como en los que se dejó en la guantera, para llenar un nuevo disco que de nuevo no tendría nada y de repetitivo todo.

Basta con detenerse en algunas de las canciones de ‘Soulfire’, sin profundizar en exceso. ‘Blues Is My Bussines’ es, pese al título, soul. ¿Y qué era si no el archiconocido e incendiario ‘Tenth Avenue Freeze-Out’? ¿Y ‘I’m Coming Back’ y ‘Love On The Wrong Side Of Town? Resabios ‘Rendez-Vous’ por doquier. Y parémonos en la melosa baladita ‘The City Weeps Tonight’: ¿a estas alturas en un disco de Springsteen? Si precisamente tiró a la papelera el azucarado sonido ‘high-school’ mientras andaba enfrascado en el tormentoso ‘Darkness On The Edge Of Town’ (luego, por cierto, rescataría algunas de aquellas piezas en el disco ‘The Promise’ que acompañó a la reedición del citado ‘Darkness’). ‘I Saw The Light’ va más o menos tras los pasos de ‘Night’ y, si no, huele a Springsteen añejo que atufa. Lo mismo ocurre con ‘Some Things Just Don’t Change’ y su imagen en ‘My City In Ruins’ y ‘The Rising’. Y ‘Soulfire’ lleva en las tripas ‘Tunnel Of Love’.

Luego, hay una licencia –‘Down And Out Of New York City’- sacada del catálogo Blaxploitation, y más concretamente del Isaac Hayes de ‘Shaft’, que nada tiene que ver ni con Springsteen ni con el mismo Steven. Mucho menos ‘Standing In The Line Of Fire’ y su trote vaquero a lo Morricone. Licencias distintivas y separadoras del mundo springsteeniano, pero no nuevas, que se patentaron en los setenta y sesenta respectivamente. Licencias también incomprensibles, y por demás en un disco como este.

Ello no obvia para que esta nueva entrega del viejo amigo (ya militó con Springsteen en Steel Mill), consejero y co-productor suyo en algunos de sus álbumes se escuche con mucho agrado. Steven se parapeta en un cálido muro de canciones con sabor a clasicismo. Las enhebra muy bien, las viste mejor con abundancia de metales y coros femeninos, las satina con cuerdas esporádicas, les da calor, las suda… y las canta peor, claro, que su jefe.

Si se mira por el lado amable, resulta tierna esta dosis de ‘springsteenina’ inyectada por vía intravenosa, que quizá podría traducirse tanto en gesto de admiración como de reconocimiento de que se vive muy bien al ladito de quien ejerce como artista mayor y le paga la soldada. Mas, si se mira por el lado más crítico, produce estupor semejante ejercicio de parasitismo, de chuparle la sangre al jefe. Máxime cuando el propio Steven es un experto en sonidos garajeros (ahí está su programa de radio que llega incluso a España, vía Rock FM), y lo mismo en rock clásico y punk, es decir, tiene su mundo propio y vasto donde inspirarse y sacar obras más nutritivas y menos evidentes como ‘Soulfire’. Ya lo hizo, por cierto, en 1999 con el vehemente ‘Born Again Savage’.

En definitiva, que Springsteen, lo reconozco y así ha quedado escrito en su momento en el Heraldo, ha dado algún que otro traspiés en este milenio (de antes no le niego nada, pero absolutamente nada), mas de ahí a afirmar que este es el disco (el de su paisa Steven) que tenía que haber grabado va un trecho. Vamos, que iban a faltar gorras para encorrerlo.

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The Cavern: viaje al inicio de la leyenda beatle con The Vinylos (I)

Los Beatles, como a tantos jóvenes del mundo, alimentaron su infancia y su adolescencia musical. También sus propias canciones cuando decidieron formar un grupo pop en los inicios de esta década en su Tenerife natal. Son The Vinylos: Sonia González (cantante), Sebastián Suárez (guitarra), Miguel Molina (bajo) y Antonio Sosa (batería). Han grabado un EP en 2013 y en 2016 debutan con un disco largo en el que lucen su habilidad para encarar viejas versiones beat y garajeras (loor a quien tiene el buen criterio y gusto para elegir la deliciosa ‘Why Do I Cry’, de The Remains, eso ya es un sello de garantía), pero también lucen un pulso insólito para componer e interpretar canciones propias con resabios sesenteros.

“Uno de esos inesperados brotes que le salen al árbol del pop español. Y desde la misma raíz”, escribo en Heraldo el verano pasado, en alusión a su pericia para amalgamar viejos géneros. “Tenerife tiene seguro de pop”, concluyo, admirado por las atinadas canciones que encierra el disco, por su ejecución, por la insólita presencia de una chica rubia, no alardeando su belleza, como hace cualquier diva jovencita de hoy, sino su dominio de los resortes para mover aquellos géneros musicales, y finalmente por la hermosa carpeta, que me trae a la memoria el negro stoniano pero también la imagen velvetiana de Sonia a lo Nico.

Les va bien. En su Tenerife natal no paran de actuar e incluso, con las dificultades de salir de la isla, saltan a la península y actúan en festivales mods barceloneses y hasta llegan a Berlín. No es una banda, digamos profesional, en el sentido de vivir de sus canciones, cada cual tiene su trabajo, pero miman y trabajan al grupo con pasión desmedida. Los cuatro respiran con él, se divierten, hacen amigos… y fabrican su catálogo de sueños.

No muchos, es cierto, porque tienen los pies en el suelo. O sea, que nada de ‘superventas’, estadios y esas grandezas con las que sueñan muchos jóvenes cuando se ven por vez primera con una guitarra en las manos. Entre esos pocos sueños, uno accesible: visitar un día la ciudad de los Beatles. “La posibilidad de realizar un sueño es lo que hace que la vida sea interesante”, escribió el brasileño Paulo Coelho. Lo que no podían pensar es que ese sueño no solo se va a cumplir, haciéndoles la vida interesante, sino que se va a agrandar hasta convertirla en excelsa: a principios de este año, coincidiendo con el sesenta aniversario de The Cavern, el origen de la leyenda beatle, les llegó una invitación para tocar en el icónico lugar.

No salían de su asombro. “David Bash, organizador del ‘International Pop Overthrow, IPO Liverpool’, contactó con nosotros y nos propuso participar en este festival”, cuentan, todavía con la sombra de la sorpresa revoloteando en su rostro y en su pensamiento. Tocar en tan emblemático lugar no es fácil, y menos con invitación. Hay centenares de peticiones de todo el mundo para hacerlo y largas listas de espera, porque eso es como bautizarse en las aguas del Jordán beatleniano, y no cobrando una sola libra, sino al contrario, debiendo abonar previamente una cantidad.

Pero a Mr. Bash le ha encantado su álbum, que ni ellos mismos saben cómo ha llegado a sus manos, y los incluye en la agenda del festival. EL ‘IPO’, como familiarmente se le denomina, es un festival itinerante que se celebra durante uno o varios días en diversas ciudades del mundo, principalmente en Los Angeles, donde nació hace veinte años, y en el Cavern de Liverpool, donde este año cumple sus tres lustros. Participan de 25 a 180 grupos, según días de duración y ciudad, y su objetivo es promover nuevas bandas de pop con esencias sixties. Y ahí están The Vinylos, no ya unos jovencitos, porque no se mira el carnet de identidad sino la identidad sesentera.

El de Liverpool dura este año, ni más ni menos, que ocho días, del 16 al 23 de mayo. Cuenta con más de un centenar de grupos invitados de todo el planeta, que se van sucediendo, en largas sesiones que suelen arrancar a mediodía y terminan a medianoche, tanto en el escenario principal, el mítico, el original (donde, tal y como recordó Paul McCartney en diciembre de 1999 ante su vuelta al lugar para celebrar la llegada del nuevo milenio, “se forjaron” los Beatles) como en el añadido nuevo, el llamado Live Lounge o también Back Stage, así como en el Cavern Pub, ubicado en la acera de enfrente del original. Una maratón de música incesante y una babel de grupos de medio mundo. Y siempre a rebosar los tres locales.

Los cuatro ‘vinylos’, acompañados de algunos amigos y familiares, entre ellos el excelente pintor pop zaragozano José Emilio López, que fue quien me descubrió a este elegante grupo tinerfeño, vuelan a Madrid y después a Manchester para continuar en tren hasta Liverpool. Su debut es el domingo día 21 en el Back Stage. Los nervios se los comen, no ya por la experiencia que van a vivir, sino porque el día anterior la guitarra y el bajo se quedan… en Madrid. Las faenas, por no definirlas de manera más contundente, de los aviones y las compañías. En el aeropuerto de Manchester les prometen que al día siguiente, antes de la una del mediodía, tendrán los instrumentos en el hotel, pero la promesa no se cumple. Son las cinco y media de la misma tarde de la actuación y no han llegado. Los nervios se desatan. La actuación es a las once de la noche. El esfuerzo está a punto de convertirse en vano, y lo que es peor, el sueño a punto de saltar por los aires. No sirven las llamadas, las gestiones no fructifican, nadie les da una respuesta segura y satisfactoria. Ante lo cual, toman la presurosa determinación de viajar al aeropuerto de Manchester y averiguar qué ha sido de la guitarra y el bajo. Se la juegan a cara o cruz. Una hora de ida y otra de vuelta y puede que no solo no lleguen a tiempo sino que vuelvan de vacío. Pero no encuentran, ni se les ocurre, otra solución.

Miguel y Sebastián cogen un tren en torno a las siete de la tarde. Llegan al aeropuerto sobre las ocho y justo en ese momento, Antonio, el batería, les llama y les comunica que acaban de recibir los instrumentos en el hotel de Liverpool. Carreras precipitadas por el aeropuerto y la estación de Manchester, al modo de los Beatles huyendo de sus agresivos fans en ‘Qué noche la de aquel día’… En torno a las diez están de nuevo en Liverpool. Tienen que cambiarse en el hotel, vestirse con una elegancia sixty que ellos cuidan mucho, trasladarse a The Cavern, pasar el ‘checkpoint’, llegar al camerino y a las once en punto estar en el escenario. Ni cenan. ¡Qué nervios! Están a punto de estallar como una bomba sin espoleta…

The Cavern ha cumplido este año su sesenta aniversario. Abrió en enero de 1957 de la mano de un empresario, Alan Stytner, que había viajado a París y se había quedado fascinado con los clubs de jazz ubicados en viejos sótanos, en concreto de Le Caveau De La Huchette. Así que cuando volvió a Liverpool buscó un lugar donde poder ‘clonarlo’ y ofrecer música en directo. En la céntrica y estrecha calle Matthew Street, en el número 10, dio con un viejo almacén subterráneo que, según la leyenda negra, había servido en el siglo XVIII como lugar de reclusión de los esclavos africanos en su criminal periplo hacia Estados Unidos, leyenda que Spencer Leight, en su documentado libro ‘The Cavern Club: The Rise of The Beatles and Merseybeat’ (2015) ni asegura ni niega porque no ha encontrado datos fehacientes. Lo que sí es cierto es que sirvió de almacén de grano y alimentos y después de bodega. En la segunda Guerra Mundial hizo también de refugio antiaéreo.

Styner lo reconvirtió en club musical con gran éxito, pero solo para artistas de jazz, blues y, como mucho, para conjuntos de skiffle, música muy sencilla, tocada con guitarras acústicas y banjos e instrumentos caseros, desde cazos a tablas de lavar, incluso peines, cajas y palos de escoba, que entonces, por socorrida y barata, estaba de moda en Liverpool. Ringo Star fue precisamente el primero en actuar allí dentro del Eddie Clayton Skiffle Group. Lo hizo el 31 de julio del 57. Al mes siguiente, el 7 de agosto, lo hacía John Lennon con The Quarry Men Skiffle Group. Paul McCartney, que se había unido a los Quarry Men en octubre del 57, pisaba por vez primera el escenario de The Cavern el 28 de enero del 58.

Quién diría que el destino iba a llevar a la gloria a aquellos tres mozalbetes sin otras ansias que divertirse. El 9 de febrero de 1961, ya reunidos en The Beatles, tras sudar, machacarse y vérselas con gentes de malvivir en los clubes de Hamburgo, actúan por vez primera en The Cavern. Uno de los recuerdos que más clavados tiene MacCartney de aquella primera vez fue lo que costó tocar allí: no había manera de que les contrataran, pero se convirtieron en martillo percutor y a base de insistir e insistir… Entonces Pete Best se ocupaba de la batería (después lo largarían por petición de George Martin), y había un quinto miembro al bajo, Stuart Sutcliffe, atormentado y difícil, pero dotado músico que ayudó mucho a modelar el grupo, y más su novia alemana, Astrid Kirchherr, inventora de los peinados a tazón. Salió del grupo en aquel mismo 1961, tras quedarse en Hamburgo para desarrollar su carrera como pintor, muriendo al año siguiente. La película ‘Backbeat’, de 1993, cuenta emotivamente su historia.

Desde aquella primera noche hasta el 3 de agosto de 1963, en que acabaron sus actuaciones en el mítico local, los Beatles tocaron en la vieja bodega unas trescientas veces, según el citado Spencer Leight (292 para ser exactos, según la web de The Cavern). Cuando la abandonaron ya la habían convertido en un lugar para la historia: eran famosos en Inglaterra y media Europa y estaban a punto de conquistar Estados Unidos.

The Vinylos llegan a The Cavern, guitarras en mano y asmáticos perdidos por los nervios y el ajetreado viaje a Manchester. Bajan a toda prisa la escalera forrada de ladrillo pintado de negro. Ahora es menos angosta que en su origen. No agobia, pero hay que sumergirse en el fondo de la tierra a cuatro pisos con sus descansillos correspondientes en los que se incrustan grandes letreros con el nombre de The Cavern en forma curvada cubriendo como un paraguas el nombre de la ciudad, Liverpool. “The most famous club in the world”. Es la señal inequívoca de que están pisando suelo histórico, insigne.

En las paredes saltan a sus ojos fotos enmarcadas en cristal de algunas de las leyendas que han tocado allí en tiempos pretéritos. No hay tiempo para degustar estos jugosos detalles que destilan gloria. El reloj apremia. Descienden hasta el último piso, giran a la izquierda y, ¡bumba! se dan de bruces, allá al fondo de una no muy larga nave, con arcos laterales y flanqueada por otras dos, con el mítico escenario, aquella bóveda estrecha y maloliente, contruida sobre el nivel freático, en la que Lennon y compañía empezaron a escribir su historia personal y la de la música pop mundial. No hay espacio mental ni para glorificaciones ni para pensamientos fetichistas. La prisa les obliga a correr, pero el sobresalto emocional es impactante. ¡Están pisando la Altamira del Pop!

Van raudos, en línea recta, camino del Live Lounge…

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Penguin Cafe Orchestra, la amorosa herencia de padre a hijo

Ya no es lo mismo; aunque los caminos, si no son convergentes, sí son paralelos y muy próximos. En 1997 murió Simon Jeffes, fundador y alma mater de la ensoñadora Penguin Cafe Orchestra, a la que tuvimos, por cierto, en dos ocasiones en Zaragoza, y una década después de su fallecimiento, su hijo Artur Jeffes decidió retomar el trabajo de su padre y con el nombre acortado a Penguin Café se lanzó a los discos y a la carretera. Ahora, precisamente, acaba de publicar su tercer disco,’The Imperfect Sea’, que es una hermosa colección de piezas sensibles…

Pero ineluctablemente, al menos en mi memoria, sigue pesando mucho el nombre del padre y aquellos preciosos ocho álbumes que sirvió desde 1976 a 1999, con parada especial, a mi gusto, en ‘When In Rome’, que reflejaba con un estilismo y una finura superiores lo que era aquella orquesta en directo. Una orquesta mágica, entre la realidad y la ficción, como los hombres pingüino que ilustraban las carpetas de sus discos, que fabricaba una música fascinante sin fronteras delimitantes que le permitían desbordarse lo mismo por las laderas del pop que por las de la música clásica, la latinoamericana, el jazz, el rock’n’roll, la new age o el minimalismo.

La Penguin vino por vez primera a Zaragoza en mayo de 1989, en aquel fecundo ciclo denominado ‘En la Frontera’ –sí, la música debe ser materia obligatoria para los ayuntamientos, tanto como llevar el agua a las casas -, actuando en el Teatro Principal. Un día antes, Simon Jeffes declaraba en Barcelona que su orquesta, radicada en Londres, nació de un sueño de opresión que dio lugar a la libertad de su música.

Y un servidor recogía en el Heraldo el eco fascinante de sus dos horas de actuación en el Principal con el título de ‘El taller de sueños de la Penguin Café Orchestra’, para en el texto realzar el papel de Jeffes a lo largo del recital: en agitación permanente, yendo y viniendo en busca de un montón de instrumentos y dirigiendo a su vez a la orquesta, sentada en semicírculo en el escenario. Agitación del ‘Jeffe’, pero quietud y música onírica a su alrededor. Y mucha imaginación: la transformación del sonido de un teléfono comunicando en un juguete sinfónico de cámara, es decir, ‘Telephone & Rubber Band’, cautivó a la audiencia. Y él se fue igualmente de cautivado, tomando fotos del público con una polaroid.

La segunda ocasión en que nos visitó fue el 22 de noviembre de 1994. Vino a la sala Mozart y el día anterior tuve la fortuna de realizar una de las entrevistas que con más admiración y cariño recuerdo y he realizado a lo largo de mi vida periodística. Pude ‘cazar’ a Jeffes en el hotel Romareda, y en el salón adjunto a la cafetería, rodeado de una tranquilidad masajeante, que él amplificaba con su charla pausada, me confesó que se había quedado prendado de la recién inaugurada sala Mozart nada más tomar contacto con ella: “Es como la cueva de Aladino”, dijo.

Luego me explicó que oiríamos a una orquesta con un color nuevo porque había añadido a dos chicas que tocaban trombón y oboe. Y así fue. La orquesta del café Pingüino, con su seriedad y rigor, pero con un fondo de humor finísmo, volvió a dejar en Zaragoza otra noche de magia, ante 1.200 personas, interpretando “nuestros hits más impactantes”, como en broma me decía el día anterior: ‘Air à danser’, ‘Souther Jukebox Music’, ‘Bean Fields’, ‘Air’ u ‘Oscar Tango’, amén, claro, entre otras, de varias piezas del nuevo disco que traía, ‘Union Café’, en el que había recuperado dos viejos temas, ‘Yodel’ y ‘Pythagoras’, como plasmación del concepto de música inacabada que para Jeffes tenían las canciones, en función de los instrumentos y de la técnica. La interpretación de ‘Bean Fields’, con la minifaldera Annie Whitehead al trombón, fue el signo distintivo más visible de la transformación anunciada.

También me habló en la entrevista del día anterior del porqué de las canciones basadas en simples sonidos cotidianos como el de un teléfono o una gota de agua. “Hasta un disparo tiene música en su interior”, me confesó, aunque nunca llegó a probar con él. Tampoco lo hizo con el sonido de una máquina de tren, con el que estaba obsesionado en hacerlo. No le dio tiempo. Murió tres años más tarde.

Su hijo continúa ahora su labor, en un trabajo de amor y admiración profesional al padre, inédito en el mundo de la música. No es lo mismo, claro, pero sigue siendo un inmenso placer tomarse un café al ritmo de la orquesta de los pingüinos.



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Gregg Allman, pilar fundacional de la Allman Brothers Band, se va con 69 años

Ha muerto Gregg Allman, lo que significa que ha muerto uno de los grandes del rock. Sí, él fue el artífice, el segundo pilar fundacional, junto a su hermano, el gran Duanne Allman, de una de las grandes bandas de la historia del género, The Allman Brothers Band.

Gregg llevaba varios años enfermo, necesitando en 2011 un transplante de hígado. Drogas y alcohol fueron los causantes de estas ‘averías’ que han terminado llevándoselo a los 69 años. Una vida ajetreada, con seis matrimonios, uno de ellos con Cher, y su pelea por mantener en pie la Allman tras la muerte, en 1971, de su hermano en accidente de moto. También por sacar a flote su carrera en solitario, que no logró cuajar, aunque tuvo buenos destellos discográficos.

Su larga melena rubia, su órgano Hammond y su voz terrosa fueron las grandes marcas que le identificaron en aquella banda prodigiosa que formó junto a su hermano. ‘The Allman Brothers Band’ (1969) y ‘Idlewild South’ (1970), este una verdadera joya, fueron sus dos primeros álbumes, que en España vieron la luz conjuntamente en 1973 con el título de ‘Begginings’. Pero curiosamente fue con un álbum en directo, ‘At Fillmore East’ (1971), algo nuevo y revolucionario en la industria, con el que dieron el pistoletazo mundial de la fama. Un disco para la historia, del que ya me ocupé en este blog, con siete piezas que ofrecían una compacta y sutil aleación de blues, rock, country y jazz.

Cream había abierto el camino de la improvisación y de las llamadas ‘jam-sessions’, pero aquello era otra cosa, al añadir el toque sureño y bluesero, amén de la sensibilidad que transparentaban piezas como la icónica ‘In Memory Of Elizabeth Reed’ o el exotismo de ocupar una cara con solo una pieza, caso de los 22 minutos de ‘Whipping Post’. La portada doble, en negro riguroso, con los seis miembros de la banda riendo a carcajada limpia delante de los baúles de su equipo musical en la trasera del Fillmore de Nueva York, terminaba por cuajar la iconografía de aquel fabuloso disco. Siguió otro doble, ‘Eat A Peace’ (1972), mitad en directo mitad en estudio, un disco inacabado porque justamente, mientras que se estaba grabando, Duanne Allman se mató al estrellarse su moto contra un camión.

El esquema organizativo e instrumental de la banda, como señalaba en la entrada de 2011, no podía ser más peculiar ni menos revolucionario para la época, e inclusive para el mismo desarrollo posterior del rock: la Allman contaba, además de Gregg Allman como cantante y organista, acolchando las piezas o ‘punteando’ solos cual guitarrista, con secciones dobladas en las guitarras y en las baterías. Eso daba lugar a unos entrelazados sugerentes y sutiles entre sus dos guitarristas, Duanne y Dicky Betts, a la vez que los dos baterías –Jay Johanny Johanson y Butch Trucks- llenaban el espacio de fondo de manera carnosa y delicada. Algo que, a su vez, permitía que de una canción de cinco minutos saliera una ‘jam-session’ de 30 o 40 minutos.

‘Brothers & Sisters’ (1973) fue una pequeña decepción para quienes seguían demandando el viejo blues de antaño. Entró en liza el pop y el country, aunque, pese a las críticas de los más puristas, aún elevó más alto a la banda. ‘Jessica’ o ‘Ramblin’ Man’ fueron, fundamentalmente, las canciones causantes, amén de aquella nutrida y risueña foto del interior y el niño de la bucólica portada otoñal. Como tantos discos y tantos libros, tienen su pequeña historia personal para quienes los consumimos: este no se me olvidará nunca que lo adquirí en una tienda de los Campos Elíseos de París, ¡más allá de las doce de la noche!, así como ‘At The Fillmore’ fue fruto de una de mis frecuentes razias discográficas a Andorra en los setenta. Londres fue lugar también para abastecerse: allí cayó el directo ‘Wipe The Windows’, con una belleza de carpeta. Los tiempos en España para hacerse con discos fuera de lo comercial no eran realmente fáciles.

‘Win, Lose Or Draw’ (1975), el más flojo de la carrera, fue el último de la primera etapa, toda vez que la banda acabó disolviéndose en 1976. ‘Enlightened Rogues’ (1979), ‘Rich For The Sky’ (1980) y ‘Brothers Of The Road’ (1981) fue el fruto del retorno hasta que las puertas se volvieron a cerrar una vez más, para luego, en 1989, volver a renacer con algunos discos potables, una buena legión de nuevos seguidores y cambios de formación a tutiplén, dando entrada incluso al luego guitarrista de Gov’t Mule, Warren Haynes. Y también no pocos malos rollos y peleas. En 2014 el grupo bajó la persiana definitivamente.

Paralelamente a todo ello, desde 1973, Gregg fue trazando su carrera en solitario con actuaciones individuales y una decena de álbumes –uno de los mejores, el último que grabó en 2011, ‘Low Country Blues’- en los que puso especial énfasis en el soul y el gospel, pero obviamente sin olvidar el blues y jugando esporádicamente con el country, las cuerdas, los metales, los coros femeninos e incluso revisionando, eso sí de forma muy breve, viejas piezas de la Allman como la citada ‘Whipping Post’, una sombra (maravillosa) que pese a sus intentos de distanciamiento en solitario le persiguió siempre. Americana de pura cepa que, pese al auge del estilo en los noventa y estos dos mil, deja chiquititos a no pocos de sus discípulos.

“Era un alma amable y dulce con la mejor risa que jamás he oído. Su amor por su familia y sus compañeros de banda era apasionado, igual que el cariño que tenía a sus extraordinarios fans. Gregg era un compañero increíble y un amigo aún mejor. Todos le echaremos de menos”, ha escrito su representante Michael Lehman en la web del artista, donde hoy se dio a conocer la muerte. Descanse en paz.

En su memoria:

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The Residents, ¿vivos o muertos?

Mi habitual, y frecuentemente infructuosa, búsqueda, tanto en los suburbios como en los barrios chic de Internet de algo nuevo que me sorprenda, y sobre todo me agrade, me lleva, ¡glup!, a The Residents. ¡Coño, todavía existen!

Confieso mi ignorancia: desde que se dieron a conocer al mundo –aunque ya llevaban un tiempo de acción y grabando discos- con aquella foto de los cuatro con cabeza de ojo, desde que un corresponsal que me busqué en Londres para aquella locura mía que fue la revista, periódico, panfleto, basurilla o vaya usted a saber qué fue Disco-Actualidad, los dio a conocer en España, y especialmente desde que Paloma Chamorro les dedicó un Edad de Oro entera en 1983, su nombre se me fue de la memoria, o simplemente perdí deliberadamente la pista de su existencia: me aburrieron soberanamente, o por decirlo en términos actuales, me pareció un postureo intragable, si no una tomadura de pelo de mil pares.

Pero hete aquí, que no solo siguen en activo sino que llevan grabando discos sin cesar, década tras década, hasta desembocar este año en ‘The Ghost Of Hope’, aunque Spotify les certifica este 2017, ni más ni menos que la edición de cinco álbumes, aunque de ‘la gran discoteca de Alejandría’ conviene fiarse poco, que las fechas le bailan como chinches.

¿Y qué hay de ‘Ghost Of Hope’? Pues lo mismo de hace 40 años. Un tochazo de sonidos, ruidos y voces que si hay un guapo que los aguante de principio a fin, pues premio. No es mi caso…, bueno, miento, que me lo he empapado entero mientras tecleaba estas líneas y sigo más frío que un témpano. Vamos que no creo que vuelva a mis oídos nunca más, como seguro que no estoy dispuesto a darme un atracón de “sabotaje de la normalidad”, como se le ha calificado a su trabajo, escuchándome toda la discografía en Spotify, dicho sea de paso uno de los grandes inventos de la humanidad musical: tener al alcance de un clic, gratis aunque aguantando publicidad, o por diez euros al mes, casi toda la música habida o por haber, es un lujo increíble, que no solo reconforta los oídos cuando la ocasión lo requiere sino que, sobre todo, evita aquellos viejos pufos cuando se compraba un disco a ciegas en la tienda, porque no había posibilidad de escucharlo, o cuando un articulista, por modernidad, por mostrarse más listo que los demás, o por mero convencimiento, que también, glorificaba discos que no había manera de encontrar o suponían un vaciamiento hiriente de bolsillo.

Pero a lo que iba, que toda la discografía de The Residents está disponible en este gran saco sin fondo que es Spotify para quien quiera meterse en harinas fuera del pop o el rock reglamentario, o incluso para consolarse, como ha sido mi caso, de compensar la frustración de una vez más haber intentado otra caza furtiva de ‘nuevos talentos’ y volverme a casa de vacío. Sin rubor lo digo: que entre todas las glorias actuales que me han anunciado en las webs más in, resulta que estos incombustibles Residents me han resultado más fructíferos y gratificantes que la mara de indies, metálicos, folkies… que he pinchado a saltos en las tres o cuatro horas que ha durado mi cacería.

De hecho, Spotify, burla burlando, que diría Lope con su soneto de Violante, se me ha ido a ‘Strange Culture’ (2015), una oda a la paz y la serenidad electrónica que suena gratificante… A ver si Servando Carballar iba a tener razón cuando en tiempos remotos me decía que aquellos locos que nunca daban la cara, ni siguen dándola, eran el presente y el futuro de la música y voy a tener que acabar mis infructuosas búsquedas en “el colectivo anónimo de iconoclastas –como ha escrito alguien- que, desde 1972, dinamita con métodos libertarios todo aquello que está pidiendo pólvora”, cambiándolos por mis inexcusables Flaming Lips o Swans. Miedo me da, pero quién sabe, si hay consuelo.

Por cierto, ¿algún fan recalcitrante por ahí? ¿Alguien con paciencia que se haya escuchado toda la discografía de estos californianos sin identidad conocida? ¿Qué suponen en el mundo musical de hoy? ¿Están vivos o muertos?

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Chris Cornell: ¿Soundgarden o Audioslave ?

Kurt Cobain, de un tiro en la sien. Y ahora, según se ha sabido hoy, Chris Cornell, ahorcándose. ¡Qué manera más insólita de meterle una rebanada tan grande e inapropiada al grunge, del que fue uno de sus puntales, pero sobre todo qué manera más trágica e incomprensible de irse de este mundo!

Y más en su caso. Los dos triunfadores, famosos, guapos, con familias asentadas, bellas esposas… ¡Qué misterio el de la psique humana! Los psicólogos sabrán mejor, pero parece que la raíz del suicidio del cantante de Soundgarden estriba en el divorcio de sus padres cuando entraba en la adolescencia, a los catorce años. Fue tal la depresión que le sobrevino que estuvo un año sin salir de casa y sometido a tratamiento médico. Remontó pero aquel negrísimo lunar anímico le quedaría para siempre en el cerebro. Hasta que el pasado miércoles por la noche, tan apenas una hora después de actuar en Detroit, el lunar reapareció y reventó: Cornell se enrolló una cuerda en el cuello en el baño de un hotel y puso fin a su vida, haciendo realidad la inmolación de ‘Like Suicide’, la pieza que cerraba, en 1994, el elogiadísimo ‘Superunknown’ de Soundgarden. Su esposa ha asegurado en un comunicado que se excedió en la toma de la dosis de Ativan, un medicamento contra la ansiedad y el insomnio.

Debo confesarlo. Ni entonces, ni ahora, Soundgarden fue un grupo que ocupase excesivo tiempo de mi vida. Aquellas tres octavas y media de Cornell me producían cierto repelús: sonaba a manierismo zeppeliano, a exageración de Robert Plant o Ian Gillan, lo que conducía a los cantantes gritones del metal, que tan poco gozan de mi admiración. Quiero decir con ello que no es que menosprecie ‘Superunknown’ o el precedente, ‘Badmotorfinger’, sino que cuando Cornell dio el paso a Audioslave, uniéndose a tres miembros de Rage Against The Machine (un supergrupo de vieja escuela, se dijo entonces), fue cuando realmente aprecié, y sigo apreciando, su valía vocal.

Entonces controló más el registro, rebajando la graduación tonal y siendo menos evidente en las subidas, y por tanto en el grito, con lo que consiguió un canto más homogéneo, sólido, temperado. No extraña que la revista americana Rolling Stone lo incluyera entre los diez mejores cantantes de hard-rock de la historia.

Ello, unido al potente trío que le acompañó, olvidado de los estallidos raper-metálicos de Rage Against The Machine, con el verbo guitarrero de Tom Morello e incluso entrando en el más terso de los baladismos (‘I Am The Highway’, ‘The Last Remaining Day’, ‘Be Yourself’…), dio lugar a un poderoso trío de álbumes –‘Audioslave’ (2002), ‘Out Of Exile’ (2005) y ‘Revelations’ (2006)- que uno mismo recibió en su día en el Heraldo cargados de estrellitas.

Tres discos en los que se ponía al descubierto la admiración de Cornell por Kurt Cobain, Eddie Vedder o James Hetfield, pero sobre todo se destilaba puro metal-rock en los viejos alambiques de Led Zeppelin, Black Sabbath, AC/DC e incluso Free o Hendrix, con wah wah guitarreros que atrapaban a viejos rockeros y que no hacían sino conectar los 2000 con los setenta.

Obviamente no hay que olvidar sus trabajos en solitario, su participación en Temple Of The Dog o, con su incesante actividad, la cantidad de canciones que dio al cine y la televisión, pero los centros gravitatorios de la carrera de Chris Cornell fueron Soundgarden y Audioslave. Personalmente le tengo más aprecio a estos últimos, pero allá cada cual con sus gustos y preferencias. Lo cierto y lo peor es que, con 52 años, esposa y tres hijos, se ha ido un cantante de la primera plana del rock-metal y a la vez un puntal del grunge. Y de qué manera más espeluznante. ¡Porca vida!


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El nuevo traje de Imelda May

No es el camaleonismo de Bowie, que en esa faceta el británico no tiene rival, pero Imelda May acaba de dar un timonazo estético y musical que la devuelve nueva e inédita, mutada, al mundo de la música, tras un divorcio y tres años sin publicar discos.

Adiós al tirabuzón rubio incrustrado en su cabello moreno y adiós al rockabilly. Su nuevo álbum, el quinto de su carrera tras ‘No Turning Back’ (2003), ‘Love Tattoo’ (2008), ‘Mayhem’ (2010) y ‘Tribal’ (2014), se llama ‘Live. Love. Flesh. Blood’ y transcurre por los caminos de la canción sedada, tranquila, lo que no significa que no haya algún chispazo de dureza y menos aún que la voz salga de cuna de terciopelo. Bien al contrario, a veces la rabia parece robada a su amigo y paisano Bono, pero hay mucha más dulzura que furia.

Por momentos, el disco parece una especie de acercamiento al Dylan último, una incursión en el cancionero americano de los 40-50 –swing, gospel, blues, R&B…-, si bien es ella quien firma todas las canciones. Lo que en modo alguno sorprende ni puede tomarse como un giro forzado: desde su más tierna infancia, merced al ambiente musical familiar, la irlandesa está impregnada en aquellas sonoridades y en especial en el sentimiento interpretativo de la gran Billie Holiday.

Todo ello se transparenta en este disco, amable, confesional, personalísimo, fruto de un agrio tramo vital marcado por el divorcio de su marido Darrell Highman, guitarrista de su grupo, y por una hija que adora. Ella lo califica como un disco de amor, culpa y deseo.

No ha estado sola en esta transfiguración. Su amigo Bono la ha estimulado y aconsejado, Jeff Beck y Jools Holland han colaborado y sobre todo ha contado con un productor de bandera como T-Bone Burnett, que no solo le ha ayudado tanto en lo personal y lo musical, sino que le ha reunido una banda en la que figuran músicos también de primera como el versátil Marc Ribot, que se nota, y mucho.

¿Recuerdan a Tanita Tikaram? No, no es lo mismo, pero aquel aire tristón y dulce, aquel sonido elegante, parece revolotear en algún momento por este disco, hay algún lunar visible en la superficie de este nuevo traje de Imelda. Ahora es morena total, sin tirabuzón rubio, con flequillo y más guapa, con una belleza a lo Chrissie Hynde sin colmillo sino amable. El traje le sienta bien, la transfiguración también. Si alguien lo quiere comprobar más de cerca, tiene la oportunidad de hacerlo el próximo día 8 de julio en el festival Castillo de Aínsa (Huesca). [Corregido: 8 de julio, no de junio]



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El frente de Iván Zulueta contra el festival de Eurovisión

Este sábado próximo llega de nuevo el festival de Eurovisión…, ay, la apolillada nostalgia. No sé si tendré valor para seguir el ritual de ponerme un año más ante el televisor, pero es un viejo rescoldo de mis tiempos de infancia que aún no he superado: entonces, pese a los Beatles o los locales Brincos, que se comían el pastel, la cita eurovisiva era la cita musical suprema ante el televisor. El tiempo ha dejado marcado que, aunque aquello era un casposo mercadillo, no se hicieron tan malas canciones en el festival como ahora. Algunas de ellas, incluso, han devenido perdurables.

Hoy, sigue el mercadeo en mayor amplitud y en esta edición, hasta con boicots y polémica política y guerrera entre fronteras cuando precisamente el festival nació para que los europeos al menos dejaran de pelearse un rato, que menudo siglo XX llevábamos.

Aun cuando con menos atención, sigo pues enchufado a la pantalla porque, a falta de grandes canciones y aun con el sonido (no la voz) en playback, que manda güevos, es innegable que Eurovisión es un espectáculo músico-visual impresionante. Los miles de euros o de grivnas (que este año llega desde Ucrania) corren a chorros en favor del derroche tecnológico. Pero, ya digo, musicalmente apesta, por no decir que “es una mierda”, evocando y parafraseando la película que Iván Zulueta estrenó en el 70, aunque se rodó en el 69, con el título de ‘Un, dos, tres… al escondite inglés’.

¡Qué valor el de este vasco de San Sebastián! Sin un duro, pero con mucha cabezonería e ingenio, confeccionando él mismo los decorados y la cartelería, y con Jaime Chavarri como guionista que lo inventaba de un día para otro mientras se rodaba, con Borau como actor, productor y director asociado, y las mismas Vainica Doble haciéndose cargo de la música extradiegética, dejó plasmado el filme más psicodélico y surrealista de la música española. Hoy, una delirante pieza de lujo que hace bueno aquel cine atrevido e incomprensible en la época, que desembocaría en la aún más atrevida película de Zulueta, ‘Arrebato’, hoy obra de culto.

En ‘Un, dos, tres… al escondite inglés’ no solo se desplegó una cantidad de subversión visual desbordante sino todo un estacazo demoledor a aquel festival eurovisivo y a todos los de su estirpe, que en la España de los sesenta florecían como setas otoñales.

Contra ellos, contra los artistas que desfilaban por aquellos cónclaves entontecedores y en general contra la música comercial que producía la pacata España, Zulueta recurrió a un manojo de ‘conjuntos’ nuevos y punteros para mostrar que otra música pop era posible. Grupos de apenas unos meses de vida pero que ya tenían discos, sonaban en la radio, aparecían en la tele y contaban con canciones de mucho fuste amarradas a los metales, en onda con el soul-rock de Chicago o Blood Sweat & Tears, que marcaban tendencia mundial. Gracias a la osadía de Zulueta, hoy es posible disfrutar de aquellas canciones y de aquellos ‘conjuntos’ en copia restaurada en blu ray, que se publicó el año pasado y que andaba perdida desde que salió en VHS hace la tira de años.

En el batallón que Zulueta presentó para confrontar el nuevo pop español con las horteradas festivaleras estaban Los Buenos, Los Iberos, Shelly y Nueva Generación, Los Beta, Henry y Los Seven, Los Ángeles, Pop Tops, The End… y hasta Fórmula V, que aún no había enfilado el filón veraniego y contaba con nutritivas canciones pop como ‘Busca un amor’. También aparecía un Ismael cantautor, progreta pero despistado, y unos Mitos menos progres pero novísimos.

Traslademos aquel frente contra la comercialidad y la festivalitis de entonces a hoy día. ¿Qué grupos de tan apenas una año o dos de vida y con cierto caché mediático podrían pegarle una pedrada a Eurovisión y a la venidera, ¡aggg!, nueva edición de ‘Operación Triunfo’? Me temo que ninguno. El pop español más nuevo no solo anda en las catacumbas mediáticas sino en la inopia indie.

Zulueta, hoy, tendría que agachar la cabeza. ¿O con qué grupos nuevos, con difusión y con canciones consistentes, podría contar un Zulueta de hoy para hacer un hipotético remake de ‘Un, dos, tres… al escondite inglés’? ¿Cómo batallar contra Eurovisión, los mediocres concursos televisivos de nuevas voces y la inminente reposición de ‘Operación Triunfo’ y el PP volviendo a las andadas del ingenio zafio?

Batalla perdida. Hasta el mismo Iñigo, el presentador más vanguardista de aquella tele de finales de los sesenta, vía ‘Último grito’, y prota de ‘Un, dos, tres… al escondite inglés’ y paladín en ella no solo contra la festivalitis sino contra el pop, en favor de la música clásica, es hoy uno de los baluartes del festival de Eurovisión. ¡Cómo se revuelve el tiempo contra uno mismo! Y cómo tiempos pasados, aunque esté feo decirlo, parece que a veces fueron mejores.

Aquí, el tercer single de Los Buenos, con el gran Julián Granados al frente, y con una de su canciones mas famosas, ‘Groovy-Woovy’, editada en 1969 y con la que se abría la película de Iván Zulueta, ‘Un, dos, tres… al escondite inglés’:

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Jesus & Mary Chain, 20 años después

Hacían un ruido casi molesto, herencia de la Velvet y a modo y semejanza de los primeros Sonic Youth, pero al lado de aquellos temibles tabiques ruidistas, y aun con sus peleas fratricidas, eran capaces de levantar maravillosos espacios de terciopelo, sí, aquel ‘Just Like Honey’, que tomaba lo mejor del sonido Spector en medio de la erupción de la nueva ola británica y de aquellos fecundos ochenta (¿quién es, por cierto, el ignorante que los califica de ‘amuermantes’ (sic) en el pretencioso artículo que apareció el mes pasado en Ruta 66? Esos controles de calidad, plis). ‘Psychocandy’ fue el receptáculo de aquellos ruidos y de aquellos terciopelos. Un disco de The Jeus & Mary Chain, o sea, de los hermanos escoceses William y Jim Ride, ahora clásico e inefable en la misma historia del rock, al menos de los 80.

Luego fueron aminorando la dicotomía ruido-terciopelo, por no decir que eliminaron el primer factor de la ecuación, aunque a cambio endurecieron el sonido, se eclipsaron los disturbios en que acababan muchos de sus actuaciones iniciales, y se entregaron al rock más puro y directo, saliendo joyas como ‘Darklands’ (1987), ‘Automatic’ (1989) o ‘Honey’s Dead’ (1992).

Ocurría, sin embargo, que los dos hermanos se llevaban a matar, como después, o más, lo harían los Gallagher, y entre eso, entre que los promotores huían de ellos como la peste, y la discográfica no podía sujetar a aquellos potros desbocados, se acabaron sus días. ‘Munki’ (1998) fue su sexto y último álbum.

Mas no hay mal que cien años dure. Y aquí están de nuevo los hermanos Reid con las paces hechas y volviendo a las andadas, es decir, actuando y publicando discos. Su nuevo trabajo, casi veinte años después de ‘Munki’, se titula ‘Damage & Joy’, y es otro pildoraza made in The Chain. Inconfundible, aunque los resortes impulsivos de la primera juventud sean solo un bello o maldito recuerdo.

Hay menos gas y menos fuego, pero queda todavía el resabio para componer atractivas melodías que ambos embadurnan en guitarras correosas y cuidadas y hasta amables cuerdas o imitaciones sintetizadas. Han invitado también a varias voces femeninas para evocar aquel ‘Just Like Honey’, o la pieza que grabaron con Hope Sandoval en ‘Stoned & Detroned’ (1994). En concreto, aparece (de nuevo) su hermana pequeña, Linda, más la novia de William, Bernardette Denning, Isobel Campbell y Sky Ferreira. Las cuatro, sin duda, aportan ese aire sensual e inocente que embadurnaba ‘Just Like Honey’ y que se extendió a grupos posteriores como Mazzy Star, The Sundays, Velocity Girl o The Raveonettes, por recordar algunos afectados que me vienen a la memoria.

Y como la cosa podía ser peligrosa en el campo relacional entre hermanos, que pese a los años no han enterrado las hormonas guerreras, se aseguraron previamente de contratar un juez de paz, alguien que fuera capaz no solo de dirigirles por primera vez musicalmente sino de que sacara la vara o la autoridad para enviarlos al rincón de pensar al mínimo roce. Ni en Granada ni en Los Angeles, donde se grabó el disco, parece que hubo lugar a la intervención. El elegido, Martin ‘Youth’ Glover, estaba bregado en estas lides: ya le tocó poner paz en aquel corralito de fieras corrupias que fue Killing Joke.

No es un retorno que vaya a cambiar el devenir del rock actual ni tan siquiera a producir escalofríos sensitivos, pero es un aceptable disco que mantiene en pie la leyenda y la capacidad de los dos hermanos para hacer canciones melódico-ruidosas con santo y seña ochentero. Y a la vez es un buen acicate para desempolvar –como yo he hecho con gran gozo- los viejos vinilos, especialmente los de los 80, que no han perdido ni un ápice de la gloria pasada; ay, si el indie más canalla de hoy tomara nota… A ver si alguno los ha visto, por cierto, estos días por Madrid y Barcelona o por cualquiera de las capitales por donde está pasando su gira de retorno y ha sacado la libreta. La Cadena de Jesús y María sigue electrizante, apretando el cuello.


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Hasta el cogollo de Llach

Lo confieso sin tapujos y pese a quien pese: estoy hasta el cogollo del independentismo catalán. Más de cinco años con la misma matraca, día tras día, en la radio, en la tele, en los periódicos…, el cansancio se convierte en hastío. Cuando sale el dúo Puigdemont-Junqueras, o alguno de sus acólitos cercanos, o cambio de canal o se me remueven las tripas. Es un pugilato permanente, cuando no bravatas que irritan, ese cansino amagar pero no dar. ¿No era esta, por cierto, la legislatura constituyente y de la declaración unilateral? ¿Pues qué han hecho? Otra vez, el referéndum. ¿Pero no lo hicieron ya? La burra volviendo al trigo y tiro porque me toca.

Por supuesto que todo territorio tiene derecho a expresarse y alcanzar sus metas y anhelos, sean del tipo que sea, pero por medios democráticos y sin saltarse las reglas vigentes. De lo contrario, es la selva, cada cual a su conveniencia, y eso es el caos para todos. Si no gusta lo que hay, para eso está la política y los políticos y el reglamento con el que jugamos todos, pero no el desafío del yo-soy-más-que-tú-porque-lo-digo-yo. ¿O es que Aragón no tiene sus muchos problemas para quejarse, para reivindicar? Y quien dice Aragón, dice Canarias, Galicia o cualquier otra comunidad. Mejor, por cierto, no saquemos a colación los problemas de Aragón, no ya con el gobierno central de Madrid, sino con la misma Cataluña, que vamos dados. Pero no, a la brava no se pueden resolver las cosas. Hasta hace no mucho, unos defendieron lo suyo a pistoletazos y bombas, y ahora otros lo están haciendo mansinamente pero a la brava. O lo tomas o lo dejas. Y esto puede acabar como el rosario de la aurora.

Pero uno de los aspectos que me ha sorprendido en este desvarío independentista, y tratándose como se trata este de un lugar musical, ha sido el de la posición de los músicos catalanes ante el separatismo. Me disgusta el silencio, la tibieza o las medias voces de algunos que han hecho carrera fuera de Cataluña y recibido el cariño de tantos españoles de fuera –poco se ha oído levantar la voz a Serrat, a Manolo García, Estopa, Pau Donés o Sergio Dalma- frente a gente tan desprejuiciada como Loquillo, capaces de cantar las verdades del barquero a quien corresponda.

Pero me sorprende, o me ha sorprendido más, el frente independentista integrado por gentes que han paseado su música por toda España, recibiendo parabienes y cariño, y por supuesto llenando la faldriquera, y ahora reniegan de esa relación. Entiendo a grupos como Sopa de Cabra, Sau o El Pets, que ya hace muchos años se les denominó como ‘grupos subvencionados por el catalanismo’ por el mero hecho de cantar en catalán, pero ¿y Quimi Portet, o Dyango, o el mismo Peret, que triunfó haciendo gala de las raciales esencias folclóricas de España? Casi suena a sainete.

Mas el que me duele es Lluis Llach. Confieso que en los tiempos álgidos de los cantautores, ni él ni su tropa formaban parte de mi devocionario particular. Yo estaba en otras cosas: el rock, el blues, la psicodelia, la vanguardia, el jazz-rock, el folk inglés…, y, por supuesto, con mi imperecedero fervor por la música clásica. Aún así, apreciaba, por su gran trabajo orquestal, sus coros y por salirse del patrón de los cantautores al uso, discos como ‘Viatge a Itaca’ (1975) o ‘Campanades a mort’ (1977), si bien fue con ‘Astres’ (1986) cuando caí rendido a su trabajo. ¡Qué hermoso álbum, qué instrumentación con elementos orgánicos, sintéticos y coros femeninos! No digo ya aquella noche de su interpretación completa en vivo en el fenecido Anfiteatro del Rincón de Goya bajo una deslumbrante luna llena. Lo entrevisté en alguna ocasión y me trasmitió una sensación de dulzura y sensibilidad que aún no he olvidado. Por supuesto, jamás hizo mención alguna de separatismos ni desdenes hacia la ‘opresiva’ España.

Pues ahí lo tenemos, hoy ha vuelto a levantar ‘L’estaca’, himno, por cierto ya casposo que convierte a los de Podemos en antiguos si no en ignorantes: ¡cómo si no hubiera canciones más granadas y sustanciales, musicalmente hablando, para cantar a la solidaridad y a la libertad y contra la represión! Apunten, por ejemplo, la dylaniana ‘Chimes Of Freedom’, ‘Rocking On The Free World’ (Neil Young), ‘I’m Free’ (The Who), ‘Imagine’ (Lennon), ‘Libertad’ (Julieta Venegas), ‘Get Up, Stand Up’ (Peter Tosh), ‘Freedom’ (Jimi Hendrix)… Produce hilaridad ver a los podemitas cimbrearse en el escenario al ritmo de ‘L’estaca’. Jóvenes desinformados, por no emplear otros adjetivos más sonoros como trasnochados.

Pero a lo que iba: hoy Llach ha amenazado a los funcionarios catalanes que se atengan a las consecuencias si no cumplen con la ley catalana de la desconexión. Es lógico que los funcionarios cumplan con las leyes vigentes, pero avisarles ya de antemano con sanciones de leyes que no existen y que, según el ordenamiento actual, serían ilegales, es levantar la estaca, no aquella de la libertad sino la de la dictadura, ni más ni menos. O estás conmigo o atente a las consecuencias. El libertador convertido en verdugo. ¿No suena a bolchevismo puro y duro? Patético Llach. Hace tiempo que no escucho uno de sus álbumes, ni pienso. Es de los que me tienen hasta el cogollo.

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Ron Howard y el ‘ruido electrónico’ de los Beatles

Más tarde de lo deseado, pero por fin me he hecho con el documental en blu-ray de Ron Howard sobre los Beatles, ‘Eight Days A Week. The Touring Years’. Se estrenó, ya se sabe, el pasado año en los cines y después, en diciembre de 2016 salió en lujoso formato digital. Como dice el refrán, más vale tarde que nunca. Y en este caso, vaya que si lo merece.

El de Howard es un excelente documento sobre la trayectoria del cuarteto de Liverpool hasta su retirada de los directos, en 1966. Salvo una profusión de fotos impagable y algún fragmento inédito de actuaciones, es cierto que no aporta gran cosa que no hayan destilado antes las numerosas biografías y documentales al uso, comenzando por el soberbio pack ‘Anthology’, pero ahí está el segundo disco de la edición, que la convierte en toda una perita en dulce para beatlenianos.

Cien minutos extras con los cuatro reflexionando sobre la música de sus padres, mini reportajes poniendo sobre el tapete el papel de las mujeres en la educación de Paul y John, ambos huérfanos de madre, dando una visión del Liverpool pobre y paleto de la época, entrevistando a tres fans que vivieron de cerca el fenómeno, los sabrosos recuerdos de Ronnie Spector, que se medio ennovió con Lennon en su primera visita con las Ronettes a Inglaterra, las experiencias japonesa y australiana… y revelando o remachando datos como los Beatles como ‘colectivo’ democrático e irrompible, cuatro mosqueteros (uno para todos y todos para uno), la firma del contrato de su primera película ¡antes de que siquiera fueran conocidos!, la confesión de Paul de que el futuro con John era escribir para otros artistas, la invención de John de ‘ruido electrónico’ para calificar sus canciones, Ringo declarando que había actuaciones en las que no oía nada por el estruendo de las fans, lo que le obligaba a acompañar las canciones mirando las caderas o los pies de John para saber por dónde iba la cosa… o esa constatación de que antes de grabar su primer álbum lo cuatro, juntos o por separado, ya se habían metido entre pecho y espalda ni más ni menos que un total de 1.200 bolos. Y, por supuesto, aunque no lo tocan el documental ni los extras, porque no había lugar, ni la más mínima queja sobre las instituciones y el cacareado apoyo. Igualito a hoy, con tanto jeremías como anda suelto.

Y un añadido más: el magnífico libreto que acompaña a los discos, con excelentes fotos y con textos de Ron Howard y Jon Savage, y, oh, traducido al castellano, fabricado específicamente para el público de habla hispana, lo que no deja de ser un extraño, por no decir insólito, pero muy plausible regalo de la industria nacional.

No, no voy a hacer el típico panegírico sobre los Fab Four. Ya se ha hecho tantas y tantas veces, y tan merecidamente, que nada en absoluto aportaría, si no que, incluso, lo estropearía. Solo confesar una vez más que escucharles sigue siendo una de las más gratificantes actividades que me pueden ocurrir cada vez que me topo con ellos, bien, por ejemplo, a través de este nuevo pack, o cuando me da por desempolvar cualquiera de sus vinilos o sus películas, por no decir su antológica ‘Anthology’.

Siguen sonando frescos, ingeniosos, seductores, sencillos pero reflexivos, impetuosos pero también sensibles, abrumadoramente productivos, maduros a medida que avanzaban, musicalmente revolucionarios especialmente desde ‘Rubber Soul’ en que dieron cabida a los sonidos orientales en ‘Norwegian Wood’, habilidosos para abarcar la cantidad de palos estilísticos que abarcaron, humorados, rupturistas, fascinantes, fuego inolvidable para atizar recuerdos y músicas con cuño clásico, de calidad.

Ah…, que hoy no son modernos, que son de hace 50 años. Ya tenemos aquí al cenizo de siempre, al modernote de turno. Bueno, allá cada cual. Pero ya hace mucho tiempo, décadas, que uno aprendió a degustar la música no por sus años sino por su calidad, por su capacidad transmisora. Y la de los Beatles, como la de sus pares los Stones, sigue siendo una poderosa máquina generadora de emociones y placeres, de remover tanto el pasado como el presente. De contar en su haber con canciones perdurables, eternas, función de las más complicadas de conseguir por cualquier artista, provenga del campo que provenga. Canciones, por otra parte, aunque haya que volver las páginas atrás, para refugiarse de la morralla que nos invade, de los derroteros tan insalubres que han tomado algunos triunfadores actuales, jaleados por públicos entusiastas pero me pregunto si informados, y alentados por periodistas y críticos con el gusto en los alerones.

Por cierto, como nota al margen y salvando en muchos kilómetros las distancias, es hora de que algún director de cine profesional, como ha hecho Ron Howard, se hiciera cargo de Héroes del Silencio. Tienen un documental al modo beatleniano que sería muy bien recibido y sería una fórmula extraordinaria para revalorizar más aún su nombre, de preservar su historia. Ha sido una idea que me ha rondado mientras veía a los cuatro beatles aventar sus canciones e impactar al mundo. Idea tontuna quizá, pero es que así anda uno desde hace décadas.

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Sabina, en el sastre equivocado

Y de Carbonell a Sabina. Es decir, sigue el paseo musical de este blog por el mismo territorio sonoro. Ambos, Carbonell y Sabina, se embeben mutuamente, se absorben, se nutren del mismo zumo musical, juegan en la misma liga creativa, que no en la del éxito, claro. Ya comenté al respecto en la entrada anterior. O sea, a disfrutar de la canción de autor más penetrante y diría que exclusiva que se hace en España. Obviamente, con reparos.

Sabina ha tardado ni más ni menos que ocho años en dar salida a un nuevo disco, tras ‘Vinagre y rosas’ (2009), lo que lleva a diversas preguntas: ¿la enfermedad?, ¿seco de instinto?, ¿sin musas?, ¿vagancia?, ¿desilusión?, ¿límite: ya he hecho todo lo que tenía que hacer, imposible superarme?, ¿rentas: para qué un nuevo disco, si como a los Rolling, me piden las canciones viejas?, ¿un disco?: si no se vende… Preguntas que no he visto respondidas por sitio alguno pero que serían las primeras en plantearle en caso de una hipotética entrevista, que me temo no sería posible, dado su fervor –o el de su discográfica- por los grandes medios. Pero sorprende que un artista, pese a nubes negras, nicotina vocal y achaques, aunque en pleno esplendor de fama y aceptación, se guarezca en el agujero de la inactividad creativa durante tanto tiempo (sí, ya sé, hizo lo de Serrat, pero me refiero a trabajo propio). No es comprensible, salvo explicación.

Mas, por fin, merced al reencuentro con Leiva, que ya le metió mano a una de las canciones de ‘Vinagre y rosas’, ‘Tiramisú de limón’, parece que el resorte para hacer un nuevo disco se activó y desde mediados del pasado mes está en el mercado el álbum ‘Lo niego todo’, que, como era de esperar, ha trepado con éxito absoluto en las listas de ventas (dentro, eso sí, del paupérrimo panorama de ventas que vive el país y la industria discográfica).

No es un mal disco, pero es uno más. Sabina quería airear su sonido, esquinar a Pancho Varona y Antonio García de Diego, sus lugartenientes en la composición, y decantarse por alguien que le robara el traje gris y le hiciera uno nuevo, diferente. Leiva ha sido el sastre designado, que no el ideal. Porque el traje, por mucho que el ex Pereza haya abierto costurones y cosido nuevas solapas, sigue siendo el mismo: baladas, rumba, pop, rock, mexicanismo, J. J. Cale, Dylan y el incombustible ‘Knocking On Heaven’s Door’… Lo de discos anteriores, solo que ahora con pespuntes stonianos y hasta de reggae, que le ha traído este Leiva, blandito y diría que fallido, si no postizo, émulo de los Stones y quizá el artífice de que el ritmo jamaicano haya entrado en el cancionero sabiniano siguiendo el hilo Jagger-Peter Tosh.

No, Leiva no es Daniel Lanois o Brian Eno, capaces de darle la vuelta a U2, o el mismo Spector, cosiendo trajes imposibles para los Ramones o Leonard Cohen, pero nuevos, aireados. Leiva ha ideado botones, por no decir pegotitos, de guitarras slide, dobros, country, stonismo, piano, voces de niños…, poca cosa, si no desatinada (¡qué pintan esas voces blancas en medio de una de las grandes piezas del disco, ‘Quién más quien menos’, o esa misma voz suya -la de Leiva-, canija y fea, en ‘Por delicadeza’!)

El centrifugado ha sido más bien de poca intensidad, escasamente ingenioso, viejuno, porque Leiva, pese a ser mucho más joven, es tan o más viejo que Jagger, esto es, el que menos le convenía a Sabina, si realmente quería ventilar y renovar el armario. Pese a lo que dice su albacea Benjamín Prado, ni Sabina empieza de cero ni lleva su música a sitios que nunca antes había estado. ¡Vaya si ha estado! ¿O lo de la rumbita y el corrido mexicano, por decir, eran tierra incógnita?

A este disco no se puede acudir a escuchar música renovadora, candente, nueva. Es lo de siempre –letras eruptivas envasadas en patrones musicales archisabidos-, para lo cual no era preciso apartar a Varona y De Diego, que, con su talla y sabiduría, le han dado lo mejor al jiennense y le podían haber dado igualmente esto o más.

A este disco hay que acudir a escuchar a Sabina y su voz de ceniza, a sus rimas (atosigantes por momentos), a su mundo de putas, ternura, humor, tristezas, sarcasmo, amores turbadores, sexo, supervivientes, cinismo… A lo de siempre (ahora sumado al escozor de Hacienda y el ictus), al Sabina en estado puro literario, al Sabina ingenioso contador de historias, que es valor seguro en la bolsa de la música española.

Por ahí, como siempre, es por donde el disco funciona, donde reúne las mejores cartas para ganar la partida de las listas de venta y de los pabellones, como ya la ha ganado. Canciones como ‘Quien más, quien menos’, ‘No tan deprisa’, ´Lágrimas de mármol’ o la misma ‘Lo niego todo’ entran por derecho propio en el sabinismo mayor, son grandes emblemas de este disco, magníficas canciones, pero me temo que nunca parasoles de luminarias pasadas. Así me lo niegue su autor.

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Joaquín Carbonell y su nuevo mapa de carreteras emocionales

Sobre Carbonell golpea el implacable martillo de Sabina, aunque este fuera monaguillo suyo en sus inicios: nunca ocultó, y así se lo confesó a él mismo, su atracción por su fantástico debut, aquel LP de preciosa portada de Natalio Bayo titulado ‘Con la ayuda de todos’ (RCA/1976). Pero es cierto: el de Teruel adora al de Úbeda, si no lo idolatra, hasta el punto de rayar en el ‘salierismo’, se mueve en su mismo mundo sonoro y literario; aunque hay una diferencia esencial y no menos importante: canta mejor, posee un registro más rico y sobre todo una garganta limpia, sin tóxicas adherencias. Además, a diferencia de su icono sabínico, no solo escribe las letras (función casi única del jiennense) sino que se echa a la espalda las músicas, como corresponde a un cantautor de pies a cabeza. Es pues un placer, al cabo de nueve años desde ‘La tos del trompetista’, volver a escucharle de nuevo en disco propio, recién autopublicado en su sello Voces del Mercado, que parece ser el último de su vida, según ha sugerido (aunque se lamentaría mucho).

Se titula este nuevo disco ‘El carbón y la rosa’, hermoso y sugerente título usurpado por ‘el artista’ (así tituló una de sus novelas) a la escritora de los años 30 Concha Méndez,”que hubo de exiliarse en la guerra civil y sufrir, no solo el dolor del destierro, sino la mengua de su popularidad como escritora, eclipsada por la efervescente presencia de los poetas del 27”, según detalla el mismo Joaquín en el adusto libreto (ay, los tiempos de penuria para la Cultura, y eso que –merecidamente- ayudan un poquitín la DGA y la Caja Rural de Teruel).

Y dentro, otro nuevo mapa de carreteras sonoras y emocionales (no precisamente secundarias) por las que resulta muy cómodo transitar en dirección a los más variados territorios musicales, desde el reggae al bolero, el blues, la rumba, el country, el vals mexicano, Brassens… y hasta ¡el doo-wop! Una variedad que, enumerada así, puede llevar a pensar en el ‘melting pot’, en la mixtificación como recurso plasta, como pudo ocurrir (lo de pensar en el ‘melting pot’) con ‘La voz del trompetista’ o con el mismo ‘Clásica y moderna’, aunque aquí había más dirección en sentido único hacia la chanson francesa y en particular hacia Brassens y el jazz manouche, pero al contrario: la variedad, debido al buen gusto con que están barnizadas las canciones y el sólido trabajo instrumental que despliegan el gran Arrazola (guitarras y cuerdas), Miguel Isac (batería), Kalina Fernández (violín), Richi Martínez (bajo, arreglos, grabación y dirección) y Roberto Artigas (voces y armónica) le favorece y hasta homogeniza el álbum, dotándolo de una riqueza ambiental que crece estratosféricamente cuando hierven las elaboradas letras que lo sustentan (pena que no se incluyan).

Van estas de rimas, lirismos y confesiones tan variadas como las músicas, pensadas y repensadas durante más de 500 días y 10.000 noches. “Los que trabajamos con un material orgánico como es la letra y la música, los que esperamos a emocionar a través del relato, sabemos que hay que elaborar las letras como una catedral: no puede faltar ni sobrar nada; si no, se cae”, me dijo en una entrevista para Heraldo, lo que da idea de la dedicación y las turbulencias que deben correr por ese cerebro turolense cuando contacta con las musas.

Letras pues sudadas, de resistencia mental “de noches de claro en claro y días de turbio en turbio”, y trabajadas con el cincel, como ya es norma de la casa, del ingenio y la sensibilidad bien afinados. También con el de la ironía y el humor, constante en ‘el artista’ en toda su carrera no solo sobre el entorno sino sobre sí mismo, explosionado en aquella copla delirante que era ‘El reserva’, a la que siguió ‘Soy un capullo’.

Aquí, en este nuevo disco, el equivalente a estas dos piezas, aunque en tono autoburlón más rebajado, podía ser ‘Género chico’, la que abre. Y luego, Joaquín se da una vuelta, según él señala, por el desengaño de estos tiempos (‘Nada será lo mismo’), los malos tiempos para el arte (‘A tu madre no le gusta’), los amigos desaparecidos (‘Dónde estabas tú’), las nostalgias de la infancia (‘La maceta de arroz’), los desahucios (‘Juana tiene frío’), el amor (‘El beso de un okupa’), los tiempos pasados (‘Vivir es una errata’), la huella de Brassens y Labordeta (‘Acuérdate de mí’)… o esa sardónica chulería que es ‘De Teruel no es cualquiera’.

Todas son composiciones de Joaquín, aunque en dos de ellas colabora Leyva…, nooo, no confundir al leer el nombre J. Leyva en la contraportada con el de Leiva de Pereza que ha producido el nuevo disco de Sabina (lo que faltaba para que el martillazo sabiniano se convierta en yunque asesino) sino que se trata del poeta zaragozano Juan Leyva que tiene como peculiaridad el difundir su ingenio a través de Facebook aunque también escribe libros que hasta ganan premios (el de Badajoz de poesía por ‘Caja de resistencia’).

Miren, lo reitero una vez más y no me cansaré aun sembrando rosas en el carbón, tenemos por aquí, desde hace lustros, al cantautor más polifacético y en forma músico-lírica de toda la tropa veterana del solar patrio, que ya quedan muy pocos. Nítido en la voz, brillante en el verso, armonioso en la música, como ya he escrito en alguna otra ocasión, Carbonell es dueño de una imaginación (parafraseándole) ‘preta’ y de unas canciones urbanas que desbordan poesía e ironía, herramientas difíciles de utilizar y aún de dar con ellas en el clavo adecuado, absorbente, emocional, de la creación y el arte, como él lo hace. Y, sin embargo, resulta penoso que no trascienda en la medida que se merece, vamos, que no llene pabellones o venda discos como su viejo monaguillo. Mas esa es batalla perdida y bien asumida, ¡qué se le va a hacer! Quizá en centurias venideras… Y si no, su cenáculo de admiradores seguiremos agradeciéndole estos impagables regalos de literatura musicada, de ternura, sensibilidad e ironía danzando finamente en el pentagrama. Un bello modelo de cómo caminar por las carreteras de la canción popular en estos tiempos de bellotez y rimas atragantadas.

Lamentablemente, Carbonell no tiene sus discos en Spotify ni el nuevo está en YouTube por lo que no puedo seleccionar canción alguna de este nuevo trabajo. Si acaso, esta atinada versión en directo de hace unos años de esta tierna y socarrona chulería turolense incluida en el disco.

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Chuck Berry, se va apagando la era biológica del rock’n’roll

Solo quedan en pie Jerry Lee Lewis, Fats Domino y Little Richard. Se fueron hace ya muchísimos años Gene Vincent, Eddie Cochran, Buddy Holly, Ritchie Valens, Big Bopper y Johnny Burnette. Más tarde, en 1977, diría su adiós definitivo Elvis; en 1981, lo haría Bill Haley; en 1998, Carl Pekins; en 2008 Bo Didley… y ahora acaba de despedirse Chuck Berry, que falleció el sábado pasado aunque ha sido hoy domingo cuando se ha conocido la noticia. Es evidente que se está apagando la era biológica de los grandes creadores del rock’n’roll, aquel género diabólico que removió los cimientos juveniles y, por ende, de la sociedad americana de los cincuenta, proyectando su latido revolucionario en las décadas siguientes.

Honor y loor al máximo generador de aquel terremoto vital, social y musical. Es cierto, Elvis evangelizó al mundo a golpe de pelvis, canciones inmarcesibles y radiante aspecto, pero Chuck Berry fue el creador salvaje del rock’n’roll: escribía, cantaba, creaba y tocaba la guitarra. Era el mayor de toda aquella generación y eso le daba la distancia no solo de la experiencia, del aprendizaje antes que los demás, sino para mirar la vida y el mismo ritmo que acababa de nacer con ojos tan críticos como irónicos, cuando no tan defensivos como humorados. Aquel puñetazo a Beethoven…

También es mala uva que justo cuando tenía un disco en la nevera, después de ¡38 años! sin estrenarse discográficamente que no en los escenarios, que seguía pateando, haya dicho adiós. En sentido necrofílico, podría decirse que se une al clan Bowie-Leonard Cohen, al de los escritores de sus propios requiems.

Aunque para qué engañarnos. Si ese anunciado disco hubiera salido al mercado con él en vida, hubiera pasado prácticamente desapercibido si no recibido con una simple nota en los periódicos o como una anécdota del tipo “hay que ver, 90 años, y ha grabado un disco”… Berry era ya una gran reliquia del pasado que solo interesaba a aficionados recalcitrantes y estudiosos. La generación de los ochenta y las posteriores lo ignoraban, no digamos la de los millennials que les sonará tan lejano y desconocido como Boticelli o Kubala.

Pero, aunque sean unas breves líneas, vaya al menos en este rincón de lo blogosfera el recuerdo y el reconocimiento estelar de esta leyenda del rock’n’roll, a aquel adolescente que cuando consiguió comprar una guitarra española por cuatro dólares se empeñó en aprender a tocarla por sí mismo y en unos cursillos de verano en su propio instituto y después desarrollar un estilo de guitarra y canto que no solo le llevó al éxito sino a marcar el camino a generaciones posteriores.

Su discografía con Chess Records, el sello que le recomendó su admirado Muddy Waters una noche mientras firmaba autógrafos, cobijó sus primeras y grandes creaciones. El álbum ‘Chuck Berry Is On Top’ (1959), con el curioso ‘Anthony Boy’, que no es sino (¡ups!) ‘El gorila’, de Brassens, es la gran Biblia del género, como no podía ser menos, conteniendo, como contiene, ‘Carol’, ‘Maybelline’, ‘Little Queenie’, ‘Roll Over Beethoven’ y, cómo no, el impactante ‘Johnny B. Goode’, que aún me atruena en la voz de Miguel Ríos y el pedazo de recreación que se pegó el año pasado en el Centro Delicias junto a unos Seven conocidos en el mismo escenario, sin el más mínimo ensayo. Por aquí, también hizo estragos el calavera yanqui.

Que el hijo de un carpintero y una maestra no solo creó el género partiendo del blues y el R&B y popularizó el famoso ‘duck walk’, o paso del pato, sino que su vida, sobre todo en su juventud, exhibió algunos de los más insignes galones de perversión y macarrismo rocanrolero: fue arrestado por robo a mano armada en tres tiendas de Kansas City cuando tenía 18 años, pisó el reformatorio, le metieron tres años de cárcel en 1960 por seducir a una joven mexicana de 14 años y meterla en su propio club, según la justicia, un burdel, volvió a la cárcel 19 años más tarde por evadir impuestos, pagó más de un millón de dólares para salvarse de un nuevo ingreso en la cárcel por colocar cámaras ocultas en los baños de señoras de su restaurante, tras la denuncia de 59 mujeres…

Únase a ello su fama de huraño, su mal carácter con sus propios músicos, que por lo general alquilaba huyendo de los fijos, sus espantadas, su arrogancia, su extravagancia… y su fama de gran tacaño, hasta el punto de seguir el mercado de divisas para, en función de las fluctuaciones, pedir el cobro en efectivo, cobrar por las entrevistas, impedir la filmación de un solo minuto de sus conciertos si no había pago previo o escatimar a su socio en la composición, el pianista Johnnie Jonson, el más mínimo centavo de derechos de autor –hablamos de canciones emblemáticas como ‘No Particular Place To Go’, ‘Sweet Little Sixteen’ o ‘Roll Over Beethoven’- hasta que a este se le hincharon las narices y lo demandó en el 2000, y tendremos el retrato del prenda.

Nada de ello, sin embargo, empaña su papel en la invención y desarrollo del rock’n’roll. Charlie Gillet escribió en su imponente obra ´Los sonidos de la ciudad’: “Si la importancia en la música popular se pudiera medir en términos de imaginación, creatividad, imaginación e ingenio, así como según la habilidad de convertir una variedad de experiencias y sentimientos en formas musicales prestigiosas y duraderas, Chuck Berry, sería, sin duda, la mayor figura del rock’n’roll”.

Nick Cohn lo señaló como su letrista pop favorito: “Sus letras trataban de interminables romances de teenagers y las cantaba con un cinismo vicioso y maligno que le daba todo su encanto”. De todas cuantas escribió, la mejor, según Cohn, fue ‘You Never Can Tell’, que describía, como hasta entonces nadie había conseguido, por muchos intentos que se hicieron antes, el mito de los sueños adolescentes. Tuvo que ser un rocker el que diera en la tecla, si bien la canción, extrañas paradojas del negocio musical, no alcanzó éxito hasta que Tarantino la eligió para el famoso y sensual baile de Travolta y Uma Thurman en ‘Pulp Fiction’.

Y es que, siguiendo a Nick Cohn, Bogart había probado que para ser grande no se necesitaba ser intelectual. “Lo que se necesita es estilo, fuerza y una imagen específica, esto es lo que exactamente a Chuck le sobraba”. La causa por la que Dylan, Keith Richards o los Beatles le adoraran e incluso de que ellos mismos existieran en el rock, tal era su admiración hacia él.

Lástima que ese nuevo disco, 38 años después de tan extraña sequía pese a seguir rodando por los escenarios, no le coja en vida. Veremos qué depara.

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En memoria de Ricardo Gil

Se ha ido un amigo, buena persona y excelente periodista. Se ha ido mi querido Ricardo Gil. Y esta tarde, desde que su propio hijo (bloguero de pro en este rincón, por cierto) me ha llamado para darme la triste noticia de su fallecimiento, estoy muy apenado. Desolado y triste cuando alguien cercano te da repentinamente su último adiós.

Sí, ya sé, este es un blog musical, y no un recipiente para obituarios de amigos, pero hay un trasfondo musical en esta pérdida que me obliga y me complace a unirme a su memoria. Mucho fondo, por supuesto, personal. Porque dejadme que lo confiese y lo diga en voz alta: sin Ricardo Gil no existiría este blog ni por tanto yo hubiese escrito libros ni mucho menos hubiese llenado tantos folios como he llenado para el Heraldo de Aragón en los casi cuarenta años que llevo escribiendo en él.

Es cierto, hay otras personas que me impulsaron y me ayudaron a entrar en el mundo periodístico, desde el subdirector José María Doñate al admirado Juan Domínguez, el animoso Luis García Bandrés o la amiga Carmen Puyó. Sin ellos, está claro, y perdón por entrar en el túnel del tiempo personal, no habría sido posible que mi vida girase de la docencia al periodismo. Hice oficio de mi gran pasión por la música por ‘su culpa’ y por su apoyo, en especial de Carmen Puyó que me alentó desde el primer momento a formar parte de la Redacción del periódico. Infinitas gracias a ella y a todos cuantos he nombrado.

Pero con Ricardo Gil fue diferente. Nunca en mi vida me he encontrado con una persona que haya confiado tanto en mis muchos o escasos talentos para hilar cuatro frases en torno a la música como Ricardo lo hizo. Me dijo que quería una sección musical en la revista semanal del Heraldo y durante ocho años, mientras se editó la revista, o ‘el colorín’, como le llamábamos coloquialmente, primero los viernes y después los domingos, estuve a su lado, no fallé ni una sola vez. Cada semana aparecía un artículo de ‘seis páginas’ (luego, de cuatro) dedicadas a música pop.

Aún no me explico cómo pude sacar adelante aquella epopeya, máxime escribiendo desde provincias, sin acceso directo a lo que ocurría en la capital del reino y con un panorama aquí todavía de secano. Pero Ricardo no solo confiaba en las personas que trabajaban con él sino que era implacable. Cuando creía en una idea se convertía en un monolito de piedra, no se rompía en absoluto ante cualquier excusa, quería esa idea y la quería firme, constante, verla crecer semana a semana. Como así fue en mi caso, aun dejándome la piel y las neuronas.

Lo extraño, y de ahí mi admiración, era que incluyera la música pop en el catálogo de prioridades periodísticas… Ya, hoy, es normal y habitual ver desfilar por el papel nombres, grupos y artistas musicales de toda clase, pero hace 40 años el periodismo cultural vivía en otra galaxia, en otro mundo de piedra y desdén. El pop y el rock eran materia, por así decir, frívola, insustancial, extravagante, propia de cuatro pirados, incluso non grata, cuando no motivo de befa. “¡Cómo le puede gustar ese maricón de Mick Jagger, que mueve el culo y no la garganta!”, me llegó a espetar con sorna un gran pope del periódico. No resultaba fácil bracear en aquel mundo todavía de cartón piedra y mucha caspa del pasado con respecto al rock.

Ricardo Gil, sin embargo, representaba todo lo contrario de aquel pensamiento reaccionario. Tengo para mí que fue tan atrevido como visionario. El primer artículo que le llevé no tuvo el más mínimo reparo en colocarlo en portada. Trataba de Pink Floyd y su unión con el ballet de Roland Petit, si mal no recuerdo. Un espejismo. Y más adelante, cuando Héroes del Silencio eran unos pipiolos prácticamente desconocidos, apostó por ellos, encargó fotos a Ángel de Castro, que se llevó al grupo al Parque Grande, y en el colorín del Heraldo, como él mismo también lo llamaba, si no fue él quien lo bautizó, salió el primer reportaje en color y en portada que se publicó en España. Sus apuestas rockeras, en tiempos duros, fueron incontables.

Hay que mirar con elevación y evaluar. Gracias a jefes como Ricardo el rock soltó los tornillos que en el mundo periodístico, y más de provincias, le ataban al diablo y a la incomprensión, la befa y el desprecio. Leer sobre música pop en un periódico, incluso nacional, con cierta sensatez y naturalidad no era fruto maduro ni cotidiano.

Lo increíble era que él no sabía tan apenas nada de música. Ricardo era un periodista deportivo de fuste que cubría los partidos del Real Zaragoza con maestría y hasta llegó a escribir varios libros sobre su historia. También era especialista en el mundo del motor, pero de rock y pop, nada de nada. Mas intuía que había llegado un nuevo tiempo y que había que dedicarle atención a aquellas músicas que empezaban a movilizar a la gente joven en un país, aun pisando ya los años 80, todavía casposo. Convirtió la extravagancia en lo que hoy es normalidad. Un mérito inconmensurable. Cómo no agradecerle entonces y ahora aquella visión, aquella amplitud de miras, firmase quien firmase aquellas seis páginas semanales del colorín.

Fue para mí un placer conocerlo, disfrutar con sus largas charlas en su despacho o en cualquier terraza de un bar y, sobre todo, recibir aquel torrente de confianza en lo que uno buenamente pergeñaba cada semana. Estoy seguro de que sin aquel apoyo, sin aquella seguridad en sus ideas y en lo que quería de mi, ni yo hubiera seguido adelante ni por tanto este blog hubiera existido. Gracias, Ricardo. Te lo dije en vida y lo vuelvo a confesar en público: fuiste una persona querida y determinante en mi vida. Una pena que te hayas ido, más cuando estábamos a punto de vernos después de años sin hacerlo. Por siempre, mi cariño y mi abrazo emocionado.

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U2: ‘The Joshua Tree’, treinta años creciendo

Treinta años. Recurriendo al tópico: parece que fue ayer. Me veo en un bar de copas de la zona de la calle La Paz, de cuyo nombre, ¡coñe!, no consigo acordarme, al que solía acudir en noches toledanas, a veces con calaveras inveterados como Sabina; me veo, digo, oyendo absorto una cinta de casete que Emilio Velilla, representante de Ariola en Zaragoza, ha llevado al bar para su escucha antes de publicarse el disco en España.

No doy crédito a lo que me llega a los oídos: el sonido de la guitarra de The Edge y sus típicos delays, el ritmo atronador de la batería en el inicio del disco, la suavidad melódica, rozando el gospel de la segunda y tercera –aún no conocemos los títulos-, la psicodelia apocalíptica de la cuarta, la armónica y el folk a lo Ry Cooder de ‘Paris, Texas’ en la siguiente, la furia que brota hacia el final…, y como remate la tristeza que anega el tema último…

Son las nuevas canciones de U2, las de ‘The Joshua Tree’, el álbum por antonomasia del cuarteto, escrito por un Bono impactado por la pobreza en Africa y la tiranía de los dictadores de Latinoamérica, zonas que acaba de visitar. El largo conflicto minero en la Inglaterra tacheriana entra también en el espacio ideológico del álbum al igual que el tributo al asistente personal de Bono, muerto en accidente de moto, y la religiosidad del grupo, o al menos de Bono, quien años antes ha asegurado que asistía a misa cada domingo. Pero es la América que han recorrido en sus giras previas lo que sustenta el andamiaje literario del disco. Enamorado de los USA pero plenamente opuesto a la política de Reagan e inquieto por los ‘desiertos mentales’, según él, de la civilización occidental en contraposición a los físicos que Bono ha visto en África, las letras del disco aluden veladamente a la política militarista de Estados Unidos y sus zonas oscuras. De ahí que el título inicial sea ‘The Two Americas’ aunque finalmente, tras contemplar también el de ‘The Deserter Songs’, se impone el ‘The Joshua Tree’, que mantiene la idea de los desiertos mentales y físicos que envuelven al hombre. La estética negra de la portada, con el árbol de Josué, tomada en el desierto de Mojave, en la contraportada de un disco de doble funda en su formato original en vinilo, profundiza en la simbología del álbum, que musicalmente retrocede, por consejo del mismo Dylan, a sus raíces irlandesas y a las americanas.

Todavía no es un grupo de audiencias masivas, aún no se ha producido su gran estallido de popularidad, es casi una banda minoritaria, de culto. Pero yo tengo ya en mis oídos varios cebos que me tienen apresado a los irlandeses. Uno de ellos, el descubrimiento del grupo con su primer álbum, cuando el disco no había llegado todavía a España, aunque allí estaba la Base Americana a través de la cual llegó a mis manos el LP (alguna ventaja debíamos tener a cambio de ver sobrevolar los bombarderos yanquis sobre nuestras cabezas). Otro cebo: la edición del extraordinario ‘The Unforgettable Fire’ y a renglón seguido el festival Live Aid y Bono y su mística interpretación de ‘Bad’, una de las más grandes canciones de la historia del pop.

‘The Joshua Tree’ no me hace sino confirmar, y perdón por la inmodestia, que tal y como vaticiné en mi querido Disco Actualidad, antes de que cualquier otra publicación española se hiciera eco del disco, que U2 sería la gran banda del futuro. No tuvieron que pasar muchos meses. En el verano de aquel mismo año 87, Bono y compañía petaban el Bernabéu, abierto por vez primera al rock.

Concierto histórico que disfrutamos en medio de unas apreturas peligrosas pero con la emoción a flor de piel. Aquel Bono encaramado a los andamios del escenario, aquel Bono iluminando al público con un gran foco, respondiendo ‘¡Yo soy el toro!’, cuando la gente empezó a corearle ¡torero, torero!, la despedida uno a uno del escenario mientras sonaba ‘40’… Escenas y fuego inolvidable.

Y sí, treinta años. Increíble. “El tiempo es como un río que arrastra rápidamente todo lo que nace”, escribió un ilustre filósofo y emperador romano, Marco Aurelio. Pero afortunadamente, añadiría uno, en ese arrastre no se van los recuerdos, los grandes recuerdos. Bien al contrario, sedimentan en la mente hasta cristalizarlos en clavos de acero donde agarrarse emocionalmente durante toda la vida de cada cual. Y eso es lo que a mí me ocurre con este magistral disco de U2. Sigue siendo una presencia permanente enganchada a mi memoria musical y personal, una fuente de placer inagotable, por lo que estas tres décadas que ha cumplido esta semana, por mucha longevidad que detente, son un suspiro, un apasionado chasquido vital ocurrido hace tan apenas unos minutos, los mismos que dura su enésimo pase por el reproductor mientras hilo estas líneas y vuelvo a disfrutar con sus once maravillosas canciones, especialmente con la de cierre, ‘Mothers Of The Disappeared’, puesta en bucle y escuchada medio centenar de veces en horas posteriores (no exagero, a veces soy cabezón con una canción hasta romperme las neuronas). ¡Que delirio de mística belleza! Una desolada oración por los hijos arrebatados a las ‘madres de la plaza Mayo’ en Argentina y por extensión a las de Chile y El Salvador.

‘The Joshua Tree’ no mengua. Al contrario: se agranda a medida que pasa el tiempo. Ha crecido en estos treinta años, y sigue creciendo. Más, palpando la carencia de grandes obras y de artistas nuevos que el rock ha ido soltando en los últimos años. Su valor está a la misma altura de muchos de los grandes álbumes que se trabaron en la mitificada década de los sesenta, con los Beatles, los Rolling, Doors… y demás nutrida patrulla de dioses musicales.

Es, por otro lado, uno de los grandes símbolos identitarios, por no decir el mayor, de lo que fue la monumental década de los 80 y los fantásticos discos y grupos que alumbró. La ‘guitarra infinita’ de The Edge, el carisma de Bono y su potente voz de tenor del rock, única e irrepetible, la psicodelia emboscada en las canciones menos aparentes, los fondos de sintetizador, el trabajo a dúo de Daniel Lanois y Brian Eno en la producción… y, cómo no, su pirotecnia melódica, su arsenal de icónicas canciones (‘Where The Streets Have No Name’, ‘I Still Haven’t Found What I’m Looking For’, ‘With Or Without You’…) le dieron identidad a aquella década, como se la dieron The Smiths, The Cure, The Jesus & Mary Chain, Joy Division, Simple Minds, The Cult, Depeche Mode, Cocteau Twins, Siouxsie & The Banshees, The Waterboys o Echo & The Bunnymen. Hallazgos letales, chorros de esa arrebatadora hermosura que uno busca en la música y que le hacen seguir creyendo en el gran arte de la creación. Eso fue y sigue siendo ‘The Joshua Tree’, un poderoso torrente de música moderna con raíces en el pasado (Doors, Van Morrison, Dylan…), una reinvención del rock, como confesó The Edge que era el objetivo del grupo a la hora de afrontar su quinto álbum.

El 2 de junio próximo preparen bolsillos fans y coleccionistas. Después del rescate en 2007, con motivo del 20 aniversario, llega otra reedición de ‘The Joshua Tree’ a lo grande, al modo ‘Achtung Baby’, en esta ocasión con siete elepés o en su caso cuatro cedés en los que junto a la remasterización del álbum original, entre otras golosinas, se encontrarán un concierto de la gira del 87 en el Madison Square Garden, 27 canciones inéditas o diversos remixes. Los 28 millones de copias vendidas hasta ahora subirán unos cuantos puntos más. Y el árbol de Josué y de U2 seguirá creciendo.

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El ayuntamiento podemista de Zaragoza en retirada musical

La historia, aun llevando la contra a Toynbee, no está para repetirla sino para cambiarla. Más aún, para superarla y mejorarla. Se fue la Cincomarzada en Zaragoza sin dejar reguero musical visible… Sí, se celebró la atávica comida al aire libre, amenizada con charangas, actuaciones y reivindicación barrial, pero quedó huérfana de algún concierto de fuste en la víspera o en el mismo día.

¿Una apreciación esta extemporánea en estos tiempos? ¿Incomprensible para los más jóvenes? Posiblemente. ¿Qué tiene que ver el carlismo derrotado hace casi dos siglos con la música de hoy? Nada…, aunque, ¡alto!, miremos por el retrovisor. Hubo un momento en que con el PSOE ocupando la alcaldía y sembrando el nuevo espacio virginal nacido a la salida del túnel de la dictadura franquista, es decir, inventando nuevas fórmulas de ocio y cultura ciudadana, ornaba los festejos históricos y religiosos con actos y músicas de relieve. Lo hacía en la víspera de San Valero, el patrón San Jorge o en la Cincomarzada y, no digamos, en plenas fiestas del Pilar. La democracia no era solo elegir a los nuevos gobernantes, o eso se pretendía visualizar, sino llevar a la ciudadanía diversión y cultura, romper ataduras con el pasado de inacción y los bailes elitistas de la Lonja, a través de la música, la fiesta y el conocimiento.

Costó, es cierto, convencer y vencer unamonianamente a aquellos primeros regidores a entrar en el nuevo tiempo cultural, pero una vez cogidos los raíles, la locomotora musical logró caminar con gracejo y soltura, y a veces hasta con velocidad. Atizada con el carbón municipal, de las primeras actuaciones de los grupos novatos en aquel destartalado pabellón de Santa Isabel a la irrupción de Héroes del Silencio (con su primera maqueta sufragada por el ayuntamiento) y la explosión local de los 90 se llegó a la presencia de los Rolling Stones, Michael Jackson o Bruce Springsteen en grandes recintos, especialmente La Romareda. El trayecto de esfuerzo y cambio fue evidente.

Resultaba impensable que la locomotora descarrilase, pero, ¡ay!, ha ocurrido. Desde hace un lustro o más, el concejo se ha batido en retirada de la música y de los circuitos de las grandes atracciones musicales. La crisis y las telarañas en las arcas han sido factor determinante, pero también la desidia, el desdén y la impericia de los nuevos gobernantes de ZEC (Podemos).

¡Ah!, aquellas sabias y atinadas palabras de un polémico concejal de Cultura del PSOE (¡ñam, ñam, qué ricas las almejas de Carril a costa del erario municipal!), pero también valiente como fue Antonio Piazuelo: “El ayuntamiento tiene que llevar a los ciudadanos la cultura, y por ende la música, de la misma forma que les lleva el agua o arregla los parques”, dijo. Y en la crisis post Expo sevillana y los fastos olímpicos de Barcelona, entre el 93 y el 95, con más problemas económicos quizá que los actuales, Piazuelo tiró de ingenio y coraje para que la ciudad gozara de música en directo de categoría internacional. Iggy Pop o Aerosmith fueron algunos de sus dos botones de muestra mayores.

Además, tras la nefasta gestión de una colega suya de infausta memoria, Carmen Solano, diseñó una nueva política cultural que devolvió a la ciudad la alegría perdida: basta recordar las programaciones del Centro Cultural Delicias. Juan Bolea, ya con el PP, prosiguió y doró aún más aquella concepción de la cultura como fasto pero también como servicio infraestructural de base.

Hoy todo aquello está sepultado. Se convocan mesas culturales, se discute y se habla, pero ahí estamos… Palabras, palabras, palabras, que recitaría Labordeta en una de sus más bellas canciones, y siguiendo el poema ‘Retrospectivo existente’ de su hermano Miguel, registrándose los bolsillos desiertos para no encontrar nada.

Zaragoza, en manos de los nuevos políticos de ZEC, es un erial musical absoluto, es la nada labordetiana. Y esto, en manos de una izquierda que se pretende progresista y que antes, aunque con otras siglas, fue precisamente quien lavó los manchones de la cara sucia del franquismo, escuece. No es que en la Cincomarzada no hubiera relieve musical; es que, más grave, las manos municipales vuelven a estar musicalmente vacías. Al final, Toynbee va a llevar razón: la historia se repite.

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