Cecilia, el insulto de morir a los 27

Entre el rockerío, volcado con el blues, el funk discotequero de James Brown, la dicotomía del sinfonismo y el hard-rock y la resaca post Beatles; entre el mundo cantautoril, inmerso en el brassenismo y el hispano piélago panfletario y la guitarra de palo; entre la canción popular femenina, copada por el folclorismo y las rendijas que había abierto la canción existencial de Mari Trini o María Ostiz…, entre estas y otras malas hierbas más o menos malignas –los 40, por no decir el enjuague de regalías y turbiedades subterráneas, le negaron el pan y la sal-, me temo que a Cecilia se le cortó el paso en su tiempo, se le impidió crecer en la primera parte de la década de los setenta con los índices de popularidad que se merecía y que otras cantantes con una hoja de servicios mucho menos lubrificada que la suya alcanzaron. Lo que no significa que no fuese reconocida, pero sí minusvalorada. Apuesto doble contra sencillo que en los noventa, con aquella explosión de nuevos cantautores, y hoy mismo –obvio los ochenta, coto cerrado para movidas-, hubiera ganado la partida con abrumadora puntuación.

En todo caso, el tiempo reparte las mercedes merecidas. Con los años, la voz y los tres discos de aquella cantante madrileña, tímida e inestable pero rebelde y de fuerte carácter, con esquirlas trasgresoras, han ganado peso. Lejos de haberse desvanecido por el túnel del olvido, su figura, a través de persistentes reediciones y homenajes, renace y se agranda con la altura que una voz, una poesía y una creatividad como la suya merece.

Una rara avis de la canción femenina española y de la misma música patria. Cecilia escapaba a cualquier cliché establecido en la imaginería de aquella España cateta y tardofranquista. Su vida cosmopolita, que le había permitido viajar por varios países como hija de diplomático, su absorción de la música que conoció fuera, especialmente de Simon & Garfunkel, Dylan, Joan Baez y los Beatles (a estos últimos dedicó un sencillo pidiendo su vuelta y cuya sonoridad volcó en sus canciones, hasta el punto de que algunas piezas suyas parecían arrancadas de su mismo cancionero psicodélico, caso de ‘Portraits and Pictures’, en tanto que ‘Lost Little Things’ era una ingeniosa acomodación de ‘Dear Prudence’), su genética precoz para aprender a tocar y componer, y su impulso creativo incrustado en su ADN hicieron de ella una artista singular, insólita en aquel escuchimizado panorama musical de los setenta, en aquella España finifranquista en consunción en la que trazó un nuevo perfil de la canción popular, actualizándola, sumergiéndola en bellas tinturas anglosajonas.

Añádase su gran sensibilidad e ingenio para escribir poéticos versos en órbita machadiana, desbordantes, increíbles para su juventud, que no fueron sino fruto de su voracidad lectora, sus naïf dotes pictóricas y su aguerrido carácter, que no belicoso, pese al guante de boxeo con que apareció en la portada de su primer disco, para perfilar el retrato musical y literario de aquella Evangelina Sobredo, nacida en 1948 en El Pardo (Madrid), que saltó a la música española como Cecilia en honor de la celebérrima canción de sus admirados Simon & Garfunkel.

Sus letras merecen un master en composición. Verdaderas joyas poéticas que se derramaron por los más diversos ámbitos: el costumbrario español, la hipocresía burguesa de las damas de alta cuna y baja cama, el poder corrupto del dinero (“al son del clarín tan solo baila el que quiere, al son del dinero dime quién no se mueve”), el feminismo, la religión, el ejército, los curas, la iglesia, la guerra civil y su millón de muertos, el maltrato, la infidelidad, el sexo, el ecologismo urbano, su querida España de la santa siesta y las vendas negras… y, en fin, el amor al amado (“desde que tú te has ido, mis manos tienen frío por no tener tus manos”) y a los animales (”qué sola muere mi gata Luna, qué sola y triste vivo yo”). Un deslumbrante mundo lírico.

Lamentablemente hay que añadirla ese fatídico club internacional de los 27. Murió a esta edad, víctima de la carretera en el verano de 1976 cuando regresaba de un bolo en Vigo. España, su querida España, la lloró y la sigue llorando. El pasado día 9 de este mes de noviembre, un copioso elenco de músicos, treinta de cuatro generaciones distintas, entre ellos Miguel Ríos, Ana Belén, Cristina Rosenvinge o Amaral, le tributaron, según las crónicas, un gran homenaje en el que quedó patente la pervivencia de su figura, de su música y de su verso de oro. También la pena por su temprana y malhadada desaparición: “Si la vida es absurda, más absurda es la muerte, y con veintisiete años es un insulto”, proclamó Miguel Ríos en el escenario. ¡Cuánta razón!

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Cuando el punk llegó a Zaragoza

Desde Facebook, con motivo de los 40 años que se cumplen el próximo día 4 de diciembre del primer festival punk celebrado en Barcelona, en el Casal de la Alianza de Poble Nou, se me pide que ubique y evoque también el primer festival del género que se celebró en Zaragoza… Lo hace Oskar Aguilar, el voluntarioso jefe de la discográfica Bazofia Records, a raíz de un mensaje que envía una ‘facebookera’ (¿vale el palabro?) en el que evoca el citado primer festival barcelonés, con inserto incluido de un veterano punky catalán, el cantante de Mortimer, y a la vez pide información sobre el festival zaragozano del que tiene detalles e incluso aporta la crónica que yo mismo hice de él, pero no sabe ubicar. ¡Ay, la edad! Se nota que es más joven… Toca remover la hemeroteca y agitar la memoria.

En efecto, Zaragoza también tuvo su primer festival punk, aunque unos pocos meses más tarde que el de Barcelona, no muchos, en concreto, cuatro y unos días, toda vez que tuvo lugar el día 15 de abril del 78. Allí estuve. Lo seguí de cabo a rabo, desde la primera a la última actuación y entre bambalinas, entrevistando a los participantes: Mortimer, Rock and Roll Dam, French Dog y Basura.

Estaba en mis primerísimos balbuceos periodísticos, de hecho, era la octava semana que escribía la página de Discos en el Heraldo, es decir, un verdadero pipiolo del periodismo musical. Uff, leída hoy, hasta me produce un tanto de pudor, por no decir rubor: por el acartonado estilo periodístico y por la valoración precipitada que hice. En fin, pecado de novato y de una situación novedosa que vivida en directo resulta difícil calibrar en ese mismo instante. Más o menos, por poner un símil algo absurdo pero ilustrativo, como cuando alguien se está ahogando: en lo que menos piensa es en el porqué, y menos en filosofías, sino en cómo en salvarse cuanto antes.

Dicho lo cual, aquella noche fue fría en la calle, pero bien calentita en el escenario y aún en la misma puerta del local, los bajos del antiguo Mercado Central. El festival lo organizaba, espero que la memoria no falle, un emergente promotor, Jaime Borobia, en enlace con el mánager catalán de los cuatro grupos que actuaron. Borobia, que ya era un lince para sacar petróleo donde no había, se las ingenió para conseguir que el Ayuntamiento de Zaragoza le alquilara los bajos del Mercado, entonces en decadencia, y con apenas varios puestos abiertos en la planta superior, la principal. La baja estaba abandonada. Un lugar inhóspito, cutre y raro, en el que las comodidades brillaban por su ausencia. No había camerinos y el techo estaba tan bajo que los músicos casi lo tocaban con la cabeza al subirse al estrado. Pura penuria, aunque por otra parte cuadraba a la perfección con el marco cutre y barribajero en el que el punk había florecido.

También para situarse a tono con las circunstancias, el festival tuvo su ramalazo de protesta y hasta violencia. Un grupo no escaso de gente, siguiendo las consignas antisistema del movimiento, dijo que eso de pagar para oír música no era de recibo, así que en los inicios mismos del festival, se abalanzó sobre la puerta y, aun con la resistencia de los organizadores, haciendo de muro de contención, el grupúsculo logró entrar sin pasar por taquilla. Fueron momentos de tensión, acordes con los aires contestatarios, inconformistas y hasta violentos que llegaban de Inglaterra. Luego, la cosa se tranquilizó y ya no hubo más incidentes.

Los grupos se dedicaron a tocar ante probablemente unas 300 o 400 personas –el local estaba prácticamente lleno- y yo a escuchar y a entrevistar a unos y otros. Me sorprendieron las opiniones generalizadas de los mismos músicos, distanciándose del punk y de lo que este representaba: uno de ellos señalaba que lo suyo iba por los derroteros de Doctor Feelgood pero no por los de los Sex Pistols. Y bien pudiera ser, porque salvo Panotxa, cantante de Basura, con el pelo tintado de rubio, ninguno daba la imagen de aguerrido punk, al menos la de punk de cresta y alfileres que yo mismo había conocido un año antes en Inglaterra, en el famoso y crucial 77, en mi primera visita a Londres (daba casi miedo verlos deambular por Oxford Street en el año del Jubileo).

Musicalmente, aquellos cuatro grupos me produjeron cierta aversión. Su diletantismo instrumental y vocal, más en un tiempo donde todavía imperaban los ‘buenos modales’ rockeros y el virtuosismo, chirriaba, hacía daño estético y auditivo. También es verdad que los grupos estaban todavía muy verdes y yo personalmente aún no le había sacado el zumo al luego imprescindible y rabioso ‘Never Mind The Bollocks’, de los Pistols. Una situación, que, creo, no era única. Al menos, por algunas opiniones recogidas aquella noche y luego en el periódico, aunque lo cierto es que los más convencidos –aún no creo que pudiera hablarse de cofradía o tribu punk consolidada- fueron muchos y disfrutaron de lo lindo. El mismo mánager catalán se quedó sorprendido y admirado por el buen rollo de la gente.

El festival tuvo su eco más allá del mismo recinto en que se celebró. En el ambiente musical se habló mucho de él, para bien y para mal, y yo mismo en el Heraldo, en días siguientes, lo tomé como pieza de debate, abriendo la página semanal de Discos al fenómeno punk. El amigo Martín Muñoz, recién estrenado profesor de inglés tras su licenciatura en Filología Inglesa en la Universidad, donde nos conocimos, y un gran melómano, escribió un artículo reflexivo sobre el movimiento y otra semana después algunos de los popes de los medios y de la cultura pop –desde el institucional José Juan Chicón de Radio Zaragoza al profesor universitario Sánchez Vidal- emitieron opinión sobre el movimiento, por lo general negativa, viéndolo como moda pasajera, cuando no montaje de las discográficas. Me temo que ninguno estuvimos a la altura, ni acertamos el pronóstico, patinamos.

En fin, mejor que ahora yo no haga cábalas sobre lo que ocurrió y lo que unos y otros opinamos, y saque a relucir los respectivos recortes de la época, publicados en la página de Discos del Heraldo, y que cada cual saque sus conclusiones. Ahí van para gozo sobre todo –imagino- de la parroquia punky.

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Chicas ruidosas, psicodélicas, guerreras: Beaches

Rascando en la neo psicodelia, el space-rock y el indie de los noventa, o por concretar más, sacando a colación ecos de grupos como Bardo Pond, Naam e incluso Tame Impala, Breeders, Yo La Tengo, Pavement…, y evocando a la Velvet de los momentos más chirriantes, Beaches (nada que ver con The Beaches, que son otras) fabrican una clase de rock con resonancias conocidas pero no menos curiosas y sorprendentes.

Lo primero es su composición, exclusivamente chicas, lo que le da una singularidad especial, por la escasez de grupos exclusivamente femeninos en relación con los masculinos, y lo segundo su decantamiento por géneros como los citados, algo tampoco común. Añadir que el quinteto proceda de Australia y que retoce en la psicodelia, ya sería, evidentemente, a poco que se conozca el paño ‘aussie’, menos sorpresa: en las antípodas hay un granero de grupos inabordable y la neo psicodelia por allí, con nombres actuales como Diagrams, Lowtide, Alex Jarvis Group, Fierce Mild, Hideous Towns, The Citradels, Willow Darling, Mosaicz, Parading, Contrast o los ya internacionales y renombrados Tampe Impala, es exhaustiva.

Vienen de Melbourne y acaban de editar su tercer álbum, ‘Second Of Spring’, que, presa de la incontinencia, se ha alargado hasta el formato doble, con 17 canciones entre los tres y los ocho minutos. Más de hora y media de rock transgénico, sí, inyectado con genes de otras especies, que a fin de cuentas eso es básicamente el rock y la música en general, pero no por ello menos interesante y nutritivo. Rock sobre todo instrumental, con un trío de guitarras en primera fila incrustando persistentes riffs y distorsiones sobre colchones densos de fondo, más obviamente la correspondiente sección de ritmo -a saber, Antonia Sellbach, Alison Bolger y Ali McCann al mando de las guitarras y las voces, Gill Tucker, bajista y voz, y Karla Way, batería y también voz- que edifican un sólido muro de sonido, en el que la labor de las guitarras tanto rítmicas como las solistas (grandes intervenciones) es más que sobresaliente, vamos, de gente que sabe donde pisa, poco amateurismo. Por algo llevan juntas desde 2007, antes habían engordado su hoja de servicios en grupos diversos de la zona y este tercer disco les ha costado cuatro años manufacturarlo.

Vienen a la memoria, al escuchar este disco, algunos grupos ya citados antes y otros más, tal que Yo La Tengo (‘Painful’, of course, por aquello de las voces femeninas), Pavement, Earth, The Black Angels, Jacco Gardner, Wooden Shjips, The Brian Jonestown Massacre…, y cómo no, la Velvet. No es mal asiento.

Otro plus: las cinco, cuando intervienen, que no es mucho al ser un disco más instrumental que otra cosa, cantan, empastando las voces en plan coral, lo que hace que parezcan voces angelicales cayendo delicadamente desde los cielos a través de una cortina de hierro. Tampoco es mala idea. Quizá sí lo sea la longitud del disco, que al final acaba degastando la propuesta, aunque en los temas finales no haya una descarada reiteración de la fórmula sino al contrario. Pero en estos casos, cuando el cansancio asoma, la solución es bien sencilla, más en tiempos de Spotify: se para el reproductor, y aire.

Y más sorpresas: su catálogo de gustos musicales va desde los Bee Gees de ‘To Whom It May Concern’ a clásicos como Lee Hazlewood (el arquitecto de Nancy Sinatra), Chris Montez, Townes Van Zant, Bobby Gentry, Yoko Ono, Donovan, Zombies, Breeders, Bangles, Shocking Blue, Lou Reed, Neil Young, The Shangri-Las, Banarama y…, sí, ¡Demis Roussos!, amén de otros desconocidos como Vashti Bunyan, Terry, King Yung Mi, Scot & Charlene’s Wedding o Total Control. Nada que ver en absoluto, salvo Breeders o Total Control, con lo que ellas hacen.

La pena es que no encuentro directos suyos en Internet para ver cómo se las tienen en esa prueba de fuego que es el escenario, mas queda el consuelo de recurrir en Spotify a sus dos álbumes anteriores, que aunque no están a la altura de este tercero, dan la medida de estas australianas ruidosas, psicodélicas y, valga el tópico, guerreras.

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Las ideas del Verano del Amor, pese a su entierro inmediato, perviven

Tal y como anunciaba hace unas semanas, al hacerme eco del Verano del Amor de hace 50 años, vuelvo sobre él y sobre su final. El estío climatológico se acabó oficialmente, en efecto, el mes de septiembre, pero el hippie, en su espíritu más puro e iconoclasta, lo hizo en octubre de hace medio siglo; en concreto, el día 7 de aquel mes del 67 en que los ‘diggers’ oficiaron las exequias del movimiento y anunciaron el nacimiento de otro nuevo, The Brotherhood Of Freemen, bautizado por la prensa como ‘freebie’, que realmente no tuvo mucho eco. Fue la puntilla al sueño puramente químico de unos idealistas, ¿o activistas?, que soñaron un mundo sin guerras, fraternal, desalienado, contestatario, anticapitalista, utópico, anárquico.

Como recordaba recientemente Jaime Gonzalo, a propósito de la edición en España del libro ‘Una vida vivida a tumba abierta’, el mayor cerebro en la sombra de los ‘diggers’ fue Emmett Grogan, alias Ringolevio, “el más insobornable tumor crítico que le creció a la Contracultura desde dentro”, un exyonki que odiaba la notoriedad y que planificó una sociedad gratuita, con acceso libre a la medicina, la comida o la ropa, y, como añade Gonzalo, “la restauración del pan integral, el establecimiento de las comunas, el retorno a la naturaleza y la celebración de solsticios y equinoccios”. El naciente hippismo era el mejor vehículo transmisor para implantar aquellas ideas, pero estas no tardaron en irse al garete, al menos en un primer momento.

Efectos de la acción: la contrarreacción involuntaria. Inconscientemente, los ‘diggers’ colaboraron en la transformación del ideario hippy en un circo mediático: atrajeron a los medios y vendieron utopías, con lo que San Francisco se llenó de jóvenes que, al son de Scott Mckenzie, se pusieron una flor en el pelo y emigraron al lejano Oeste pensando que allí se había instalado una nueva Arcadia de sexo, drogas, paz y diversión.

Pronto se encontraron con el anverso de aquel sueño: Ronald Reagan, gobernador entonces de California, con sus métodos contundentes, domesticó de inmediato a toda aquella manada de estudiantes indómitos; la policía, amparándose en las demandas paternas, devolvió a decenas de ‘runaways’ (chicas jóvenes fugadas) a sus casas, desmantelando casi la totalidad de comunas creadas en torno a la bahía; se prohibió el LSD; las asociaciones estudiantiles, agrupadas bajo el Free Speech Movement, sufrieron la clausura de sus locales universitarios; las redadas por parques y espacios juveniles se multiplicaron; muchos jóvenes, más curiosos que ideologizados, que acudieron a la llamada hippy como si de un imantador anuncio de televisión se tratara, constataron que el paraíso prometido era más ficción que realidad e hicieron rápidamente el petate y se largaron; las grandes discográficas llenaron de talonarios el mundo del rock, absorbiendo a toda aquella pléyade de nuevos grupos al mundo capitalista: la Jefferson, sin ir más lejos, recibió un cheque de 25.000 dólares como anticipo de su primer LP…

Los ‘diggers’ vieron cómo sus ideales puros e iniciáticos fueron evaporándose poco a poco, convirtiéndose en pasto de termiteras cuando no en sueños estratosféricos, de manera que en el mundo hippy se instaló el mismo detritus que ellos quisieron rechazar. De esta manera, la buena conciencia americana quedó repentinamente salvada gracias al papel de algunos potentes medios, en especial de la revista Life que vendió a la burguesía americana una estampa turística del hippismo, reduciendo el fenómeno contestatario a la apariencia de una simple-crisis-moral-de-la-juventud. Con los años, muchos de aquellos hippies acabaron en yuppies. Y Woodstock, aun emblematizado como la exaltación del movimiento hippy, fue su mayor estampa turística, engrasada por el marketing.

¿Pero murió definitivamente el hippismo? En lo musical, drásticamente, sí. En los ochenta un pelo largo, un punteo, un largo solo de guitarra, eran atentados estéticos y hasta morales contra el tiempo y la moda. Espiritualmente, sin embargo, el hippismo, ante el desprecio de la derecha y el mal ojo de los bienpensantes, siguió y sigue estando vivo, especialmente en este siglo, reactivado por los movimientos alternativos y ecologistas.

Nunca se ha estado más cerca del rearme ideológico, partiendo de cero, que predicaron Borroughs y Alex Tracci e incluso de la estrategia que propuso Zappa, al darse cuenta de que la sociedad norteamericana era un gigantesco Leviatán que lo absorbía todo, de utilizar silenciosamente los medios, algo que ahora ha encontrado su mejor caldo de cultivo con las redes sociales. Por no olvidar aquella contundente declaración de aquel mito no precisamente hippy inmaculado pero sí coetáneo y revoltoso, Jim Morrison, alentando, seguramente que de manera inconsciente, más como pose provocadora que real, pero lanzada al tablero convulso de aquellos años: “Somos políticos eróticos que nos interesamos por todo lo que se refiere a la rebelión, al desorden, al caos y a la actividad que parece carecer de sentido”. ¿No están estas palabras incrustadas, sin ir más lejos, en activistas antisistema de este siglo como las CUP?

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Las proyecciones internacionales de la música aragonesa: Héroes del Silencio, Bunbury y Amaral

Concurso municipal de pop-rock del 82, gira latinoamericana de 2007. Dos momentos y dos fechas significativas en la trayectoria de Héroes del Silencio y por ende de Bunbury. Otras dos fechas señaladas: 1991, una jovencísima Amaral asoma su cara por vez primera en un escenario con el grupo Bandera Blanca, tocando la batería, tras haber cantado unos meses en Lluvia Ácida; 2006, esa misma joven encandila al público que atesta uno de los icónicos teatros de Latinoamérica, el Gran Rex de Buenos Aires. Entre unas y otras fechas, un puente transoceánico, impensable.

En el 82, Zaragoza era una ciudad musicalmente cutre, sin grupos y con ideas musicales obsoletas, pero en el concurso municipal ya estaban Bunbury y Valdivia. ¿Quién podía apostar en el 91 por aquella inexperta batería? ”Me hacía daño en las piernas y en las manos porque no sabía tocar”, me confiesa ahora Eva. Y también por los nervios y la incertidumbre. Ni en sueños podía imaginar su brillante futuro. Su camino aún estaba en negro.

Mas, increíblemente, Héroes, Bunbury y Amaral explotaron, tendiendo un puente oceánico larguísimo desde Zaragoza a Latinoamérica e incluso Estados Unidos y Europa. Desde entonces, ser de Zaragoza imprime carácter en lo musical y casi en lo social. Un orgullo que saco a relucir, a raíz de la petición de mis colegas del Heraldo con motivo de las pasadas fiestas del Pilar, en un breve texto para el canónico extraordinario del periódico en estas fechas y que aquí amplío.

No ha sido fácil, claro, alcanzar proyección internacional, y más cultivando la excelencia. Tras Héroes, Bunbury se revolvió contra sí mismo e incluso contra sus propios camaradas. “No estoy dispuesto a tocar heavy metal o a ser parte de unos Rolling Stones latinos”, vino a decir sarcásticamente. Así que buscó su propio camino, incluso estando todavía en Héroes. No fue poco el estupor que Juan sintió cuando un día, en la gira final de los USA, que acabó como el rosario de la aurora, se lo encontró en un estudio probando canciones en solitario, al margen del grupo (lo cuento en mi libro sobre ellos).

Bunbury estaba escudriñando direcciones para su nuevo camino. ¿Un Nick Cave a la española? ¿Un crooner moderno a lo Elvis? ¿Un rockero no heavy, pero sí duro, al modo de lo que entonces estaban proponiendo, por ejemplo, Pearl Jam con sus rocosos tres primeros elepés? Sugerencias factibles que uno mismo incluso le sugirió. Finalmente escogió el tecno. Lo que fuese con tal de romper con el pasado en Héroes. ‘Radical sonora’, título elegido con mucha intención, mostró la mutación estilística tanto en lo musical como en lo físico. Funcionó a medio gas.

Cambió de registro, la búsqueda le llevó a otro camino inaudito, al arábigo latino-mediterráneo. ¡Eureka! ‘Pequeño’ lo elevó a la cima en solitario. Extraordinario y distintivo disco, insólito en el panorama del rock nacional. Bunbury no solo tuvo coraje e inventiva para hacer un gran disco y cambiar de piel sino también para sacar de la nada y en la propia Zaragoza una banda tan original como competente y arriesgada, el Huracán Ambulante. Con ‘Flamingos’ echó los cimientos de una carrera que aún la sostiene, pese a sus endebleces posteriores, iniciadas básicamente con el fallido ‘El viaje a ninguna parte’.

En 2007 volvió con Héroes, no para curar heridas, como cínicamente afirmó, heridas que lejos de curar se abrieron más hasta el punto de casi acabar en los juzgados, sino para salir adelante económicamente. Un millón de euros por barba, se asegura, fue el trato acordado en una reunión mantenida en el chalet de su mánager, Nacho Royo. Mala forma de curar heridas personales con mánagers al lado y las billeteras abiertas. Así de mal salió luego la reconciliación. Heridas emocionales y afectos no se curan con dinero, es su peor enemigo. Ver a los cuatro, en el DVD de la gira, en camerinos individuales y cada cual organizando su vida, familias incluidas, a su aire, delataba que algo no iba bien, o no se había planificado de forma adecuada, que la argamasa emocional era más ficción que realidad, más crematística que afectiva. Los líos habidos a posteriori, a raíz de unas acciones oscuras y de unos pagos insatisfactorios para la terna Juan-Pedro-Joaquín, terminaron por dinamitar la pretendida cura de heridas y hasta una posible reunificación del grupo, como tantos fans deseaban.

Y es que Bunbury estaba en otra cosa: en su carrera en solitario, única y exclusivamente. Después, llegó una hilera de discos aceptables pero sin la singularidad de ‘Pequeño’. A Los Santos Inocentes, una banda eficaz pero tópica y sin la punta de originalidad del Huracán, uno diría que impropia de ese Bunbury inquieto e innovador que hasta entonces se había visto, les compete buena parte de esa culpa, aunque la proyección de su jefe allende los mares siga siendo indestructible.

Amaral ha tendido ese puente de forma más calibrada. Eva y Juan son dos obcecados obreros de la música. Rumian sus discos con parsimonia vacuna, les cuesta darles luz verde hasta que no los ven maduros y nuevos. Hay quien piensa y oye ‘la misma canción’ en esos discos, pero en sus siete álbumes de estudio existe un trabajo constante y laborioso para ofrecer algo no solo digno sino distinto a lo anterior. Eva compone e inventa versos magistrales mientras sus pulmones exhalan registros que ni ella misma puede imaginar. Y Juan trastea y trastea con la guitarra en busca de nuevos sonidos, cuando no contacta con profesionales e ingenieros del mundillo en busca de esos sonidos y de esas nuevas afinaciones.

“Después de la primera fase de la gira –me cuenta, a raíz de hacerle en privado una impertinente observación de que nunca Amaral ha sonado como un grupo de rock en toda regla, sin las guitarras expansivas, por ejemplo, de un Neil Young en ‘Weld’, la sustancia de unos Clash, la intensidad sonora del Springsteen rockero o el vulcanismo de Oasis- contacté con gente en los USA que trabajan fabricando equipos a la medida de gente como Gilmour y guitarristas de ese calibre. Cambiamos un montón de cosas, abrí las guitarras en estéreo y pasé horas y horas estudiando cómo hacían algunos técnicos las configuraciones sonoras de los guitarras de bandas enormes. No es una cuestión que dependa de lo que tus dedos hacen si no de cómo llega eso al público en una gran ‘venue’. Han sido horas y horas de trabajo, de leer material en inglés, de investigar. Una vez llegué a una serie de conclusiones y en el estudio conseguí ese poderío (con una sola guitarra), añadimos la guitarra de Eva, que tiene una muñeca increíble, heredada de su época de batería. A partir de ahí, introdujimos de nuevo a la banda y empezamos a revisar todo. Las cosas no llegan nunca por casualidad. Primero has de sentirlas, luego oírlas en tu cabeza y después perseguirlas. Ahora sé que estamos en el camino, mirando a lo que haremos en el futuro y pensando que es el momento de grabar en directo”. Es lo que van a hacer de nuevo el próximo día 29 de este mes en un repleto expalacio de los deportes de Madrid.

Unos chicos de barrio de la ‘Zaragoza gusanera’, que diría Labordeta, han tocado las estrellas. Su éxito ha proyectado a Zaragoza no solo al cielo nacional sino también al internacional, a la vez, cosa no menos importante, que ha tranquilizado a sus respectivas familias. El padre de Eva se fue feliz al otro mundo cuando apenas unos días antes de su último suspiro vio una página completa en el Heraldo con el titular ‘Ha nacido una estrella’, aviso de los días de gloria que le esperaban a su hija, aviso cumplido holgadamente.

Ellos, Héroes, Bunbury y Amaral, con sus grandes proyecciones nacionales e internacionales, siguiendo a Follett, son los tres pilares de la tierra, básicamente han construido la catedral sonora de Zaragoza, aquí y fuera.

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Patético pregón de fiestas

Qué cosa más patética he podido ver y escuchar esta tarde-noche en el balcón del Ayuntamiento, abriendo las fiestas del Pilar 2017. Un individuo que se ha autocalificado como ‘músico y artista’ ha soltado una perorata, con folio de por medio -cosa rara siendo la verborrea y la rima sus armas- llena de tópicos y espíritu de campamento boy scout, una función escolar de una ramplonería sonrojante, acompasada por dos acólitos dando saltitos y jaleando, o sea, el nefasto alcalde Santisteve y su escudero Rivarés. Ya son mayorcitos para papel tan adolescente, incluido el pregonero rapero que ya está talludito, pasado de años para encarnar roles subversivos que nacieron de manos muy jóvenes en los guetos negros americanos, precisamente para resoplar contra el sistema, no para actuar de ‘cheerleader’ suyo, como hace el pregonero. ¡Qué descuadre generacional! ¡Qué falta de decoro y cuánta vulgaridad! Jamás unas fiestas del Pilar han podido iniciarse de forma tan cutre, han podido caer tan bajo.

La vulgaridad se ha comido este tiempo. La cultura se ha vuelto líquida, como escribió el fallecido Zygmunt Bauman; la civilización en mero y pobre espectáculo, como plasmó Vargas Llosa; la ligereza es la tendencia dominante en el espíritu de nuestra época, tal y como ha proclamado recientemente el filósofo francés Gilles Lipovetsky. No hay remedio. La música está perdida y maltratada desde hace años en las fiestas del Pilar, pero ahora todavía más. Esta labordetiana ‘Zaragoza gusanera’ tuvo tiempos muchísimo mejores pero poco a poco, con la puntilla podemita, se han ido por el sumidero. El preaviso de lo que se avecina en días pilaristas próximos no puede ser más simbólico.

Los nuevos regidores no solo no han cambiado nada sino que han empeorado lo anterior. Ellos que tanto llenan los carrillos con lo público siguen dejando en manos privadas el 90% de la música de las fiestas, y así tenemos unos pabellones llenos de fruslerías, con apenas grupos o artistas de talla; un Príncipe Felipe con un Sabina quizá como único bergantín a flote, y sobre todo con una plaza del Pilar convertida en foco de ruidos e inmundicia. ¡Qué forma de profanar, año tras año, un lugar tan solemne como el gran espacio que frontea el majestuoso templo de Herrera el Mozo y Ventura Rodríguez!

Algún día tiene que acabar esta pesadilla. No hay que resignarse a que el mal gusto y la zafiedad inunden plazas y escenarios y especialmente lugares tan augustos como la plaza del Pilar. Esta ciudad es menos vulgar de lo que quieren hacernos creer nuestros jerifaltes. En esta ciudad hay gente culta, sensata, que no traga con cualquier adefesio que le pongan delante. Es la práctica que impera en estos tiempos líquidos, ligeros, infumables, pero no por ello estamos obligados a resignarnos, a beber pócima tan venenosa. Seremos pocos, quizá, pero enteros y rocosos.

Habrá un día en que todos al levantar la vista veamos una tierra con decoro, sin populistas cutres, sin músicos gaznápiros, con artistas de fuste sirviendo fiesta, cultura y diversión, algo posible; sí, posible conjuntar estos tres vectores, pero que unos regidores zafios se han empeñado en zancadillear y tirar al barro. El demonio y las urnas se los lleven.

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Bunbury, hijo predilecto de Zaragoza. ¿Y Héroes del Silencio?

A través de las redes sociales y de la web change.org, Beatriz Valdivia, hermana del guitarrista de Héroes del Silencio Juan Valdivia, y también de Pedro y Gonzalo, que en un momento u otro han sido también Héroes, ha emprendido una recogida de firmas para que Bunbury no sea nombrado en solitario como hijo predilecto de Zaragoza en las próximas fiestas del Pilar de 2007 sino que lo sea en conjunto todo el grupo. Me he unido a la campaña estampando mi firma.

Me parece muy razonable la petición de Beatriz. ¡Bunbury no hubiera existido nunca sin Héroes! Tengo la completa certeza. Ya lo escribí hace tiempo: Valdivia y su primer grupo Zumo de Vidrio fue la placenta de Bunbury. Hubiera sido muy costoso, por no decir improbable, que sin un guitarrista como Juan al lado y desarrollándose como músico en Héroes, Bunbury, y más en aquella ‘Zaragoza gusanera’, que diría Labordeta, alejada de los centros neurálgicos del pop, como Madrid y Barcelona, hubiera logrado el éxito por sí mismo.

Por tanto, sin despreciar sus indiscutibles méritos en solitario, antes que a él habría que reconocer oficialmente al grupo, no solo dedicándole una calle, como ya se ha hecho, sino también con otras certificaciones institucionales como esta de hijos predilectos y las que sean necesarias. Luego, otro año, se podría reconocer al Bunbury en solitario. Sería lo acertado.

La elección de hijo predilecto por parte del ayuntamiento se hace de un modo un tanto peculiar: cada grupo político elige un nombre y a correr. No se hace por consenso ni unanimidad, sino por propuesta individual de los partidos con representación en el consistorio. Así que ahí tenemos varios ciudadanos elevados municipalmente a la categoría de insignes prohombres por el designio de un partido político. Es, una vez más, la absorción de la vida civil por la política. Una invasión venenosa.

En otras ocasiones se desvela quién ha propuesto a quién, pero en esta ocasión, al menos en la nota oficial, no aparece qué partido ha elegido a Bunbury, aunque supongo que se lo habrán comunicado y él asentido. ¿No producirá un cortocircuito mental el que le suba a uno a la peana un partido con el que no comulga? Probablemente, por lo que tanto Bunbury como los otros elegidos habrán dado su visto bueno si el partido que les ha propuesto es de su agrado. En cierta manera, una sibilina forma de obligar a los premiados a pronunciarse políticamente. Lo cual no deja de ser una trampa bien tendida.

En cualquier caso, me temo que el grupo que ha propuesto a Bunbury no hila muy fino. Dice la nota oficial del Ayuntamiento que, por cierto, yerra al decir que “comenzó su carrera artística en 1986 formando parte de Héroes de Silencio”, cuando en realidad lo hizo en 1984 y antes formó parte de un buen número de grupos, el primero más conocido Rebel Waltz, que “con esta distinción se reconoce a un artista que desde hace más de tres décadas es uno de los principales embajadores de una ciudad que siempre lleva en el corazón y que siempre tiene en cuenta a la hora de programar sus grandes giras internacionales”. Y añade: “Con este nombramiento, el Ayuntamiento quiere dar un reconocimiento a un hombre que nunca se ha olvidado de su pasado en Zaragoza y que desinteresadamente sitúa a la ciudad en el mapa internacional”.

Caray. Uno de los méritos es que el cantante incluya a Zaragoza en sus ‘grandes giras internacionales’. Vaya, vaya…, ni que esta ciudad fuera un suburbio mundial al que Bunbury tiene a bien venir condescendientemente (a los ojos del proponedor). Y otro: el Ayuntamiento reconoce “a un hombre que nunca se ha olvidado de su pasado en Zaragoza, a la que lleva en el corazón”. Caramba. ¿Sabe el proponedor que Bunbury vive bien lejos de la ciudad de sus amores, en Los Angeles concretamente, que tiene casa en Cádiz y que por aquí se le ve su pelo ensortijado de higos a brevas? ¿Cuándo y en qué ocasiones concretas ha hecho Bunbury encomio y bombo de su ciudad? ¿Cuándo, cómo, dónde y cuántas veces ha mostrado esos amores? Me lo expliquen los proponedores e infórmense un poquito antes de emitir burocráticas notas oficiales. Yo solo recuerdo la canción ‘Contradictorio’, pero remuévanme la memoria, plis.

De cualquier manera, me temo que como buenos rockeros hechos a sí mismos, sin oficialismos ni subvenciones de por medio y refractarios a los oropeles institucionales (que le pregunten a los Beatles), tanto a Bunbury como a los otros tres Héroes todo esto se la debe traer al pairo. Es un teatro politiquero más al que no se le debe hacer mucho caso ni ellos prestarse a ejercer de actores. En la política hay mucha fachada, mucho vampirismo oportunista. ¿Dónde estaba el Ayuntamiento cuando ellos necesitaban sus primeros apoyos? O por recordar viejos agravios: ¡cuántas trabas no puso el consistorio, entonces en manos del PSOE, para que actuase Héroes por vez primera en La Romareda, en el 91! Yo las recuerdo muy bien.

Hay muchas formas más edificantes y sólidas, para reconocer el mérito y la perdurabilidad de un artista, en este caso de un grupo sobresaliente que creó un estilo personal, abriendo un nuevo camino en el rock español desde Zaragoza, es decir, como ya manifestaban ellos mismos en el 91, haciendo de “embajadores de la ciudad”. La primera y fundamental, preservar su nombre para la historia; la segunda, difundir y cuidar su obra. Libros, publicaciones, discos, exposiciones, festivales, museos, monolitos, placas, estatuas…, y por supuesto una calle, son buenas herramientas para ello, mas hasta ahora la política municipal, de un signo o de otro, se ha reducido únicamente a dedicarles una oscura y escondida calle.

Con todo ello no resto el más mínimo mérito a la carrera en solitario de Bunbury, a su tenacidad e ingenio para escapar de las redes de un grupo rock muy determinado y convertirse en un solista nuevo y original que ha triunfado en España y Latinoamérica. Pero antes que él, existieron Héroes del Silencio, el vientre en el que se formó. ¿No hubiera sido lo propio reconocer primero al grupo -que aunque inactivo, sus componentes aún están vivos- y después a él. Hubiera sido un detalle elegante y justo por parte del consistorio. Tan razonable como la campaña emprendida por la hermana de los Valdivia. Por ello, he firmado el pliego de peticiones en change.org, que va camino ya de las mil rúbricas.

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Amaral e himnos pop futboleros

Sorprendente el himno que Amaral ha dedicado al equipo femenino del Real Zaragoza. Es la típica petición, como comentaba recientemente la misma Eva al querido Gabriel Sopeña en su programa de TV ‘Planeta Saturno’, que no se atiende, por tiempo y por salirse de los esquemas. Mas, aun estando enfrascados en la composición de nuevas canciones, en el final de gira y en los preparativos para la grabación en directo de un nuevo disco, a Eva y Juan se le revolucionaron las neuronas y aceptaron el reto.

Y han salido con un himno que lo mejor que tiene es que resulta una gran canción, con melodía, letra y arreglos fantásticos sobre cuerdas y programaciones, de manera que podría entrar perfectamente en uno de sus discos oficiales. Es decir, que se aleja del típico himno futbolero para cantar en estadios, aunque sin perder esa finalidad.

No es la primera vez, claro, que el pop se aparea con el fútbol. Los ingleses son campeones, desde hace muchos años, coreando estribillos de canciones famosas en los estadios. El más famoso, el ‘You’ll Never Walk Alone’, de Gerry And The Pacemakers, aunque no era obra del popular conjunto beat, sino de los compositores Rodgers y Hammerstein, que la escribieron en 1945 para el musical ‘Carousel’. El Borussia y el Celtic también se han apropiado de esta canción.

No impera el mal gusto. En Leicester se entona la popular ‘Mrs. Robinson’ de Simon & Garfunkel, y también la magistral ‘Sloop Jon B’, de Beach Boys. Los del Arsenal también la entonan. Oasis suena a través de ‘Wonderwall’ en el campo del Manchester City, del que los Gallagher son forofos. La clásica ‘Blue Moon’, que popularizaron desde Billy Eckstine hasta Ella Fitzgerald, The Marcels o el mismo Elvis, suena en ambos estadios de Manchester, y ‘Glad All Over’, de The Dave Clarke Five, en el del Crystal Palace. Depeche Mode tiene presencia en diversos estadios ingleses a través de su iniciático ‘Just Can’t Get Enough’, y Pet Shop Boys en el Emirates Stadium del Arsenal, con una transcripción del ‘Go West’ de Village People que ha derivado en ‘One-nil to the Arsenal’.

En muchas de estas piezas, los hooligans le cambian los estribillos para adaptarlos a situaciones y jugadores. El verso principal de la inolvidable ‘Lola’, de los Kinks, dedicada al jugador francés Shola Ameobi del Newcastle, se transforma en “He walked up to me and he asked me to dance / I asked him his name and in a geordie voice / He said Shola / Sshh-Sshh-Sshh-Sshh-Ohhhh-la.” Y en Manchester, insólitamente, ‘Love Will Tear Us Apart’, de Joy Division, se trasformó en un cántico de ánimo al centrocampista galés y jugador y entrenador del United, Ryan Giggs, adaptando el verso principal a “Giggs, Giggs will tear you apart again”. Y hasta el ‘Can’t Help Falling In Love’, de Elvis, se corea en diversos estadios y en diversas mutaciones, según convenga.

El catálogo matrimonial entre pop y fútbol es inmenso. ‘100 Hits Footbal’ recoge en cinco discos un centenar de grupos con canciones pop que se cantan en los estadios británicos sobre todo. The Farm, Embrace, Fatboy Slim, Wreckless Eric, The Monkeys, Simple Red, Maxïmo Park, Bloc Party, The Cribs, Moloko, Happy Mondays, Violent Femmes, The Lemonheads, Ramones o Echo & The Bunnymen son algunos de sus integrantes.

Si la nómina se estira a otros países o a jugadores concretos como Maradona (Calamaro, Mano Negra) o Samuel Eto’o (La Granja), a piezas con referencias futboleras (La Habitación Roja, ‘Nunca ganaremos el mundial’), a glosas conjuntas como aquel tan curioso como desconocido ‘Sueño merengue’ que grabaron Las Escarlatinas, con la misma hija de Miguel Ríos en sus filas, Lúa, para ensalzar los éxitos del Madrid galáctico de Zidan y Figo, y sobre todo a canciones adoptadas por organismos diversos para promocionar campeonatos u otros eventos varios, caso de ‘World In Motion’, de New Order, que el grupo británico compuso para el mundial de Italia del 90, ‘Song 2’, de Blur, que la FIFA utilizó para el mundial del 98, y especialmente la campeona de las campeonas, la machacadísima ‘We Are The Champions’, de Queen, que también la FIFA contrató para el mundial del 94, la lista, como digo, ya es absolutamente inabordable.

En España, por poner una pincelada final, el más logrado quizá sea el de Sabina, ‘Motivos de un sentimiento’, para el Atlético de Madrid en tanto que el más festivo fue el que El Arrebato hizo para el Sevilla en su centenario, al que su rival eterno, el Betis, no sin polémica de plagio por medio, respondió con ‘Al final de la palmera’, de Rafa González Serna, que sorprendentemente alcanzó el puesto número uno de discos más vendidos en 2006. En Zaragoza, Joaquín Carbonell se metió en lides balompédicas e hizo lo propio en 2009 con ‘Corazón de león’ para el equipo de la ciudad mientras que los componentes de Tachenko dejaron sus resonancias futboleras en ‘1986’, siguiendo su afición deportiva que obviamente comenzó por su mismo nombre baloncestístico.

Amaral han venido a engrosar este listado sin límite. No son, sin embargo, unos más: a mi entender es el himno más refinado y sensible que se haya compuesto nunca, con unas cuerdas que me traen a la memoria a la Penguin Café Orchestra. Como digo al inicio, una canción pop más que un himno, que debe preservarse con mimo en esa bodega de emotivas versiones del dúo maño, encabezadas por el dylaniano ‘A Hard Rain’s A-Gonna Fall’ y ‘Heroes’ de Bowie.

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The War On Drugs, rock de penumbra, de exploración interior

‘A Deeper Understanding’: Rock melódico, de penumbra, de viaje al mundo interior. Melodías diáfanas, de una pulcritud sangrante, dentro de instrumentaciones envolventes, con apoyo en los teclados, coros femeninos, tinturas de armónica o pedal steel y unas guitarras tan finas como creativas y punzantes. Es el disco de rock tranquilo de la temporada, de este otoño prematuro, que se despertó a finales de agosto con este trabajo melancólico y preciso, el cuarto de The War On Drugs, cuarteto formado en Philadelphia en 2005.

Comentaba en este blog en 2014, a propósito de su magnífico tercer álbum, ‘Lost In The Dream’, que Adam Granduciel y Kurt Vile eran dos apasionados seguidores de Dylan que un día se decidieron a ejecutar ellos mismos sus propias canciones, siguiendo los pasos de su ídolo pero sin mimetizarlo, sin engullirlo descaradamente hasta la indigestión, como daba buena cuenta su debut, ‘Wagonwheel Blues’ (2008).

Luego, Vile se marchó y el influjo dylaniano se evaporó hasta casi desaparecer, mostrando una cara más ochentera en el citado ‘Lost In The Dream’, con reminiscencias de The Cure, U2, Waterboys, Inmaculate Fools, The Alarm… y hasta el mismo Springsteen de aquella década (‘Lost In The Dream’). Fue el álbum que les dio la puntilla para darse a conocer mundialmente y recoger laureles y trabajo a mansalva.

Ahora, en esta nueva entrega, editada por la multinacional Atlantic, aflora de nuevo el espíritu dylaniano, aunque sea quizá más bien de forma anecdótica o como tributo a su mentor espiritual. Es el caso de un par de canciones: ‘Strangest Thing’ y sobre todo la canción de cierre,’You Don’t Have To Go’, con un deje vocal de Adam Granduciel muy cercano al del bardo de Minnesotta. También aflora de nuevo el anclaje con los ochenta nada más abrirse con la magnética ‘Up All Night’, evocando a Inmaculate Fool y House Of Love, a toda aquella gente con canciones de gran espesura instrumental y obcecados por la melodía. Incluso, salvando las distancias y sin hacer comparaciones odiosas, se reedita el ambiente de relajo y elegancia que ofrecía Roxy Music en aquel maravilloso ‘Avalon’. Y también anda por ahí de nuevo el espectro del Springsteen de ‘Dancing In The Dark’ y ‘I’m On Fire’, que aquí los Drugs despiertan y refunden vía ‘In Chains’…

Pero la pieza más significativa y vaporosa, la más sorprendente, es ‘Thinking Of A Place’, un single de ¡once minutos!, once minutos que dirían reiterativamente los taurinos, que editaron para el Record Store Day y que rescatan en este disco como su piedra angular. Suena en el fondo a mucho conocido, desde Pink Floyd a Steely Dan, Dire Straits o Roxy Music si se quiere, pero a nada se parece, tiene su personalidad y encanto propio, que es uno de los logros del cuarteto: echar la vista atrás pero sin clonar descaradamente, torpemente.

Aunque a buen seguro habrá quien tilde este tipo de pop-rock de siraposo y dulzón, de blando como la mantequilla, para quienes amamos la elegancia, el buen gusto, el perfeccionismo, la belleza, el hedonismo… esta es la mejor medicina que se nos puede suministrar para alisar la piel y las neuronas. Música de hoy pero, como la de coetáneos suyos del tipo Fleet Foxes, Bon Iver o Father John Misty, con la pátina del pasado. Probad, probad…

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Diluvio otoñal de discos

“Ya no hay discos”, dijo hace unas noches un indocumentado en el programa cultural de La 2 de TVE. ¿Que no hay discos? La crisis ha derrumbado a las multinacionales, ha cambiado el modelo de consumo musical, a la televisión nacional, salvo para enjuagues raros en connivencia con la SGAE, la música pop y la no pop le suena a chino mandarín, no existe, vamos. Todo lo que se quiera, pero uno vuelve con la cantinela de años atrás: pese a esta catástrofe que ha dado la vuelta a la industria musical pero no la ha destruido, ahora se editan más discos que nunca. El diluvio discográfico, no ya en formato digital sino en físico, es decir en CD y vinilo, es tan torrencial que hay que ponerse a buen recaudo o tirarse de los pelos por la imposibilidad de defenderse de él, dicho sea en plata, de la imposibilidad de abarcar todo lo que se publica para desesperación personal. Y es que entre los restos de las multinacionales, las autoproducciones y especialmente el trabajo ingente e imparable de los pequeños sellos independientes el panorama discográfico goza de una salud de hierro. Otra cosa es la calidad, los contenidos, pero ese es otro cantar o tocar.

Así que el otoño va ser tan pródigo como las setas que crecen en esta época. No es mi intención hacer una exhausta revisión de lo que viene o de lo que incluso va a venir, sino simplemente hacer un breve muestreo de los discos en los que uno personalmente piensa detenerse en fechas próximas o en las mismas actuales con los elepés que esperan o los que ya se han publicado en estos primeros días de septiembre. Un diluvio, ya digo.

La división de las viejas glorias sigue tan activa como siempre. Dos esenciales por aquello de su veteranía mayor y sus significancia: Beatles y Rolling. Los primeros tienen de nuevo en el mercado toda su discografía en vinilo, pero en 180 gramos, algo que no está mal, especialmente para las nuevas generaciones. Lo bueno es que se han publicado los discos ordinarios pero también otros extraordinarios que nunca, que uno sepa, y excusas si patino, vieron la luz en vinilo, caso de los ‘Past Masters’, los ‘Anthology’ o los Live de la BBC. Con libretos, se dice, autorizados y enjundiosos, los edita Planeta de Agostini desde el pasado día 8 de este mes a razón de uno por quincena y en quioscos. Las viejas generaciones también tienen donde picar: seguro que alguno se les pasó en su momento. Los Rolling vuelven, es un decir, con la reedición del psicodélico ‘Their Satanic Majesties Request’, en lujosa edición, y con un gran recopilatorio navideño, estando al caer otro nuevo, no se sabe si en la línea bluesera de ‘Blue & Lonsome’, pero sí con el entusiasmo con que hicieron este último disco. Jagger y cía, al parecer, le han vuelto a pillar gusto al estudio.

Neil Young recupera un disco acústico de 1976 con el título de ‘Hitchhiker’, un ‘disco perdido’, con piezas inéditas y otras que salieron en eléctrico en ediciones muy posteriores, caso de la poderosa ‘Powderfinger’. David Gilmour regresa a Pompeya pero sin Pink Floyd, sino en solitario, con su banda actual: allí grabó un DVD que anuncian poderoso. Aunque para poderoso el de Van Morrison, al menos por lo que sugiere la portada, con una escena de boxeo matadora. Su nuevo álbum se llama ‘Roll With The Punches’. Y otras viejas glorias que apuntar en la agenda: Ringo Starr, Gregg Allman, Deep Purple, Duanne Eddy, Sparks, Robert Plant, Cat Stevens o la misma Carol King que se fue a dar un voltio al londinense Hyde Park y, mire por dónde, de camino, ante 60.000 personas, reinterpretó enterito su glorioso ‘Tapestry’. Ah, y que no quede en el tintero el retorno de Flamin’ Groovies a los discos al cabo de 23 años o los mismos Bravos españoles que resucitan internacionalmente, vía RPM, con una extensa recopilación de 60 canciones en doble CD titulada de forma obvia ‘Black Is Black’. Ya se ve cómo de bullicioso está el patio yayo.

Ochenteros al cuadrilátero: Waterboys con un doble de 34 canciones,‘Out Of All This Blue’, en el que Mike Scott mete la pala, ¡glup!, en el funk y ¡hasta en el hip hop y el rap! (renovarse o suicidarse); Dream Syndicate resucita al cabo de una porrada de años con ‘How Did I Find Myself Here?; Orchestral Manoeuvres In The Dark, a la chita callando, siguen activos ante los sintetizadores y grabando: el turno es ahora para ‘The Punishment Of Luxury’. Y, cómo no, los inefables y poderosos U2 que al fin editan el disco que en principio se creía, o eso anunciaron, la segunda parte de ‘Songs Of Innocence’. Se titula ‘Songs Of Experience’, con adelanto ya del single ‘You Are The Best Thing About Me’. Confiemos en que su previsibilidad y hasta su anodina melodía quede superada por el resto de canciones del álbum.

También los noventeros asoman la patita. El más insigne: Liam Gallagher. Tiene a punto ‘For What Is Worth’ ya a nombre propio, sin Beady Eye, y parece una simple esquirla de Oasis. Veremos. Weezer también anuncia nuevo material: ‘Pacific Daydream’. Y Foo Fighters acaban de presentar en directo en España su décimo trabajo después de que se derrumbara Nirvana: ‘Concrete And Gold’. No olvido a la exuberante y desafiante Shania Twain y ‘Now’, tras quince años sin material nuevo. Y en otro terreno bien distinto, el historicismo jazzístico del pianista Vijay Iyer, con su quinto álbum, ‘Far From Over’, para ECM y su ejercicio sobre el sonido del Miles Davis de los sesenta o el Herbie Hancock de ‘Mwandishi’.

Entremos en el nuevo milenio. La ex primera dama francesa, Carla Bruni, regresa con su estilo intimista y un curioso disco, ‘French Touch’, de versiones de lo más dispares, desde los Rolling a Depeche Mode, Lou Reed, Abba o AC/DC. Casi nada. Ya le están dando sopapos por todos lados. Lo contrario, tanto del intimismo y los sopapos a la Bruni, de Queens Of The Stone Age, cuyo nuevo disco, ‘Villains’, está recogiendo opiniones muy positivas. Y lo mismo ‘America Dream’, y el ‘dance rock’ de LCD Soundsystem, el peculiar intimismo folk de Iron & Wine o la neopsicodelia de The Oh Sees y su ‘Orc’, aunque para psicodelia rockera atención al debut de Faith Healer con ‘Try’ o al tercer álbum de Beaches, ‘Second Of Spring’.
También atractivo es el nuevo disco de The Pains Of Being Pure, titulado ‘Echo Of Pleasure’, las trece versiones de Dylan que se ha marcado Jon Osborne en ‘Songs Of Dylan’, el consustancial retorcimiento de Tori Amos en ‘Native Invader’ o el enigmático melodismo de The National en ‘Sleep Well Beast’. También la asociación del ex REM Peter Buck con la cantante y guitarrista de Sleater Kinney, Corine Tucker en Filthy Friends y su debut, ‘Invitation’, o la propuesta del cantautor británico Nick Mulvey en ‘Wake Up Now’, uniendo folk, pop, africanismo y hasta raíces hispanas para poner sobre la mesa el gran problema de los refugiados. Mas el gran premio de la temporada, una vez más, al menos en mi devocionario particular, se lo va a llevar The War On Drugs y su ‘A Deeper Understanding’. Sugestivo.

Y finalmente, territorio aragonés aunque con proyección internacional: Bunbury y Amaral. El primero publicará en octubre ‘Expectativas’ del que ya han avanzado dos piezas, una de ellas sorprendente por no decir vampírica. ¿El ‘Rock’n’roll’ de Gary Glitter o el eco de T. Rex? Pues ahí está bien evidente en ‘La actitud correcta’. Por su parte, Amaral grabará a finales de octubre en Madrid un disco en directo que saldrá hacia Navidades. Eva y Juan, con su nueva banda, quieren recoger el sonido ‘cañón’, que dicen haber logrado en su última gira. Y detrás, todo un tropel de autoediciones locales y regionales que la mayoría de las veces se quedan en ‘petit comité’, entre amigos y familiares, pero que ahí están engrosando todo el diluvio de grabaciones que cae sobre el mundo mundial. ¿Qué no hay discos? Este otoño se verá.

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Adiós al verano del amor… de hace cincuenta años

El tiempo cronológico y hasta el meteorológico anuncian el final del verano de 2017, de este verano musicalmente insulso, olvidable y amorfo, sin discos espectaculares ni canciones recordables, al menos en mi caso, que habrá quien haya llenado la mochila con más tino y caudal que un servidor. Mucho menos, un verano sin agitación juvenil y movimientos de liberación aún perdurables.

No fue así hace cincuenta años. En su hermoso y privilegiado libro, ‘El verano del amor’, George Martin escribe: “Cómodamente respaldados por un clima de prosperidad y un nivel de desempleo prácticamente nulo, la gente joven tenía el lugar, el tiempo y los ingresos para permitirse experimentar sin límites con la persona. Y si no podías hacerlo en plena calle, podías hacerlo en el mundo de la contracultura, alimentado por el combustible de las drogas, el sexo, la filosofía oriental y la música rock”. El insigne productor de los Beatles describía de esta manera el paisaje juvenil que en el verano de 1967 se vivía en San Francisco, cuna de la psicodelia y el hippismo, y con los Beatles y su reciente ‘Sgt. Pepper’ –venía a decir él- como mascarón de proa.

Un verano ciertamente fecundo y socialmente revolucionario, aunque por estos pagos –vivíamos, ay, en la reserva espiritual de occidente- no se respirase aún (llegaría luego) la más mínima brizna de aquella revolución que se dio en llamar hippismo. Tiempos de utopías y transformaciones sociales que cambiaron el mundo y aún pendulean sobre él. ¡Casi nada comparado con este vacuo verano que se va y del que para cientos de miles de jóvenes del mundo lo que más presente quedará en su memoria musical, y no sé si vital (bufff), serán los acordes de una innombrable cancionceja reggaetonera que cual virus infecto ha envenenado playas, radios y fiestas discotequeras!

Mario Maffi, en su ensayo sobre la cultura underground, señala que el escenario de la música pop en aquellos años finales de la década de los sesenta fue el escenario de la rebelión, con las mismas características que marcaron el escenario político: anarquismo, rebelión cotidiana, autodestrucción, exaltación del placer, mitología, virulencia, fraternidad de los débiles, agitación, frenesí, inconformismo… Un escenario con unos nuevos centauros que, como afirmaría uno de los grandes estudiosos del fenómeno contracultural, Theodore Rozack, arremetieron contra el templo de Apolo e hicieron saltar en astillas todos los convencionalismos de una época de máxima pasividad adulta en la que los viejos –por miedo y acomodamiento- habían perdido el control de las instituciones políticas y los jóvenes –por la peligrosidad de la incertidumbre y la guerra fría- vivían con la amenaza de verse un día tomando un baño de napalm en Vietnam o sepultados por una tormenta de misiles nucleares, si no, más a pie de calle, sometidos a los preceptos moralizantes y estrictos de padres, familias y profesores. Contra todo aquel tanque de opresión, nació el hippismo, aquel sonoro latigazo, envuelto en olores a pachuli y marihuana y consignas de paz y amor, contra la sociedad establecida.

Permitan la fotografía que en el libro ‘Zaragoza60’s’ hice en 2016 de aquella floración contracultural:
“Este nuevo frente juvenil irrumpía en el mundo armado de consignas contra la guerra y el sistema establecido y de defensas públicas hasta entonces impensables y nunca vistas: el amor libre, las drogas, la revolución sexual, los anticonceptivos, el feminismo, la comuna, la rotura del concepto tradicional de familia, la fraternidad universal… Entre olor a pachuli, posters de Jimi Hendrix y canciones mesiánicas de Los Beatles o la Jefferson Airplane, los chicos se dejaron unas barbas y unos pelos de kilómetro, se horadaron las orejas con pendientes, se calzaron chancletas y se cubrieron con vaqueros raídos y chalecos pintados de flores y símbolos pacifistas. Ellas se colocaron flores en el pelo y descubrieron sus cuerpos, tirando al río el vallado de fajas y sostenes que oprimieron –en todos los sentidos- a las generaciones pasadas. Lo ascético del hippismo consistía en bañarse en mugre y barro, y el placer supremo hacer el amor a cualquier hora, en comuna o en dormitorios destartalados bajo la foto de unos Beatles barbudos o del Che Guevara. Algunas quinceañeras, las llamadas ‘runaways’, se escapaban de casa en busca de aquella nueva tarta de libertades que les ofrecía el hippismo. El viejo mundo de convenciones sociales y sumisión paterna se desplomaba definitivamente para siempre. Fue una revolución social atípica y nueva, sin armas, en silencio mediático y mucho trasfondo musical. El rock ha cambiado el mundo más de lo que lo recogen las enciclopedias y los mismos sesudos tratados sociológicos”.

Esto fue lo que trajo aquel verano que hace medio siglo excitó a la gente joven en San Francisco y cuya semilla voló, como esporas agitadas por el viento de la rebelión, lo mismo al Quartier Latin de París que a las escaleras de la Trinitá dei Monti. El famoso decálogo de Farson no llegó a realizarse pero lo cierto es que el hippismo no fue producto insustancial de la fantasía, vómito de la imaginación y el ensueño, sino algo, aunque breve (con la venia, ya dedicaré otra entrada a su incubación y muerte súbita) totalmente tangible e influyente que no solo cambió los modos de vida de miles de jóvenes de aquel verano y posteriores sino que dejó como poso musical un género tan reverencial hoy mismo como la psicodelia y una pléyade de grupos de rock míticos, desde la Jefferson Airplane a los Grateful Dead, Moby Grape, Country Joe & The Fish, Quicksilver Messenger Service y tantos y tantos otros, incluso los no adheridos al movimiento pero sacralizados entonces, como The Doors, los Byrds, Zappa, Fugs o Love, por no olvidar a grandes como Hendrix o Janis Joplin.

No me digan que aquello no eran veranos musicales y sociales con miga y no el amorfismo que nos rodea, estos dos meses estivales que se van sin pena ni gloria musical ni social, salvo que alguien tenga argumentos en contra que serán bien recibidos… Por cierto, un par o tres de discos para acompañar (si hay paciencia) la lectura de este texto o meterse en aguas rockeras de época, o sea, en aquel mismo 1967: ‘Surrealistic Pillow’, de Jefferson Airplane, ‘Grateful Dead’, de los idem, y ‘Moby Grape’ también de los idem.

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Radiohead: 20 años de un disco crucial de los 90, ‘OK Computer’

El tiempo del indie más novedoso, primigenio y percutante, el de los primeros noventa, ya se estaba extinguiendo, si no lo había hecho ya. Y en estas, Radiohead, que había sorprendido con ‘Pablo Honey (1993) y ‘The Bends’ (1995), y sí, con su famosos y pegadizo ‘Creep’, se descolgó en junio de 1997 con un disco fuera de su ámbito sonoro, inesperado y hasta revolucionario. Con el tiempo se convirtió en uno de los discos señeros de los 90, si no el que más: con él se pegó carpetazo al brit-pop, o dicho a lo bruto, como alguien ha opinado, “el disco enterró al grunge y asesinó al britpop” y con él, junto a otros discos, se abrió la puerta al electro-pop y a grupos como Coldplay, Placebo, Travis, Elbow, Muse y toda la estirpe mustia. No fue moco de pavo el eco de su estallido.

Luego, ya se sabe, entre pitos y palmas, el grupo británico se lanzó por los caminos de la experimentación sin límites y más dura, con momentos absolutamente intragables (tengo pendiente un esfuerzo para ver si un día digiero cosas como “Kid A”, “Amnesiac” o “The King Of Limbs”). Y haciendo de chicos malos, en un tiempo en que ya empezaba a estar todo perdido para las grandes discográficas, iniciaron una campaña para desacralizar el disco y arrancarlo de las fauces comerciales de la industria: en 2007 regalaban ‘In Raibows’ vía Internet. Ahora parece que, por lo que revela su apreciable último álbum,’A Moon Shaped Pool’, han vuelto al redil, o sea, a las canciones de verdad, dejando atrás la experimentación brutal, cuando no las salidas de tiesto.

Una historia singular que, pese a los sobresaltos, figura con letras de oro en la historia del pop. Y todo por culpa, sobre todo, de aquel gran disco del 97, de ‘O K Computer’, un disco, pese a todo, no comprendido ni captado al máximo en su momento. No lo voy a destripar de nuevo. Simplemente echo mano de la hemeroteca y traigo al blog la crítica que el 28 de julio de aquel 97, hice en las páginas de Heraldo. La sigo manteniendo, y añadiría nuevos detalles que entonces desconocía, aunque haya canciones que hoy no me hagan tilín como entonces tampoco me lo hicieron, caso de ‘Fitter Happier’, pero todavía piezas como ‘Lucky’ y ‘Tourist’, seguramente por mis querencias pinkfloydianas, me siguen poniendo la piel de gallina, como también lo hacen ‘Let Down’, ‘Exit Music’…

Compartiendo espacio aquella semana con El Niño Gusano, El Bosque, Camus, La Ley y Lutricia McNeal, esto fue lo que escribí:

Tom York, cantante y compositor de Radiohead, es un tipo taciturno y atormentado, esa clase de gente que todo lo cuestiona y que cada paso que da en su vida tiene que tener una explicación. Un auténtico manojo de dudas en conflicto permanente consigo mismo. No extraña que a la hora de componer canciones le salgan cosas tan retorcidas, introspectivas, casi dolorosas como las contenidas en su tercer álbum; el más atormentado de todos los hechos hasta ahora, pero también el más hermoso, que la belleza es fruto no solo de la alegría sino también del dolor y la pena. El es consciente de este conflicto interior suyo pero no tiene remedio, y eso que hasta gente como Mike Stipe de REM se lo avisan: «Estás loco», le dice Stipe, «si sigues hablando de temas tan serios, te vas a quemar». Pero él, ni caso.
Así que con una voz entre los Echo & The Bunnymen de «Ocean Rain» y los U2 de «Unforgertable Fire» y una actitud sufriente a lo Ian Curtis de Joy Division, amén del eco inevitable de los Smiths, de los que Tom York fue y sigue siendo un rendido admirador, Radiohead da salida a doce canciones nuevas que se mueven siempre por la línea del dolor y la balada convulsa, recurriendo a efectos tremendos como el grito liberador de «Climber Up The Wall», a las guitarras distorsionadas de esta misma canción o esa insólita combinación de tres canciones en una _tres líneas melódicas distintas_ que dan lugar a un single difícil como es «Paranoid Android». Y, por supuesto, nada de un nuevo «Creep», que el grupo está ya tan harto del hit que le catapultó al éxito que ya ni lo toca en directo. A cambio de tanta dureza aparente, Radiohead ofrece otras piezas que son puras inhalaciones de canción crooner, impregnadas en un romanticismo impecable y que hacen mantener el CD en el compact durante días y días. El tema final «The Tourist» es de un romanticismo y de una calidez amorosa retumbante, aunque la letra tiene poco de poético («a dónde demonios vas a mil pies por segundo?, hey, tío, despacio, idiota, despacio»). No obstante, el gran tema del disco para el grupo es «Exit Music», la banda sonora de una película de la que Tom dice que jamás había oído música tan bella en un disco. Y casi hay que darle la razón: en conjunto, «OK Computer» es un retablo de solemnes canciones, de una belleza infinita, un álbum que destila exquisitez por todos sus poros y que ha de dejar huella este año. Soberbio.

‘OK Computer’, no lo dije en el inicio, ha cumplido, por tanto, veinte años. Dos décadas, ¡quién lo diría!, que el grupo ha celebrado reeditando el álbum con las doce canciones remasterizadas y un cedé extra con tres inéditas y ocho caras B. ¡Dios! Que quedaran fuera del saco estas tres inéditas… ¡Si son tres joyas! ‘I Promise’, ‘Man Of War’ y ‘Lift’ son sus títulos. Hace unos días veía el vídeo de la actuación del grupo en el pasado Glastonbury y había que ver la solemnidad con que el grupo entonaba la primera citada, ‘I Promise’, y el embelesamiento con que el público la escuchaba, ondeando las típicas banderas del festival, todo un espectáculo en sí mismo, por cierto.

Y como complemento, esas ocho caras B que mantienen palpitante el pulso creativo de un grupo en su mayor época de esplendor. Como será difícil, salvo que se sea un fan compulsivo, que esas ocho caras B, publicadas en los seis EP’s-singles que salieron a la estela de ‘OK Computer’ entre 1997 y 1998, obren en poder de cualquiera, las ocho piezas vienen que ni pintadas, sin recurrir a las tomas diferentes ni a otras zaradanjas de relleno, para complementar un disco que ya suda historia. Vamos, que el disco extra, que bien podría haberse aumentado con más caras B que han quedado en el tintero, tendría entidad por sí solo, algo que suele ocurrir con escasa frecuencia en las acostumbradas exhumaciones a que nos tiene acostumbrada la industria. ¡Qué gozo!

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‘Arca’, ¿la nueva sensación? Eso ‘vende’ el Rock de Lux

¿El pop muerto? ¿La música de hoy sin anclajes de presente ni de futuro? No hay que preocuparse. Nuevamente el Rock de Lux ha dado con la tecla de la salvación, de la procreación del género para hoy y para los restos.

Los días de hospital se hacen largos. Así que uno rompió su estampida de hace meses de la revista más esnob y sectaria que se edita en este país y encargó el número extra del verano para hacer más llevadera la convalecencia con su vicio número uno, la música y las revistas musicales. En portada, un tipo con fajín negro en el abdomen, tanga y medias posaderas al aire. Atiende al nombre de Arca, nombre ignoto para mí, y supongo que para el 90% de los mismos lectores del fanzine de colorines. Mas en el interior se habla de que es la mano derecha de Björk, ¡oooh!, y no sé qué glorias más: nacido en Caracas como Alejandro Ghersi y afincado en Londres, ha trabajado con Kanye West, Kelela o Frank Ocean y “ningún productor de su generación puede medirse ante la potencia expresiva de su sonido inverosímil, tóxico y elástico”…

Spotify al canto para ver si tanta gloria se corresponde con la realidad y hasta merece una portada en una revista musical… Ufff, fraude. Una vez más la revista catalana comete fraude de ley al ensalzar la extravagancia, la mediocridad, la jeringonza, la insignificancia más absoluta. Un tipo sin voz que, en el álbum homónimo que le lleva a la portada, farfulla textos incomprensibles sobre fondos de teclado como el niño cuando se pone tontito ante una grabadora y la complacencia familiar. Inaguantable. Ni experimentación, ni ideas, ni novedad, ni gaitas. Fatigante, obtuso. Él mismo, Arca, afirma que le agota escuchar su propia música.

Dicho en plata: pufo. Una broma de mal gusto. Dentro de unos años no se acordará de Arca ni el mismo que escribió el artículo, un tal Juan Monge. No hay que echar la vista muy atrás en la hemeroteca del Rock de Lux para comprobar la hilera de encumbramientos fatuos y engañosos perpetrados por el fanzine. Es su línea.

Otro petardazo de esnobismo de una publicación musical cuyo misterio es cómo perdura en el mercado español, vendiendo la mercancía tan barata y escasa de interés que vende, con músicos y grupos artríticos, glaciales, indiferentes, un-todo-vale de medianías actuales, sin exigencia artística, sin nivel, sin filtros de calidad, sin firmas de fuste, con un director incapaz de ensartar un simple editorial y unos redactores, por lo general, parvularios, atados al snobismo más purulento y con escasa visión histórica.

No digamos cuando saltan a hacer periodismo ‘serio’, caso de los obituarios. Ozú, qué especial más infumable y mal escrito pergeñaron a raíz de la muerte de Leonard Cohen. Lo siento por Luis Lles, mucha modernidad, mucha periferia y mucho pirisur, pero qué planitud, qué estilo ‘wikipediano’ más extremadamente ramplón y simple, qué escasez de recursos e imaginación en la escritura, qué falta de análisis, derramó en el artículo ‘de fondo’ que abría aquel especial sobre el bardo canadiense. Y ello, sin las prisas que impone un obituario en un periódico diario. Lástima que estando por allí el gran Alberto Manzano, biógrafo, estudioso y amigo de Leonard Cohen, no se encargara de desentrañar y ubicar la vida y obra del gran poeta musical. Incomprensible.

Otros cinco euros tirados en el Rock de Lux, en un periodismo musical pueril en el que lo moderno por ser moderno se convierte en categoría máxima, en ideario y brújula de sus contenidos, obviando por lo general el pasado e incluso lo actual con poso e inteligencia. Un ‘arca’ o baúl, en fin, que cierro de nuevo. No estoy dispuesto a mantener extravagancias y esnobismos con falsos distintivos de modernidad y originalidad. No se me caerá ni una lágrima de pena el día que cierre tan falsario fanzine de fraudulentas actualidades.

Ah, y ahórrese cualquier disidente el epíteto de viejuno, desactualizado o cualquier otro similar. Sé muy bien dónde estoy y por dónde camino. Y a dónde voy.

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The Pretenders en el Teatro Real

Está por una parte lo del rock en el Teatro Real, que no es nuevo, pero sí sigue sorprendiendo; y luego la misma Chrissie Hynde, que a sus casi 66 años sigue estando en plena forma.

Lo de un espacio clásico para el rock tiene sus defensores y sus detractores. Un profesional de la radio, y antaño crítico pop del ABC, Tomás Cuesta, afirmaba días atrás que no lo veía muy bien, aunque este tipo de conciertos en el Real –subrayaba- son los únicos que le inyectan jugo económico. Salen rentables. La ópera y los conciertos clásicos, si no hay subvención y dinero estatal, palmarían, sentenció el mentado Cuesta. Así que tal y como están los tiempos, pues siempre viene bien una ayudita económica, aunque sea mediante ese bicho fiero del rock.

Personalmente pienso que no es su lugar. Que el rock tiene sus espacios y sus liturgias, y no es precisamente en un teatro de estas características donde mejor pueden desarrollarse esas ceremonias, más en España donde esa tradición americana de atar a un rockero a una butaca de un teatro o a una silla en un gran estadio no está muy arraigada. Aunque, claro está, depende del grupo, y de la misma música que se interprete. Y también, como ya no se fuma ni en uno ni en otro lugar…, pues como que da igual; ¡ay¡, el humo y el olor a brebajes de todo tipo, consustanciales antaño al ruido de guitarras!

Y en este escenario, la Hynde y sus numerosas vidas. Casi sesenta y seis años y hecha una jabata, enfundadada en ese traje de chica mala de toda la vida y luciendo su poderío y su gran voz, entre sensible y dura, como si Sandie Shaw y los Pistols formaran parte de su aura. Me remito al DVD grabado en Londres en 2010, con unos Pretenders eufóricos y una Hynde con el maquillaje chorreándole por la cara, como símbolo de su garra rockera.

Si la cosa del Real fue por los derroteros de ese DVD, que parece que sí a tenor de las crónicas, no me extraña que las críticas hayan sido tan halagüeñas. Personalmente fue uno de mis grupos favoritos de aquella fructífera new wave de finales de los setenta y primeros ochenta. Soberbio disco el primero –‘Pretenders’ (1980)- con aquel ‘Stop Your Sobbing’ de Ray Davies, que ella no conocía personalmente y que, cosas del destino, luego sería su primer marido y padre de su primera hija (después, repetiría con otro músico, Jim Kerr, de Simple Minds) y otras piezas memorables –‘Precious’, ‘Brass In Pocket’, ‘The Phone Call’, ‘Tattooed Love’, ‘The Wait’…- que convirtieron al álbum –dos millones de copias vendidas- en una de las piezas angulares de la new wave. El Rolling Sone proclamó a Pretenders como el mejor grupo del año 80 y sus adorados Rolling lo eligieron para su gira de aquel año.

Camino abierto a la fama mundial. Mas a punto estuvo de truncarse: el segundo álbum –‘Pretenders II’ (1981)- aflojó el pistón del ingenio, enfatizando más la rabia (llegando al alarido vocal) y la batería pero malogrando las piezas –a Hynde ni le gustó la portada-, lo que –sin ser un mal disco- le hizo caer en ventas. Y a renglón seguido, dos de sus integrantes morían de sobredosis. El bajista Peter Fardon se marchó, despechado por el genio huraño de la chica de cuero (la que le montó a Ángel Casas en ‘Musical Express’ por parearla con Devo por el simple hecho de haber nacido ambos en Akron, la ciudad del caucho). Un año más tarde, moría. Sorprendentemente, al día siguiente de la salida de Fardon, el guitarrista y puntal del grupo, James Honeyman-Scott, cayó también, víctima de la hipodérmica.

¿Qué he hecho yo para merecer esto?, parecía preguntarse la geñuda Hynde (otra: un periodista madrileño la comparó con Debbie Harry y saltó como una tigresa: “No jodamos, que yo tenga delantera y trasero como la Harry no quiere decir nada…”), después de lo que le había costado conseguir su objetivo mayor, cual era formar un grupo de rock propio: trabajó de camarera, dibujó escudos de armas, dejó la universidad de su Akron natal para en 1973 –obsesionada con Bowie, Iggy Pop y Lou Reed- buscar aventuras rockeras en Londres, donde las pasó canutas, viviendo en un cuchitril junto a una lesbiana española, saltando los tornos del metro para no pagar, vendiendo bolsos en un mercadillo o intentándolo (no colocó ninguno), fabricando marcos para puertas, trabajando de recadera en un despacho de arquitectos, teniéndoselas tiesas en más de una ocasión con ‘asquerosos babosos y pervertidos’, como cuenta en sus memorias (‘A todo riesgo’/Malpaso. 2016), haciendo autostop, y hasta –sin tener ni idea, como ella reconoció, pero dando leña con sus ‘majaderías pseudofilosóficas’ que enervaban a los fans- ejerciendo durante un año el periodismo musical en el New Musical Express de la mano de Nick Kent, más tarde su loco maltratador. Luego entró de dependienta en la tienda de ropa de Malcolm McLaren y Viviente Westwood, o lo que es lo mismo en las entrañas de la explosión punk. De París, a donde se trasladó después, escapó huyendo de la heroína y de la imposibilidad de montar un grupo con los ‘caóticos franceses’, todos intentando imitar a Keith Richards.

¿Y ahora que hago, con medio grupo en la cuneta? Sacó fuerzas de flaqueza, reorganizó el cuarteto y partió, como quien dice de nuevo, de cero. No extraña el título del álbum de su reaparición en el 84: ‘Aprendiendo a gatear’ (‘Learning To Crawl’). Pretenders dan de nuevo en la diana con otro gran álbum. Diana que se repite con otro excelente disco: ‘Get Close’ (1986) con la penetrante ‘Don’t Get Me Wrong’ y especialmente con una de las grandes baladas feministas de la historia ‘Hymn To Her’. Y luego una trayectoria en zigzag, con aciertos, rupturas, largas ausencias, vida artística en solitario…, pero siempre con su devoción impoluta por el rock.

Su último disco, ‘Alone’, se publicó a finales del pasado año, coincidiendo con sus memorias, y es el motivo que le ha traído de gira a España y pisar insólitamente las tablas del Real. Un álbum más calmado, con órgano de terciopelo, baladas y pedal steel (como ya hizo en el DVD londinense), pero también con dureza y con las esencias guerreras de Hynde: voz en plena forma, un timbre robusto y a la vez sensible de veinteañera, sensualidad a lo Rita Hayworth, agradables melodías… Y, ya digo, va a cumplir los sesenta y seis el 7 de septiembre próximo. Pese a lo que ha circulado de venenoso por su cuerpo (como ella relata en sus memorias), una rockera de raza, una cantante excepcional, un ejemplo modélico, como el de Patti Smith, Springsteen, Neil Young, Dylan o los Rolling (sí), en camino paralelo a los viejos bluesmen, de envejecer con una dignidad rockera a prueba de bombas y de géneros juveniles de moda pero de una estulticia suprema. El Real la enaltece.


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Dream Machine, a correr al pasado

El debut discográfico de Dream Machine, ‘The Illusion’, que alguna reputada revista elogia, me obliga a correr, a practicar un deporte ya habitual, pese a estar en una forma física ruinosa: salir disparado a la estantería a desempolvar viejos vinilos, en este caso de Deep Purple, Iron Butterfly, Uriah Heep, Birth Control, Grand Funk, Rare Earth… e incluso los mismos Doors. En un disco con apenas unos días en el mercado oigo sonidos más que reconocibles y añejos. Una muestra más de reciclaje del viejo rock. El original antes que la copia, dirán los más puristas. Un ejemplo más- dirán los más fatalistas- de la muerte del rock.

Mas salvados prejuicios y reseteando, incluso dejando el cerebro limpio de pasado, no es un pastel amargo. Sabe dulce y bien. Las voces, tanto masculina como femenina, resultan algo endebles para un género hard-rockero y garajero como este, si bien los dejes pop de la fémina exigen esta fragilidad, pero instrumentalmente dan la talla. También es apreciable el sonido glam que lleva cosido en las costuras más profundas.

Es el debut de este grupo de Austin (Texas) comandado por Matthew Melton, que antes fue el líder de dos bandas menores como Bare Wires y Warm Soda. A su lado, su esposa de origen bosnio, cantante y sobre todo teclista, Doris Melton, que pone la singularidad al brebaje con el órgano, mas el pertinente dúo de ritmo.

Ya digo, un disco y un debut más anecdótico que otra cosa. Mas así pensaremos quienes ya tenemos trillados kilómetros de vinilos de antaño. ¿Y los más jóvenes? Con toda seguridad que no será esta su apreciación. Incluso puede que, parafraseando a los Doors, al oír a estos tejanos se les abran las puertas de la percepción y no solo disfruten con estas canciones sino que viajen también al pasado y descubran las verdaderas raíces de lo que escuchan. Disco pedagógico se diría, que a fin de cuentas a todos nos ha pasado. ¿O es que por culpa de los Beatles y los Stones no descubrieron muchos tiernos infantes de los sesenta el ya viejo rock’n’roll de los cincuenta? Pues eso. Un poco de didáctica en el blog. Y que cada cual agite el tarro como más le plazca: saboreando el contenido o tirándolo a la basura. Personalmente a este tipo de reciclajes les doy la oportunidad como destino a los más jóvenes. Spotify o Youtube se lo ponen a tiro como novedad e igual les toca fibra, con lo que eso puede conllevar a continuación: emprender un fructífero viaje al pasado.



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Quince días en el hospital, Jonathan Richman & The Modern Lovers

Tan cercanos y lamentablemente tan familiares a muchos enfermos, es lógico que el pop y el rock contengan alusiones a los hospitales, cuando no canciones enteras dedicadas a ellos. Counting Crows, Alaska y Los Pegamoides, Lorde, Los Petinelles, Fito y los Fitipaldis… o Jonathan Richman & The Modern Lovers han dedicado renglones musicales a tan necesarias pero odiosas residencias.

Personalmente me quedo con Jonathan Richman. No porque su ‘Hospital’, una canción tristona y en línea con ‘Pale Blue Eyes’, de su admirada Velvet Underground, sea la más enjundiosa sino porque, en lo personal, es un tipo que, desde que lo conocí directamente, me sigue produciendo en el cerebro chirivitas de humor y sorpresa. Sus primeros discos, con la dinámica ‘Roadrunner’ a la cabeza, llegaron a España tarde pero hicieron mella en la audiencia más inquieta. Así que cuando el mismo Richman con sus Lovers vino a Zaragoza por vez primera, en febrero del 88, la sala En Bruto alcanzó uno de sus mejores registros de público.

Tras disfrutar del minimalismo pop del bostoniano en el escenario, lo más sorprendente y humorado vino después, cuando accedió a que le entrevistara mientras daba cuenta de una crepe en una pizzería cercana a En Bruto. Me hizo un examen exhaustivo de quién era yo y para qué clase de medio trabajaba. Dada la información pertinente, me dijo que no solía conceder entrevistas, sobre a todo a medios especializados como el New Musical Express, “que han escrito sobre mí muchas historias ficticias que luego tengo que desmentir”. También me advirtió que no hablaba con periodistas menores de 25 años, “porque son a menudo muchachos envidiosos de los músicos”, pero en mi caso accedía porque pertenecía a un diario generalista, “que aunque a veces cometen errores, por lo menos contratan a gente profesional, antes que a adolescentes con chaquetas de cuero, complexión débil y máquinas de escribir”. Uhmmm ¡Toda una clase de periodismo muy sui generis en varios minutos!

Y tras lo cual, no cesaron las sorpresas, si no las extravagancias, aunque, eso sí, siempre con una sonrisa llena de afabilidad, lo que fue el motivo básico para que yo persistiera en mi empeño en entrevistarle, antes que mandarle a freír espárragos, si de un hueso o un impertinente endiosado se hubiera tratado (en alguna ocasión, por cierto, no he tenido más remedio que hacerlo). Descalzo, mostrando sus nudillos rudos y su tez curtida de agricultor californiano de las montañas, donde vivía, sin perder tajo de la crepe y prácticamente mudo, me impidió darle al ‘rec’ de la grabadora y en su lugar agarró un puñado de servilletas en las que fue anotando lo que le parecía, viniera a cuento de mi pregunta o no. Una vez terminada la entrevista, releyó lo que había escrito y entonces me autorizó a publicar sus ‘reflexiones servilleteras’. Aún las guardo. Jamás me topé con surrealismo mayor, pero simpático.

No es cuestión de pormenorizar, pero entre otras cosas, después de negarse a firmar la hoja de autores, “porque falsean y yo no establezco listas de canciones”, aunque luego rectificó, me confesó que sentía especial devoción por Van Gogh y Goya –“¡condenado, cómo pintaba!”- aunque en su devocionario mayor figuraba en cabecera, obvio, la Velvet, grupo al que había llegado a ver en ¡70 ocasiones! y que en realidad fue el resorte que le impulsó a hacerse músico.

¿Y todo esto? Ya digo, por ‘Hospital’, canción del bostoniano, grabada en 1972 aunque publicada en 1976, dentro del primer álbum de The Modern Lovers, bajo la dirección de John Cale, y luego reabsorbida en discos y directos, que me ha tintineado estos días de encierro en el Servet de Zaragoza… Sí, ya sé que este no es un blog de confidencias personales, pero por los amigos a los que hace tiempo que no veo y por algunos lectores que me siguen desde hace tiempo, rompo normas y me tomo la licencia de revelar que durante quince días he estado recluido en el gran hospital zaragozano. Una operación de urgencia por oclusión intestinal ha sido la culpable de la reclusión…

¿Reclusión? Sí, claro. Y obligada. Pero muy asumible gracias al trato humano y profesional que he recibido por parte de todo el colectivo sanitario de la planta de Cirugía, desde el personal de limpieza a los médicos, desde el primer al último eslabón. No, por ser vos quien sois, que uno no es nada, claro, sino porque es norma de la casa. Lo cual es encomiable. Toda esta gente, ante la adversidad, como dice la hermosísima canción de Simon & Garfunkel, ‘Bridge Over Troubled Water’, ha sido mi puente de salvación para atravesar con más garantías el torrente de aguas bravas de la enfermedad. Que la Seguridad Social en España es el-gran-tesoro a preservar y mimar, lo demuestran profesionales como estos.

Entretanto, claro, he estado alejado del blog. Me quedé anclado en la última entrada de The Cavern, que tampoco hubiera estado mal, pero ahora ya es tiempo de retomar de nuevo la actividad en la medida que se pueda. Lo primero que he hecho ha sido leer los comentarios, siempre muy bien recibidos mientras no se recurra al insulto o a la puya personal, aunque a veces se produzcan desbarres un tanto extraños como los que ha dejado Suso en estos días de ausencia mía. Le daré réplica en la entrada correspondiente, donde tanto Brand Old Sound como Woodyalle se la han dado atinadamente, mas quiero dejar constancia aquí de mi perplejidad ante pensamientos tan pétreos en estos tiempos, máxime en un campo tan elástico y amplio como el de la música, donde el disfrute se puede encontrar en géneros tan dispares como la zarzuela, la música clásica, la ópera, el pop, el rock, el jazz, el blues, el folk, la psicodelia, la electrónica alemana, los cantautores urbanos, la experimentación…, por citar solo algunos de los géneros globales que rigen mis gustos y preferencias.

Pero, en fin, c’est la vie, que cantaba Chuck Berry y tantos otros. Nos vemos. Y, como colofón, unas piezas del simpático Jonathan Richman, presente en mi cerebro en estos quince días hospitalarios.

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The Cavern: viaje al inicio de la leyenda con The Vinylos (y III)

Llámale emoción más que morbo. Queda lo mejor: al día siguiente, lunes, The Vinilos tocan en el escenario original, el de toda la vida. Y ya sin prisas y sin los nervios del día anterior. La sesión empieza a las seis y cuarto de la tarde. Ellos tocan a las once menos cuarto de la noche. Y en la tanda están TBA Band (Florida), Lifeguard (UK), Paul McCann (Irlanda), Midland Railway (UK), Slyboots (Nueva York), Hijinx (Liverpool) y The Corridors (Londres). The Vinylos son los penúltimos.

La mañana la dedican a hacer las típicas compras de detalles beatlenianos y de ropa, que ellos cuidan mucho en el escenario. Esto es lo que palpan en su recorrido por calles y tiendas: “Se respira Beatles por todo Liverpool, pero también Hollies, Gerry and The Pacemakers, Animals, The Kinks, etc. Y grupos de los 80’s como China Crisis, OMD, A Flock of Seagulls (muy respetados allí porque son de Liverpool) y otros muchos artistas que han pasado por allí. Está muy explotado. The Beatles están por todos lados, y no es para menos. Pero la ciudad es muy bonita. La visita por los muelles, por el río…”.

En cuanto a la estrecha calle del Cavern, tan propalada en documentales y reportajes de época, aunque naturalmente hoy mucho más arreglada con respecto a la indigencia de hace sesenta años, explican: “Mathew St. es una calle pequeña y muy normal. Quizá hasta un poco cutre. Aunque la zona central de Liverpool, incluida esa calle, hoy en día es peatonal, muy turística y llena de comercios con ese fin orientados, el entorno tiene el glamour de ser lo que fue y nada más”. En uno de esos comercios, unos espectadores que la noche anterior han estado en el Cavern, los reconocen y les piden autógrafos.

Naturalmente hacen la típica ruta beatleniana por los lugares más unidos a la vida del cuarteto, un filón turístico que, al menos cuando yo mismo lo realicé en 1988, era bastante cutre: un autobús deteriorado y una casete en inglés sonando a lo largo del recorrido. Ellos tienen más suerte: “Antes del viaje, contactamos con una española, Carmen Villoria, que se dedica a hacer tours en Liverpool y nos preparó la ruta. Nos reservó un minibús en el que subimos siete personas y nos mostró en tres horas unos cuantos lugares importantes y significativos en la historia de The Beatles: las casas donde vivieron en aquella época, Penny Lane, Strawberry Field…, todo muy bien ilustrado”.

Al anochecer ya están de nuevo en The Cavern. Entran por la misma puerta del día anterior, que, por cierto, es la original. Un inciso: durante tiempo, quizá debido a una mala interpretación de una placa colocada en la fachada, como a mí me ocurrió, dio lugar a equívocos, colocándose la entrada original en la acera de enfrente, en el número donde se reconstruyó el segundo Cavern; pero, no, la entrada original es la del 10 de Mathew Street, la actual, quedando a la derecha viniendo de Johns St. A la izquierda, es decir, en la acera de enfrente, se ubica un pub, llamado The Cavern Pub, de los mismos dueños de Cavern Club, donde también dan conciertos más modestos aunque también funciona como restaurante, pero no tiene nada que ver con el Club, excepto el nombre y los dueños. Aclaración al margen para seguidores puntillosos de los Beatles.

Llegan con mayor tranquilidad y mucho más tiempo del marcado para poder inspeccionar todos los rincones de la vieja bodega y disfrutar de su glorioso pasado. Ahora hay más ilusión y morbo que nervios, aunque estos no faltan, debido al lugar donde van a actuar. La entrada tiene el mismo ritual de la noche anterior: acreditación, aunque más rápida porque ya les conocen, e inmersión escaleras abajo una noche más en la leyenda. Dan una vuelta por el local, observan con detenimiento la gran vitrina de memorabilia y el gran mural metálico. Se acercan también a una mesa en la que la organización expone discos y merchandising de los grupos participantes ese día.

La noche anterior, con las prisas, fue imposible hacerlo, pero hoy dejan unos discos a los encargados de la mesa que muestran su agrado al palpar el vinilo y ver su lustrosa portada. No caerá en saco roto: a lo largo de la noche venden todos los expuestos, algunos de ellos con sus firmas estampadas a petición de los compradores. Buena parte de la culpa de esta copiosa venta la tiene el mismo organizador, el ya familiar a estas alturas de la historia, David Bash, que, fascinado con el grupo, promociona el disco paseándose insistentemente por The Cavern con el LP en las manos, mostrándolo a los asistentes con una gran sonrisa de complicidad. La foto inferior habla por sí misma, con Bash exponiendo el disco.

Hecha la inspección por el viejo y nuevo Cavern, se dirigen a la nave lateral derecha del escenario principal. Dejan los instrumentos en el suelo y se colocan en la mesa más cercana al escenario, que divisan lateralmente a través de uno de los grandes arcos típicos, de medio punto y muy anchos, dado el gran peso que deben soportar, de The Cavern. En la pared, sobre la misma mesa que han ocupado, una placa y unas fotos recuerdan las 292 veces que tocaron los Beatles allí. La placa indica incluso que el día 3 de agosto de 1963 fue la última vez que el cuarteto, ya famosísimo en Inglaterra, tocó allí (véase el detalle en la foto).

Toman tranquilamente una cerveza mientras toca un veteranísimo cuarteto del mismo Mersyside, Hijinx. Detrás van ellos. Esperan que acaben, pero ya con cierto mariposeo en el estómago… Final de los paisanos de los Beatles, recogen y los canarios suben directamente al escenario. Aquí no hay camerino. ¡Por fin pisan el teatro de sus sueños! La sensación de pisar su suelo y de verse enmarcados en la conocida bóveda de ladrillos con la pared trasera llena de las pintadas con los nombres de los principales grupos que han pasado por allí, les llena de emoción. Sonia: “Subir allí, pisar donde pisaron todas aquellas leyendas, tener la misma visión que tuvieron, sentir todo eso, es indescriptible. Cada ladrillo de aquellos está lleno de las mejores vibraciones que la música del Mersey Beat ha dado. El escenario está acordonado, no dejando subir a nadie ni siquiera a hacerse fotos, a no ser que seas del grupo que va a tocar esa noche. Algo que se entiende, porque dada la afluencia de público que siempre tiene, y lo fanáticos que son muchos de ellos, se llevarían hasta los ladrillos…”.

Van vestidos elegantemente. Abren las fundas de los instrumentos y repiten los mismos preparativos de la noche anterior, con cierto nerviosismo y con celeridad porque saben que de un momento a otro el técnico les va a pedir acción. En efecto. ¡Tres minutos de prueba! El técnico de sonido es, aún si cabe, más profesional, según aprecian. Esta vez, Sebastián no tiene que pelearse con la afinación de cuerda alguna de su guitarra Rickenbacker roja, como la que usaba Harrison y Lennon. Suena perfecta. Como él, se ha acoplado a la ilusión que le depara Liverpool. Pero también llevan un bajo Hofner como el mítico de McCartney. Es un guiño a los Beatles en su cuna de nacimiento, sí, pero es el material instrumental que usan habitualmente. Aunque la cercanía al cuarteto lo proporciona y subraya aún más el propio equipo técnico de la sala. La batería es clavada a la de Ringo, y más significativo aún son los amplis: ¡‘Vox de válvulas, cables y colocados en la trasera de cada cual! Como en los viejos tiempos y como los mismos Beatles. Mantenimiento de esencias en su mayor pureza. Una borrachera de nostalgia.

“Nos gusta cuidar la imagen. Nos gusta la música de esa década maravillosa de los 60’s. Nos gusta tratar al público con respeto, no sólo en lo musical, sino en lo que es el espectáculo. Y aunque el rock es, por naturaleza, una trasgresión, y así nació, hoy en día y aunque parezca mentira, se trasgrede más yendo vestido con las normas estéticas de aquella época que con camiseta, pantalones cortos y chanclas… Por esa razón siempre nos presentamos así, no solo en The Cavern sino en cualquier escenario: Berlín, Barcelona, Madrid… Pero sí es cierto que también nos sirve de guiño a The Beatles en The Cavern. Ya lo creo que nos sirve”, apuntala Sebastián.

Sube David Bash al escenario. Los presenta diciendo que vienen de uno de los lugares más bonitos y cálidos del mundo y que suenan de maravilla. No miente en nada: de las bondades turísticas de Canarias para qué contar, y del sonido y las canciones ellos mismos se encargan de corroborarlo. Suenan de nuevo e impecablemente las canciones del LP, con sus canciones propias y el aire sixties que le imprimen y esas versiones del libro de oro del pop internacional. Esta vez no hay el menor desafine. “El concierto es un verdadero éxito”, afirman ellos mismos. “El público, con el anterior grupo, está más en el Back Stage que en este escenario, quizá por el tipo de música que hacían. Lo cierto es que empezamos a tocar y se llenó la sala. Se vació el otro escenario y se llenó el nuestro. Vemos entre el público a unas cuantas personas que nos han reconocido esa misma mañana en una tienda mientras comprábamos ropa, e incluso componentes de otros grupos que habían tocado a lo largo de la tarde, como el grupo femenino Slyboots, que luego vendrían a saludarnos, diciéndonos que nos seguían a través de las redes sociales y que le gusta mucho The Vinylos”.

Aun cuando el factor sixties cuenta mucho a la hora de que llegue una invitación del IPO y aun cuando el peso de los Beatles sea demoledor en un lugar donde nació la leyenda más grande la historia de la música pop, ningún grupo está obligado a tocar canciones de los Fab Four. Tiene libertad plena para acometer su repertorio. Es lo que hace The Vinylos, aunque para el final dejan la versión de la vigorosa ‘Run For Your Life’, que cerraba ‘Rubber Soul’ y también el álbum de los canarios. La canción, bien lo saben los beatlenianos, aunque compuesta básicamente por Lennon, era la más odiada por este de todo el repertorio del cuarteto. El explícito mensaje malvado y machista que destilaba, según manifestó el propio McCartney, que tampoco le tenía especial simpatía a la canción aunque Harrison, sin embargo, la adoraba, era la causa de ese odio. Cómo no, con lo que decía: “Well I’d rather see you dead, little girl / Than to be with another man”, empezaba, concluyendo con la estrofa mayor: “You better run for your life if you can, little girl / Hide your head in the sand little girl / Catch you with another man / That’s the end’a little girl”. (Prefiero verte muerta, pequeña a que estés con otro hombre… Mejor corre a salvar tu vida, pequeña, esconde tu cabeza en la arena, pequeña, te pillo con otro hombre y es el fin, pequeña). En estos tiempos hubiera sido objeto de repulsa y juicio sumarísimo.

“Allí puedes tocar lo que quieras”, comenta Sonia, “al menos en nuestro caso”. “Tocamos nuestro repertorio, prácticamente la presentación de nuestro último disco, pero de todas maneras nos curamos en salud tocando ‘Run For Your Life’. Hacerlo resultó muy gratificante tanto para nosotros como para el público”. No hay duda de esa gratificación y del éxito. Qué más elocuencia: el público pide más, y de nuevo mirada a David Bash, quien asiente. Pero en esta ocasión, en vez de un bis hacen dos, excediéndose unos cuantos minutos más de lo establecido. Sin problemas, al contrario: el mismo Bash también corea junto con el público ¡¡¡otra, otra, otra!!!!

El asombro es mayúsculo. “El público es muy caluroso”, sentencia Sonia. “Nos agasaja, nos aplaude, nos pide otra…, quién podía imaginarlo. Nosotros fuimos con eso de que “quizá no nos conocen mucho”, “no nos harán mucho caso”…, pero para nuestra sorpresa ocurre lo contrario. Incluso nos encontramos con que nos conocían y nos seguían por las redes… y hasta nos reconocen en una tienda y nos piden autógrafos y las clásicas fotos… Inimaginable”.

Sebastián, marido, por cierto, de Sonia, es partícipe de ese asombro. También de las vibrantes sensaciones que produce el subirse al escenario más emblemático e histórico que hoy existe en el mundo del pop. “En ese momento, mientras transcurre el concierto, mientras toco cada nota de mi guitarra, no quiero distraerme de saber dónde estoy pisando y quién había estado allí antes, observando cada ladrillo de los que me rodean, pensando cuánta música ha sonado allí y quienes han estado allí primero. El concierto es aún más satisfactorio que el anterior. Podría añadir más adjetivos a estas palabras, pero no serían precisos. No puedo decir nada más de lo que vivo allí. Sólo, y es una confesión muy personal, que estando allí me doy cuenta, soy consciente de que estamos haciendo algo importante. Y esto lo dice alguien que ya peina canas y que, como más de uno sabe, he hecho unas cuantas cosas importantes en la vida y he desempeñado varios trabajos…”.

Termina el concierto, recogen para que pase el último grupo, The Corridors, y se relajan. Brindan entre abrazos y felicitaciones mientras de vez en cuando se le acercan aficionados para que les firmen el disco, les den un autógrafo o se hagan una foto con ellos. Esperan a que acabe la actuación de los londinenses y se dan otro nuevo paseo ante la gran vitrina y las paredes con fotos y recuerdos de diversos grupos y artistas famosos que han pasado por The Cavern, mas ante la señal de que iban a cerrar comienza la retirada. Hacen las últimas fotos y con el alma plena de gozo por lo vivido, suben las escaleras negras, les saluda el encargado de las acreditaciones, les felicita un mismo encargado de seguridad, y con los instrumentos en mano ¡emergen a la realidad!

Se despiden de John, de la estatua de fuera, claro, se hacen unas fotos y le prometen que volverán. Sonia también se despide, con foto incluida, de la estatua de la gran Cilla Black, natural de Liverpool y fallecida en Estepona en 2015, tan unida a los Beatles y a The Cavern y tan famosa a raíz de su éxito mundial con ‘Anyone Who Had A Heart’. Cargan los instrumentos, van a comer algo, vuelven al hotel y al día siguiente emprenden el camino de vuelta a Tenerife.

El sueño se ha cumplido. Regresan cansados y con la cabeza bombardeándoles el cúmulo de sensaciones que han vivido. Piden tiempo mental para asimilarlo. No solo han pisado el templo donde se inició la leyenda sino que hasta han tenido la posibilidad de vivir las mismas sensaciones, durante poco más de media hora y en el mismo escenario donde las vivieron y se fajaron unos de sus mayores héroes musicales. Cualquiera no lo puede hacer. Incluso, ni pagando. La lista de espera es desesperante, dicen. Sebastián asegura que no despertó de este sueño días más tarde, si es que aún no sigue soñando. “El tiempo será el que dé la importancia y relevancia de este hecho en nuestras vidas, en nuestra música. Por mi parte ya lo está haciendo”. Volvamos a parafrasear a Paulo Coelho: sí, hay sueños que hacen la vida no solo interesante sino excelsa, incluso irrepetible y maravillosa.


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The Cavern: viaje al inicio de la leyenda beatle con The Vinylos (II)

Van raudos, en línea recta, camino del Live Lounge… Es, digamos, un largo pasillo que, después de hundirse en el subsuelo, corre recto y a la derecha hasta el fondo, donde está el escenario, y tras él el camerino. Los cuatro ‘vinylos’ dejan atrás, a su izquierda, una gran vitrina llena de memorabilia a la venta – chapas, pegatinas, púas de guitarra, pequeñas libretas…- de The Cavern más que de los Beatles, que reservan para las tiendas de Mathew Street. ¿Deportividad comercial? Frente a esta vitrina, dejan también, a su derecha, un gran mural en relieve metálico con las caras del cuarteto. Son las diez y media de la noche y ellos tienen que tocar a las once. Van con las palpitaciones a mil. No hay posibilidad de escudriñar nada de lo que encuentran a su paso. Su objetivo es llegar cuanto antes al camerino. Hasta el día siguiente no hay tiempo de examinar minuciosamente la vitrina y el mural.

Los nervios sufren una repentina y agradable dilatación cuando el mismo David Bash los otea y sale a su paso, pidiéndoles calma. Les indica que el tiempo es justo pero suficiente y los lleva directamente al camerino, que enseguida se convierte en una especie de camarote de los hermanos Marx. Por el suelo se esparcen las fundas de los instrumentos, ropas y enseres varios de The Jeremy Band, el grupo previo, que está tocando y a punto de finalizar (un hueso duro de roer, por cierto, con sus sesenta álbumes publicados). Además, hay un perchero, un dispensador de agua, un par de sillones y una mesa. Justito todo de espacio. Y otra pequeña distensión de nervios: Bash les revela que uno de los músicos, Óscar, miembro de los madrileños The Seasongs que está en el escenario haciendo de refuerzo con The Jeremy Band, se ha ofrecido a prestar su guitarra si era necesario. Igualmente lo ha hecho el bajista. Agradecen el detalle de todo corazón. Un pequeño salvavidas en medio de la tormenta. Aunque no se sorprenden: Óscar es amigo y está al corriente de la adversidad de sus colegas canarios.

El camarote se aprieta más cuando ellos desenfundan las guitarras y dejan en el suelo las fundas y los maletines que transportan. Se acurrucan como pueden en un rincón e intentan afinar instrumentos. Ardua tarea porque, tras un viaje, desde Canarias a Liverpool, las cuerdas de la guitarra, bien lo saben los músicos, han perdido su temple, y necesitan tonificarse. Mas tan apenas es posible. Jeremy Band ya ha terminado su actuación y está recogiendo sus instrumentos: los Vinylos tienen 15 minutos para montar los suyos en el escenario y empezar a tocar. Sebastián se ha quedado sin afinar una cuerda.

Pisan tablas como zombies. Nunca jamás se habían visto en otra similar, y llevan más de un lustro de correrías. Antonio coloca los platillos de la batería, pone los tambores a la distancia adecuada y afina mínimamente. Miguel conecta el cable del ampli y trata de conocer un poco el ampli multiusos para todos los grupos. Sonia prepara la pandereta y la distribución de los micrófonos y Sebastián conecta el cable de la guitarra, trata de averiguar el sonido y mandos del ampli, coloca su pedalera de efectos, se pelea con la cuerda sin afinar… Es la primera vez que le ha ocurrido en su vida antes de salir al escenario. Mas no hay tiempo: repentinamente, el técnico de sonido pide a Antonio que haga unos breves toques de batería, lo mismo, a continuación, a Miguel con el bajo y luego la guitarra y las voces. “O. K.”, exclama el técnico ¡Tres minutos de prueba! Entra David Bash en el escenario, los presenta y ¡pim, pam pum, fuego! Arrancan con la primera canción. Curiosamente, pese a la brevedad de la prueba, el sonido es impecable. “Esto demuestra –hace notar Sebastián- lo profesionales que son y que exigen que seas tú. No se pueden permitir licencias del tipo ‘espera un poco’, ‘no me oigo bien’, ‘¿podrías subir más el bajo que no lo oigo?’… nada, todo suena a la perfección…”

El espacio del Live Lounge es mucho más grande que el original, el Front Stage, y con mejores condiciones y comodidades. Aparte del camerino, hay mesas y taburetes para sentarse a tomar copas y comer mientras se escucha a los grupos. A la izquierda del escenario queda una amplia barra y los baños. “El local es grande, espacioso y muy cómodo”, dice Sonia. “Incluso es más alto de techo que el original, lo que permite colocar pantallas donde se refleja lo que acontece en el escenario, pero conservando la estética del original”, remarca la cantante.

Mucho lujo en comparación con las rústicas instalaciones del Cavern original, aunque ellos no estén para contemplar abalorios y comodidades sino para dedicarse a su tarea: tocar lo mejor posible. Algo que consiguen por una suerte de licantropía musical. Van cargados de nervios pero sobre todo, a estas horas, de cansancio y agotamiento por la jornada tan dislocada que les ha tocado vivir, mas enseguida llega espontáneamente el reconstituyente transformador. “Lo que ocurre –apunta Sebastián- es que una vez que pisamos el escenario, sea el de The Cavern o el de cualquier otro lugar, y aunque esté mal decirlo por mi parte, nos transformamos, hasta el punto de que cuando suena la primera nota de nuestros conciertos, veo transformarse, literalmente, a mis compañeros, en otros seres… No es broma, ni son alucinaciones, es lo que nos ocurre”. Emocionante forma de vivir la música.

¿The Cavern original? Sí. Porque este está completamente reformado y ampliado aunque conserve las esencias del primigenio. El viejo se cerró el 2 de noviembre de 1972, tras una última actuación, la de Suzie Quatro, que entonces triunfaba en el mundo con ‘Can The Can’ y su estética glam de cuero. Los ferrocarriles británicos habían obligado al cierre: en la vieja bodega debía construirse un gran respiradero, al modo del metro neoyorkino. Afortunadamente a sus dueños se les ocurrió la idea de levantar un nuevo Cavern en la acera de enfrente, en concreto en los números 7 y 15 de Mathew Street. Sabían que habían enterrado un pedazo de la historia, por lo que su aflicción se convirtió en memorialismo sentimental: levantaron un nuevo Cavern lo más similar posible al original. Incluso trasladaron de manera impecable el letrero rojo y amarillo original de la entrada.

Los bulldozers demuelen el edificio del antiguo The Cavern, en junio de 1973, y convierten el espacio en un solar, que con el tiempo queda abandonado y después se convierte en aparcamiento. En el subsuelo yace la leyenda. Y el ferrocarril británico no construye el respiradero… La muerte de Lennon, la memorabilia (decenas de viejos ladrillos se venden a cinco libras la pieza) y las visitas turísticas a la entrada del viejo local alientan otra nueva reconstrucción de The Cavern. La tarea es ardua –los arcos enterrados no resisten- y burocráticamente muy complicada, pero el nuevo propietario, el veterano futbolista del Liverpool, Tommy Smith, junto con otro socio, se empecinan en la aventura. Consiguen permisos y licencias, invierten mucho dinero y buscan sobre todo el mayor grado de fidelidad al original, lo que consiguen, aprovechando y restaurando, en una minuciosa labor de arqueología clásica, los más de 15.000 ladrillos que aún guarda el enterramiento.

Una proeza. El 25 de agosto de 1985, con un festival de tributo a The Beatles, el viejo Cavern abre de nuevo sus puertas, pero ampliado. Se ha conseguido aprovechar un 80% de la vieja bodega y además, al comprar el local anexo del número 8, junto al viejo escenario aparece otro nuevo con capacidad para cerca de dos mil personas, el mentado Live Lounge o Back Stage.

Es ahí, donde 27 años después de la reconstrucción, y tras el ajetreo y las prisas, están The Vinylos abordando su repertorio incluido básicamente en su LP. El aforo, al completo. “El festival y los grupos se anunció con meses de antelación y mucho público va por ese motivo. Pero a eso hay que sumarle los que van incondicionalmente, sin saber quién toca o no, bien porque son fanáticos del lugar o sencillamente turistas que van a ver The Cavern”, señala Sonia.

Disimuladamente, mientras la actuación transcurre con normalidad y el público aplaude e incluso corea alguna de las canciones, Sebastián termina de afinar la dichosa cuerda. Ha caído casi al completo la docena de canciones del LP, cumpliendo los treinta minutos estipulados a rajatabla por la organización, pero, ¡sorpresa!, el público pide otra más, algo que no ha ocurrido, por ejemplo, con los americanos The Jeremy Band, grupo asentado aunque figure en la cosecha de ‘prometedores’ del IPO. No saben qué hacer, miran al organizador y este asiente con la cabeza. ¡Otra canción más de propina! No es lo habitual. “La verdad es que el público se entregó”, evoca Sebastián ya desde su domicilio canario. “La gente estuvo pendiente del concierto en todo instante, y luego, al terminar, muchos asistentes se acercaron para felicitarnos”.

Su asombro es mayor cuando el mismo organizador entra en el camerino también para felicitarles. David Bash tiene ya el cerebro pelado de ver grupos en los numerosos IPO que ha organizado. No debe fascinarse por muchos de ellos, pero parece que no atiende al típico modelo de promotor, más pendiente del ‘negocio’ que de la música. Él es un fan más y sigue a todos los grupos a pie de escenario. Y con The Vinylos se queda encantado. La muestra de su fascinación se volverá a repetir al día siguiente.

Recogen, salen del camerino, se meten entre el público para ver el grupo siguiente mientras no paran de recibir felicitaciones, brindan y, como ellos dicen, “nos regocijamos en lo vivido”. Ufff!, por fin, acaban los agobios, los nervios y las carreras del día más tenso de su vida sobre un escenario. Prácticamente han cerrado una larga jornada que había iniciado a las doce y media de la mañana el grupo valenciano Serie B y al que siguieron los sevillanos José Cas y la Pistola de Papa, los madrileños The Seasongs, The Harriets (Leeds), Bad Mood (Liverpool), David Sayle (Liverpool), Rogue Frecuency (Manchester), Kyle Parry (Gales), Luck, Now (Mantova), Patersani (Glasgow), Escapade (Leicester), Kascarade (Bradford), Split Sofa (Doveridge, UK), Luke Gallagher (Wrexham, UK) y The Jeremy Band (USA). Ellos tocan, como se ha dicho, a las once de la noche, cerrando Dave Rave & Hailee Rose (Nueva York) a las doce y media en punto. Todos han dispuesto de su media hora en el escenario, salvo la propina de The Vinylos. La organización ha sido perfecta y las atenciones impecables: “Son muy profesionales, lo tienen todo medido”, afirman. La torre de Babel, ni qué decir cómo bulle. Vuelven al hotel “con la tranquilidad del deber cumplido y con ganas de más, pero con la tranquilidad de que nos quedaba otra noche, otro concierto en The Cavern, pero, aún si cabe, con más morbo…”.

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Little Steven, inyectado de ‘springsteenina’

He sentido ternura y estupor escuchando ‘Soulfire’, la nueva y reciente entrega de Little Steven. Lo primero, viendo encanarse al discípulo para seguir los pasos del viejo amigo y maestro; lo segundo, oyendo cómo esos pasos rayaban en la fotocopia descarada.

Un comentarista de El País digital, Fernando Navarro, ha escrito que este era el disco que tenía que grabar Springsteen en la actualidad, y a renglón seguido le metía un zasca de aúpa por haberse difuminado, por decirlo fino, en los últimos años. Una aseveración así demuestra una inopia supina del repertorio springsteeniano, impropia de alguien que dice caminar por ‘la ruta americana’.

Ya lo ha dicho, muy bien dicho, por cierto, en este blog, un lector y fiel seguidor del Boss, Noel, quien sentenció que si hoy Springsteen hace un disco de esta guisa lo encorren a gorrazos. Estoy plenamente de acuerdo con Noel. Sería escarbar en discos pasados, tanto en los oficiales como en los que se dejó en la guantera, para llenar un nuevo disco que de nuevo no tendría nada y de repetitivo todo.

Basta con detenerse en algunas de las canciones de ‘Soulfire’, sin profundizar en exceso. ‘Blues Is My Bussines’ es, pese al título, soul. ¿Y qué era si no el archiconocido e incendiario ‘Tenth Avenue Freeze-Out’? ¿Y ‘I’m Coming Back’ y ‘Love On The Wrong Side Of Town? Resabios ‘Rendez-Vous’ por doquier. Y parémonos en la melosa baladita ‘The City Weeps Tonight’: ¿a estas alturas en un disco de Springsteen? Si precisamente tiró a la papelera el azucarado sonido ‘high-school’ mientras andaba enfrascado en el tormentoso ‘Darkness On The Edge Of Town’ (luego, por cierto, rescataría algunas de aquellas piezas en el disco ‘The Promise’ que acompañó a la reedición del citado ‘Darkness’). ‘I Saw The Light’ va más o menos tras los pasos de ‘Night’ y, si no, huele a Springsteen añejo que atufa. Lo mismo ocurre con ‘Some Things Just Don’t Change’ y su imagen en ‘My City In Ruins’ y ‘The Rising’. Y ‘Soulfire’ lleva en las tripas ‘Tunnel Of Love’.

Luego, hay una licencia –‘Down And Out Of New York City’- sacada del catálogo Blaxploitation, y más concretamente del Isaac Hayes de ‘Shaft’, que nada tiene que ver ni con Springsteen ni con el mismo Steven. Mucho menos ‘Standing In The Line Of Fire’ y su trote vaquero a lo Morricone. Licencias distintivas y separadoras del mundo springsteeniano, pero no nuevas, que se patentaron en los setenta y sesenta respectivamente. Licencias también incomprensibles, y por demás en un disco como este.

Ello no obvia para que esta nueva entrega del viejo amigo (ya militó con Springsteen en Steel Mill), consejero y co-productor suyo en algunos de sus álbumes se escuche con mucho agrado. Steven se parapeta en un cálido muro de canciones con sabor a clasicismo. Las enhebra muy bien, las viste mejor con abundancia de metales y coros femeninos, las satina con cuerdas esporádicas, les da calor, las suda… y las canta peor, claro, que su jefe.

Si se mira por el lado amable, resulta tierna esta dosis de ‘springsteenina’ inyectada por vía intravenosa, que quizá podría traducirse tanto en gesto de admiración como de reconocimiento de que se vive muy bien al ladito de quien ejerce como artista mayor y le paga la soldada. Mas, si se mira por el lado más crítico, produce estupor semejante ejercicio de parasitismo, de chuparle la sangre al jefe. Máxime cuando el propio Steven es un experto en sonidos garajeros (ahí está su programa de radio que llega incluso a España, vía Rock FM), y lo mismo en rock clásico y punk, es decir, tiene su mundo propio y vasto donde inspirarse y sacar obras más nutritivas y menos evidentes como ‘Soulfire’. Ya lo hizo, por cierto, en 1999 con el vehemente ‘Born Again Savage’.

En definitiva, que Springsteen, lo reconozco y así ha quedado escrito en su momento en el Heraldo, ha dado algún que otro traspiés en este milenio (de antes no le niego nada, pero absolutamente nada), mas de ahí a afirmar que este es el disco (el de su paisa Steven) que tenía que haber grabado va un trecho. Vamos, que iban a faltar gorras para encorrerlo.

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The Cavern: viaje al inicio de la leyenda beatle con The Vinylos (I)

Los Beatles, como a tantos jóvenes del mundo, alimentaron su infancia y su adolescencia musical. También sus propias canciones cuando decidieron formar un grupo pop en los inicios de esta década en su Tenerife natal. Son The Vinylos: Sonia González (cantante), Sebastián Suárez (guitarra), Miguel Molina (bajo) y Antonio Sosa (batería). Han grabado un EP en 2013 y en 2016 debutan con un disco largo en el que lucen su habilidad para encarar viejas versiones beat y garajeras (loor a quien tiene el buen criterio y gusto para elegir la deliciosa ‘Why Do I Cry’, de The Remains, eso ya es un sello de garantía), pero también lucen un pulso insólito para componer e interpretar canciones propias con resabios sesenteros.

“Uno de esos inesperados brotes que le salen al árbol del pop español. Y desde la misma raíz”, escribo en Heraldo el verano pasado, en alusión a su pericia para amalgamar viejos géneros. “Tenerife tiene seguro de pop”, concluyo, admirado por las atinadas canciones que encierra el disco, por su ejecución, por la insólita presencia de una chica rubia, no alardeando su belleza, como hace cualquier diva jovencita de hoy, sino su dominio de los resortes para mover aquellos géneros musicales, y finalmente por la hermosa carpeta, que me trae a la memoria el negro stoniano pero también la imagen velvetiana de Sonia a lo Nico.

Les va bien. En su Tenerife natal no paran de actuar e incluso, con las dificultades de salir de la isla, saltan a la península y actúan en festivales mods barceloneses y hasta llegan a Berlín. No es una banda, digamos profesional, en el sentido de vivir de sus canciones, cada cual tiene su trabajo, pero miman y trabajan al grupo con pasión desmedida. Los cuatro respiran con él, se divierten, hacen amigos… y fabrican su catálogo de sueños.

No muchos, es cierto, porque tienen los pies en el suelo. O sea, que nada de ‘superventas’, estadios y esas grandezas con las que sueñan muchos jóvenes cuando se ven por vez primera con una guitarra en las manos. Entre esos pocos sueños, uno accesible: visitar un día la ciudad de los Beatles. “La posibilidad de realizar un sueño es lo que hace que la vida sea interesante”, escribió el brasileño Paulo Coelho. Lo que no podían pensar es que ese sueño no solo se va a cumplir, haciéndoles la vida interesante, sino que se va a agrandar hasta convertirla en excelsa: a principios de este año, coincidiendo con el sesenta aniversario de The Cavern, el origen de la leyenda beatle, les llegó una invitación para tocar en el icónico lugar.

No salían de su asombro. “David Bash, organizador del ‘International Pop Overthrow, IPO Liverpool’, contactó con nosotros y nos propuso participar en este festival”, cuentan, todavía con la sombra de la sorpresa revoloteando en su rostro y en su pensamiento. Tocar en tan emblemático lugar no es fácil, y menos con invitación. Hay centenares de peticiones de todo el mundo para hacerlo y largas listas de espera, porque eso es como bautizarse en las aguas del Jordán beatleniano, y no cobrando una sola libra, sino al contrario, debiendo abonar previamente una cantidad.

Pero a Mr. Bash le ha encantado su álbum, que ni ellos mismos saben cómo ha llegado a sus manos, y los incluye en la agenda del festival. EL ‘IPO’, como familiarmente se le denomina, es un festival itinerante que se celebra durante uno o varios días en diversas ciudades del mundo, principalmente en Los Angeles, donde nació hace veinte años, y en el Cavern de Liverpool, donde este año cumple sus tres lustros. Participan de 25 a 180 grupos, según días de duración y ciudad, y su objetivo es promover nuevas bandas de pop con esencias sixties. Y ahí están The Vinylos, no ya unos jovencitos, porque no se mira el carnet de identidad sino la identidad sesentera.

El de Liverpool dura este año, ni más ni menos, que ocho días, del 16 al 23 de mayo. Cuenta con más de un centenar de grupos invitados de todo el planeta, que se van sucediendo, en largas sesiones que suelen arrancar a mediodía y terminan a medianoche, tanto en el escenario principal, el mítico, el original (donde, tal y como recordó Paul McCartney en diciembre de 1999 ante su vuelta al lugar para celebrar la llegada del nuevo milenio, “se forjaron” los Beatles) como en el añadido nuevo, el llamado Live Lounge o también Back Stage, así como en el Cavern Pub, ubicado en la acera de enfrente del original. Una maratón de música incesante y una babel de grupos de medio mundo. Y siempre a rebosar los tres locales.

Los cuatro ‘vinylos’, acompañados de algunos amigos y familiares, entre ellos el excelente pintor pop zaragozano José Emilio López, que fue quien me descubrió a este elegante grupo tinerfeño, vuelan a Madrid y después a Manchester para continuar en tren hasta Liverpool. Su debut es el domingo día 21 en el Back Stage. Los nervios se los comen, no ya por la experiencia que van a vivir, sino porque el día anterior la guitarra y el bajo se quedan… en Madrid. Las faenas, por no definirlas de manera más contundente, de los aviones y las compañías. En el aeropuerto de Manchester les prometen que al día siguiente, antes de la una del mediodía, tendrán los instrumentos en el hotel, pero la promesa no se cumple. Son las cinco y media de la misma tarde de la actuación y no han llegado. Los nervios se desatan. La actuación es a las once de la noche. El esfuerzo está a punto de convertirse en vano, y lo que es peor, el sueño a punto de saltar por los aires. No sirven las llamadas, las gestiones no fructifican, nadie les da una respuesta segura y satisfactoria. Ante lo cual, toman la presurosa determinación de viajar al aeropuerto de Manchester y averiguar qué ha sido de la guitarra y el bajo. Se la juegan a cara o cruz. Una hora de ida y otra de vuelta y puede que no solo no lleguen a tiempo sino que vuelvan de vacío. Pero no encuentran, ni se les ocurre, otra solución.

Miguel y Sebastián cogen un tren en torno a las siete de la tarde. Llegan al aeropuerto sobre las ocho y justo en ese momento, Antonio, el batería, les llama y les comunica que acaban de recibir los instrumentos en el hotel de Liverpool. Carreras precipitadas por el aeropuerto y la estación de Manchester, al modo de los Beatles huyendo de sus agresivos fans en ‘Qué noche la de aquel día’… En torno a las diez están de nuevo en Liverpool. Tienen que cambiarse en el hotel, vestirse con una elegancia sixty que ellos cuidan mucho, trasladarse a The Cavern, pasar el ‘checkpoint’, llegar al camerino y a las once en punto estar en el escenario. Ni cenan. ¡Qué nervios! Están a punto de estallar como una bomba sin espoleta…

The Cavern ha cumplido este año su sesenta aniversario. Abrió en enero de 1957 de la mano de un empresario, Alan Stytner, que había viajado a París y se había quedado fascinado con los clubs de jazz ubicados en viejos sótanos, en concreto de Le Caveau De La Huchette. Así que cuando volvió a Liverpool buscó un lugar donde poder ‘clonarlo’ y ofrecer música en directo. En la céntrica y estrecha calle Matthew Street, en el número 10, dio con un viejo almacén subterráneo que, según la leyenda negra, había servido en el siglo XVIII como lugar de reclusión de los esclavos africanos en su criminal periplo hacia Estados Unidos, leyenda que Spencer Leight, en su documentado libro ‘The Cavern Club: The Rise of The Beatles and Merseybeat’ (2015) ni asegura ni niega porque no ha encontrado datos fehacientes. Lo que sí es cierto es que sirvió de almacén de grano y alimentos y después de bodega. En la segunda Guerra Mundial hizo también de refugio antiaéreo.

Styner lo reconvirtió en club musical con gran éxito, pero solo para artistas de jazz, blues y, como mucho, para conjuntos de skiffle, música muy sencilla, tocada con guitarras acústicas y banjos e instrumentos caseros, desde cazos a tablas de lavar, incluso peines, cajas y palos de escoba, que entonces, por socorrida y barata, estaba de moda en Liverpool. Ringo Star fue precisamente el primero en actuar allí dentro del Eddie Clayton Skiffle Group. Lo hizo el 31 de julio del 57. Al mes siguiente, el 7 de agosto, lo hacía John Lennon con The Quarry Men Skiffle Group. Paul McCartney, que se había unido a los Quarry Men en octubre del 57, pisaba por vez primera el escenario de The Cavern el 28 de enero del 58.

Quién diría que el destino iba a llevar a la gloria a aquellos tres mozalbetes sin otras ansias que divertirse. El 9 de febrero de 1961, ya reunidos en The Beatles, tras sudar, machacarse y vérselas con gentes de malvivir en los clubes de Hamburgo, actúan por vez primera en The Cavern. Uno de los recuerdos que más clavados tiene MacCartney de aquella primera vez fue lo que costó tocar allí: no había manera de que les contrataran, pero se convirtieron en martillo percutor y a base de insistir e insistir… Entonces Pete Best se ocupaba de la batería (después lo largarían por petición de George Martin), y había un quinto miembro al bajo, Stuart Sutcliffe, atormentado y difícil, pero dotado músico que ayudó mucho a modelar el grupo, y más su novia alemana, Astrid Kirchherr, inventora de los peinados a tazón. Salió del grupo en aquel mismo 1961, tras quedarse en Hamburgo para desarrollar su carrera como pintor, muriendo al año siguiente. La película ‘Backbeat’, de 1993, cuenta emotivamente su historia.

Desde aquella primera noche hasta el 3 de agosto de 1963, en que acabaron sus actuaciones en el mítico local, los Beatles tocaron en la vieja bodega unas trescientas veces, según el citado Spencer Leight (292 para ser exactos, según la web de The Cavern). Cuando la abandonaron ya la habían convertido en un lugar para la historia: eran famosos en Inglaterra y media Europa y estaban a punto de conquistar Estados Unidos.

The Vinylos llegan a The Cavern, guitarras en mano y asmáticos perdidos por los nervios y el ajetreado viaje a Manchester. Bajan a toda prisa la escalera forrada de ladrillo pintado de negro. Ahora es menos angosta que en su origen. No agobia, pero hay que sumergirse en el fondo de la tierra a cuatro pisos con sus descansillos correspondientes en los que se incrustan grandes letreros con el nombre de The Cavern en forma curvada cubriendo como un paraguas el nombre de la ciudad, Liverpool. “The most famous club in the world”. Es la señal inequívoca de que están pisando suelo histórico, insigne.

En las paredes saltan a sus ojos fotos enmarcadas en cristal de algunas de las leyendas que han tocado allí en tiempos pretéritos. No hay tiempo para degustar estos jugosos detalles que destilan gloria. El reloj apremia. Descienden hasta el último piso, giran a la izquierda y, ¡bumba! se dan de bruces, allá al fondo de una no muy larga nave, con arcos laterales y flanqueada por otras dos, con el mítico escenario, aquella bóveda estrecha y maloliente, contruida sobre el nivel freático, en la que Lennon y compañía empezaron a escribir su historia personal y la de la música pop mundial. No hay espacio mental ni para glorificaciones ni para pensamientos fetichistas. La prisa les obliga a correr, pero el sobresalto emocional es impactante. ¡Están pisando la Altamira del Pop!

Van raudos, en línea recta, camino del Live Lounge…

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