The Residents, ¿vivos o muertos?

Mi habitual, y frecuentemente infructuosa, búsqueda, tanto en los suburbios como en los barrios chic de Internet de algo nuevo que me sorprenda, y sobre todo me agrade, me lleva, ¡glup!, a The Residents. ¡Coño, todavía existen!

Confieso mi ignorancia: desde que se dieron a conocer al mundo –aunque ya llevaban un tiempo de acción y grabando discos- con aquella foto de los cuatro con cabeza de ojo, desde que un corresponsal que me busqué en Londres para aquella locura mía que fue la revista, periódico, panfleto, basurilla o vaya usted a saber qué fue Disco-Actualidad, los dio a conocer en España, y especialmente desde que Paloma Chamorro les dedicó un Edad de Oro entera en 1983, su nombre se me fue de la memoria, o simplemente perdí deliberadamente la pista de su existencia: me aburrieron soberanamente, o por decirlo en términos actuales, me pareció un postureo intragable, si no una tomadura de pelo de mil pares.

Pero hete aquí, que no solo siguen en activo sino que llevan grabando discos sin cesar, década tras década, hasta desembocar este año en ‘The Ghost Of Hope’, aunque Spotify les certifica este 2017, ni más ni menos que la edición de cinco álbumes, aunque de ‘la gran discoteca de Alejandría’ conviene fiarse poco, que las fechas le bailan como chinches.

¿Y qué hay de ‘Ghost Of Hope’? Pues lo mismo de hace 40 años. Un tochazo de sonidos, ruidos y voces que si hay un guapo que los aguante de principio a fin, pues premio. No es mi caso…, bueno, miento, que me lo he empapado entero mientras tecleaba estas líneas y sigo más frío que un témpano. Vamos que no creo que vuelva a mis oídos nunca más, como seguro que no estoy dispuesto a darme un atracón de “sabotaje de la normalidad”, como se le ha calificado a su trabajo, escuchándome toda la discografía en Spotify, dicho sea de paso uno de los grandes inventos de la humanidad musical: tener al alcance de un clic, gratis aunque aguantando publicidad, o por diez euros al mes, casi toda la música habida o por haber, es un lujo increíble, que no solo reconforta los oídos cuando la ocasión lo requiere sino que, sobre todo, evita aquellos viejos pufos cuando se compraba un disco a ciegas en la tienda, porque no había posibilidad de escucharlo, o cuando un articulista, por modernidad, por mostrarse más listo que los demás, o por mero convencimiento, que también, glorificaba discos que no había manera de encontrar o suponían un vaciamiento hiriente de bolsillo.

Pero a lo que iba, que toda la discografía de The Residents está disponible en este gran saco sin fondo que es Spotify para quien quiera meterse en harinas fuera del pop o el rock reglamentario, o incluso para consolarse, como ha sido mi caso, de compensar la frustración de una vez más haber intentado otra caza furtiva de ‘nuevos talentos’ y volverme a casa de vacío. Sin rubor lo digo: que entre todas las glorias actuales que me han anunciado en las webs más in, resulta que estos incombustibles Residents me han resultado más fructíferos y gratificantes que la mara de indies, metálicos, folkies… que he pinchado a saltos en las tres o cuatro horas que ha durado mi cacería.

De hecho, Spotify, burla burlando, que diría Lope con su soneto de Violante, se me ha ido a ‘Strange Culture’ (2015), una oda a la paz y la serenidad electrónica que suena gratificante… A ver si Servando Carballar iba a tener razón cuando en tiempos remotos me decía que aquellos locos que nunca daban la cara, ni siguen dándola, eran el presente y el futuro de la música y voy a tener que acabar mis infructuosas búsquedas en “el colectivo anónimo de iconoclastas –como ha escrito alguien- que, desde 1972, dinamita con métodos libertarios todo aquello que está pidiendo pólvora”, cambiándolos por mis inexcusables Flaming Lips o Swans. Miedo me da, pero quién sabe, si hay consuelo.

Por cierto, ¿algún fan recalcitrante por ahí? ¿Alguien con paciencia que se haya escuchado toda la discografía de estos californianos sin identidad conocida? ¿Qué suponen en el mundo musical de hoy? ¿Están vivos o muertos?

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Chris Cornell: ¿Soundgarden o Audioslave ?

Kurt Cobain, de un tiro en la sien. Y ahora, según se ha sabido hoy, Chris Cornell, ahorcándose. ¡Qué manera más insólita de meterle una rebanada tan grande e inapropiada al grunge, del que fue uno de sus puntales, pero sobre todo qué manera más trágica e incomprensible de irse de este mundo!

Y más en su caso. Los dos triunfadores, famosos, guapos, con familias asentadas, bellas esposas… ¡Qué misterio el de la psique humana! Los psicólogos sabrán mejor, pero parece que la raíz del suicidio del cantante de Soundgarden estriba en el divorcio de sus padres cuando entraba en la adolescencia, a los catorce años. Fue tal la depresión que le sobrevino que estuvo un año sin salir de casa y sometido a tratamiento médico. Remontó pero aquel negrísimo lunar anímico le quedaría para siempre en el cerebro. Hasta que el pasado miércoles por la noche, tan apenas una hora después de actuar en Detroit, el lunar reapareció y reventó: Cornell se enrolló una cuerda en el cuello en el baño de un hotel y puso fin a su vida, haciendo realidad la inmolación de ‘Like Suicide’, la pieza que cerraba, en 1994, el elogiadísimo ‘Superunknown’ de Soundgarden. Su esposa ha asegurado en un comunicado que se excedió en la toma de la dosis de Ativan, un medicamento contra la ansiedad y el insomnio.

Debo confesarlo. Ni entonces, ni ahora, Soundgarden fue un grupo que ocupase excesivo tiempo de mi vida. Aquellas tres octavas y media de Cornell me producían cierto repelús: sonaba a manierismo zeppeliano, a exageración de Robert Plant o Ian Gillan, lo que conducía a los cantantes gritones del metal, que tan poco gozan de mi admiración. Quiero decir con ello que no es que menosprecie ‘Superunknown’ o el precedente, ‘Badmotorfinger’, sino que cuando Cornell dio el paso a Audioslave, uniéndose a tres miembros de Rage Against The Machine (un supergrupo de vieja escuela, se dijo entonces), fue cuando realmente aprecié, y sigo apreciando, su valía vocal.

Entonces controló más el registro, rebajando la graduación tonal y siendo menos evidente en las subidas, y por tanto en el grito, con lo que consiguió un canto más homogéneo, sólido, temperado. No extraña que la revista americana Rolling Stone lo incluyera entre los diez mejores cantantes de hard-rock de la historia.

Ello, unido al potente trío que le acompañó, olvidado de los estallidos raper-metálicos de Rage Against The Machine, con el verbo guitarrero de Tom Morello e incluso entrando en el más terso de los baladismos (‘I Am The Highway’, ‘The Last Remaining Day’, ‘Be Yourself’…), dio lugar a un poderoso trío de álbumes –‘Audioslave’ (2002), ‘Out Of Exile’ (2005) y ‘Revelations’ (2006)- que uno mismo recibió en su día en el Heraldo cargados de estrellitas.

Tres discos en los que se ponía al descubierto la admiración de Cornell por Kurt Cobain, Eddie Vedder o James Hetfield, pero sobre todo se destilaba puro metal-rock en los viejos alambiques de Led Zeppelin, Black Sabbath, AC/DC e incluso Free o Hendrix, con wah wah guitarreros que atrapaban a viejos rockeros y que no hacían sino conectar los 2000 con los setenta.

Obviamente no hay que olvidar sus trabajos en solitario, su participación en Temple Of The Dog o, con su incesante actividad, la cantidad de canciones que dio al cine y la televisión, pero los centros gravitatorios de la carrera de Chris Cornell fueron Soundgarden y Audioslave. Personalmente le tengo más aprecio a estos últimos, pero allá cada cual con sus gustos y preferencias. Lo cierto y lo peor es que, con 52 años, esposa y tres hijos, se ha ido un cantante de la primera plana del rock-metal y a la vez un puntal del grunge. Y de qué manera más espeluznante. ¡Porca vida!


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El nuevo traje de Imelda May

No es el camaleonismo de Bowie, que en esa faceta el británico no tiene rival, pero Imelda May acaba de dar un timonazo estético y musical que la devuelve nueva e inédita, mutada, al mundo de la música, tras un divorcio y tres años sin publicar discos.

Adiós al tirabuzón rubio incrustrado en su cabello moreno y adiós al rockabilly. Su nuevo álbum, el quinto de su carrera tras ‘No Turning Back’ (2003), ‘Love Tattoo’ (2008), ‘Mayhem’ (2010) y ‘Tribal’ (2014), se llama ‘Live. Love. Flesh. Blood’ y transcurre por los caminos de la canción sedada, tranquila, lo que no significa que no haya algún chispazo de dureza y menos aún que la voz salga de cuna de terciopelo. Bien al contrario, a veces la rabia parece robada a su amigo y paisano Bono, pero hay mucha más dulzura que furia.

Por momentos, el disco parece una especie de acercamiento al Dylan último, una incursión en el cancionero americano de los 40-50 –swing, gospel, blues, R&B…-, si bien es ella quien firma todas las canciones. Lo que en modo alguno sorprende ni puede tomarse como un giro forzado: desde su más tierna infancia, merced al ambiente musical familiar, la irlandesa está impregnada en aquellas sonoridades y en especial en el sentimiento interpretativo de la gran Billie Holiday.

Todo ello se transparenta en este disco, amable, confesional, personalísimo, fruto de un agrio tramo vital marcado por el divorcio de su marido Darrell Highman, guitarrista de su grupo, y por una hija que adora. Ella lo califica como un disco de amor, culpa y deseo.

No ha estado sola en esta transfiguración. Su amigo Bono la ha estimulado y aconsejado, Jeff Beck y Jools Holland han colaborado y sobre todo ha contado con un productor de bandera como T-Bone Burnett, que no solo le ha ayudado tanto en lo personal y lo musical, sino que le ha reunido una banda en la que figuran músicos también de primera como el versátil Marc Ribot, que se nota, y mucho.

¿Recuerdan a Tanita Tikaram? No, no es lo mismo, pero aquel aire tristón y dulce, aquel sonido elegante, parece revolotear en algún momento por este disco, hay algún lunar visible en la superficie de este nuevo traje de Imelda. Ahora es morena total, sin tirabuzón rubio, con flequillo y más guapa, con una belleza a lo Chrissie Hynde sin colmillo sino amable. El traje le sienta bien, la transfiguración también. Si alguien lo quiere comprobar más de cerca, tiene la oportunidad de hacerlo el próximo día 8 de julio en el festival Castillo de Aínsa (Huesca). [Corregido: 8 de julio, no de junio]



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El frente de Iván Zulueta contra el festival de Eurovisión

Este sábado próximo llega de nuevo el festival de Eurovisión…, ay, la apolillada nostalgia. No sé si tendré valor para seguir el ritual de ponerme un año más ante el televisor, pero es un viejo rescoldo de mis tiempos de infancia que aún no he superado: entonces, pese a los Beatles o los locales Brincos, que se comían el pastel, la cita eurovisiva era la cita musical suprema ante el televisor. El tiempo ha dejado marcado que, aunque aquello era un casposo mercadillo, no se hicieron tan malas canciones en el festival como ahora. Algunas de ellas, incluso, han devenido perdurables.

Hoy, sigue el mercadeo en mayor amplitud y en esta edición, hasta con boicots y polémica política y guerrera entre fronteras cuando precisamente el festival nació para que los europeos al menos dejaran de pelearse un rato, que menudo siglo XX llevábamos.

Aun cuando con menos atención, sigo pues enchufado a la pantalla porque, a falta de grandes canciones y aun con el sonido (no la voz) en playback, que manda güevos, es innegable que Eurovisión es un espectáculo músico-visual impresionante. Los miles de euros o de grivnas (que este año llega desde Ucrania) corren a chorros en favor del derroche tecnológico. Pero, ya digo, musicalmente apesta, por no decir que “es una mierda”, evocando y parafraseando la película que Iván Zulueta estrenó en el 70, aunque se rodó en el 69, con el título de ‘Un, dos, tres… al escondite inglés’.

¡Qué valor el de este vasco de San Sebastián! Sin un duro, pero con mucha cabezonería e ingenio, confeccionando él mismo los decorados y la cartelería, y con Jaime Chavarri como guionista que lo inventaba de un día para otro mientras se rodaba, con Borau como actor, productor y director asociado, y las mismas Vainica Doble haciéndose cargo de la música extradiegética, dejó plasmado el filme más psicodélico y surrealista de la música española. Hoy, una delirante pieza de lujo que hace bueno aquel cine atrevido e incomprensible en la época, que desembocaría en la aún más atrevida película de Zulueta, ‘Arrebato’, hoy obra de culto.

En ‘Un, dos, tres… al escondite inglés’ no solo se desplegó una cantidad de subversión visual desbordante sino todo un estacazo demoledor a aquel festival eurovisivo y a todos los de su estirpe, que en la España de los sesenta florecían como setas otoñales.

Contra ellos, contra los artistas que desfilaban por aquellos cónclaves entontecedores y en general contra la música comercial que producía la pacata España, Zulueta recurrió a un manojo de ‘conjuntos’ nuevos y punteros para mostrar que otra música pop era posible. Grupos de apenas unos meses de vida pero que ya tenían discos, sonaban en la radio, aparecían en la tele y contaban con canciones de mucho fuste amarradas a los metales, en onda con el soul-rock de Chicago o Blood Sweat & Tears, que marcaban tendencia mundial. Gracias a la osadía de Zulueta, hoy es posible disfrutar de aquellas canciones y de aquellos ‘conjuntos’ en copia restaurada en blu ray, que se publicó el año pasado y que andaba perdida desde que salió en VHS hace la tira de años.

En el batallón que Zulueta presentó para confrontar el nuevo pop español con las horteradas festivaleras estaban Los Buenos, Los Iberos, Shelly y Nueva Generación, Los Beta, Henry y Los Seven, Los Ángeles, Pop Tops, The End… y hasta Fórmula V, que aún no había enfilado el filón veraniego y contaba con nutritivas canciones pop como ‘Busca un amor’. También aparecía un Ismael cantautor, progreta pero despistado, y unos Mitos menos progres pero novísimos.

Traslademos aquel frente contra la comercialidad y la festivalitis de entonces a hoy día. ¿Qué grupos de tan apenas una año o dos de vida y con cierto caché mediático podrían pegarle una pedrada a Eurovisión y a la venidera, ¡aggg!, nueva edición de ‘Operación Triunfo’? Me temo que ninguno. El pop español más nuevo no solo anda en las catacumbas mediáticas sino en la inopia indie.

Zulueta, hoy, tendría que agachar la cabeza. ¿O con qué grupos nuevos, con difusión y con canciones consistentes, podría contar un Zulueta de hoy para hacer un hipotético remake de ‘Un, dos, tres… al escondite inglés’? ¿Cómo batallar contra Eurovisión, los mediocres concursos televisivos de nuevas voces y la inminente reposición de ‘Operación Triunfo’ y el PP volviendo a las andadas del ingenio zafio?

Batalla perdida. Hasta el mismo Iñigo, el presentador más vanguardista de aquella tele de finales de los sesenta, vía ‘Último grito’, y prota de ‘Un, dos, tres… al escondite inglés’ y paladín en ella no solo contra la festivalitis sino contra el pop, en favor de la música clásica, es hoy uno de los baluartes del festival de Eurovisión. ¡Cómo se revuelve el tiempo contra uno mismo! Y cómo tiempos pasados, aunque esté feo decirlo, parece que a veces fueron mejores.

Aquí, el tercer single de Los Buenos, con el gran Julián Granados al frente, y con una de su canciones mas famosas, ‘Groovy-Woovy’, editada en 1969 y con la que se abría la película de Iván Zulueta, ‘Un, dos, tres… al escondite inglés’:

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Jesus & Mary Chain, 20 años después

Hacían un ruido casi molesto, herencia de la Velvet y a modo y semejanza de los primeros Sonic Youth, pero al lado de aquellos temibles tabiques ruidistas, y aun con sus peleas fratricidas, eran capaces de levantar maravillosos espacios de terciopelo, sí, aquel ‘Just Like Honey’, que tomaba lo mejor del sonido Spector en medio de la erupción de la nueva ola británica y de aquellos fecundos ochenta (¿quién es, por cierto, el ignorante que los califica de ‘amuermantes’ (sic) en el pretencioso artículo que apareció el mes pasado en Ruta 66? Esos controles de calidad, plis). ‘Psychocandy’ fue el receptáculo de aquellos ruidos y de aquellos terciopelos. Un disco de The Jeus & Mary Chain, o sea, de los hermanos escoceses William y Jim Ride, ahora clásico e inefable en la misma historia del rock, al menos de los 80.

Luego fueron aminorando la dicotomía ruido-terciopelo, por no decir que eliminaron el primer factor de la ecuación, aunque a cambio endurecieron el sonido, se eclipsaron los disturbios en que acababan muchos de sus actuaciones iniciales, y se entregaron al rock más puro y directo, saliendo joyas como ‘Darklands’ (1987), ‘Automatic’ (1989) o ‘Honey’s Dead’ (1992).

Ocurría, sin embargo, que los dos hermanos se llevaban a matar, como después, o más, lo harían los Gallagher, y entre eso, entre que los promotores huían de ellos como la peste, y la discográfica no podía sujetar a aquellos potros desbocados, se acabaron sus días. ‘Munki’ (1998) fue su sexto y último álbum.

Mas no hay mal que cien años dure. Y aquí están de nuevo los hermanos Reid con las paces hechas y volviendo a las andadas, es decir, actuando y publicando discos. Su nuevo trabajo, casi veinte años después de ‘Munki’, se titula ‘Damage & Joy’, y es otro pildoraza made in The Chain. Inconfundible, aunque los resortes impulsivos de la primera juventud sean solo un bello o maldito recuerdo.

Hay menos gas y menos fuego, pero queda todavía el resabio para componer atractivas melodías que ambos embadurnan en guitarras correosas y cuidadas y hasta amables cuerdas o imitaciones sintetizadas. Han invitado también a varias voces femeninas para evocar aquel ‘Just Like Honey’, o la pieza que grabaron con Hope Sandoval en ‘Stoned & Detroned’ (1994). En concreto, aparece (de nuevo) su hermana pequeña, Linda, más la novia de William, Bernardette Denning, Isobel Campbell y Sky Ferreira. Las cuatro, sin duda, aportan ese aire sensual e inocente que embadurnaba ‘Just Like Honey’ y que se extendió a grupos posteriores como Mazzy Star, The Sundays, Velocity Girl o The Raveonettes, por recordar algunos afectados que me vienen a la memoria.

Y como la cosa podía ser peligrosa en el campo relacional entre hermanos, que pese a los años no han enterrado las hormonas guerreras, se aseguraron previamente de contratar un juez de paz, alguien que fuera capaz no solo de dirigirles por primera vez musicalmente sino de que sacara la vara o la autoridad para enviarlos al rincón de pensar al mínimo roce. Ni en Granada ni en Los Angeles, donde se grabó el disco, parece que hubo lugar a la intervención. El elegido, Martin ‘Youth’ Glover, estaba bregado en estas lides: ya le tocó poner paz en aquel corralito de fieras corrupias que fue Killing Joke.

No es un retorno que vaya a cambiar el devenir del rock actual ni tan siquiera a producir escalofríos sensitivos, pero es un aceptable disco que mantiene en pie la leyenda y la capacidad de los dos hermanos para hacer canciones melódico-ruidosas con santo y seña ochentero. Y a la vez es un buen acicate para desempolvar –como yo he hecho con gran gozo- los viejos vinilos, especialmente los de los 80, que no han perdido ni un ápice de la gloria pasada; ay, si el indie más canalla de hoy tomara nota… A ver si alguno los ha visto, por cierto, estos días por Madrid y Barcelona o por cualquiera de las capitales por donde está pasando su gira de retorno y ha sacado la libreta. La Cadena de Jesús y María sigue electrizante, apretando el cuello.


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Hasta el cogollo de Llach

Lo confieso sin tapujos y pese a quien pese: estoy hasta el cogollo del independentismo catalán. Más de cinco años con la misma matraca, día tras día, en la radio, en la tele, en los periódicos…, el cansancio se convierte en hastío. Cuando sale el dúo Puigdemont-Junqueras, o alguno de sus acólitos cercanos, o cambio de canal o se me remueven las tripas. Es un pugilato permanente, cuando no bravatas que irritan, ese cansino amagar pero no dar. ¿No era esta, por cierto, la legislatura constituyente y de la declaración unilateral? ¿Pues qué han hecho? Otra vez, el referéndum. ¿Pero no lo hicieron ya? La burra volviendo al trigo y tiro porque me toca.

Por supuesto que todo territorio tiene derecho a expresarse y alcanzar sus metas y anhelos, sean del tipo que sea, pero por medios democráticos y sin saltarse las reglas vigentes. De lo contrario, es la selva, cada cual a su conveniencia, y eso es el caos para todos. Si no gusta lo que hay, para eso está la política y los políticos y el reglamento con el que jugamos todos, pero no el desafío del yo-soy-más-que-tú-porque-lo-digo-yo. ¿O es que Aragón no tiene sus muchos problemas para quejarse, para reivindicar? Y quien dice Aragón, dice Canarias, Galicia o cualquier otra comunidad. Mejor, por cierto, no saquemos a colación los problemas de Aragón, no ya con el gobierno central de Madrid, sino con la misma Cataluña, que vamos dados. Pero no, a la brava no se pueden resolver las cosas. Hasta hace no mucho, unos defendieron lo suyo a pistoletazos y bombas, y ahora otros lo están haciendo mansinamente pero a la brava. O lo tomas o lo dejas. Y esto puede acabar como el rosario de la aurora.

Pero uno de los aspectos que me ha sorprendido en este desvarío independentista, y tratándose como se trata este de un lugar musical, ha sido el de la posición de los músicos catalanes ante el separatismo. Me disgusta el silencio, la tibieza o las medias voces de algunos que han hecho carrera fuera de Cataluña y recibido el cariño de tantos españoles de fuera –poco se ha oído levantar la voz a Serrat, a Manolo García, Estopa, Pau Donés o Sergio Dalma- frente a gente tan desprejuiciada como Loquillo, capaces de cantar las verdades del barquero a quien corresponda.

Pero me sorprende, o me ha sorprendido más, el frente independentista integrado por gentes que han paseado su música por toda España, recibiendo parabienes y cariño, y por supuesto llenando la faldriquera, y ahora reniegan de esa relación. Entiendo a grupos como Sopa de Cabra, Sau o El Pets, que ya hace muchos años se les denominó como ‘grupos subvencionados por el catalanismo’ por el mero hecho de cantar en catalán, pero ¿y Quimi Portet, o Dyango, o el mismo Peret, que triunfó haciendo gala de las raciales esencias folclóricas de España? Casi suena a sainete.

Mas el que me duele es Lluis Llach. Confieso que en los tiempos álgidos de los cantautores, ni él ni su tropa formaban parte de mi devocionario particular. Yo estaba en otras cosas: el rock, el blues, la psicodelia, la vanguardia, el jazz-rock, el folk inglés…, y, por supuesto, con mi imperecedero fervor por la música clásica. Aún así, apreciaba, por su gran trabajo orquestal, sus coros y por salirse del patrón de los cantautores al uso, discos como ‘Viatge a Itaca’ (1975) o ‘Campanades a mort’ (1977), si bien fue con ‘Astres’ (1986) cuando caí rendido a su trabajo. ¡Qué hermoso álbum, qué instrumentación con elementos orgánicos, sintéticos y coros femeninos! No digo ya aquella noche de su interpretación completa en vivo en el fenecido Anfiteatro del Rincón de Goya bajo una deslumbrante luna llena. Lo entrevisté en alguna ocasión y me trasmitió una sensación de dulzura y sensibilidad que aún no he olvidado. Por supuesto, jamás hizo mención alguna de separatismos ni desdenes hacia la ‘opresiva’ España.

Pues ahí lo tenemos, hoy ha vuelto a levantar ‘L’estaca’, himno, por cierto ya casposo que convierte a los de Podemos en antiguos si no en ignorantes: ¡cómo si no hubiera canciones más granadas y sustanciales, musicalmente hablando, para cantar a la solidaridad y a la libertad y contra la represión! Apunten, por ejemplo, la dylaniana ‘Chimes Of Freedom’, ‘Rocking On The Free World’ (Neil Young), ‘I’m Free’ (The Who), ‘Imagine’ (Lennon), ‘Libertad’ (Julieta Venegas), ‘Get Up, Stand Up’ (Peter Tosh), ‘Freedom’ (Jimi Hendrix)… Produce hilaridad ver a los podemitas cimbrearse en el escenario al ritmo de ‘L’estaca’. Jóvenes desinformados, por no emplear otros adjetivos más sonoros como trasnochados.

Pero a lo que iba: hoy Llach ha amenazado a los funcionarios catalanes que se atengan a las consecuencias si no cumplen con la ley catalana de la desconexión. Es lógico que los funcionarios cumplan con las leyes vigentes, pero avisarles ya de antemano con sanciones de leyes que no existen y que, según el ordenamiento actual, serían ilegales, es levantar la estaca, no aquella de la libertad sino la de la dictadura, ni más ni menos. O estás conmigo o atente a las consecuencias. El libertador convertido en verdugo. ¿No suena a bolchevismo puro y duro? Patético Llach. Hace tiempo que no escucho uno de sus álbumes, ni pienso. Es de los que me tienen hasta el cogollo.

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Ron Howard y el ‘ruido electrónico’ de los Beatles

Más tarde de lo deseado, pero por fin me he hecho con el documental en blu-ray de Ron Howard sobre los Beatles, ‘Eight Days A Week. The Touring Years’. Se estrenó, ya se sabe, el pasado año en los cines y después, en diciembre de 2016 salió en lujoso formato digital. Como dice el refrán, más vale tarde que nunca. Y en este caso, vaya que si lo merece.

El de Howard es un excelente documento sobre la trayectoria del cuarteto de Liverpool hasta su retirada de los directos, en 1966. Salvo una profusión de fotos impagable y algún fragmento inédito de actuaciones, es cierto que no aporta gran cosa que no hayan destilado antes las numerosas biografías y documentales al uso, comenzando por el soberbio pack ‘Anthology’, pero ahí está el segundo disco de la edición, que la convierte en toda una perita en dulce para beatlenianos.

Cien minutos extras con los cuatro reflexionando sobre la música de sus padres, mini reportajes poniendo sobre el tapete el papel de las mujeres en la educación de Paul y John, ambos huérfanos de madre, dando una visión del Liverpool pobre y paleto de la época, entrevistando a tres fans que vivieron de cerca el fenómeno, los sabrosos recuerdos de Ronnie Spector, que se medio ennovió con Lennon en su primera visita con las Ronettes a Inglaterra, las experiencias japonesa y australiana… y revelando o remachando datos como los Beatles como ‘colectivo’ democrático e irrompible, cuatro mosqueteros (uno para todos y todos para uno), la firma del contrato de su primera película ¡antes de que siquiera fueran conocidos!, la confesión de Paul de que el futuro con John era escribir para otros artistas, la invención de John de ‘ruido electrónico’ para calificar sus canciones, Ringo declarando que había actuaciones en las que no oía nada por el estruendo de las fans, lo que le obligaba a acompañar las canciones mirando las caderas o los pies de John para saber por dónde iba la cosa… o esa constatación de que antes de grabar su primer álbum lo cuatro, juntos o por separado, ya se habían metido entre pecho y espalda ni más ni menos que un total de 1.200 bolos. Y, por supuesto, aunque no lo tocan el documental ni los extras, porque no había lugar, ni la más mínima queja sobre las instituciones y el cacareado apoyo. Igualito a hoy, con tanto jeremías como anda suelto.

Y un añadido más: el magnífico libreto que acompaña a los discos, con excelentes fotos y con textos de Ron Howard y Jon Savage, y, oh, traducido al castellano, fabricado específicamente para el público de habla hispana, lo que no deja de ser un extraño, por no decir insólito, pero muy plausible regalo de la industria nacional.

No, no voy a hacer el típico panegírico sobre los Fab Four. Ya se ha hecho tantas y tantas veces, y tan merecidamente, que nada en absoluto aportaría, si no que, incluso, lo estropearía. Solo confesar una vez más que escucharles sigue siendo una de las más gratificantes actividades que me pueden ocurrir cada vez que me topo con ellos, bien, por ejemplo, a través de este nuevo pack, o cuando me da por desempolvar cualquiera de sus vinilos o sus películas, por no decir su antológica ‘Anthology’.

Siguen sonando frescos, ingeniosos, seductores, sencillos pero reflexivos, impetuosos pero también sensibles, abrumadoramente productivos, maduros a medida que avanzaban, musicalmente revolucionarios especialmente desde ‘Rubber Soul’ en que dieron cabida a los sonidos orientales en ‘Norwegian Wood’, habilidosos para abarcar la cantidad de palos estilísticos que abarcaron, humorados, rupturistas, fascinantes, fuego inolvidable para atizar recuerdos y músicas con cuño clásico, de calidad.

Ah…, que hoy no son modernos, que son de hace 50 años. Ya tenemos aquí al cenizo de siempre, al modernote de turno. Bueno, allá cada cual. Pero ya hace mucho tiempo, décadas, que uno aprendió a degustar la música no por sus años sino por su calidad, por su capacidad transmisora. Y la de los Beatles, como la de sus pares los Stones, sigue siendo una poderosa máquina generadora de emociones y placeres, de remover tanto el pasado como el presente. De contar en su haber con canciones perdurables, eternas, función de las más complicadas de conseguir por cualquier artista, provenga del campo que provenga. Canciones, por otra parte, aunque haya que volver las páginas atrás, para refugiarse de la morralla que nos invade, de los derroteros tan insalubres que han tomado algunos triunfadores actuales, jaleados por públicos entusiastas pero me pregunto si informados, y alentados por periodistas y críticos con el gusto en los alerones.

Por cierto, como nota al margen y salvando en muchos kilómetros las distancias, es hora de que algún director de cine profesional, como ha hecho Ron Howard, se hiciera cargo de Héroes del Silencio. Tienen un documental al modo beatleniano que sería muy bien recibido y sería una fórmula extraordinaria para revalorizar más aún su nombre, de preservar su historia. Ha sido una idea que me ha rondado mientras veía a los cuatro beatles aventar sus canciones e impactar al mundo. Idea tontuna quizá, pero es que así anda uno desde hace décadas.

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Sabina, en el sastre equivocado

Y de Carbonell a Sabina. Es decir, sigue el paseo musical de este blog por el mismo territorio sonoro. Ambos, Carbonell y Sabina, se embeben mutuamente, se absorben, se nutren del mismo zumo musical, juegan en la misma liga creativa, que no en la del éxito, claro. Ya comenté al respecto en la entrada anterior. O sea, a disfrutar de la canción de autor más penetrante y diría que exclusiva que se hace en España. Obviamente, con reparos.

Sabina ha tardado ni más ni menos que ocho años en dar salida a un nuevo disco, tras ‘Vinagre y rosas’ (2009), lo que lleva a diversas preguntas: ¿la enfermedad?, ¿seco de instinto?, ¿sin musas?, ¿vagancia?, ¿desilusión?, ¿límite: ya he hecho todo lo que tenía que hacer, imposible superarme?, ¿rentas: para qué un nuevo disco, si como a los Rolling, me piden las canciones viejas?, ¿un disco?: si no se vende… Preguntas que no he visto respondidas por sitio alguno pero que serían las primeras en plantearle en caso de una hipotética entrevista, que me temo no sería posible, dado su fervor –o el de su discográfica- por los grandes medios. Pero sorprende que un artista, pese a nubes negras, nicotina vocal y achaques, aunque en pleno esplendor de fama y aceptación, se guarezca en el agujero de la inactividad creativa durante tanto tiempo (sí, ya sé, hizo lo de Serrat, pero me refiero a trabajo propio). No es comprensible, salvo explicación.

Mas, por fin, merced al reencuentro con Leiva, que ya le metió mano a una de las canciones de ‘Vinagre y rosas’, ‘Tiramisú de limón’, parece que el resorte para hacer un nuevo disco se activó y desde mediados del pasado mes está en el mercado el álbum ‘Lo niego todo’, que, como era de esperar, ha trepado con éxito absoluto en las listas de ventas (dentro, eso sí, del paupérrimo panorama de ventas que vive el país y la industria discográfica).

No es un mal disco, pero es uno más. Sabina quería airear su sonido, esquinar a Pancho Varona y Antonio García de Diego, sus lugartenientes en la composición, y decantarse por alguien que le robara el traje gris y le hiciera uno nuevo, diferente. Leiva ha sido el sastre designado, que no el ideal. Porque el traje, por mucho que el ex Pereza haya abierto costurones y cosido nuevas solapas, sigue siendo el mismo: baladas, rumba, pop, rock, mexicanismo, J. J. Cale, Dylan y el incombustible ‘Knocking On Heaven’s Door’… Lo de discos anteriores, solo que ahora con pespuntes stonianos y hasta de reggae, que le ha traído este Leiva, blandito y diría que fallido, si no postizo, émulo de los Stones y quizá el artífice de que el ritmo jamaicano haya entrado en el cancionero sabiniano siguiendo el hilo Jagger-Peter Tosh.

No, Leiva no es Daniel Lanois o Brian Eno, capaces de darle la vuelta a U2, o el mismo Spector, cosiendo trajes imposibles para los Ramones o Leonard Cohen, pero nuevos, aireados. Leiva ha ideado botones, por no decir pegotitos, de guitarras slide, dobros, country, stonismo, piano, voces de niños…, poca cosa, si no desatinada (¡qué pintan esas voces blancas en medio de una de las grandes piezas del disco, ‘Quién más quien menos’, o esa misma voz suya -la de Leiva-, canija y fea, en ‘Por delicadeza’!)

El centrifugado ha sido más bien de poca intensidad, escasamente ingenioso, viejuno, porque Leiva, pese a ser mucho más joven, es tan o más viejo que Jagger, esto es, el que menos le convenía a Sabina, si realmente quería ventilar y renovar el armario. Pese a lo que dice su albacea Benjamín Prado, ni Sabina empieza de cero ni lleva su música a sitios que nunca antes había estado. ¡Vaya si ha estado! ¿O lo de la rumbita y el corrido mexicano, por decir, eran tierra incógnita?

A este disco no se puede acudir a escuchar música renovadora, candente, nueva. Es lo de siempre –letras eruptivas envasadas en patrones musicales archisabidos-, para lo cual no era preciso apartar a Varona y De Diego, que, con su talla y sabiduría, le han dado lo mejor al jiennense y le podían haber dado igualmente esto o más.

A este disco hay que acudir a escuchar a Sabina y su voz de ceniza, a sus rimas (atosigantes por momentos), a su mundo de putas, ternura, humor, tristezas, sarcasmo, amores turbadores, sexo, supervivientes, cinismo… A lo de siempre (ahora sumado al escozor de Hacienda y el ictus), al Sabina en estado puro literario, al Sabina ingenioso contador de historias, que es valor seguro en la bolsa de la música española.

Por ahí, como siempre, es por donde el disco funciona, donde reúne las mejores cartas para ganar la partida de las listas de venta y de los pabellones, como ya la ha ganado. Canciones como ‘Quien más, quien menos’, ‘No tan deprisa’, ´Lágrimas de mármol’ o la misma ‘Lo niego todo’ entran por derecho propio en el sabinismo mayor, son grandes emblemas de este disco, magníficas canciones, pero me temo que nunca parasoles de luminarias pasadas. Así me lo niegue su autor.

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Joaquín Carbonell y su nuevo mapa de carreteras emocionales

Sobre Carbonell golpea el implacable martillo de Sabina, aunque este fuera monaguillo suyo en sus inicios: nunca ocultó, y así se lo confesó a él mismo, su atracción por su fantástico debut, aquel LP de preciosa portada de Natalio Bayo titulado ‘Con la ayuda de todos’ (RCA/1976). Pero es cierto: el de Teruel adora al de Úbeda, si no lo idolatra, hasta el punto de rayar en el ‘salierismo’, se mueve en su mismo mundo sonoro y literario; aunque hay una diferencia esencial y no menos importante: canta mejor, posee un registro más rico y sobre todo una garganta limpia, sin tóxicas adherencias. Además, a diferencia de su icono sabínico, no solo escribe las letras (función casi única del jiennense) sino que se echa a la espalda las músicas, como corresponde a un cantautor de pies a cabeza. Es pues un placer, al cabo de nueve años desde ‘La tos del trompetista’, volver a escucharle de nuevo en disco propio, recién autopublicado en su sello Voces del Mercado, que parece ser el último de su vida, según ha sugerido (aunque se lamentaría mucho).

Se titula este nuevo disco ‘El carbón y la rosa’, hermoso y sugerente título usurpado por ‘el artista’ (así tituló una de sus novelas) a la escritora de los años 30 Concha Méndez,”que hubo de exiliarse en la guerra civil y sufrir, no solo el dolor del destierro, sino la mengua de su popularidad como escritora, eclipsada por la efervescente presencia de los poetas del 27”, según detalla el mismo Joaquín en el adusto libreto (ay, los tiempos de penuria para la Cultura, y eso que –merecidamente- ayudan un poquitín la DGA y la Caja Rural de Teruel).

Y dentro, otro nuevo mapa de carreteras sonoras y emocionales (no precisamente secundarias) por las que resulta muy cómodo transitar en dirección a los más variados territorios musicales, desde el reggae al bolero, el blues, la rumba, el country, el vals mexicano, Brassens… y hasta ¡el doo-wop! Una variedad que, enumerada así, puede llevar a pensar en el ‘melting pot’, en la mixtificación como recurso plasta, como pudo ocurrir (lo de pensar en el ‘melting pot’) con ‘La voz del trompetista’ o con el mismo ‘Clásica y moderna’, aunque aquí había más dirección en sentido único hacia la chanson francesa y en particular hacia Brassens y el jazz manouche, pero al contrario: la variedad, debido al buen gusto con que están barnizadas las canciones y el sólido trabajo instrumental que despliegan el gran Arrazola (guitarras y cuerdas), Miguel Isac (batería), Kalina Fernández (violín), Richi Martínez (bajo, arreglos, grabación y dirección) y Roberto Artigas (voces y armónica) le favorece y hasta homogeniza el álbum, dotándolo de una riqueza ambiental que crece estratosféricamente cuando hierven las elaboradas letras que lo sustentan (pena que no se incluyan).

Van estas de rimas, lirismos y confesiones tan variadas como las músicas, pensadas y repensadas durante más de 500 días y 10.000 noches. “Los que trabajamos con un material orgánico como es la letra y la música, los que esperamos a emocionar a través del relato, sabemos que hay que elaborar las letras como una catedral: no puede faltar ni sobrar nada; si no, se cae”, me dijo en una entrevista para Heraldo, lo que da idea de la dedicación y las turbulencias que deben correr por ese cerebro turolense cuando contacta con las musas.

Letras pues sudadas, de resistencia mental “de noches de claro en claro y días de turbio en turbio”, y trabajadas con el cincel, como ya es norma de la casa, del ingenio y la sensibilidad bien afinados. También con el de la ironía y el humor, constante en ‘el artista’ en toda su carrera no solo sobre el entorno sino sobre sí mismo, explosionado en aquella copla delirante que era ‘El reserva’, a la que siguió ‘Soy un capullo’.

Aquí, en este nuevo disco, el equivalente a estas dos piezas, aunque en tono autoburlón más rebajado, podía ser ‘Género chico’, la que abre. Y luego, Joaquín se da una vuelta, según él señala, por el desengaño de estos tiempos (‘Nada será lo mismo’), los malos tiempos para el arte (‘A tu madre no le gusta’), los amigos desaparecidos (‘Dónde estabas tú’), las nostalgias de la infancia (‘La maceta de arroz’), los desahucios (‘Juana tiene frío’), el amor (‘El beso de un okupa’), los tiempos pasados (‘Vivir es una errata’), la huella de Brassens y Labordeta (‘Acuérdate de mí’)… o esa sardónica chulería que es ‘De Teruel no es cualquiera’.

Todas son composiciones de Joaquín, aunque en dos de ellas colabora Leyva…, nooo, no confundir al leer el nombre J. Leyva en la contraportada con el de Leiva de Pereza que ha producido el nuevo disco de Sabina (lo que faltaba para que el martillazo sabiniano se convierta en yunque asesino) sino que se trata del poeta zaragozano Juan Leyva que tiene como peculiaridad el difundir su ingenio a través de Facebook aunque también escribe libros que hasta ganan premios (el de Badajoz de poesía por ‘Caja de resistencia’).

Miren, lo reitero una vez más y no me cansaré aun sembrando rosas en el carbón, tenemos por aquí, desde hace lustros, al cantautor más polifacético y en forma músico-lírica de toda la tropa veterana del solar patrio, que ya quedan muy pocos. Nítido en la voz, brillante en el verso, armonioso en la música, como ya he escrito en alguna otra ocasión, Carbonell es dueño de una imaginación (parafraseándole) ‘preta’ y de unas canciones urbanas que desbordan poesía e ironía, herramientas difíciles de utilizar y aún de dar con ellas en el clavo adecuado, absorbente, emocional, de la creación y el arte, como él lo hace. Y, sin embargo, resulta penoso que no trascienda en la medida que se merece, vamos, que no llene pabellones o venda discos como su viejo monaguillo. Mas esa es batalla perdida y bien asumida, ¡qué se le va a hacer! Quizá en centurias venideras… Y si no, su cenáculo de admiradores seguiremos agradeciéndole estos impagables regalos de literatura musicada, de ternura, sensibilidad e ironía danzando finamente en el pentagrama. Un bello modelo de cómo caminar por las carreteras de la canción popular en estos tiempos de bellotez y rimas atragantadas.

Lamentablemente, Carbonell no tiene sus discos en Spotify ni el nuevo está en YouTube por lo que no puedo seleccionar canción alguna de este nuevo trabajo. Si acaso, esta atinada versión en directo de hace unos años de esta tierna y socarrona chulería turolense incluida en el disco.

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Chuck Berry, se va apagando la era biológica del rock’n’roll

Solo quedan en pie Jerry Lee Lewis, Fats Domino y Little Richard. Se fueron hace ya muchísimos años Gene Vincent, Eddie Cochran, Buddy Holly, Ritchie Valens, Big Bopper y Johnny Burnette. Más tarde, en 1977, diría su adiós definitivo Elvis; en 1981, lo haría Bill Haley; en 1998, Carl Pekins; en 2008 Bo Didley… y ahora acaba de despedirse Chuck Berry, que falleció el sábado pasado aunque ha sido hoy domingo cuando se ha conocido la noticia. Es evidente que se está apagando la era biológica de los grandes creadores del rock’n’roll, aquel género diabólico que removió los cimientos juveniles y, por ende, de la sociedad americana de los cincuenta, proyectando su latido revolucionario en las décadas siguientes.

Honor y loor al máximo generador de aquel terremoto vital, social y musical. Es cierto, Elvis evangelizó al mundo a golpe de pelvis, canciones inmarcesibles y radiante aspecto, pero Chuck Berry fue el creador salvaje del rock’n’roll: escribía, cantaba, creaba y tocaba la guitarra. Era el mayor de toda aquella generación y eso le daba la distancia no solo de la experiencia, del aprendizaje antes que los demás, sino para mirar la vida y el mismo ritmo que acababa de nacer con ojos tan críticos como irónicos, cuando no tan defensivos como humorados. Aquel puñetazo a Beethoven…

También es mala uva que justo cuando tenía un disco en la nevera, después de ¡38 años! sin estrenarse discográficamente que no en los escenarios, que seguía pateando, haya dicho adiós. En sentido necrofílico, podría decirse que se une al clan Bowie-Leonard Cohen, al de los escritores de sus propios requiems.

Aunque para qué engañarnos. Si ese anunciado disco hubiera salido al mercado con él en vida, hubiera pasado prácticamente desapercibido si no recibido con una simple nota en los periódicos o como una anécdota del tipo “hay que ver, 90 años, y ha grabado un disco”… Berry era ya una gran reliquia del pasado que solo interesaba a aficionados recalcitrantes y estudiosos. La generación de los ochenta y las posteriores lo ignoraban, no digamos la de los millennials que les sonará tan lejano y desconocido como Boticelli o Kubala.

Pero, aunque sean unas breves líneas, vaya al menos en este rincón de lo blogosfera el recuerdo y el reconocimiento estelar de esta leyenda del rock’n’roll, a aquel adolescente que cuando consiguió comprar una guitarra española por cuatro dólares se empeñó en aprender a tocarla por sí mismo y en unos cursillos de verano en su propio instituto y después desarrollar un estilo de guitarra y canto que no solo le llevó al éxito sino a marcar el camino a generaciones posteriores.

Su discografía con Chess Records, el sello que le recomendó su admirado Muddy Waters una noche mientras firmaba autógrafos, cobijó sus primeras y grandes creaciones. El álbum ‘Chuck Berry Is On Top’ (1959), con el curioso ‘Anthony Boy’, que no es sino (¡ups!) ‘El gorila’, de Brassens, es la gran Biblia del género, como no podía ser menos, conteniendo, como contiene, ‘Carol’, ‘Maybelline’, ‘Little Queenie’, ‘Roll Over Beethoven’ y, cómo no, el impactante ‘Johnny B. Goode’, que aún me atruena en la voz de Miguel Ríos y el pedazo de recreación que se pegó el año pasado en el Centro Delicias junto a unos Seven conocidos en el mismo escenario, sin el más mínimo ensayo. Por aquí, también hizo estragos el calavera yanqui.

Que el hijo de un carpintero y una maestra no solo creó el género partiendo del blues y el R&B y popularizó el famoso ‘duck walk’, o paso del pato, sino que su vida, sobre todo en su juventud, exhibió algunos de los más insignes galones de perversión y macarrismo rocanrolero: fue arrestado por robo a mano armada en tres tiendas de Kansas City cuando tenía 18 años, pisó el reformatorio, le metieron tres años de cárcel en 1960 por seducir a una joven mexicana de 14 años y meterla en su propio club, según la justicia, un burdel, volvió a la cárcel 19 años más tarde por evadir impuestos, pagó más de un millón de dólares para salvarse de un nuevo ingreso en la cárcel por colocar cámaras ocultas en los baños de señoras de su restaurante, tras la denuncia de 59 mujeres…

Únase a ello su fama de huraño, su mal carácter con sus propios músicos, que por lo general alquilaba huyendo de los fijos, sus espantadas, su arrogancia, su extravagancia… y su fama de gran tacaño, hasta el punto de seguir el mercado de divisas para, en función de las fluctuaciones, pedir el cobro en efectivo, cobrar por las entrevistas, impedir la filmación de un solo minuto de sus conciertos si no había pago previo o escatimar a su socio en la composición, el pianista Johnnie Jonson, el más mínimo centavo de derechos de autor –hablamos de canciones emblemáticas como ‘No Particular Place To Go’, ‘Sweet Little Sixteen’ o ‘Roll Over Beethoven’- hasta que a este se le hincharon las narices y lo demandó en el 2000, y tendremos el retrato del prenda.

Nada de ello, sin embargo, empaña su papel en la invención y desarrollo del rock’n’roll. Charlie Gillet escribió en su imponente obra ´Los sonidos de la ciudad’: “Si la importancia en la música popular se pudiera medir en términos de imaginación, creatividad, imaginación e ingenio, así como según la habilidad de convertir una variedad de experiencias y sentimientos en formas musicales prestigiosas y duraderas, Chuck Berry, sería, sin duda, la mayor figura del rock’n’roll”.

Nick Cohn lo señaló como su letrista pop favorito: “Sus letras trataban de interminables romances de teenagers y las cantaba con un cinismo vicioso y maligno que le daba todo su encanto”. De todas cuantas escribió, la mejor, según Cohn, fue ‘You Never Can Tell’, que describía, como hasta entonces nadie había conseguido, por muchos intentos que se hicieron antes, el mito de los sueños adolescentes. Tuvo que ser un rocker el que diera en la tecla, si bien la canción, extrañas paradojas del negocio musical, no alcanzó éxito hasta que Tarantino la eligió para el famoso y sensual baile de Travolta y Uma Thurman en ‘Pulp Fiction’.

Y es que, siguiendo a Nick Cohn, Bogart había probado que para ser grande no se necesitaba ser intelectual. “Lo que se necesita es estilo, fuerza y una imagen específica, esto es lo que exactamente a Chuck le sobraba”. La causa por la que Dylan, Keith Richards o los Beatles le adoraran e incluso de que ellos mismos existieran en el rock, tal era su admiración hacia él.

Lástima que ese nuevo disco, 38 años después de tan extraña sequía pese a seguir rodando por los escenarios, no le coja en vida. Veremos qué depara.

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En memoria de Ricardo Gil

Se ha ido un amigo, buena persona y excelente periodista. Se ha ido mi querido Ricardo Gil. Y esta tarde, desde que su propio hijo (bloguero de pro en este rincón, por cierto) me ha llamado para darme la triste noticia de su fallecimiento, estoy muy apenado. Desolado y triste cuando alguien cercano te da repentinamente su último adiós.

Sí, ya sé, este es un blog musical, y no un recipiente para obituarios de amigos, pero hay un trasfondo musical en esta pérdida que me obliga y me complace a unirme a su memoria. Mucho fondo, por supuesto, personal. Porque dejadme que lo confiese y lo diga en voz alta: sin Ricardo Gil no existiría este blog ni por tanto yo hubiese escrito libros ni mucho menos hubiese llenado tantos folios como he llenado para el Heraldo de Aragón en los casi cuarenta años que llevo escribiendo en él.

Es cierto, hay otras personas que me impulsaron y me ayudaron a entrar en el mundo periodístico, desde el subdirector José María Doñate al admirado Juan Domínguez, el animoso Luis García Bandrés o la amiga Carmen Puyó. Sin ellos, está claro, y perdón por entrar en el túnel del tiempo personal, no habría sido posible que mi vida girase de la docencia al periodismo. Hice oficio de mi gran pasión por la música por ‘su culpa’ y por su apoyo, en especial de Carmen Puyó que me alentó desde el primer momento a formar parte de la Redacción del periódico. Infinitas gracias a ella y a todos cuantos he nombrado.

Pero con Ricardo Gil fue diferente. Nunca en mi vida me he encontrado con una persona que haya confiado tanto en mis muchos o escasos talentos para hilar cuatro frases en torno a la música como Ricardo lo hizo. Me dijo que quería una sección musical en la revista semanal del Heraldo y durante ocho años, mientras se editó la revista, o ‘el colorín’, como le llamábamos coloquialmente, primero los viernes y después los domingos, estuve a su lado, no fallé ni una sola vez. Cada semana aparecía un artículo de ‘seis páginas’ (luego, de cuatro) dedicadas a música pop.

Aún no me explico cómo pude sacar adelante aquella epopeya, máxime escribiendo desde provincias, sin acceso directo a lo que ocurría en la capital del reino y con un panorama aquí todavía de secano. Pero Ricardo no solo confiaba en las personas que trabajaban con él sino que era implacable. Cuando creía en una idea se convertía en un monolito de piedra, no se rompía en absoluto ante cualquier excusa, quería esa idea y la quería firme, constante, verla crecer semana a semana. Como así fue en mi caso, aun dejándome la piel y las neuronas.

Lo extraño, y de ahí mi admiración, era que incluyera la música pop en el catálogo de prioridades periodísticas… Ya, hoy, es normal y habitual ver desfilar por el papel nombres, grupos y artistas musicales de toda clase, pero hace 40 años el periodismo cultural vivía en otra galaxia, en otro mundo de piedra y desdén. El pop y el rock eran materia, por así decir, frívola, insustancial, extravagante, propia de cuatro pirados, incluso non grata, cuando no motivo de befa. “¡Cómo le puede gustar ese maricón de Mick Jagger, que mueve el culo y no la garganta!”, me llegó a espetar con sorna un gran pope del periódico. No resultaba fácil bracear en aquel mundo todavía de cartón piedra y mucha caspa del pasado con respecto al rock.

Ricardo Gil, sin embargo, representaba todo lo contrario de aquel pensamiento reaccionario. Tengo para mí que fue tan atrevido como visionario. El primer artículo que le llevé no tuvo el más mínimo reparo en colocarlo en portada. Trataba de Pink Floyd y su unión con el ballet de Roland Petit, si mal no recuerdo. Un espejismo. Y más adelante, cuando Héroes del Silencio eran unos pipiolos prácticamente desconocidos, apostó por ellos, encargó fotos a Ángel de Castro, que se llevó al grupo al Parque Grande, y en el colorín del Heraldo, como él mismo también lo llamaba, si no fue él quien lo bautizó, salió el primer reportaje en color y en portada que se publicó en España. Sus apuestas rockeras, en tiempos duros, fueron incontables.

Hay que mirar con elevación y evaluar. Gracias a jefes como Ricardo el rock soltó los tornillos que en el mundo periodístico, y más de provincias, le ataban al diablo y a la incomprensión, la befa y el desprecio. Leer sobre música pop en un periódico, incluso nacional, con cierta sensatez y naturalidad no era fruto maduro ni cotidiano.

Lo increíble era que él no sabía tan apenas nada de música. Ricardo era un periodista deportivo de fuste que cubría los partidos del Real Zaragoza con maestría y hasta llegó a escribir varios libros sobre su historia. También era especialista en el mundo del motor, pero de rock y pop, nada de nada. Mas intuía que había llegado un nuevo tiempo y que había que dedicarle atención a aquellas músicas que empezaban a movilizar a la gente joven en un país, aun pisando ya los años 80, todavía casposo. Convirtió la extravagancia en lo que hoy es normalidad. Un mérito inconmensurable. Cómo no agradecerle entonces y ahora aquella visión, aquella amplitud de miras, firmase quien firmase aquellas seis páginas semanales del colorín.

Fue para mí un placer conocerlo, disfrutar con sus largas charlas en su despacho o en cualquier terraza de un bar y, sobre todo, recibir aquel torrente de confianza en lo que uno buenamente pergeñaba cada semana. Estoy seguro de que sin aquel apoyo, sin aquella seguridad en sus ideas y en lo que quería de mi, ni yo hubiera seguido adelante ni por tanto este blog hubiera existido. Gracias, Ricardo. Te lo dije en vida y lo vuelvo a confesar en público: fuiste una persona querida y determinante en mi vida. Una pena que te hayas ido, más cuando estábamos a punto de vernos después de años sin hacerlo. Por siempre, mi cariño y mi abrazo emocionado.

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U2: ‘The Joshua Tree’, treinta años creciendo

Treinta años. Recurriendo al tópico: parece que fue ayer. Me veo en un bar de copas de la zona de la calle La Paz, de cuyo nombre, ¡coñe!, no consigo acordarme, al que solía acudir en noches toledanas, a veces con calaveras inveterados como Sabina; me veo, digo, oyendo absorto una cinta de casete que Emilio Velilla, representante de Ariola en Zaragoza, ha llevado al bar para su escucha antes de publicarse el disco en España.

No doy crédito a lo que me llega a los oídos: el sonido de la guitarra de The Edge y sus típicos delays, el ritmo atronador de la batería en el inicio del disco, la suavidad melódica, rozando el gospel de la segunda y tercera –aún no conocemos los títulos-, la psicodelia apocalíptica de la cuarta, la armónica y el folk a lo Ry Cooder de ‘Paris, Texas’ en la siguiente, la furia que brota hacia el final…, y como remate la tristeza que anega el tema último…

Son las nuevas canciones de U2, las de ‘The Joshua Tree’, el álbum por antonomasia del cuarteto, escrito por un Bono impactado por la pobreza en Africa y la tiranía de los dictadores de Latinoamérica, zonas que acaba de visitar. El largo conflicto minero en la Inglaterra tacheriana entra también en el espacio ideológico del álbum al igual que el tributo al asistente personal de Bono, muerto en accidente de moto, y la religiosidad del grupo, o al menos de Bono, quien años antes ha asegurado que asistía a misa cada domingo. Pero es la América que han recorrido en sus giras previas lo que sustenta el andamiaje literario del disco. Enamorado de los USA pero plenamente opuesto a la política de Reagan e inquieto por los ‘desiertos mentales’, según él, de la civilización occidental en contraposición a los físicos que Bono ha visto en África, las letras del disco aluden veladamente a la política militarista de Estados Unidos y sus zonas oscuras. De ahí que el título inicial sea ‘The Two Americas’ aunque finalmente, tras contemplar también el de ‘The Deserter Songs’, se impone el ‘The Joshua Tree’, que mantiene la idea de los desiertos mentales y físicos que envuelven al hombre. La estética negra de la portada, con el árbol de Josué, tomada en el desierto de Mojave, en la contraportada de un disco de doble funda en su formato original en vinilo, profundiza en la simbología del álbum, que musicalmente retrocede, por consejo del mismo Dylan, a sus raíces irlandesas y a las americanas.

Todavía no es un grupo de audiencias masivas, aún no se ha producido su gran estallido de popularidad, es casi una banda minoritaria, de culto. Pero yo tengo ya en mis oídos varios cebos que me tienen apresado a los irlandeses. Uno de ellos, el descubrimiento del grupo con su primer álbum, cuando el disco no había llegado todavía a España, aunque allí estaba la Base Americana a través de la cual llegó a mis manos el LP (alguna ventaja debíamos tener a cambio de ver sobrevolar los bombarderos yanquis sobre nuestras cabezas). Otro cebo: la edición del extraordinario ‘The Unforgettable Fire’ y a renglón seguido el festival Live Aid y Bono y su mística interpretación de ‘Bad’, una de las más grandes canciones de la historia del pop.

‘The Joshua Tree’ no me hace sino confirmar, y perdón por la inmodestia, que tal y como vaticiné en mi querido Disco Actualidad, antes de que cualquier otra publicación española se hiciera eco del disco, que U2 sería la gran banda del futuro. No tuvieron que pasar muchos meses. En el verano de aquel mismo año 87, Bono y compañía petaban el Bernabéu, abierto por vez primera al rock.

Concierto histórico que disfrutamos en medio de unas apreturas peligrosas pero con la emoción a flor de piel. Aquel Bono encaramado a los andamios del escenario, aquel Bono iluminando al público con un gran foco, respondiendo ‘¡Yo soy el toro!’, cuando la gente empezó a corearle ¡torero, torero!, la despedida uno a uno del escenario mientras sonaba ‘40’… Escenas y fuego inolvidable.

Y sí, treinta años. Increíble. “El tiempo es como un río que arrastra rápidamente todo lo que nace”, escribió un ilustre filósofo y emperador romano, Marco Aurelio. Pero afortunadamente, añadiría uno, en ese arrastre no se van los recuerdos, los grandes recuerdos. Bien al contrario, sedimentan en la mente hasta cristalizarlos en clavos de acero donde agarrarse emocionalmente durante toda la vida de cada cual. Y eso es lo que a mí me ocurre con este magistral disco de U2. Sigue siendo una presencia permanente enganchada a mi memoria musical y personal, una fuente de placer inagotable, por lo que estas tres décadas que ha cumplido esta semana, por mucha longevidad que detente, son un suspiro, un apasionado chasquido vital ocurrido hace tan apenas unos minutos, los mismos que dura su enésimo pase por el reproductor mientras hilo estas líneas y vuelvo a disfrutar con sus once maravillosas canciones, especialmente con la de cierre, ‘Mothers Of The Disappeared’, puesta en bucle y escuchada medio centenar de veces en horas posteriores (no exagero, a veces soy cabezón con una canción hasta romperme las neuronas). ¡Que delirio de mística belleza! Una desolada oración por los hijos arrebatados a las ‘madres de la plaza Mayo’ en Argentina y por extensión a las de Chile y El Salvador.

‘The Joshua Tree’ no mengua. Al contrario: se agranda a medida que pasa el tiempo. Ha crecido en estos treinta años, y sigue creciendo. Más, palpando la carencia de grandes obras y de artistas nuevos que el rock ha ido soltando en los últimos años. Su valor está a la misma altura de muchos de los grandes álbumes que se trabaron en la mitificada década de los sesenta, con los Beatles, los Rolling, Doors… y demás nutrida patrulla de dioses musicales.

Es, por otro lado, uno de los grandes símbolos identitarios, por no decir el mayor, de lo que fue la monumental década de los 80 y los fantásticos discos y grupos que alumbró. La ‘guitarra infinita’ de The Edge, el carisma de Bono y su potente voz de tenor del rock, única e irrepetible, la psicodelia emboscada en las canciones menos aparentes, los fondos de sintetizador, el trabajo a dúo de Daniel Lanois y Brian Eno en la producción… y, cómo no, su pirotecnia melódica, su arsenal de icónicas canciones (‘Where The Streets Have No Name’, ‘I Still Haven’t Found What I’m Looking For’, ‘With Or Without You’…) le dieron identidad a aquella década, como se la dieron The Smiths, The Cure, The Jesus & Mary Chain, Joy Division, Simple Minds, The Cult, Depeche Mode, Cocteau Twins, Siouxsie & The Banshees, The Waterboys o Echo & The Bunnymen. Hallazgos letales, chorros de esa arrebatadora hermosura que uno busca en la música y que le hacen seguir creyendo en el gran arte de la creación. Eso fue y sigue siendo ‘The Joshua Tree’, un poderoso torrente de música moderna con raíces en el pasado (Doors, Van Morrison, Dylan…), una reinvención del rock, como confesó The Edge que era el objetivo del grupo a la hora de afrontar su quinto álbum.

El 2 de junio próximo preparen bolsillos fans y coleccionistas. Después del rescate en 2007, con motivo del 20 aniversario, llega otra reedición de ‘The Joshua Tree’ a lo grande, al modo ‘Achtung Baby’, en esta ocasión con siete elepés o en su caso cuatro cedés en los que junto a la remasterización del álbum original, entre otras golosinas, se encontrarán un concierto de la gira del 87 en el Madison Square Garden, 27 canciones inéditas o diversos remixes. Los 28 millones de copias vendidas hasta ahora subirán unos cuantos puntos más. Y el árbol de Josué y de U2 seguirá creciendo.

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El ayuntamiento podemista de Zaragoza en retirada musical

La historia, aun llevando la contra a Toynbee, no está para repetirla sino para cambiarla. Más aún, para superarla y mejorarla. Se fue la Cincomarzada en Zaragoza sin dejar reguero musical visible… Sí, se celebró la atávica comida al aire libre, amenizada con charangas, actuaciones y reivindicación barrial, pero quedó huérfana de algún concierto de fuste en la víspera o en el mismo día.

¿Una apreciación esta extemporánea en estos tiempos? ¿Incomprensible para los más jóvenes? Posiblemente. ¿Qué tiene que ver el carlismo derrotado hace casi dos siglos con la música de hoy? Nada…, aunque, ¡alto!, miremos por el retrovisor. Hubo un momento en que con el PSOE ocupando la alcaldía y sembrando el nuevo espacio virginal nacido a la salida del túnel de la dictadura franquista, es decir, inventando nuevas fórmulas de ocio y cultura ciudadana, ornaba los festejos históricos y religiosos con actos y músicas de relieve. Lo hacía en la víspera de San Valero, el patrón San Jorge o en la Cincomarzada y, no digamos, en plenas fiestas del Pilar. La democracia no era solo elegir a los nuevos gobernantes, o eso se pretendía visualizar, sino llevar a la ciudadanía diversión y cultura, romper ataduras con el pasado de inacción y los bailes elitistas de la Lonja, a través de la música, la fiesta y el conocimiento.

Costó, es cierto, convencer y vencer unamonianamente a aquellos primeros regidores a entrar en el nuevo tiempo cultural, pero una vez cogidos los raíles, la locomotora musical logró caminar con gracejo y soltura, y a veces hasta con velocidad. Atizada con el carbón municipal, de las primeras actuaciones de los grupos novatos en aquel destartalado pabellón de Santa Isabel a la irrupción de Héroes del Silencio (con su primera maqueta sufragada por el ayuntamiento) y la explosión local de los 90 se llegó a la presencia de los Rolling Stones, Michael Jackson o Bruce Springsteen en grandes recintos, especialmente La Romareda. El trayecto de esfuerzo y cambio fue evidente.

Resultaba impensable que la locomotora descarrilase, pero, ¡ay!, ha ocurrido. Desde hace un lustro o más, el concejo se ha batido en retirada de la música y de los circuitos de las grandes atracciones musicales. La crisis y las telarañas en las arcas han sido factor determinante, pero también la desidia, el desdén y la impericia de los nuevos gobernantes de ZEC (Podemos).

¡Ah!, aquellas sabias y atinadas palabras de un polémico concejal de Cultura del PSOE (¡ñam, ñam, qué ricas las almejas de Carril a costa del erario municipal!), pero también valiente como fue Antonio Piazuelo: “El ayuntamiento tiene que llevar a los ciudadanos la cultura, y por ende la música, de la misma forma que les lleva el agua o arregla los parques”, dijo. Y en la crisis post Expo sevillana y los fastos olímpicos de Barcelona, entre el 93 y el 95, con más problemas económicos quizá que los actuales, Piazuelo tiró de ingenio y coraje para que la ciudad gozara de música en directo de categoría internacional. Iggy Pop o Aerosmith fueron algunos de sus dos botones de muestra mayores.

Además, tras la nefasta gestión de una colega suya de infausta memoria, Carmen Solano, diseñó una nueva política cultural que devolvió a la ciudad la alegría perdida: basta recordar las programaciones del Centro Cultural Delicias. Juan Bolea, ya con el PP, prosiguió y doró aún más aquella concepción de la cultura como fasto pero también como servicio infraestructural de base.

Hoy todo aquello está sepultado. Se convocan mesas culturales, se discute y se habla, pero ahí estamos… Palabras, palabras, palabras, que recitaría Labordeta en una de sus más bellas canciones, y siguiendo el poema ‘Retrospectivo existente’ de su hermano Miguel, registrándose los bolsillos desiertos para no encontrar nada.

Zaragoza, en manos de los nuevos políticos de ZEC, es un erial musical absoluto, es la nada labordetiana. Y esto, en manos de una izquierda que se pretende progresista y que antes, aunque con otras siglas, fue precisamente quien lavó los manchones de la cara sucia del franquismo, escuece. No es que en la Cincomarzada no hubiera relieve musical; es que, más grave, las manos municipales vuelven a estar musicalmente vacías. Al final, Toynbee va a llevar razón: la historia se repite.

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DISCOTECA ABIERTA/ Love: ‘Forever Changes’


Aprovecho el recuerdo que un lector del blog, José Carlos Garrido, ha hecho recientemente de ‘Forever Changes’ para abrir la discoteca, que llevaba tiempo cerrada, y rememorar aquella joya, y así unirme con el máximo ardor a la opinión de José Carlos. ‘Forever Changes’ está entre los mejores diez o quince elepés de la historia del pop, si no el primero para muchos fans (que le pregunten al artífice de Grabaciones en el Mar, Pedro Vizcaíno). Desde luego, entre los diez fundamentales que alumbró el año 1967 y de los que, no hace mucho, daba cuenta en una entrada previa a esta para recordar que este 2017 cumplen ¡50 tacos!

En concreto, aquel fantástico disco los cumple el próximo mes de noviembre. Como tantos, en aquella época de restricciones y escaseces, el álbum tardó mucho en llegar a España. Me atrevería a afirmar que no lo haría hasta 1977, diez años después, en aquella sustanciosa serie que Hispavox editó con el título de ‘Pioneros’ y en la que comprando cuatro títulos tenías derecho a hacerte con un quinto gratis. Yo, al menos, así lo compré, y así descubrí a Love. Algo que imagino que le pasaría a más de un españolito en una época en la que las discográficas se dedicaron a saco a llenar los grandes huecos que la industria había dejado en años previos.

En 1990 apareció la correspondiente edición en CD y luego una sarta imparable de reediciones, entre ellas, una muy recomendable de Rhino que publicó en España el sello DRO, en 2001. Una reedición modélica en la que además de la obligatoria y consabida remasterización se incluyó un extenso libreto con declaraciones del mismo líder del grupo, el excéntrico Arthur Lee -entonces ya con cinco años de cárcel a la espalada por una riña vecinal que acabó con disparos y lo peor, ya enfermo desde tiempo atrás de Parkinson (murió en 2006)-, y sobre todo con siete temas extras entre demos, descartes, singles, tomas alternativas y piezas inéditas.

‘Forever Changes’ era el tercer álbum de la banda de Los Angeles. En medio de las disputas entre dos facciones del grupo y un caos que lo acabaría machacando al año siguiente, se armó con las delirantes composiciones de Lee y un par de aportaciones del guitarrista Bryan Maclean más otra en tándem, a las que dieron vida el grupo y un elenco de músicos invitados, con ostensible sección de cuerda incluida, alumbrando embrujadas composiciones de pop, folk y rock, y dejando atrás por tanto casi por completo el psicodelismo y las guitarras eléctricas en favor de las acústicas de los dos primeros discos.

‘Alone Again Or’, originalísima y dorada pieza con trompetas mejicanas muy al estilo spaghetti western, tan de moda entonces, es su máximo señuelo, pero allí se cobijaron otras delicias como ‘Live And Let Live’, con sus aires flamencos’, la etérea ‘Andmoreagain’, ‘A House Is Not A Motel’ y unos supinos punteos eléctricos que hicieron que se comparase a Arthur Lee con Jimi Hendrix… y, como anécdota, la canción quizá de título más largo de la historia: ‘Maybe The People Would Be The Times or Between Clark and Hillsdale’, también, por cierto, con trompetas y remedando a ‘Alone Again Or’.

En su momento, el disco sufrió el vacío de crítica y público en los USA, aunque en Inglaterra, más interesados por los vientos de cambio y psicodelia que soplaban desde la dorada California, tuvo un eco más sonoro y hasta considerable que dejó huella: en 2003 varios diputados socialistas invitaron a Arthur Lee a visitar el parlamento británico como muestra de admiración y reconocimiento (eso sí, con el miedo inicial del psicótico mulato de que le fueran a endosar algún delito pasado). Detalle simbólico de que fue con los años cuando aquellas melodías introvertidas, sutiles, llenas de utopías, desconsuelos amorosos y dureza lisérgica, cuando no de resistencia y pesimismo ( Arthur Lee confesaría en el libreto de la edición de Rhino que las escribió pensando que estaba viviendo los últimos días de su vida), el disco alcanzó su actual estatus de disco de culto, su lugar de oro entre lo más granado que emitió la América hippy de finales de los sesenta.

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‘Merde in Espagne’

Al hilo de la entrada anterior, sigo en la France. Y en concreto, en la France de los primeros ochenta. El socialista François Mitterand había tomado el relevo presidencial al conservador Valéry Giscard d’Estaing y, pese a sus esperanzadoras promesas de mejoras de vida de los franceses –reducción de la jornada laboral a 39 horas, aumento del salario mínimo, cinco semanas de pago social a los cónyuges por hijo, jubilación a los sesenta años, nacionalización de bancos y poderosos grupos industriales, descentralización del proverbial estado jacobino francés…- la realidad era que el paro había aumentado, los sueldos seguían bajos y la inflación se disparó.

Las cosas no iban lo bien que había prometido el quimérico nuevo presidente (en el 86 le obligaron a la famosa ‘cohabitación’ con el conservador Jacques Chirac, elegido como primer ministro), por lo que no extraña que, fruto del escepticismo y de los típicos barros políticos, Jacques Dutronc saltara a la palestra, en 1984, con una canción de título más que atrevido y lacerante, ‘Merde in France’.

Dutronc, el guaperas y turbulento marido de la dulce Françoise Hardy, no es que fuera un cantante protesta y menos aún un ácido izquierdista. Más bien lo contrario, sus posiciones ideológicas estaban en la derecha o en el conservadurismo. Y tal vez por ello, aprovechando el mandato de un presidente sociata y el estado de cosas, ideó ‘Merde in France’, que aún hoy sigue sonando escatológica y atrevida.

Era un pegajoso rock’n’roll en la más pura tradición al que el cantante galo, en un rápido chispazo de coña e inspiración que compuso en una tarde, le inyectó una letra desgalichada e inconexa, sin sentido, porque lo esencial, en realidad, era el impacto del título y el coro de varios amigos provistos con una escoba con la que simbólicamente barrían la ‘merde’ al grito onomatopéyico de ‘cacapoum cacapoum’, con el que hacer mofa y befa del estado de cosas en que vivía la sociedad francesa del momento.

Lo consiguió: Dutronc apareció en la tele y en la radio y el disco fue un éxito. Y lo importante: generó una mirada al interior a los orgullosos franceses para hacerse cargo de que la ‘merde’ estaba con ellos.

Hay quien asegura por allí que la canción sigue siendo completamente válida hoy en día en Francia, con los problemas de paro, inmigración, maltrato policial y lepenismo que acecha. Seguramente.

¿Y quién dice que no lo sería también en l’Espagne de Rajoy? Con el ambiente fétido que se respira por aquí, entre políticos, jueces, fiscales, banqueros, pederasta, maltratadores…, la ‘Ratonera’ de Amaral se ha quedado pequeña. Hoy una ‘Merde in Espagne’ no solo sonaría apropiada sino que en manos de algún grupo satírico –¿tendrán que resucitar La Trinca o nuestros Puturrú zaragozanos?- podría ser un éxito como lo fue en la Francia de 1984. Ahí queda la idea. Y aquí la canción original de Jacques Dutronc.

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¿Qué pasa en la Francia musical de hoy?

Allá por lo sesenta, musicalmente, los Pirineos no existían, o cuando menos eran permeables como una cortina de tela fina. Johnny Hallyday, Sylvie Vartan, Françoise Hardy, Aznavour, Adamo, Juliette Gréco, Sheila, Dalida, Michel Polnareff, France Gall, Marie Laforêt, Richard Anthony, Les Surfs, Chistophe, Sacha Distel, Alain Barrière, Gilbert Becaud, Guy Mardel, Hervé Vilard, Claude François, Jacques Dutronc, Michel Delpech, Nino Ferrer, Antoine, Serge Gainsbourg, Jane Birkin… Una avalancha. Sus canciones llegaban a España con prontitud y asiduidad hasta el punto que podría decirse que se estaba a la hora de lo que ocurría en el pop francés de la época.

Luego la cosa empezó a declinar. En los 70, Laurent Voulzy inundó ondas y discotecas con su ‘Rockcollection’, Patrick Hernández machacó con ‘Born To Be Alive’, Francis Cabrel mató de romanticismo con ‘Je l’aime á mourir’… mientras que en los cenáculos de la ‘inteligentzia’ se adoraba a Maxime Le Forestier y, no digamos, a Moustaki o Brassens mientras que Téléphone se convertía en el gran grupo nuevaolero que exportó Francia a media Europa.

En los 80 llegaron, entre otros, los magníficos Bernard Lavillier, Jean Patrick Capdevielle o Étienne Daho y grupos como Carte de Séjour, Indochine, Les Rita Mitsouko… en tanto que Vanesa Paradis tomaba el relevo de belleza ye-yé de los sesenta. En los noventa explotaron Mano Negra y Manu Chao y en este milenio los dos nombres más conocidos en España, por circunstancias diametralmente opuestas, han sido Dominique A y Carla Bruni, pero se ha perdido contacto con lo que se cuece musicalmente en la France. Y me pica la curiosidad.

¿Qué pasa en el país vecino, antaño gran suministrador de música no solo a España sino a Europa y otros continentes? Zapeo en los discos que el Rock&Folk reseña en cada número, concretamente en los tres últimos, de enero, febrero y marzo, y entiendo por qué el declive, o lo presiento…

Betty Bonifassi se mueve por aguas del viejo soul, el veterano cantautor Arnold Fourboust ofrece electro-pop confidencial de autor; Kent, con sus 18 álbumes de pop-rock melódico, sigue siendo el Poulidor de la música francesa; otro veterano, Rodolphe Burger, que se atreve con la gloriosa ‘Days Of Pearly Spencer’, canta con voz grave a lo Cohen/Gainsbourg; el dúo Cassius toma el sendero de Prince y la electrónica y llega a asociarse con Cat Power; Fishbach hace de chanteuse sintética; Oscar Nip se afilia al metal en su rama stoner; Dick Annegran, holandés afincado en la Galia, va de cantautor de guitarra de palo en plan ‘libertario del mundo’; los viejos Les Wampas no se despegan de su fórmula pop-punk… y ahí está el incombustible Michel Polnareff en directo entonando aquella preciosa pieza pop ‘La popupée que fait non’ y, obviamente ‘Love Me Please Love Me’.

También pericospeo con el Google y avisto nombres destacados, “que debo conocer y añadir a mi playlist”, según el prescriptor de turno. O sea, nombres como los de Dub Inc., Chinese Man, Les Ramoneurs de Menhirs, Marina Kaye, Black M, C2C, Indila, Maître Gims, Grand Corps Malad, Zaz, Kerry James o Cocoon.

Dos retratos, en fin, el del Rock&Folk y el de Google, de urgencia e incompletos, claro, pero reveladores –sospecho- de que nada nuevo o interesante ocurre al otro lado de los Pirineos.

Quizá Brand Old Sound, comentarista pertinaz y sustancioso en este blog, que vive en París, creo, pueda ofrecer una foto fija y fundamentada de lo que se cuece en la Francia musical de hoy. No sé si en la distancia, como tantas otras veces, discreparemos o convergeremos en la visión que yo tengo de esa foto: una foto insípida, incolora y digna de no traspasar fronteras; en cierto modo, algo parecido a lo que pasa en la Iberia Sumergida.

O sea, que ese placer que es para mí oír y leer en francés, y sobre todo escuchar canciones cantadas en la lengua de Molière, tiene que seguir enjaulado en los sesenta y algún pájaro de fuera como Capdevielle y su estupendo primer álbum de 1979 con su ramalazo dylan-springsteeniano del que extraigo una de sus canciones.

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Los Grammy: la basura, en el cubo

En ese oasis cultural de la paupérrima televisión de este milenio que, aunque con cierto aire de elitismo, es el programa de La 2,‘¡Atención Obras!’, el protagonista de la excelente película ‘El hombre de las mil caras’, Eduard Fernández, le confesaba literalmente a Cayetana Guillén Cuervo que “los Goya no tienen nada que ver con la profesión, que son un jueguito, un sistema, para vendernos el cine y hacer promoción”. Un mentiroso zoco, en resumen.

No puedo estar más de acuerdo. No ya con la visión del actor catalán de los Goya sino de cualquiera de estos ‘jueguitos’ embaucadores, y sospecho que manipulados, sean de cine, televisión, radio, teatro o música, empezando por los Grammy. Me han importado un pimiento siempre estas fiestas espurias, especialmente los mentados Grammy. Primero, porque no creo en absoluto que la creación sea una olimpiada ni se pueda medir con números y, por tanto, tratarla matemáticamente como el resultado de un partido o el salto de un atleta, es decir colocando a un creador por encima o por debajo de otro. Y, segundo, porque las selecciones de nominados, y en consecuencia de los premiados, me inspiran confianza cero.

Aun con todo, caigo casualmente como un pocholito en la transmisión de los Grammy, que este año salta al aire de manera gratuita a la TDT por uno de esos canales que no ve ni el tato, Dkiss se llama. Y mientras suena el pastelón de fondo, escribo estas líneas y, como no tenía ni idea de que esta madrugada se entregaban los infaustos premios ni quiénes estaban en la absurda contienda , consulto en Internet los nominados…

Aggg, bramo al ver los escogidos para el ‘premio gordo’, pero del bramido paso al estupor cuando veo a Bowie encuadrado en la categoría de ‘rock alternativo’… Vaya, vaya, una veteranísima y reputada leyenda mundial resulta que ahora la encuadran en categoría alternativa, que, a tenor de su significado primigenio, es pasto de minorías. Benditos lumbreras los que organizan y dan paso a aberraciones como esta.

Y mientras escribo, suena de fondo o veo de refilón la parada de monstruos. Hay dos tipos que recogen sus premios en calzoncillos (todo por la notoriedad), Adele hace un Patti Smith en la entrega del Nobel a Dylan, interrumpiendo y volviendo a empezar pidiendo perdón, y Beyoncé muestra ese maravilloso milagro de la naturaleza que es la maternidad, pero su canción es un churro tan largo y tan grande como una catedral… ‘Lemonade’, su inciensado álbum de 2016, incluidas, cómo no, revistas como la truculenta e infame Rockdelux, me aburre soberanamente. Creatividad nula. Neo R&B con trazos de country y rap que reduce y tritura el viejo y sabroso R&B a la nada.

Como el nivel de seleccionados y de invitados, en medio de la mediocridad reinante en el panorama propuesto por los Grammy, que sería preocupante si coincidiera con la realidad, aunque cada vez se acerca más, y viendo el menú propuesto para llevarse el gordo, amén del coñazo de las largas y constantes pausas para la publicidad, que en estos fiestorros yanquis de avaricia por el dólar rayan en lo obsceno, corto y cierro. Me voy. Me importa un bledo si gana fulanita o menganito –imagino que Beyoncé barrerá, lo cual aún me irritará más, aunque ojalá que Adele le tuerza el brazo- e incluso si Metallica, como está anunciado, se une a Lady Gaga (cosas veredes). La basura, mejor en el cubo. Y servidor, con un buen libro en la cama. Eduard Fernández se quedó corto.

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Neil Diamond, melodías desencadenadas

Una blandenguería, opinarán algunos, o muchos. Y es posible, pero no me resisto a proclamar que Neil Diamond es una de las grandes voces melódicas que ha dado el pop. Una garganta redonda, con cuerpo, plena. Su discografía está llena de canciones subyugantes, con esa voz desbordante, plena de matices, una nasalidad embellecedora, unas melodías desencadenadas y unos arreglos orquestales de puro satén. Como baladista estándard, él, Sinatra, Tom Jones, Elvis…, y pare de contar.

¿Exagerado? Quizá. Más, insisto, por mucha melaza que haya de por medio, por mucho que se le ubique en el área de cantantes comerciales, o en ese odiado –por mi parte- anglicismo del ‘mainstream’, no escondo mi devoción por este artista de origen judío y médico truncado. Que, conviene aclarar, por si fuera necesario, es algo más que un ‘cantante melódico’. En su repertorio hay rock’n’roll, piezas vaqueras, swing, soul, folk, R&B, ecos judíos… y, aunque destilado, rock energético. Robbie Robertson (The Band), uno de sus admiradores, como lo fue Sinatra o el mismo Elvis, le produjo el álbum ‘Beautiful Noise’.

Viene al aire, o al blog, esta intro debido al anuncio de Universal de la edición, a finales del mes de marzo, de un triple CD con sus éxitos. Nada que no se sepa, especialmente por sus seguidores, pero, como ocurre con los recopilatorios, un atrio en el que santificarse y acceder a la vasta discografía del cantante, inmensa, con casi medio centenar de LP’s y no se sabe cuántos singles. Y menos mal que el disco antológico no recurre a sus trabajos como compositor a sueldo, que daría para llenar otro disco, lo que, por otra parte es una pena, pues se vería la elasticidad del artista para trabajar para otros y para amasar hits inolvidables especialmente para The Monkeys…

Sí, aquel grupo prefabricado al que Neil Diamond abasteció con insignes canciones como ‘I’m Believer’ y ‘A Little Bit Of You A Little Bit Of Me’, canciones fogosas, desenfadas, puro pop para las masas adolescentes. Cualquiera que las hubiera escrito, especialmente la segunda, merecería mis máximos respetos y devociones. ‘A Little Bit Of You A Little Bit Of Me’, traducida aquí como ‘Un bocadito tú otro yo’, fue, a finales de los sesenta, material ineludible de guateques y reuniones juveniles. Personalmente me trae bonitos recuerdos, escuchándola en un moderno ‘pick-up’ portátil de la época, a orillas de un río y en grata compañía pandillera de chicos y chicas. Fue un hit inapelable en España.

Pero hasta años después no se supo que el autor de aquella canción era aquel nuevo ídolo romántico que en las discotecas de los primeros setenta derretía corazones en las tandas de lento con el gospeliano ‘Holly Holy’, el primer single suyo que sonó en España, ‘Sweet Caroline’, ‘Stones’, ‘Canta libre’, ‘Song Sung Blue’… o la colosal (y autobiográfica) ‘I’m… I Said’. El doble álbum, ‘Hot August Night’ (1972), uno de los álbumes dobles en directo más notables de la historia del pop, o así lo ha considerado la crítica americana, contenía todas ellas, retratando magistralmente al artista. Con él alcanzó el estrellato mundial, aunque algunos ya lo teníamos en el altar merced a los tutes de las tandas de lento discotequeras y a los dos álbumes de estudio que le precedieron, ‘Stones’ (1971) y ‘Moods’ (1972), en el primero de los cuales se cobijaba ‘I’m… I Said’. ¡Dios, qué monumento de canción confesional y melódica, qué desgarro vocal, qué arreglos orquestales a lo Spector…!

Luego, Neil Diamond siguió publicando discos y subiendo enteros en la bolsa comercial del pop y del cine. Escribió la banda sonora de la muy popular ‘Jonathan Livinsgton Seagull’ y no solo hizo lo mismo sino que también protagonizó la no menos popular ‘The Jazz Singer’, si bien es verdad que creativamente, y ante la parroquia más joven, su arte fue decreciendo hasta ser aplastado por las nuevas tendencias musicales, desde el hard-rock, el sinfonismo, el punk o la nueva ola.

Interesó poco, o, digámoslo así, lo esquiné. Personalmente me quedé en ‘Hot August Night’ y aquella caterva de singles en directo que incluía, interpretados con su impecable voz nasal y un sentimiento y un romanticismo pop exacerbados. Mas, naturalmente, Neil Diamond siguió publicando discos. ¡Y cuántos! ¡Y cuánto premios y récords! Doy paso a las estadísticas, según Universal, como simple muestra de su galardonada carrera, aunque sea algo de lo que rehúyo, pero una excepción: “Ha vendido más de 130 millones de discos en todo el mundo y ha dominado las listas durante más de cinco décadas con 37 Top 40 singles y 16 Top 10 álbumes. Ha conseguido ventas con 40 discos de oro, 21 discos platino y 11 discos multiplatino”. Pues eso.

En Estados Unidos se le sigue considerando como ídolo de masas, un artista crucial en el circuito que los norteamericanos denominan como ‘soft rock audience’, lo que le ha convertido en uno de los artistas mejor pagados del país, según la revista Forbes. Obviamente sus recitales televisivos y sus DVD’s tienen también gran demanda, caso del estupendo vídeo publicado en 2008, con una remembranza en el Madison Square Garden de su ‘Hot August Night’, y lo fundamental, gozan de una tersura y energía más que apreciables. “Cuando trabajé con Laurence Olivier –declaró al Telegraph británico en 2014- en la película ‘The Jazz Singer’, me dijo: “Como actor, debes estar dispuesto a ser un payaso.” Nunca podría hacer eso en la película, pero en el escenario puedo ser el más loco que hayas conocido. ¿Estás dispuesto a ser un loco y cantar conmigo? ¿Tú, que no cantas? ¿Estás ahí? Vamos, vamos a ser locos juntos. Y eso es lo que hace que sea estupendo compartir experiencias”.

Ahora, tras la edición del triple mencionado al principio, llegará una larga gira mundial con la que Neil Diamond, a sus 76 años, que cumple el próximo día 24, quiere celebrar los 50 de carrera en solitario, que uno piensa que son más, toda vez que su primer single de éxito, ‘Solitary Man’ se publicó en 1966, siguiéndole después, hasta que llegó ’Stones’ y Mood’, una rica discografía, incógnita en su momento por estos lares, y en la que destacaban sus dos primeros álbumes para el sello Bang, y, ya para Universal, los tersos latigazos de cantautor amoroso mezclados con pop, soul, country, sones latinos o gospel, de ‘Velvet Gloves And Spit’ (1968), ‘Brother’s Love Travelling Salvation Show’ (1968) y ‘Touching You Touching Me’ (1969). Discos a descubrir.

Gustará más o menos, se le reprochará su exceso de almíbar, su clase de categoría comercial…, pero su peso artístico, su voz y su capacidad como compositor son inapelables. Y sobre todo su existencia nos recuerda a muchos que un día fuimos jóvenes, que disfrutamos descomunalmente con su torrente de melodismo y, sí, aunque suene cursi, fuimos felices bañándonos en él bajo las luces rojas en aquellas primeras discotecas de la España franquista de los 70 que caminaba a pasos largos hacia la salida del túnel. No es poco.

Y aquí, el monumento:

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La edad de oro de Paloma Chamorro, hoy inconcebible

En el momento no fuimos conscientes de que estábamos ante un hito histórico, aunque suene grandilocuente calificarlo ahora así. ‘La Edad de Oro’ fue un programa de televisión que rompió moldes en los inicios de los ochenta, aquella década de tantos sueños materializados, de tanta ruptura, de tantos cambios, de tanta modernidad.

España acababa de salir de una corta aunque angustiosa transición política. El franquismo y todas sus ataduras, todos sus venenos, había quedado atrás en diciembre del 78 con la aprobación aplastante de la Constitución. Y los ochenta estallaron en el país con un estruendo de color y modernidad juvenil que llamó la atención incluso fuera del país. Periódicos y televisiones de Inglaterra, Francia y Estados Unidos se hicieron eco del estallido.

Pero debo decir que más de uno ceñíamos el gesto. No era para tanto, pensábamos. El pop británico había abierto el camino. Lo que aquí ocurría, lo que se veía en la calle, en las revistas o en los bares, o lo que se escuchaba en algunas radios o en la misma ‘Edad de Oro’, venía empujado especialmente desde Inglaterra con sus sacudidas musicales y estéticas; primero con el punk, después con la new wave y a renglón seguido con los nuevos románticos y el tecno. También con el heavy, aunque fuera enemigo (o viceversa) de la llamada Movida. Aquí simplemente se mimetizaba, bien es cierto que con más urgencia que nunca, pero sin sorpresa alguna porque ya estábamos avisados.

Y tampoco era algo excepcional. A fin de cuentas, era lo que tocaba en un país en el que estaba todo por hacer y por conseguir. O sea, que si en la tele había un programa como ‘La Edad de Oro’ era por obligación. Los tiempos empujaban imperiosamente a ello. Incluso, pensábamos, era hasta fácil. Pasar de la nada, de la TV en blanco y negro, de los cantautores pelmazos, de la grisura… al pop de pintalabios, que diría Lennon, las revistas guais y los ropajes estrambóticos era un paso que no requería esfuerzo alguno. Había incluso impostura, creíamos, al moler y presentar aquellos ‘tiempos salvajes’ (Ilegales definieron).

Personalizo: recuerdo que cuando el socialista Luis García Nieto se hizo cargo de la concejalía de festejos del ayuntamiento de Zaragoza peleaba con él en el periódico y cara a cara para que dejara de darnos la tabarra con los cantautores y los festivales latinos en La Romareda y se metiera en harina de los nuevos tiempos. Lo tenía incluso sencillo, porque, por decirlo burdamente, le habían dejado delante, no un patatal, sino un campo fértil como la huerta zaragozana. Bastaba con airearlo y meterle un poco de agua, que allí brotaba cualquier cosa, tal era su calidad para la siembra. Y así fue. A regañadientes, pero finalmente entrando en la senda del nuevo tiempo, el rock llegó incluso a la Romareda, primero con Miguel Ríos y Burning, y después con gente como Spandau Ballet, cuya actuación se transmitió en directo por TVE desde el estadio.

Quiero decir con todo ello que, aun costando, era lo que los tiempos demandaban y, por tanto, lo que teníamos que recibir. Una sensación de que, en consecuencia, todo era fácil y obligado, que todo tenía que llegar imperiosamente, lo mismo desde un ayuntamiento sociata que desde la radio o la televisión. Insisto, era lo que tocaba y además en un paso que no tenía vuelta atrás.

Dios mío, quién nos diría que no era así, que el tiempo podía retroceder, que aquella oleada de modernidad, o llamémosle de actualización o acompasamiento al paso de fuera, podía romperse de un momento a otro, que aquello realmente era un espejismo. Imposible. Habíamos ganado mucho territorio para que ello ocurriera. Pero pasó. Sí.

Pongan los más veteranos los ojos y la memoria en aquellos primeros ochenta y levanten la visera y miren al tiempo presente. ¿Qué fue, por ceñirme exclusivamente a la televisión, de aquel programa con atinado nombre buñueliano, ‘La Edad de Oro’? Bajó la persiana en el 85, después de 55 emisiones, y ya no hubo continuidad. Se esfumaron muchos sueños y muchos logros. ¿Dónde está el equivalente actual de aquel torbellino visual, estético, musical y hasta cultural, emitido nada más y nada menos que en directo? No es necesario malgastar el tiempo buscando. No hay nada. Estamos de nuevo en el páramo. O peor, vivimos envueltos en la idiocia televisiva más ofensiva, en una burbuja de imbecilidad, como jamás podríamos imaginar.

Y al observar aquel tiempo pasado, que sí, aunque duelan prendas, en muchos aspectos fue mejor, se calibra la importancia y el valor de ‘La Edad de Oro’ y su época, aquel primer lustro de los 80. Entonces, pese a los gritos de la derechona y los escándalos que suscitó el programa, con el cantante de Lords of The New Church bajándose los pantalones o Genesis P. Orridge, más fumado que una locomotora de hace dos siglos, mostrando un crucifijo con cabeza de cerdo, algunos lo considerábamos como un hecho ‘normal’, pero hoy la perspectiva ha cambiado: fue algo trascendental, un revulsivo que cambió la vida y la piel de este país. Abrió muchas puertas, tanto estéticas como musicales y sociales, por la que entraron ideas y manifestaciones de todo tipo, que quizá, más incluso que algunos de los grupos que presentó, fue su mayor logro. El impulso que dio a la gente joven a hacer cosas nuevas, a moverse, a sacudirse la caspa de años de rigor y opresión, fuese de la ‘tribu’ que fuese, resultó bramante. Nada fue igual a partir de entonces.

Al frente de aquel programa estaba Paloma Chamorro, con sus cardados, sus redondos hombros al aire, sus preguntas muchas veces banales, su pinta de progre y de moderna sobrevenida, pero atrevida, trasgresora, iconoclasta, como ella sola. Hoy, a medida que ha ido pasando el tiempo y viendo lo que hemos visto, se la valora mucho más. Lo que hizo entonces hoy es un milagro. Así de simple, así de contundente. Y si no, ¿qué televisión se ha atrevido y se atrevería en este inicio de nuevo milenio a emitir una ‘Edad de Oro’ del siglo XXI? O preguntando de forma más filosófica y ecuménica: ¿Qué nos ha pasado para que un programa como aquel sea hoy inconcebible?

Por ello me ha invadido la pena y la nostalgia al enterarme este lunes de su fallecimiento. Ah, aquellas noches de martes programando el vídeo para grabar el programa. Aún conservo decenas de cintas grabadas en aquellas noches televisivas, tan ‘normales’ entonces, tan imposibles hoy. Paloma tenía 68 años. Tras ‘La Edad de Oro’ volvió a lo suyo, al arte, en uno de cuyos programas previos, creo que fue ‘Imágenes’, presentó a Radio Futura, pero desapareció por completo de la modernidad –o quizá la hicieron desparecer- y prácticamente del mismo mundo televisivo. No supimos públicamente de ella hasta hoy en que se ha despedido definitivamente. Vaya mi adiós más valorativo y más cariñoso.

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Insolenzia, de monolito

insolenziaLo de Insolenzia es de monolito, no ya en su pueblo natal, Alagón (Zaragoza), que por supuesto, sino en la plaza mayor de la hipotética ciudad de la producción musical. En su haber, tres disco-novelas o novelas-disco, llámese como se quiera a esta ‘insolente’ innovación discográfica, que no hacen sino dejar boquiabierto al más pintado ante presentación formal tan opulenta de rock y literaturas aunados. Sus títulos: ’La boca del volcán’ (2010), ‘Me quema el sabor de tus ojos’ (2011) y ‘Con el mundo entre las piernas’ (2013).

No hay en España ediciones similares, las de Insolencia son únicas. Y me atrevería a proclamar que son únicas en el mundo entero, al menos en la gran historia del rock. No hay precedente alguno de libro-discos como los que este grupo de Alagón factura: una novela escrita magníficamente, con prosa ágil y bella, absorbente, por su cantante Daniel Sancet, y una música, uncida a esa prosa en un difícil ejercicio de funambulismo artístico, despidiendo chispazos de rock melódico y urbano. Eduardo Mendoza y Barricada. Juntos. O Sergio del Molino y Tako. Por citar matrimonios imposibles pero indiciarios.

Ya le he dedicado atención en este blog al grupo. Remito a las tres entradas correspondientes (1, 2, 3) por si alguien quiere remover papeles del pasado. Ahora lo vuelvo a hacer una vez más ante su reciente producción: un disco en directo, que obviamente, como nos tiene acostumbrados el grupo alagonés, es algo más, bastante más, que eso. Pues no en vano viene de nuevo enfundado en duro cartón de portada de libro, sino que en su interior se acantonan, ahí es nada para como están los tiempos, dos cedés y dos deuvedés, amén de un buen tocho de páginas en couché. No, en esta ocasión no hay novela, pero sí cien páginas impresas a todo lujo gráfico, con fotografías y textos de todo tipo, desde la introducción del propio Sancet, exorcizando su neurastenia ante el reto de subirse a un escenario, y más en un día tan remarcado como el que grabaron el disco en el Centro Las Armas de Zaragoza, a un grueso puñado de otros invitados entre escritores, músicos, mánagers, periodistas, poetas… y hasta bandoleros y diseñadores titirititifláuticos, como ellos mismos se autocalifican. Y obviamente no faltan los nombres de los comandos y personas que siguen y apoyan  al grupo a través del micromecenazgo.

Musicalmente, ya saben quienes les siguen, letras llenas de poesía, sensualidad, reivindicación, muy elaboradas, y ese rock eufórico pero pausado, con filiación urbana a lo Leño, Barricada, Tako… Todo material propio, excepto una versión de Manolo Kabezabolo, interpretado con pasión y fuerza, mandando el potente muro de tres guitarras sostenidas por una expansiva sección rítmica y con el sello identitario de Isabel y Daniel en las voces. Aprovecho para decir que son las voces adecuadas a este género, pero seguramente alcanzarían más verismo y solidez si se moldearan y modularan con más precisión, solapando Daniel esa estampa de cantante death metal y cuidando Isabel las afinaciones de las sílabas últimas de algunas frases. Meras apreciaciones personales.

Atención al final, con ‘Y la sal’, con Isabel tocando la guitarra en plan Valdivia y trenzando una de las canciones más significativas del grupo. Por no dejar en el tintero, otras como ‘Sudor frío’, ‘Va a estallar’, ‘A pleno pulmón’, ‘Una sola piel’… A mi entender, Insolenzia está entre lo mejorcito del rock urbano de este país. Esto y estas magnas ediciones discográficas que sirven, bajo un férreo, sufrido y meritorio modelo de autogestión, son motivos de mucha consideración, explican la gran legión de seguidores que tienen. Ya digo, monolito.

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