Y un disco internacional de 2017

¡Vaya! Parece que hay mayor unanimidad que en años anteriores sobre el mejor disco de 2017. Habiendo hecho acopio de revistas españolas y foráneas y explorando en el universo cibernético, sale que el álbum ‘Damn’, de Kendrick Lamar, fue el mejor disco del pasado año.

Veamos las selecciones que ocupan el número 1 en las revistas, webs y publicaciones más conocidas de dentro y de fuera de España:
New Musical Express-Lorde: ‘Melodrama’
Billboard– Kendrick Lamar: ‘Damn’
Uncut– LCD Soundsystem: ‘American Dream’
Pitchfork– Kendrick Lamar: ‘Damn’
Rolling Stone– Kendrick Lamar: ‘Damn’
Mojo– LCD Soundsystem: ‘American Dream’
Rockdelux– Kendrick Lamar: ‘Damn’
Ruta 66 -Peter Perret: ‘How The West Was Won’
Mondo Sonoro– Kendricl Lamard: ‘Damn’
Jenesaispop– Lorde: ‘Drama’

Pues muy bien, o muy mal, que depende de gustos: ‘Damn’, de Kendrick Lamar, fue el disco que más números 1 copó en las listas de los mejores álbumes de 2017. Un disco de rap. Desde luego no será este blog el que lo señale ni tenga a gala enseñorearlo: resulta difícil pasar de la primera pieza, un coñazo, pero allá cada cual con sus gustos, filias, fobias, placeres o neuras.

Dado el oceánico mar de producciones que salen al cabo del año, algo que impide escuchar todo, resulta atrevido señalar ‘el mejor disco del año’, como señalan las publicaciones mentadas. Pese a su solvencia, ¿habrán escuchado sus electores todos los discos salidos al mercado? Me temo que no. Es un imposible tan imposible como abrazar el universo.

Evidentemente un servidor no ha pasado por tan imposible trance de abarcar todo, ni lo ha intentado, por lo que no está en condiciones de señalar ese número 1 absoluto, ese ‘mejor disco’ del 2017, con el que rimbombantemente titulan las publicaciones citadas su selección, pero sí mi ‘favorito’, ese disco que se me quedará en la memoria y en mi discoteca para siempre. La apuesta es arriesgada y comprometida: un solo disco de entre los cientos que abarrotaron el mercado los doce meses últimos, lo que no significa obviar o menospreciar una docena más como mínimo de discos jugosos, pero invito a la parroquia a lanzarse a la piscina y elegir el suyo, uno solo.

En mi caso, lo tengo claro……, y es…. ‘A Deeper Understanding’, de The War On Drugs, un disco, como escribí en su momento, de rock melódico, de penumbra, de viaje al mundo interior. Un disco en el que se acoplan a la perfección melodías redondas con instrumentaciones variadas, que van desde la electrónica a las guitarras, los soportes de bajo y batería o los coros femeninos… Bueno, no es cuestión de repetirme. Mejor, si alguien quiere más datos, que pinche en el comentario que hice hace unos meses al respecto y que coteje, aplauda, discrepe, bote de entusiasmo o me escupa. Es mi elección, como espero la tuya. Eso sí, solo un disco.

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Cinco discos aragoneses de 2017

Habida cuenta de que Bunbury, con quien hay que ser exigente a tope por motivos obvios, entregó en 2017 un disco, por lo general, plano de melodías y versos con espinillas de vulgaridad; habida cuenta de que en Los Bengala habita un cantante de voz poco hecha; habida cuenta de que el rock setentero de la Kleejoss Band es más una intención que un logro; habida cuenta de que El Brindador explora el terreno sonoro con tino pero quizá por ese ambicioso ánimo explorador de sonidos no contiene las melodías en su punto apropiado de cocción mientras llega un momento en que carga con su llorosa voz aguda; habida cuenta de que el rap no me interesa lo más mínimo por su nula musicalidad y su facilismo creativo e interpretativo; habida cuenta de que Tachenko tiene su fuerte en las guitarras y las melodías y no en las voces; habida cuenta de que los llamados cursimente grupos emergentes (desde Lady Banana a Calavera, The Hard Mama, Mono, Levy Pants, Noa A, Oakland, Toro, Vegetal Jam, Señoras y Bedeles, Los Volcanes…) están muy verdes o son irrelevantes; habida cuenta de que Pedro Andreu ha montado con L4Red una réplica de Foo Fighters pero con un mal cantante y unas flojas canciones; habida cuenta de que nunca, desde la explosión dorada de inicios de los noventa (¡ay, Héroes, Proscritos, Especialistas, Mas Birras, Distrito, Días de Vino y Rosas, Niños del Brasil, Novias…, qué derroche!), el pop aragonés, con una vasta producción discográfica independiente, vive sin embargo su peor momento de creatividad e interés…, habida cuenta, en fin, de todo ello, y de que a la música hecha en estas tierras, en tiempos de acceso, medios y posibilidades globales, hay que pedirle lo mismo que a la de otro lugar remoto del planeta, me sobran dedos de las dos manos para contar lo más sobresaliente del año 2017 grabado por músicos aragoneses.

Haciendo un gran esfuerzo de recensión, en una mano pongo mis cinco discos favoritos -esquivo lo de ‘mejores’, que es palabra desterrada de mi vocabulario musical desde hace años-, es decir, los álbumes de 2017 que tengo la plena seguridad de que guardaré con mucho agrado en mi memoria y que escucharé con frecuencia en años venideros, discos que no se devaluarán con el tiempo, sino seguramente que crecerán. Es, a mi entender (resoplen), la primera línea creativa de la música aragonesa actual. Y aunque numerada pero con flexibilidad para la prelación, según días y momentos, si bien es cierto que los dos primeros lugares son inamovibles y deberían llevar el mismo guarismo de número 1 por sus distancias estilísticas, va así:

1.- My Expansive Awareness: ‘Going Nowhere’ (Analog Love)
El quinteto zaragozano se alinea en esa ‘expansiva’ oleada neopsicodélica -Wooden Shjips, Bardo Pond, Naam, The Besnard Lakes, Jacco Gardner, Black Angels, Brian Jonestown Massacre, Tame Impala…- que en los últimos años ha horadado el pop internacional hasta crear un fructífero espacio creciente, propio y hasta nuevo. En el caso de los zaragozanos, más: enriquecen ese espacio con matices poco comunes en el mundo psicodélico (sintetizadores voladores, wha wha, pedal steel…) y su querencia por los Doors. Su segundo disco es un compendio de todo ello. Y sus mejores armas: la labor del órgano a lo Manzarek, el trabajo de percusión y bajo, el atractivo empaste de voces masculina y femenina, las guitarras de línea clara y sobre todo el inmenso fortín de las melodías, cuidadas, directas, algo no muy trabajado en la psicodelia, donde los paisajes oníricos opacan las líneas cantabiles. Un disco perfecto en su género, de cuño internacional.

2.- Joaquín Carbonell: ‘El carbón y la rosa’ (Voces del Mercado)
Lo de Joaquín, dicho de forma visceral, pero también racional, no tiene nombre: que tenga en sus manos un florilegio de radiantes canciones de autor y que esas canciones se marchiten a la sombra de las de Sabina y la incomprensión del público en general es para, al menos, ver flotar algún cadáver sobre el Ebro. Ya lo he escrito una, y dos, y tres, y decenas de veces, y vuelvo a insistir: es el cantautor español de la vieja escuela de los setenta más en forma e inspirado. En este álbum que parece de despedida, lo que sería muy triste, el de Alloza matrimonia reggae con bolero, blues, rumba, country, vals mexicano, chanson, doo-wop… en una ensalada, que lejos de saber a mistura promiscua y destalentada se une en un todo armonioso e inventivo que elevan al infinito de las emociones y la inteligencia la ironía y la sensibilidad de sus versos de oro.

3.- Amaral: ‘Superluna’ (Antártida/El País)
El dúo se ha sentido más en forma y maduro que nunca en los escenarios y por ello ha decidido atacar con un segundo álbum en directo. ¡Bingo! Un estimulante viaje por sus siete álbumes -con parada más larga en el último, ‘Nocturnal’- y en tren de lujo: equilibrio y limpieza inmensa de sonido que no le quita contundencia, sino al contrario. Nada que ver con lo que aquí se oyó en su día en el Príncipe Felipe, donde una mala dinámica en la ecualización de bajo y batería, amén de la falta de rodaje de la gira, nos dio la noche. Doble CD envasado en un vistoso e informativo disco-libro.

4.- Gabriel Sopeña: ‘Sangre Sierra’ (Warner)
El polifacético Gabriel se abastece en los almacenes de Neil Young, Dylan, Springsteen, Jackson Brown, Tom Petty…, lo que, a poco que se posea destreza, y él la tiene a raudales, es garantía para certificar canciones de calado emocional y musical. Como las que este disco encierra. Ha tardado ni se sabe cuántos años en reaparecer en solitario, pero un disco así no es de los que se cuecen en una merendilla, incluso en piezas ajenas como esa magistral recreación en castellano del clásico de Janis Joplin, ‘Me And Bobby McGee’, con colaboración de Loquillo. Y con toda justicia, recupera dos canciones de trote muy conocido que él co-aportó a Mas Birras: ‘Apuesta por el rock’n’roll’ (Bunbury, invitado) y ‘Cass’. Le rinde la vida y el talento.

5.- The Patinettes: ‘Whatever The War’ (Rock GD Records)
Pensaba que tras un lustro sin noticias suyas y con los proyectos individuales de Patricia Destoky (Peabodys), este quinteto había fenecido. Percepción que afortunadamente a finales de año se difuminó al reaparecer con este tercer álbum, espeso y armonioso, y canciones sublimes que no se escriben así como así ni todos los días, caso de ‘Television’, joya de la corona. Patricia, con ese sugerente tono tristón que embarga sus fraseos, se hace ahora cargo por completo de las voces, desaparece el caleidoscopio de géneros que poblaba su primer disco e incluso el segundo a cambio de una mayor homogeneidad y permanece intacto el espíritu melódico –ya sea rockero, ya baladístico- de discos anteriores, la seña de identidad mayor del quinteto. Unas veces es la Velvet, otras The Pretenders, otras The Cars, otras es Springsteen, otras The Kinks, otras The Beatles, otras The Byrds, otras George Harrison… quienes asoman sus rostros invisibles por este disco, esto es, no de forma muy explícita sino más bien elusiva, porque bien es cierto que a The Patinettes resulta difícil pillarles las fuentes claras en las que beben, tal es su personalidad propia. Ay, ese ‘Television’… ¡Si vale por todo un álbum!

En la otra mano, en el banquillo, se quedan otros cinco álbumes, que me atraen, que tienen sustancia, que pueden saltar al campo en cualquier momento para suplir a algunos de los titulares, pero bien es verdad que ha habido que rebañar mucho en el conjunto general para seleccionarlos, por lo que no creo que me duren excesivo tiempo en el reproductor, aunque quién sabe. Son estos:

1.- Joaquín Pardinilla Sexteto: ‘Guatizalema’ (Luna Nueva Estudio).
2.- María José Hernández: ‘Cartas sobre la mesa’ (Lunática).
3.- Los Lügers: ‘Slasher’ (Zito Vision).
4.- Carmen París y Nabyla Maan: ‘Dos Medinas Blancas’.
5.- Hot Hands. ‘En directo’ (Autoproducido).

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The Moody Blues: cincuenta años de blanco satén

No quisiera que se fuese 2017 sin evocar un álbum singularísimo y una canción celestial envasada dentro de él que en estos días cumple sus ‘50 años de blanco satén’, hecho que Universal celebra con una reedición en doble CD más un DVD. Me refiero, obviamente, al álbum ‘Days Of Future Passed’ y a la canción ‘Nights In White Satin’. Sus autores, claro, The Moody Blues, un quinteto de Birmingham que empezó en los primeros sesenta tocando R&B clásico británico, en la esfera Animals, mezclado con beat y pop, fórmula con la que, en 1965, llegó a alcanzar el puesto número 1 de las listas inglesas merced a ‘Go Now’, una vistosa y pegadiza canción que tenía ingredientes Beach Boys. Todo muy distante de lo que luego ofrecieron con ‘Days Of Future Passed’, del volantazo que dieron con aquel LP, que lo mismo les pudo llevar al precipicio que a la autopista del éxito.

Afortunadamente fue lo segundo. Algo que no hubiera sido nada excepcional, habida cuenta de que, con él, el grupo abría un nuevo camino, adentrándose en territorio desconocido entonces y descubriendo lo que luego vino en llamarse ‘pop sinfónico’. No es poco. Alguien que inventa algo nuevo y con ello triunfa a nivel planetario es un hecho absolutamente asombroso en cualquier rama de las artes, un logro que muchos quisieran alcanzar y que a estas alturas de tiempos, con tanto terreno explorado, es casi una entelequia, algo imposible, como bien demuestra el devenir del pop y el rock en las últimas décadas, en las que el reciclaje, la adaptación a viejos moldes es la tónica dominante, no la invención de caminos insólitos y nuevos.

Hay quien asegura que el derrapaje de The Moody Blues hacia el sinfonismo fue efecto imperioso del impacto mundial del ‘Sgt. Peper’ beatleniano, y en concreto de la magistral ‘A Day In The Life’, pero nada más lejos. En realidad, fue fruto de una ingeniosa y aventurada ocurrencia de la compañía discográfica Decca.

En Estados Unidos el sonido estéreo se había implantado con éxito en las grabaciones. A mitad de los sesenta, el mayor poder adquisitivo del imperio llevó a que los tocadiscos estereofónicos, con dos altavoces, entrasen en abundancia en los hogares de tipo medio, mientras que en Inglaterra los equipos monofónicos eran lo habitual: no había peniques ni libras suficientes para costear los caros aparatos estereofónicos, razón básica, por ejemplo, por la que toda la primera discografía de los Beatles se editara en mono.

Mas la Decca, con todo su conservadurismo, se echó para adelante y pensó que una manera de extender los equipos de dos altavoces y de los discos estereofónicos era acercarse al público joven con el pop y al mayor con la música clásica. Dos pájaros de un tiro que debían caer con un sistema que la propia compañía inventó -el Deramic Sound System- y con una traslación al pop de una vieja y celebérrima pieza clásica, la ‘Sinfonía del nuevo mundo’ del checo Antonin Dvorak.

Los elegidos para materializar el invento fueron The Moody Blues. Pese a su éxito con ‘Go Now’, el quinteto sobrevivía merced a pequeñas actuaciones por Inglaterra e incluso por Europa. Todo muy distante de lo que por entonces cosechaban los Rolling, The Who, Animals o los inefables Beatles. Además, en el grupo habían entrado dos nuevos miembros, John Lodge y Justin Hayward, en sustitución de Clint Warwick y Denny Laine, que querían darle un nuevo giro al grupo, especialmente abandonando las versiones y trabajando en canciones propias, dado el gran potencial compositivo que habían logrado reunir entre todos ellos.

Hayward se había curtido en un buen número de grupos británicos y, aparte de guitarrista y cantante, era un prolífico compositor. Lodge, por su lado, además de darle al bajo tenía una voz armoniosa y era otro fecundo compositor. Pinder reinaba en el teclado, y junto a su papel de pionero en el uso del mellotron (él se lo enseñó a los Beatles), que luego ‘succionaría’ el sonido Moody Blues, cantaba, dominaba otros instrumentos como la guitarra y la tambura y era también otro imparable compositor. Con semejante trío el viaje tenía billete seguro al éxito.

Aceptaron el reto de Decca, máxime cuando esta ponía a su disposición medios abundantes para la grabación, inalcanzables por cualquier grupo de la época, salvo Beatles y Rolling, of course: un magnífico director musical, Peter Knight, especie de George Martin que escribía arreglos y ensamblaba las piezas, una gran orquesta sinfónica, The London Festival Orchestra (en realidad, los músicos clásicos de sesión de la Decca), un productor, Tony Clarke, con fe ciega en ellos, y un estudio a disposición plena durante todo el día.

Mas no tarda en producirse el primer choque: ocurre que los Moody Blues no solo componen temas propios sino que componen todos sus miembros, con lo que las canciones surgen a borbotones mientras tratan de adaptar la sinfonía de Dvorak. Piensan que un disco con composiciones propias sería algo más original e impactante. Piensan incluso en un álbum conceptual que describiese el trascurso de un día rutinario pero sedoso desde la mañana a la noche.

A los ejecutivos de la Decca se les pusieron los pelos de punta cuando recibieron la propuesta. Trastocaba sus planes radicalmente y echaba por tierra su cara inversión… Pero ante la insistencia del quinteto y los informes positivos de Peter Knight, que iba supervisando el material grabado, acabó cediendo y Dvorak volvió de nuevo a su tumba.

El 10 de noviembre de 1967 llegaba a las tiendas inglesas el nuevo álbum del quinteto. Ya no eran ‘The Magnificent Moodies’, como bautizaron su primer álbum, sino el grupo ‘del pop sinfónico’, el primero que dedicaba todo un LP entero a envolver las guitarras y los estribillos pop en el manto de una gran orquesta sinfónica. Algo inédito hasta entonces (los Beatles solo lo habían hecho parcialmente).

Como todo artefacto nuevo, costó su implantación. El LP, con siete largas piezas enlazadas a modo de gran sinfonía, que en su reedición actual se ha visto enriquecido con tomas diversas y actuaciones en la BBC así como imágenes filmadas en el Midem de 1968, tardó dos meses en entrar en las listas británicas, llegando al número 27 como posición más alta en las 16 semanas que permaneció en ellas.

A ‘Nights In White Satin’, un himno de admiración a las mujeres, según reveló tiempo después su compositor y cantante, Justin Hayward, que salió como primer single, recortado de siete a cuatro minutos, le costó un mes, apareciendo en las listas el 2 de enero del 68. No alcanzó el puesto número 1 nunca; a lo más que llegó fue al 19, algo que por otra parte se explicaba con barreras por delante tan altas como la de los Beatles, que entonces tenían en circulación su ‘Hello Goodbye’ y el EP ‘Magical Mistery Tour’, o superventas en aquel momento como Tom Jones, Engelbert Humperdinck, Bee Gees o The Monkees. En España se publicó bien avanzado 1968, llegando el 26 de agosto al número 3, o sea, casi un año después de su edición en Inglaterra.

Fue a través de sus reediciones y las numerosas versiones que conoció posteriormente –decenas, desde Frank Pourcel a Eric Burdon, The Shadows o el mismo Il Divo- que la canción alcanzó la consistencia y el respeto del que hoy goza. El álbum, a su vez, fue la puerta por la que grupos como Procol Harum, Nice, ELO, Emerson,Lake & Palmer o los mismos Deep Purple entraron en el gran salón del rock sinfónico.

Su escucha, por muy barroca que pueda sonar todavía, sigue siendo una fuente inagotable de sensibilidad y de una audacia increíble, imposible entonces pero más todavía hoy (¿quién se atrevería actualmente a hacer un disco similar, con toda una orquesta sinfónica detrás?). El grupo, por cierto, que tras el satén abandonó el sinfonismo orquestal para apostar por el pop y el rock con base en el famoso mellotrón, firmando discos majestuosos como el muy recomendable ‘Seventh Sojourn’, sigue todavía en activo, comandado por Justin Hayward, John Lodge y Graeme Edge, si bien desde 2003 no ha grabado disco alguno de estudio. En el inminente año nuevo 2018 les llegará el reconocimiento oficial, definitivo y merecido con su ingreso en el Rock And Roll Hall Of Fame.

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Bowie y Bing Crosby: Feliz Navidad con un clásico, ro pom, pom, pom

Hasta en esto parece haber palidecido la tropa rockera. No se detectan apenas villancicos rockeros de nuevo cuño, o sea, grabados específicamente para estas navidades. No hace mucho, hasta Dylan entregó un álbum completo, así que recurro a un clásico para, como en años atrás, felicitar estas fiestas a la pequeña familia bloguera de ‘La voz de mi amo’ y a todos cuantos se pasan por aquí, ya sea esporádicamente, de continuo o por casualidad.

Bowie y Bing Crosby. Pareja ciertamente antagónica. El primero, entonces, 30 años; y el segundo, 73. Y Bowie abriendo nuevos horizontes, sumido en su etapa alemana, mientras que Crosby seguía entonando las melosas canciones del Tin Pan Alley para contentar al tradicionalismo conservador americano. Así que no extraña que Bowie respingara cuando le propusieron cantar junto al abuelo Bing, pero todavía más cuando llegó al set de grabación, una casa alquilada por Crosby en Londres mientras hacía una gira, y le indicaron que debía cantar ‘The Little Drummer Boy’, sí, el famoso ‘Tamborilero”, que popularizó Raphael en España más de una década antes.

-Odio esta canción-, dicen que dijo secamente, con lo que la grabación estuvo a punto de irse al garete.

La unión era para el programa navideño de 1977, ‘Merrie Olde Christmas’, del cantante norteamericano que, al estar de gira por Inglaterra, lo iba a llenar con sus canciones y las de algunos invitados británicos, entre ellos Bowie, básicamente porque, según el Washington Post, la casa, en realidad un estudio de televisión, Elstree Studios, ubicado en un edificio en plan castillo de Drácula, estaba cercano a su domicilio. Mas recibida la rasposa respuesta, los productores del programa, que se quedaron de piedra, lejos de amilanarse, reaccionaron e insistieron.

Y todo a una velocidad de vértigo. Se les ocurrió la idea de darle la vuelta al famoso villancico que había reescrito sobre una melodía checa la compositora norteamericana Katherine Kennicott Davis en 1941, y encomendaron el desafío a los compositores Ian Fraser y Larry Grossman. Ambos se metieron en el sótano de la casa donde había un piano y pensaron para Bowie una nueva melodía y una nueva letra –‘Peace On Earth’- que se interpusiera a la tradicional y, uh lalala, en 75 minutos surgió uno de los detalles más ingeniosos y diplomáticamente astutos que se conozcan en la historia del pop.

A Bowie entonces le encantó la idea, desvelando además que a su madre le gustaba mucho el villancico tradicional. El 11 de septiembre de 1977 el Duque, en plena campaña de promoción de ‘Heroes’ y despojado ya de los afeites del glam, que hacía tiempo que habían pasado a mejor gloria, y con un aspecto envidiable de gentleman deportivo y moderno, después de llamar a la puerta de la casa de Crosby, según guión muy rafaelista, estaba cantando el famoso villancico. El veterano cantante, en la breve charla previa que mantuvieron, le confesó que le parecía maravillosa su música, lo que seguramente fue un cumplido, pues se asegura que ni lo conocía, y a continuación ambos pasaron a la acción, tal y como habían ensayado una hora antes.

Dos estrofas en común y luego Bowie por su cuenta atacando ‘Peace On Earth’, deseando un mundo mejor, mientras Crosby iba casi ronroneando el famoso ro pom pom pom. La unión fue perfecta, un prodigio, ya digo, de ingenio y astucia musical, aunque con cierto aire malage: Crosby murió al mes siguiente en Madrid mientras jugaba al golf, por lo que no pudo ver la emisión que hizo la CBS el día de Navidad, y unos días antes del encuentro moría su amigo Marc Bolan, con el que había colaborado. Un periodista le preguntó días después a Bowie con quién iba a trabajar próximamente, por aquello del yuyu y algo de mala leche. No se escondió y reveló que con Devo. Afortunadamente la maldición no prosiguió. La canción, por cierto, no vio la luz en disco hasta 1982.

Con esta historieta y con este clásico de estas fechas os deseo a todos una feliz Navidad, prosperidad, bienestar, que se calmen las aguas políticas, en especial las catalanas, y que el 2018 nos traiga a todos lo mejor. Y aquí seguiremos con las puertas abiertas del blog para que salga la mejor música posible. ¡Salud!

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Músicos aragoneses en Cataluña

‘Grosso modo’ puede afirmarse que a los músicos aragoneses en Cataluña no les fue mal, pero podría haberles ido mejor. Ya se sabe: salir de tu tierra para buscarte la proteína en otra es tarea ingrata por no decir odiosa, antes y ahora, máxime en Barcelona, donde, no me duelen prendas en afirmarlo, por mucho que prediquen los independentistas lo contrario, se ha mirado al de fuera por encima del hombro, y en estos tiempos más aún, si no practica la fe en el catalanismo o simplemente no participa de su lengua y cultura. También si no pasas por su cedazo ‘colonizador’: me sobran vivencias relacionadas con la música, managers, distribuidores, promotores y disqueros de allí. Al mismo Labordeta, que agarró un buen cabreo, le catalanizaron su primer LP copulando el título del disco con una i latina, ‘Cantar i callar’.

En los años sesenta fueron unos cuantos, en realidad todos cuantos destacaron, los músicos que tuvieron que salir de Zaragoza para buscar el éxito y cuando menos una mejor vida en otras ciudades españolas. Barcelona era entonces el foco principal de la industria musical y discográfica. Algunos de los sellos más importantes y activos estaba radicados allí: Belter, Vergara… y especialmente EMI que había lanzado a la fama al Dúo Dinámico. Pero además, la Ciudad Condal, frente al foco madrileño –más constreñido en discográficas y escenarios para la música moderna-, contaba con un rico circuito de locales de actuación entre teatros, salas de fiesta, entoldados veraniegos y hoteles playeros. No había otra opción que trasladarse allí en busca de trabajo y proyección. Cataluña, y en especial la metrópoli Barcelona, era la nueva tierra de promisión. Y a ella se marcharon cuatro de los primeros rockers zaragozanos: Chico Valento, Rocky Kan, Baby y Gavy Sander’s. También lo hicieron las cantantes Licia, Teresa María, Pilarín Lasheras, las mismas gemelas Pili y Mili, aunque estas por distinto motivo, o Luisita Tenor, esta también por otras razones.

Más tarde lo hicieron el pianista Benjamín Torrijo, que durante años acompañó a Julio Iglesias, o conjuntos afamados en la época, Unión de Reyes y Diablos Blancos, que acudieron a la Ciudad Condal a grabar discos. En los setenta aflojó el flujo, tan solo Joaquín Carbonell se buscó la vida por allí poniendo copas y cantando durante un año, pero no fueron pocas las veces que acudió a actuar después, cuando la canción popular aragonesa despegó, como también lo hicieron Labordeta o La Bullonera. Y más tarde, lo hizo Javier Mas.

A cada cual le fue como le fue, pero de todo hubo: desde quienes pasaron hambre como descosidos y recibieron pocas ayudas y poco calor catalán, caso de Rocky y Gavy, hasta quienes llegaron y triunfaron, caso de Baby, que acabó residenciándose en Sitges, o el de cantantes femeninas como Licia, Teresa María o Luisita Tenor que asentaron allí sus vidas y sus matrimonios.

Los cantautores no tuvieron asiento en tierra catalana. Acudían a cantar cuando les llamaban, por lo general casas regionales aragonesas pero ninguna entidad catalana. Actuaban y volvían. Tal vez por ello, y por la misma idiosincrasia del pueblo catalán de mirarse mucho a sí mismo, no eran frecuentes las actuaciones junto a otros cantautores de la tierra, algo que todavía no se explica Carbonell: “La defensa de las señas catalanas no habían alcanzado el paroxismo actual. Vivía Franco, estábamos aún en la dictadura o saliendo de ella, y el enemigo era común, pero aun así, catalanes y ‘españoles’ actuábamos en lugares distintos y casi nunca mezclados”.

Vienen a colación estos párrafos anteriores por la exposición ‘Dicen que hay tierras al este’, que desde el 20 del pasado mes de octubre y hasta el 7 de enero próximo se está celebrando en el palacio de Sástago, y con la que se intenta exponer la interrelación aragonesa-catalana durante los últimos tres siglos. La muestra, que han sufragado la DGA y la DPZ con más de 200.000 euros y que ha hecho que más de uno se pregunte si era necesaria, si no hubiera estado mejor aprovechado ese dinero en hospitales, escuelas o colectivos necesitados, en lo cual no falta una base de razón, se ha complementado con un documental y un opulento libro –‘Tejidos de vecindad’- de casi 600 páginas y unos tres o cuatro kilos de peso. Un libro del que conviene resguardarse si cae al pie o si la estantería es débil.

Tanto en el documental, que bellamente ha realizado Vicky Calavia, como en el libro, coordinado por el catedrático de Historia de la Universidad de Zaragoza, Alberto Sabio, intervienen profesores universitarios, periodistas y expertos en diversas materias, tanto económicas como históricas, sociales, pictóricas, literarias, cinematográficas o musicales.


En ambos, modestamente, quien suscribe tiene espacio para exponer, sucintamente en el documental y de forma mucho más extensa en el libro, esas relaciones, en concreto las musicales, que también han sido recíprocas aunque obviamente menos intensas: Javier Sebastián, de Alta Sociedad, se convirtió allí en escritor de cierto éxito, Puturrú de Fua grabó en Barcelona su primer LP, lo mismo que Dynamos y otros grupos de los ochenta en que paró la ‘héjira’ a tierras catalanas, la banda actual de Bunbury está reclutada casi al cien por cien en Barcelona, Juan José González Milla, nacido a mediados de los años 40 en el barrio del Clot de Barcelona y bautizado en la misma Sagrada Familia, vino a hacer la mili a Zaragoza y aquí se instaló abriendo los estudios Kikos, Loquillo tiene aquí su logística instalada, es decir, local de ensayo y oficina de management, y en su banda han figurado los zaragozanos Cuti y Gabriel Sopeña, por no olvidar la ascendencia aragonesa de Ramón Arcusa y Serrat.

A todos los que se fueron, ya digo, les fue mejor o peor, pero allí lanzaron sus carreras, y todos los que vinieron fueron acogidos de forma hospitalaria. Elefantes, por ejemplo, consideran Zaragoza como su segunda casa y Juanjo ‘Kikos’ no tiene el más mínimo empacho en asegurar que se considera “más aragonés que nadie”, sin el más mínimo anhelo por volver a su ciudad natal, Barcelona.

Muchos vínculos musicales, en fin, entre ambas tierras durante más de cinco décadas, que han dado grandes frutos discográficos, escénicos y relacionales como para establecer unos lazos de hermandad fuertes e imposibles de desanudar, por muchos litigios de bienes religiosos y soflamas independentistas que soplen de un lado o de otro.

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El olvido de Johnny Hallyday en España. No, Loquillo, no

Otro ídolo más de la primera generación del rock’n’roll, en este caso europea, que se ha ido: Johnny Hallyday. Ya lo he escrito en alguna entrada anterior: los viejos rockers y no rockers están en boxes de salida hacia el infierno, subiendo la escalera ledzeppeliana para pagar entre llamas sus pecados terrenales, que es lo que corresponde a un elemento luciferiano, como se consideraba tiempo ha a aquellos pioneros.

Hallyday era todo un ídolo en Francia. Fue, o así le consideran por allí, el Elvis galo, el tipo que prendió en el país vecino la mecha del rock’n’roll y el twist junto a otros como Eddy Mitchell, Les Chausettes Noirs, Vince Taylor o Les Chats Sauvages. Los periódicos vecinos lloran su pérdida, los viejos fans acuden en romería a su villa en Marnes-la-Coquette a depositar flores, la totalidad de expresidentes vivos –especialmente los de la derecha, donde el cantante decía sentirse más cómodo- han expresado sus condolencias cuando no lo elevan al olimpo de los dioses, como Macron, que lo ha calificado de ‘héroe francés’, los diputados le rinden pleitesía con un gran aplauso en la Asamblea Nacional, y hasta su primera esposa, Sylvie Vartan, la más bella del baile, ha confesado que “ha perdido a su gran amor de juventud y nadie lo podrá reemplazar”. Todo un océano de tristeza nacional, que los franceses para guardar y sostener lo suyo, más o menos méritos de por medio, son únicos. Por algo son los creadores y dueños de la palabra chauvinismo.

En España ese océano es y ha sido un mar pequeño, por no decir inexistente. Johnny entró en los primeros sesenta con el batallón yeyé de Salut les Copains, del que él era su gallito (basta con ver la icónica foto de época de todos ellos donde luce con cazadora blanca como el más alto y más insultantemente guapo, que tan elegantemenete abría el folleto del lujoso triple CD que editó Montparnasse en 2009) pero con un cacareo que alcanzó incluso menos ruido que el de sus partenaires femeninas.

Su esposa sonó mucho, y más, que él con sus inolvidables ‘La plus belle pour aller dancer’, ‘En ecoutant la pluie’ y ‘Si je chante’ o ‘La Locomotion’, y con la Hardy ni cuento con aquel adolescente ‘Tous les garçons et les filles’ y sus joyas posteriores de los 70, Sheila con ‘L’ecole est finie’, France Gall con el eurovisivo ‘Poupée de cire’, Dalida con ‘Gigi l’amoroso’, Marie Laforet con ‘La playa’ y ‘Volvamos al amor’ y no digamos los impactos de los melódicos Hervé Vilard (‘Capri c’est fini’), Alain Barrière (‘Ma vie’), Cristophe (‘Aline’), Claude Françoise (‘Le telephone pleure’) Aznavour (‘Venecia sin ti’, ‘La Boheme’), Richard Anthony (‘En Aranjuez con tu amor’), Michel Polnarev (‘Love Me Pleas Love Me’), Jean-François Michaël (‘Adieu Jolie Candy’) por no abrumar con Adamo o Les Surfs… para desembocar en el gran y escandaloso bombazo de la Birkin y Gainsbourg (‘Je t’aime moi non plus’). Una tonelada de inolvidables canciones de cuño galo que sonaron muchísimo en la España de los sesenta.

Él era una esponja, un tipo tan guapo como habilidoso para absorber el repertorio rockero de los grandes americanos o a los mismos Beatles (‘Girl’) y trasvasarlo a Francia y diversos países europeos entre los que no estuvo España, no se sabe bien la razón cuando el pop galo y el italiano gozaban de una salud de hierro y de un gran poder de penetración en España como nunca antes se ha conocido. Tal vez porque aquí ya teníamos nuestros rockers y twisteros masculinos, encabezados por Mike Ríos.

Pero, ya digo, Hallyday fue un traductor incontenible de clásicos del pop y rock americano, desde Chuck Berry a los mismos Troggs. Su vastísimo repertorio, distribuido en torno al centenar de discos que publicó, así lo delata. Recuerdo con mucho agrado su traslación de ‘A Hundred Pounds Of Clay’, de Gene McDaniels, que él tituló ‘Une poigne de terre’ y que Enrique Guzmán, el verdadero ganador en España con la versión, tituló como ‘Cien kilos de barro’. O ‘Souvenirs souvenirs’, su primer éxito que luego dio nombre a un programa de TV, la hilarante traslación del ‘Black Is Black’ de Los Bravos como ‘Noir c’est noire’, pero sobre todo dos piezas incontournables, que dirían los franceses: las hermosas ‘Retiens la nuit’, escrita por Aznavour, y ‘Les brass en croix’, de él mismo, que versionó maravillosamente Ríos, y el fruto de aquella pelea musical con el hippy Antoine, ‘Cheveux longues, idées courtes’. No mucho más. Desde entonces, desde los mismos finales de los sesenta, se difuminó y en España poco se supo de él desde entonces, aunque en el país vecino llenara estadios, parques de los príncipes y hasta plazas de la Concordia enteras. Un olvido que, bien es cierto, padeció toda la tropa ‘salut les copains’. Misterios o desgana de la industria.

Loquillo, que lo conoció personalmente y hasta grabó con él, ha incidido en este lamentable olvido, pero se ha dejado llevar por su idolatría y el exceso, poniéndolo a la altura ¡de Bruce Springsteen! y más aún a la de Mick Jagger (tal vez porque el mismo Hallyday, que de modesto no tenía ni un pelo, se equiparó a él) y cometiendo un grave error, ¿o un agravio intencionado?, cuando en su texto de despedida publicado en El País, asegura que Hallyday, Celentano y Bruno Lomas “fueron los pioneros de todo esto”…

No, hombre, no Loco. Aquí, antes que Bruno Lomas, que sí fue pionero en Los Milos, pero no como solista, tuvimos a los rockers zaragozanos –Chico Valento, Rocky Kan, Baby, Nelo y Gavy Sander’s-, que no alcanzaron un éxito arrasador, pero sí lo hizo otro coetáneo, Mike Ríos, Miguel, el gran Miguel, el alfa y el omega del rock español. ¿Cómo lo olvidas? ¿Un patinazo neuronal? ¿Algún conflicto personal? No quisiera pensar en nada de esto último, pero suena grosera esa afirmación y ese olvido.

Mas, en fin, se ha ido otro viejo rockero que ya transitaba por la mitad de las siete décadas de vida. Los excesos y la ley de vida. Bye bye Johnny. Gran rocker, pero las cosas en su sitio con respecto a España y a los pioneros.

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Pena: el Beatles’ Garden dice adiós

Confieso que me quedé sorprendidísimo, por no decir tristísimo, cuando hace unos días cayó en mis manos el último número del Beatles’ Garden, ese fantástico fanzine que se viene publicando desde Zaragoza para todo el mundo desde hace 25 años. La gran pena: es el último de verdad, el último que ha aparecido pero también el último de la serie en estos 25 años. Se despide, dice adiós definitivamente, con este número, el 68 de su largo camino.

Y no sé si habrá que añadir también el adjetivo de ‘tortuoso’ para ponerse en modo beatleniano y para definir un empeño tan complicado como mantener una publicación musical en papel durante un cuarto de siglo, que es, de todas todas, un gran mérito, casi una epopeya, en estos tiempos digitales.

Lo explican en el editorial que abre este último número: cansancio acumulado, necesidad de dedicar el tiempo a otros asuntos de la vida, factor económico… Vientos huracanados que son capaces de tumbar cualquier publicación, máxime esta, de tamaño cuartilla e ingresos justitos para no caer en el típico fanzine fotocopiado sino realmente, aunque de pequeño tamaño y volumen, una revista en color, impresa en offset y muy atractiva en su diseño y contenido.

Una pena. Pero, sin duda, queda un logro importante y vital, cumplido con creces: “La esencia de esta revista fue hacer una especie de enciclopedia, una obra de consulta a la que acudir con la máxima fiabilidad”, señalan en el editorial. Y, en efecto, logro conquistado valerosamente, como el alpinista coronando un ocho mil. En estos 68 números está la biblia beatleniana más completa, extensa y fiable que nunca se haya escrito en España y en español. Un cúmulo de páginas en las que ha quedado reflejada la historia grande y pequeña del cuarteto de Liverpool, la historia desmigajada hasta el detalle más nimio para saciar al lector, avezado o no, con apetito insaciable por la apasionante vida y obra de los Fab Four.

La sección ‘El disco al desguace’ ha sido uno de los pilares más potentes para sostener la revista y, por tanto, para dar a conocer a fondo la discografía beatleniana. Pero no más lejos quedan los reportajes de toda índole, el seguimiento de los Beatles en solitario, las películas… y sobre todo las entrevistas a personas muy cercanas al mundo Beatles, desde Pete Best a Richard Lester, el mismo George Martin o el ingeniero de sonido Geoff Emerick a quien abordan en este último número de despedida, dedicado básicamente a los 50 años y reedición del seminal ‘Sgt. Pepper’, más un artículo sobre Joe Orton y su relación con los Beatles, las huellas andaluzas de Penny Lane, los Beatles en Tenerife, el nuevo disco de Ringo, una entrevista al profesor madrileño, Juan Carrión, que logró que el grupo incluyera las letras de las canciones en su discos, curiosidad que fue el eje de la película de David Trueba ‘Vivir es fácil con los ojos cerrados’…

Como escribía en una vieja entrada de este blog, allá por enero de 2010, “The Beatles’ Garden es un milagro impreso sobre la vida de Los Beatles, el fanzine español por excelencia sobre el cuarteto, que además se edita en Zaragoza, bajo la mano fundadora y rectora de otros dos beatlenianos de pro, Juan Agüeras y Javier Tarazona”. El otro naturalmente era y es Ricardo Gil, asiduo de este blog. Los tres básicamente han dado vida a este “milagro impreso” que ahora se acaba. Solo queda darles las gracias por su pasión y constancia durante estos últimos 25 años para mantener y avivar una historia que tanto nos hizo disfrutar a quienes la vivimos desde su momento mismo de gestación y a quienes se incorporaron después.

La enciclopedia, aun inacabada, pues ya se sabe que curiosamente y pese al tiempo transcurrido, los Beatles son un pozo sin fondo, es un ‘summa artis’ beatleniano de un mérito extraordinario. Por lo que a mí concierne, mil gracias de nuevo y mi enhorabuena a Juan, Javier y Ricardo. En sgbeatlesfanclub@gmail.com y en Facebook y otros canales van a seguir operativos durante un tiempo. Pueden irse tranquilos y orgullosos. Forever.

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Chicas que ofrecen sus cuerpos a los ídolos, las grupis

Las he visto a pie de escenario o rondando los camerinos a la caza del músico famoso. En una ocasión, incluso, llegué a oír a una de ellas vanagloriarse de sus aventuras sexuales con un rockero local ¡en un cementerio! Las grupis. Chicas jóvenes, muchas de ellas fascinadas por la fama, el alma y los cuerpos de tipos indeseables, moralmente putrefactos, desde el mismo momento en que se aprovechan de la superioridad que –creen- que les da su celebridad para tirárselas, dicho en plata y no acudir al eufemismo que, como recuerda Vargas Llosa, se usa actualmente en los medios norteamericanos de ‘conducta impropia’. Y ello, por muy buscada y consentida que sea la relación.

Es de tesis doctoral el papel de las jóvenes en la música pop a lo largo de la historia. Chicos y chicas, ante una canción, un disco, un grupo o un artista de rango sienten emociones iguales, se conmueven, cantan, viven. Y, sin embargo, mientras ellos cogen una guitarra o un micro, ellas se quedan en la pasividad ensoñadora, forrando sus carpetas escolares con fotos de sus ídolos, chillando en sus conciertos o, elevando el nivel de adoración, ofreciéndoles sus cuerpos, haciendo de grupis. Sinatra, Elvis, los Beatles y los Rolling Stones fueron los primeros y mayores causantes de esta pintura de trazo grueso pero con ciertos visos de realidad.

Afortunadamente desde hace muchos años esta pintura se ha desteñido. Las chicas, aunque tímidamente, no solo hicieron irrupción en los escenarios del primer rock’n’roll (Brenda Lee, Wanda Jackson), sino que en los sesenta se desataron en solitario o formando parte de grupos, y en algunos casos copándolos al completo: The Supremes, Shangri-Las, Ronettes, Crystals… En los setenta explotaron las primeras que conectaron con el rock macho: The Runaways, primitivas y salvajes, dueñas de unas vidas tan turbulentas que acabaron hasta en el celuloide. Igualdad de género mal llevada. Beaches son unas de las últimas: naturales de Nueva Zelanda, practican una neo psicodelia más que recomendable, como comentaba en una entrada anterior.

En medio queda un surtido inagotable de grupos exclusivamente femeninos: The Slits, The Donnas, Kittie, L7, Babes In Toyland, Vixen, Girlschool, Bangles, Go-Go’s, Crucified Barbara, Sleater Kinney, Warpaint… Muchos, es cierto, aunque todavía a distancia sideral del cómputo global de los masculinos. El rock sigue siendo todavía territorio macho (y quién sabe si de la manada, a tenor de las fiestas salvajes que habitan en las biografías), un espacio donde se producen grandes maravillas artísticas pero también sucias ‘conductas impropias’, que como algún día les dé por ‘cantarlas’ a sus víctimas anónimas, tal cual han hecho las actrices, atronarán los decibelios de la desvergüenza, y con ello –me temo- la falta de autoestima femenina de las grupis, cuando no de las agallas que hay que tener para ejercer como tal, según confesó en uno de sus tres libros Pamela Des Barres, que siguió a Mick Jagger, Jim Morrison, Hendrix y Keith Moon, entre otros. ¡Qué imán más poderoso (y nocivo) es la fama!

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Cecilia, el insulto de morir a los 27

Entre el rockerío, volcado con el blues, el funk discotequero de James Brown, la dicotomía del sinfonismo y el hard-rock y la resaca post Beatles; entre el mundo cantautoril, inmerso en el brassenismo y el hispano piélago panfletario y la guitarra de palo; entre la canción popular femenina, copada por el folclorismo y las rendijas que había abierto la canción existencial de Mari Trini o María Ostiz…, entre estas y otras malas hierbas más o menos malignas –los 40, por no decir el enjuague de regalías y turbiedades subterráneas, le negaron el pan y la sal-, me temo que a Cecilia se le cortó el paso en su tiempo, se le impidió crecer en la primera parte de la década de los setenta con los índices de popularidad que se merecía y que otras cantantes con una hoja de servicios mucho menos lubrificada que la suya alcanzaron. Lo que no significa que no fuese reconocida, pero sí minusvalorada. Apuesto doble contra sencillo que en los noventa, con aquella explosión de nuevos cantautores, y hoy mismo –obvio los ochenta, coto cerrado para movidas-, hubiera ganado la partida con abrumadora puntuación.

En todo caso, el tiempo reparte las mercedes merecidas. Con los años, la voz y los tres discos de aquella cantante madrileña, tímida e inestable pero rebelde y de fuerte carácter, con esquirlas trasgresoras, han ganado peso. Lejos de haberse desvanecido por el túnel del olvido, su figura, a través de persistentes reediciones y homenajes, renace y se agranda con la altura que una voz, una poesía y una creatividad como la suya merece.

Una rara avis de la canción femenina española y de la misma música patria. Cecilia escapaba a cualquier cliché establecido en la imaginería de aquella España cateta y tardofranquista. Su vida cosmopolita, que le había permitido viajar por varios países como hija de diplomático, su absorción de la música que conoció fuera, especialmente de Simon & Garfunkel, Dylan, Joan Baez y los Beatles (a estos últimos dedicó un sencillo pidiendo su vuelta y cuya sonoridad volcó en sus canciones, hasta el punto de que algunas piezas suyas parecían arrancadas de su mismo cancionero psicodélico, caso de ‘Portraits and Pictures’, en tanto que ‘Lost Little Things’ era una ingeniosa acomodación de ‘Dear Prudence’), su genética precoz para aprender a tocar y componer, y su impulso creativo incrustado en su ADN hicieron de ella una artista singular, insólita en aquel escuchimizado panorama musical de los setenta, en aquella España finifranquista en consunción en la que trazó un nuevo perfil de la canción popular, actualizándola, sumergiéndola en bellas tinturas anglosajonas.

Añádase su gran sensibilidad e ingenio para escribir poéticos versos en órbita machadiana, desbordantes, increíbles para su juventud, que no fueron sino fruto de su voracidad lectora, sus naïf dotes pictóricas y su aguerrido carácter, que no belicoso, pese al guante de boxeo con que apareció en la portada de su primer disco, para perfilar el retrato musical y literario de aquella Evangelina Sobredo, nacida en 1948 en El Pardo (Madrid), que saltó a la música española como Cecilia en honor de la celebérrima canción de sus admirados Simon & Garfunkel.

Sus letras merecen un master en composición. Verdaderas joyas poéticas que se derramaron por los más diversos ámbitos: el costumbrario español, la hipocresía burguesa de las damas de alta cuna y baja cama, el poder corrupto del dinero (“al son del clarín tan solo baila el que quiere, al son del dinero dime quién no se mueve”), el feminismo, la religión, el ejército, los curas, la iglesia, la guerra civil y su millón de muertos, el maltrato, la infidelidad, el sexo, el ecologismo urbano, su querida España de la santa siesta y las vendas negras… y, en fin, el amor al amado (“desde que tú te has ido, mis manos tienen frío por no tener tus manos”) y a los animales (”qué sola muere mi gata Luna, qué sola y triste vivo yo”). Un deslumbrante mundo lírico.

Lamentablemente hay que añadirla ese fatídico club internacional de los 27. Murió a esta edad, víctima de la carretera en el verano de 1976 cuando regresaba de un bolo en Vigo. España, su querida España, la lloró y la sigue llorando. El pasado día 9 de este mes de noviembre, un copioso elenco de músicos, treinta de cuatro generaciones distintas, entre ellos Miguel Ríos, Ana Belén, Cristina Rosenvinge o Amaral, le tributaron, según las crónicas, un gran homenaje en el que quedó patente la pervivencia de su figura, de su música y de su verso de oro. También la pena por su temprana y malhadada desaparición: “Si la vida es absurda, más absurda es la muerte, y con veintisiete años es un insulto”, proclamó Miguel Ríos en el escenario. ¡Cuánta razón!

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Cuando el punk llegó a Zaragoza

Desde Facebook, con motivo de los 40 años que se cumplen el próximo día 4 de diciembre del primer festival punk celebrado en Barcelona, en el Casal de la Alianza de Poble Nou, se me pide que ubique y evoque también el primer festival del género que se celebró en Zaragoza… Lo hace Oskar Aguilar, el voluntarioso jefe de la discográfica Bazofia Records, a raíz de un mensaje que envía una ‘facebookera’ (¿vale el palabro?) en el que evoca el citado primer festival barcelonés, con inserto incluido de un veterano punky catalán, el cantante de Mortimer, y a la vez pide información sobre el festival zaragozano del que tiene detalles e incluso aporta la crónica que yo mismo hice de él, pero no sabe ubicar. ¡Ay, la edad! Se nota que es más joven… Toca remover la hemeroteca y agitar la memoria.

En efecto, Zaragoza también tuvo su primer festival punk, aunque unos pocos meses más tarde que el de Barcelona, no muchos, en concreto, cuatro y unos días, toda vez que tuvo lugar el día 15 de abril del 78. Allí estuve. Lo seguí de cabo a rabo, desde la primera a la última actuación y entre bambalinas, entrevistando a los participantes: Mortimer, Rock and Roll Dam, French Dog y Basura.

Estaba en mis primerísimos balbuceos periodísticos, de hecho, era la octava semana que escribía la página de Discos en el Heraldo, es decir, un verdadero pipiolo del periodismo musical. Uff, leída hoy, hasta me produce un tanto de pudor, por no decir rubor: por el acartonado estilo periodístico y por la valoración precipitada que hice. En fin, pecado de novato y de una situación novedosa que vivida en directo resulta difícil calibrar en ese mismo instante. Más o menos, por poner un símil algo absurdo pero ilustrativo, como cuando alguien se está ahogando: en lo que menos piensa es en el porqué, y menos en filosofías, sino en cómo en salvarse cuanto antes.

Dicho lo cual, aquella noche fue fría en la calle, pero bien calentita en el escenario y aún en la misma puerta del local, los bajos del antiguo Mercado Central. El festival lo organizaba, espero que la memoria no falle, un emergente promotor, Jaime Borobia, en enlace con el mánager catalán de los cuatro grupos que actuaron. Borobia, que ya era un lince para sacar petróleo donde no había, se las ingenió para conseguir que el Ayuntamiento de Zaragoza le alquilara los bajos del Mercado, entonces en decadencia, y con apenas varios puestos abiertos en la planta superior, la principal. La baja estaba abandonada. Un lugar inhóspito, cutre y raro, en el que las comodidades brillaban por su ausencia. No había camerinos y el techo estaba tan bajo que los músicos casi lo tocaban con la cabeza al subirse al estrado. Pura penuria, aunque por otra parte cuadraba a la perfección con el marco cutre y barribajero en el que el punk había florecido.

También para situarse a tono con las circunstancias, el festival tuvo su ramalazo de protesta y hasta violencia. Un grupo no escaso de gente, siguiendo las consignas antisistema del movimiento, dijo que eso de pagar para oír música no era de recibo, así que en los inicios mismos del festival, se abalanzó sobre la puerta y, aun con la resistencia de los organizadores, haciendo de muro de contención, el grupúsculo logró entrar sin pasar por taquilla. Fueron momentos de tensión, acordes con los aires contestatarios, inconformistas y hasta violentos que llegaban de Inglaterra. Luego, la cosa se tranquilizó y ya no hubo más incidentes.

Los grupos se dedicaron a tocar ante probablemente unas 300 o 400 personas –el local estaba prácticamente lleno- y yo a escuchar y a entrevistar a unos y otros. Me sorprendieron las opiniones generalizadas de los mismos músicos, distanciándose del punk y de lo que este representaba: uno de ellos señalaba que lo suyo iba por los derroteros de Doctor Feelgood pero no por los de los Sex Pistols. Y bien pudiera ser, porque salvo Panotxa, cantante de Basura, con el pelo tintado de rubio, ninguno daba la imagen de aguerrido punk, al menos la de punk de cresta y alfileres que yo mismo había conocido un año antes en Inglaterra, en el famoso y crucial 77, en mi primera visita a Londres (daba casi miedo verlos deambular por Oxford Street en el año del Jubileo).

Musicalmente, aquellos cuatro grupos me produjeron cierta aversión. Su diletantismo instrumental y vocal, más en un tiempo donde todavía imperaban los ‘buenos modales’ rockeros y el virtuosismo, chirriaba, hacía daño estético y auditivo. También es verdad que los grupos estaban todavía muy verdes y yo personalmente aún no le había sacado el zumo al luego imprescindible y rabioso ‘Never Mind The Bollocks’, de los Pistols. Una situación, que, creo, no era única. Al menos, por algunas opiniones recogidas aquella noche y luego en el periódico, aunque lo cierto es que los más convencidos –aún no creo que pudiera hablarse de cofradía o tribu punk consolidada- fueron muchos y disfrutaron de lo lindo. El mismo mánager catalán se quedó sorprendido y admirado por el buen rollo de la gente.

El festival tuvo su eco más allá del mismo recinto en que se celebró. En el ambiente musical se habló mucho de él, para bien y para mal, y yo mismo en el Heraldo, en días siguientes, lo tomé como pieza de debate, abriendo la página semanal de Discos al fenómeno punk. El amigo Martín Muñoz, recién estrenado profesor de inglés tras su licenciatura en Filología Inglesa en la Universidad, donde nos conocimos, y un gran melómano, escribió un artículo reflexivo sobre el movimiento y otra semana después algunos de los popes de los medios y de la cultura pop –desde el institucional José Juan Chicón de Radio Zaragoza al profesor universitario Sánchez Vidal- emitieron opinión sobre el movimiento, por lo general negativa, viéndolo como moda pasajera, cuando no montaje de las discográficas. Me temo que ninguno estuvimos a la altura, ni acertamos el pronóstico, patinamos.

En fin, mejor que ahora yo no haga cábalas sobre lo que ocurrió y lo que unos y otros opinamos, y saque a relucir los respectivos recortes de la época, publicados en la página de Discos del Heraldo, y que cada cual saque sus conclusiones. Ahí van para gozo sobre todo –imagino- de la parroquia punky.

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Chicas ruidosas, psicodélicas, guerreras: Beaches

Rascando en la neo psicodelia, el space-rock y el indie de los noventa, o por concretar más, sacando a colación ecos de grupos como Bardo Pond, Naam e incluso Tame Impala, Breeders, Yo La Tengo, Pavement…, y evocando a la Velvet de los momentos más chirriantes, Beaches (nada que ver con The Beaches, que son otras) fabrican una clase de rock con resonancias conocidas pero no menos curiosas y sorprendentes.

Lo primero es su composición, exclusivamente chicas, lo que le da una singularidad especial, por la escasez de grupos exclusivamente femeninos en relación con los masculinos, y lo segundo su decantamiento por géneros como los citados, algo tampoco común. Añadir que el quinteto proceda de Australia y que retoce en la psicodelia, ya sería, evidentemente, a poco que se conozca el paño ‘aussie’, menos sorpresa: en las antípodas hay un granero de grupos inabordable y la neo psicodelia por allí, con nombres actuales como Diagrams, Lowtide, Alex Jarvis Group, Fierce Mild, Hideous Towns, The Citradels, Willow Darling, Mosaicz, Parading, Contrast o los ya internacionales y renombrados Tampe Impala, es exhaustiva.

Vienen de Melbourne y acaban de editar su tercer álbum, ‘Second Of Spring’, que, presa de la incontinencia, se ha alargado hasta el formato doble, con 17 canciones entre los tres y los ocho minutos. Más de hora y media de rock transgénico, sí, inyectado con genes de otras especies, que a fin de cuentas eso es básicamente el rock y la música en general, pero no por ello menos interesante y nutritivo. Rock sobre todo instrumental, con un trío de guitarras en primera fila incrustando persistentes riffs y distorsiones sobre colchones densos de fondo, más obviamente la correspondiente sección de ritmo -a saber, Antonia Sellbach, Alison Bolger y Ali McCann al mando de las guitarras y las voces, Gill Tucker, bajista y voz, y Karla Way, batería y también voz- que edifican un sólido muro de sonido, en el que la labor de las guitarras tanto rítmicas como las solistas (grandes intervenciones) es más que sobresaliente, vamos, de gente que sabe donde pisa, poco amateurismo. Por algo llevan juntas desde 2007, antes habían engordado su hoja de servicios en grupos diversos de la zona y este tercer disco les ha costado cuatro años manufacturarlo.

Vienen a la memoria, al escuchar este disco, algunos grupos ya citados antes y otros más, tal que Yo La Tengo (‘Painful’, of course, por aquello de las voces femeninas), Pavement, Earth, The Black Angels, Jacco Gardner, Wooden Shjips, The Brian Jonestown Massacre…, y cómo no, la Velvet. No es mal asiento.

Otro plus: las cinco, cuando intervienen, que no es mucho al ser un disco más instrumental que otra cosa, cantan, empastando las voces en plan coral, lo que hace que parezcan voces angelicales cayendo delicadamente desde los cielos a través de una cortina de hierro. Tampoco es mala idea. Quizá sí lo sea la longitud del disco, que al final acaba degastando la propuesta, aunque en los temas finales no haya una descarada reiteración de la fórmula sino al contrario. Pero en estos casos, cuando el cansancio asoma, la solución es bien sencilla, más en tiempos de Spotify: se para el reproductor, y aire.

Y más sorpresas: su catálogo de gustos musicales va desde los Bee Gees de ‘To Whom It May Concern’ a clásicos como Lee Hazlewood (el arquitecto de Nancy Sinatra), Chris Montez, Townes Van Zant, Bobby Gentry, Yoko Ono, Donovan, Zombies, Breeders, Bangles, Shocking Blue, Lou Reed, Neil Young, The Shangri-Las, Banarama y…, sí, ¡Demis Roussos!, amén de otros desconocidos como Vashti Bunyan, Terry, King Yung Mi, Scot & Charlene’s Wedding o Total Control. Nada que ver en absoluto, salvo Breeders o Total Control, con lo que ellas hacen.

La pena es que no encuentro directos suyos en Internet para ver cómo se las tienen en esa prueba de fuego que es el escenario, mas queda el consuelo de recurrir en Spotify a sus dos álbumes anteriores, que aunque no están a la altura de este tercero, dan la medida de estas australianas ruidosas, psicodélicas y, valga el tópico, guerreras.

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Las ideas del Verano del Amor, pese a su entierro inmediato, perviven

Tal y como anunciaba hace unas semanas, al hacerme eco del Verano del Amor de hace 50 años, vuelvo sobre él y sobre su final. El estío climatológico se acabó oficialmente, en efecto, el mes de septiembre, pero el hippie, en su espíritu más puro e iconoclasta, lo hizo en octubre de hace medio siglo; en concreto, el día 7 de aquel mes del 67 en que los ‘diggers’ oficiaron las exequias del movimiento y anunciaron el nacimiento de otro nuevo, The Brotherhood Of Freemen, bautizado por la prensa como ‘freebie’, que realmente no tuvo mucho eco. Fue la puntilla al sueño puramente químico de unos idealistas, ¿o activistas?, que soñaron un mundo sin guerras, fraternal, desalienado, contestatario, anticapitalista, utópico, anárquico.

Como recordaba recientemente Jaime Gonzalo, a propósito de la edición en España del libro ‘Una vida vivida a tumba abierta’, el mayor cerebro en la sombra de los ‘diggers’ fue Emmett Grogan, alias Ringolevio, “el más insobornable tumor crítico que le creció a la Contracultura desde dentro”, un exyonki que odiaba la notoriedad y que planificó una sociedad gratuita, con acceso libre a la medicina, la comida o la ropa, y, como añade Gonzalo, “la restauración del pan integral, el establecimiento de las comunas, el retorno a la naturaleza y la celebración de solsticios y equinoccios”. El naciente hippismo era el mejor vehículo transmisor para implantar aquellas ideas, pero estas no tardaron en irse al garete, al menos en un primer momento.

Efectos de la acción: la contrarreacción involuntaria. Inconscientemente, los ‘diggers’ colaboraron en la transformación del ideario hippy en un circo mediático: atrajeron a los medios y vendieron utopías, con lo que San Francisco se llenó de jóvenes que, al son de Scott Mckenzie, se pusieron una flor en el pelo y emigraron al lejano Oeste pensando que allí se había instalado una nueva Arcadia de sexo, drogas, paz y diversión.

Pronto se encontraron con el anverso de aquel sueño: Ronald Reagan, gobernador entonces de California, con sus métodos contundentes, domesticó de inmediato a toda aquella manada de estudiantes indómitos; la policía, amparándose en las demandas paternas, devolvió a decenas de ‘runaways’ (chicas jóvenes fugadas) a sus casas, desmantelando casi la totalidad de comunas creadas en torno a la bahía; se prohibió el LSD; las asociaciones estudiantiles, agrupadas bajo el Free Speech Movement, sufrieron la clausura de sus locales universitarios; las redadas por parques y espacios juveniles se multiplicaron; muchos jóvenes, más curiosos que ideologizados, que acudieron a la llamada hippy como si de un imantador anuncio de televisión se tratara, constataron que el paraíso prometido era más ficción que realidad e hicieron rápidamente el petate y se largaron; las grandes discográficas llenaron de talonarios el mundo del rock, absorbiendo a toda aquella pléyade de nuevos grupos al mundo capitalista: la Jefferson, sin ir más lejos, recibió un cheque de 25.000 dólares como anticipo de su primer LP…

Los ‘diggers’ vieron cómo sus ideales puros e iniciáticos fueron evaporándose poco a poco, convirtiéndose en pasto de termiteras cuando no en sueños estratosféricos, de manera que en el mundo hippy se instaló el mismo detritus que ellos quisieron rechazar. De esta manera, la buena conciencia americana quedó repentinamente salvada gracias al papel de algunos potentes medios, en especial de la revista Life que vendió a la burguesía americana una estampa turística del hippismo, reduciendo el fenómeno contestatario a la apariencia de una simple-crisis-moral-de-la-juventud. Con los años, muchos de aquellos hippies acabaron en yuppies. Y Woodstock, aun emblematizado como la exaltación del movimiento hippy, fue su mayor estampa turística, engrasada por el marketing.

¿Pero murió definitivamente el hippismo? En lo musical, drásticamente, sí. En los ochenta un pelo largo, un punteo, un largo solo de guitarra, eran atentados estéticos y hasta morales contra el tiempo y la moda. Espiritualmente, sin embargo, el hippismo, ante el desprecio de la derecha y el mal ojo de los bienpensantes, siguió y sigue estando vivo, especialmente en este siglo, reactivado por los movimientos alternativos y ecologistas.

Nunca se ha estado más cerca del rearme ideológico, partiendo de cero, que predicaron Borroughs y Alex Tracci e incluso de la estrategia que propuso Zappa, al darse cuenta de que la sociedad norteamericana era un gigantesco Leviatán que lo absorbía todo, de utilizar silenciosamente los medios, algo que ahora ha encontrado su mejor caldo de cultivo con las redes sociales. Por no olvidar aquella contundente declaración de aquel mito no precisamente hippy inmaculado pero sí coetáneo y revoltoso, Jim Morrison, alentando, seguramente que de manera inconsciente, más como pose provocadora que real, pero lanzada al tablero convulso de aquellos años: “Somos políticos eróticos que nos interesamos por todo lo que se refiere a la rebelión, al desorden, al caos y a la actividad que parece carecer de sentido”. ¿No están estas palabras incrustadas, sin ir más lejos, en activistas antisistema de este siglo como las CUP?

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Las proyecciones internacionales de la música aragonesa: Héroes del Silencio, Bunbury y Amaral

Concurso municipal de pop-rock del 82, gira latinoamericana de 2007. Dos momentos y dos fechas significativas en la trayectoria de Héroes del Silencio y por ende de Bunbury. Otras dos fechas señaladas: 1991, una jovencísima Amaral asoma su cara por vez primera en un escenario con el grupo Bandera Blanca, tocando la batería, tras haber cantado unos meses en Lluvia Ácida; 2006, esa misma joven encandila al público que atesta uno de los icónicos teatros de Latinoamérica, el Gran Rex de Buenos Aires. Entre unas y otras fechas, un puente transoceánico, impensable.

En el 82, Zaragoza era una ciudad musicalmente cutre, sin grupos y con ideas musicales obsoletas, pero en el concurso municipal ya estaban Bunbury y Valdivia. ¿Quién podía apostar en el 91 por aquella inexperta batería? ”Me hacía daño en las piernas y en las manos porque no sabía tocar”, me confiesa ahora Eva. Y también por los nervios y la incertidumbre. Ni en sueños podía imaginar su brillante futuro. Su camino aún estaba en negro.

Mas, increíblemente, Héroes, Bunbury y Amaral explotaron, tendiendo un puente oceánico larguísimo desde Zaragoza a Latinoamérica e incluso Estados Unidos y Europa. Desde entonces, ser de Zaragoza imprime carácter en lo musical y casi en lo social. Un orgullo que saco a relucir, a raíz de la petición de mis colegas del Heraldo con motivo de las pasadas fiestas del Pilar, en un breve texto para el canónico extraordinario del periódico en estas fechas y que aquí amplío.

No ha sido fácil, claro, alcanzar proyección internacional, y más cultivando la excelencia. Tras Héroes, Bunbury se revolvió contra sí mismo e incluso contra sus propios camaradas. “No estoy dispuesto a tocar heavy metal o a ser parte de unos Rolling Stones latinos”, vino a decir sarcásticamente. Así que buscó su propio camino, incluso estando todavía en Héroes. No fue poco el estupor que Juan sintió cuando un día, en la gira final de los USA, que acabó como el rosario de la aurora, se lo encontró en un estudio probando canciones en solitario, al margen del grupo (lo cuento en mi libro sobre ellos).

Bunbury estaba escudriñando direcciones para su nuevo camino. ¿Un Nick Cave a la española? ¿Un crooner moderno a lo Elvis? ¿Un rockero no heavy, pero sí duro, al modo de lo que entonces estaban proponiendo, por ejemplo, Pearl Jam con sus rocosos tres primeros elepés? Sugerencias factibles que uno mismo incluso le sugirió. Finalmente escogió el tecno. Lo que fuese con tal de romper con el pasado en Héroes. ‘Radical sonora’, título elegido con mucha intención, mostró la mutación estilística tanto en lo musical como en lo físico. Funcionó a medio gas.

Cambió de registro, la búsqueda le llevó a otro camino inaudito, al arábigo latino-mediterráneo. ¡Eureka! ‘Pequeño’ lo elevó a la cima en solitario. Extraordinario y distintivo disco, insólito en el panorama del rock nacional. Bunbury no solo tuvo coraje e inventiva para hacer un gran disco y cambiar de piel sino también para sacar de la nada y en la propia Zaragoza una banda tan original como competente y arriesgada, el Huracán Ambulante. Con ‘Flamingos’ echó los cimientos de una carrera que aún la sostiene, pese a sus endebleces posteriores, iniciadas básicamente con el fallido ‘El viaje a ninguna parte’.

En 2007 volvió con Héroes, no para curar heridas, como cínicamente afirmó, heridas que lejos de curar se abrieron más hasta el punto de casi acabar en los juzgados, sino para salir adelante económicamente. Un millón de euros por barba, se asegura, fue el trato acordado en una reunión mantenida en el chalet de su mánager, Nacho Royo. Mala forma de curar heridas personales con mánagers al lado y las billeteras abiertas. Así de mal salió luego la reconciliación. Heridas emocionales y afectos no se curan con dinero, es su peor enemigo. Ver a los cuatro, en el DVD de la gira, en camerinos individuales y cada cual organizando su vida, familias incluidas, a su aire, delataba que algo no iba bien, o no se había planificado de forma adecuada, que la argamasa emocional era más ficción que realidad, más crematística que afectiva. Los líos habidos a posteriori, a raíz de unas acciones oscuras y de unos pagos insatisfactorios para la terna Juan-Pedro-Joaquín, terminaron por dinamitar la pretendida cura de heridas y hasta una posible reunificación del grupo, como tantos fans deseaban.

Y es que Bunbury estaba en otra cosa: en su carrera en solitario, única y exclusivamente. Después, llegó una hilera de discos aceptables pero sin la singularidad de ‘Pequeño’. A Los Santos Inocentes, una banda eficaz pero tópica y sin la punta de originalidad del Huracán, uno diría que impropia de ese Bunbury inquieto e innovador que hasta entonces se había visto, les compete buena parte de esa culpa, aunque la proyección de su jefe allende los mares siga siendo indestructible.

Amaral ha tendido ese puente de forma más calibrada. Eva y Juan son dos obcecados obreros de la música. Rumian sus discos con parsimonia vacuna, les cuesta darles luz verde hasta que no los ven maduros y nuevos. Hay quien piensa y oye ‘la misma canción’ en esos discos, pero en sus siete álbumes de estudio existe un trabajo constante y laborioso para ofrecer algo no solo digno sino distinto a lo anterior. Eva compone e inventa versos magistrales mientras sus pulmones exhalan registros que ni ella misma puede imaginar. Y Juan trastea y trastea con la guitarra en busca de nuevos sonidos, cuando no contacta con profesionales e ingenieros del mundillo en busca de esos sonidos y de esas nuevas afinaciones.

“Después de la primera fase de la gira –me cuenta, a raíz de hacerle en privado una impertinente observación de que nunca Amaral ha sonado como un grupo de rock en toda regla, sin las guitarras expansivas, por ejemplo, de un Neil Young en ‘Weld’, la sustancia de unos Clash, la intensidad sonora del Springsteen rockero o el vulcanismo de Oasis- contacté con gente en los USA que trabajan fabricando equipos a la medida de gente como Gilmour y guitarristas de ese calibre. Cambiamos un montón de cosas, abrí las guitarras en estéreo y pasé horas y horas estudiando cómo hacían algunos técnicos las configuraciones sonoras de los guitarras de bandas enormes. No es una cuestión que dependa de lo que tus dedos hacen si no de cómo llega eso al público en una gran ‘venue’. Han sido horas y horas de trabajo, de leer material en inglés, de investigar. Una vez llegué a una serie de conclusiones y en el estudio conseguí ese poderío (con una sola guitarra), añadimos la guitarra de Eva, que tiene una muñeca increíble, heredada de su época de batería. A partir de ahí, introdujimos de nuevo a la banda y empezamos a revisar todo. Las cosas no llegan nunca por casualidad. Primero has de sentirlas, luego oírlas en tu cabeza y después perseguirlas. Ahora sé que estamos en el camino, mirando a lo que haremos en el futuro y pensando que es el momento de grabar en directo”. Es lo que van a hacer de nuevo el próximo día 29 de este mes en un repleto expalacio de los deportes de Madrid.

Unos chicos de barrio de la ‘Zaragoza gusanera’, que diría Labordeta, han tocado las estrellas. Su éxito ha proyectado a Zaragoza no solo al cielo nacional sino también al internacional, a la vez, cosa no menos importante, que ha tranquilizado a sus respectivas familias. El padre de Eva se fue feliz al otro mundo cuando apenas unos días antes de su último suspiro vio una página completa en el Heraldo con el titular ‘Ha nacido una estrella’, aviso de los días de gloria que le esperaban a su hija, aviso cumplido holgadamente.

Ellos, Héroes, Bunbury y Amaral, con sus grandes proyecciones nacionales e internacionales, siguiendo a Follett, son los tres pilares de la tierra, básicamente han construido la catedral sonora de Zaragoza, aquí y fuera.

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Patético pregón de fiestas

Qué cosa más patética he podido ver y escuchar esta tarde-noche en el balcón del Ayuntamiento, abriendo las fiestas del Pilar 2017. Un individuo que se ha autocalificado como ‘músico y artista’ ha soltado una perorata, con folio de por medio -cosa rara siendo la verborrea y la rima sus armas- llena de tópicos y espíritu de campamento boy scout, una función escolar de una ramplonería sonrojante, acompasada por dos acólitos dando saltitos y jaleando, o sea, el nefasto alcalde Santisteve y su escudero Rivarés. Ya son mayorcitos para papel tan adolescente, incluido el pregonero rapero que ya está talludito, pasado de años para encarnar roles subversivos que nacieron de manos muy jóvenes en los guetos negros americanos, precisamente para resoplar contra el sistema, no para actuar de ‘cheerleader’ suyo, como hace el pregonero. ¡Qué descuadre generacional! ¡Qué falta de decoro y cuánta vulgaridad! Jamás unas fiestas del Pilar han podido iniciarse de forma tan cutre, han podido caer tan bajo.

La vulgaridad se ha comido este tiempo. La cultura se ha vuelto líquida, como escribió el fallecido Zygmunt Bauman; la civilización en mero y pobre espectáculo, como plasmó Vargas Llosa; la ligereza es la tendencia dominante en el espíritu de nuestra época, tal y como ha proclamado recientemente el filósofo francés Gilles Lipovetsky. No hay remedio. La música está perdida y maltratada desde hace años en las fiestas del Pilar, pero ahora todavía más. Esta labordetiana ‘Zaragoza gusanera’ tuvo tiempos muchísimo mejores pero poco a poco, con la puntilla podemita, se han ido por el sumidero. El preaviso de lo que se avecina en días pilaristas próximos no puede ser más simbólico.

Los nuevos regidores no solo no han cambiado nada sino que han empeorado lo anterior. Ellos que tanto llenan los carrillos con lo público siguen dejando en manos privadas el 90% de la música de las fiestas, y así tenemos unos pabellones llenos de fruslerías, con apenas grupos o artistas de talla; un Príncipe Felipe con un Sabina quizá como único bergantín a flote, y sobre todo con una plaza del Pilar convertida en foco de ruidos e inmundicia. ¡Qué forma de profanar, año tras año, un lugar tan solemne como el gran espacio que frontea el majestuoso templo de Herrera el Mozo y Ventura Rodríguez!

Algún día tiene que acabar esta pesadilla. No hay que resignarse a que el mal gusto y la zafiedad inunden plazas y escenarios y especialmente lugares tan augustos como la plaza del Pilar. Esta ciudad es menos vulgar de lo que quieren hacernos creer nuestros jerifaltes. En esta ciudad hay gente culta, sensata, que no traga con cualquier adefesio que le pongan delante. Es la práctica que impera en estos tiempos líquidos, ligeros, infumables, pero no por ello estamos obligados a resignarnos, a beber pócima tan venenosa. Seremos pocos, quizá, pero enteros y rocosos.

Habrá un día en que todos al levantar la vista veamos una tierra con decoro, sin populistas cutres, sin músicos gaznápiros, con artistas de fuste sirviendo fiesta, cultura y diversión, algo posible; sí, posible conjuntar estos tres vectores, pero que unos regidores zafios se han empeñado en zancadillear y tirar al barro. El demonio y las urnas se los lleven.

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Bunbury, hijo predilecto de Zaragoza. ¿Y Héroes del Silencio?

A través de las redes sociales y de la web change.org, Beatriz Valdivia, hermana del guitarrista de Héroes del Silencio Juan Valdivia, y también de Pedro y Gonzalo, que en un momento u otro han sido también Héroes, ha emprendido una recogida de firmas para que Bunbury no sea nombrado en solitario como hijo predilecto de Zaragoza en las próximas fiestas del Pilar de 2007 sino que lo sea en conjunto todo el grupo. Me he unido a la campaña estampando mi firma.

Me parece muy razonable la petición de Beatriz. ¡Bunbury no hubiera existido nunca sin Héroes! Tengo la completa certeza. Ya lo escribí hace tiempo: Valdivia y su primer grupo Zumo de Vidrio fue la placenta de Bunbury. Hubiera sido muy costoso, por no decir improbable, que sin un guitarrista como Juan al lado y desarrollándose como músico en Héroes, Bunbury, y más en aquella ‘Zaragoza gusanera’, que diría Labordeta, alejada de los centros neurálgicos del pop, como Madrid y Barcelona, hubiera logrado el éxito por sí mismo.

Por tanto, sin despreciar sus indiscutibles méritos en solitario, antes que a él habría que reconocer oficialmente al grupo, no solo dedicándole una calle, como ya se ha hecho, sino también con otras certificaciones institucionales como esta de hijos predilectos y las que sean necesarias. Luego, otro año, se podría reconocer al Bunbury en solitario. Sería lo acertado.

La elección de hijo predilecto por parte del ayuntamiento se hace de un modo un tanto peculiar: cada grupo político elige un nombre y a correr. No se hace por consenso ni unanimidad, sino por propuesta individual de los partidos con representación en el consistorio. Así que ahí tenemos varios ciudadanos elevados municipalmente a la categoría de insignes prohombres por el designio de un partido político. Es, una vez más, la absorción de la vida civil por la política. Una invasión venenosa.

En otras ocasiones se desvela quién ha propuesto a quién, pero en esta ocasión, al menos en la nota oficial, no aparece qué partido ha elegido a Bunbury, aunque supongo que se lo habrán comunicado y él asentido. ¿No producirá un cortocircuito mental el que le suba a uno a la peana un partido con el que no comulga? Probablemente, por lo que tanto Bunbury como los otros elegidos habrán dado su visto bueno si el partido que les ha propuesto es de su agrado. En cierta manera, una sibilina forma de obligar a los premiados a pronunciarse políticamente. Lo cual no deja de ser una trampa bien tendida.

En cualquier caso, me temo que el grupo que ha propuesto a Bunbury no hila muy fino. Dice la nota oficial del Ayuntamiento que, por cierto, yerra al decir que “comenzó su carrera artística en 1986 formando parte de Héroes de Silencio”, cuando en realidad lo hizo en 1984 y antes formó parte de un buen número de grupos, el primero más conocido Rebel Waltz, que “con esta distinción se reconoce a un artista que desde hace más de tres décadas es uno de los principales embajadores de una ciudad que siempre lleva en el corazón y que siempre tiene en cuenta a la hora de programar sus grandes giras internacionales”. Y añade: “Con este nombramiento, el Ayuntamiento quiere dar un reconocimiento a un hombre que nunca se ha olvidado de su pasado en Zaragoza y que desinteresadamente sitúa a la ciudad en el mapa internacional”.

Caray. Uno de los méritos es que el cantante incluya a Zaragoza en sus ‘grandes giras internacionales’. Vaya, vaya…, ni que esta ciudad fuera un suburbio mundial al que Bunbury tiene a bien venir condescendientemente (a los ojos del proponedor). Y otro: el Ayuntamiento reconoce “a un hombre que nunca se ha olvidado de su pasado en Zaragoza, a la que lleva en el corazón”. Caramba. ¿Sabe el proponedor que Bunbury vive bien lejos de la ciudad de sus amores, en Los Angeles concretamente, que tiene casa en Cádiz y que por aquí se le ve su pelo ensortijado de higos a brevas? ¿Cuándo y en qué ocasiones concretas ha hecho Bunbury encomio y bombo de su ciudad? ¿Cuándo, cómo, dónde y cuántas veces ha mostrado esos amores? Me lo expliquen los proponedores e infórmense un poquito antes de emitir burocráticas notas oficiales. Yo solo recuerdo la canción ‘Contradictorio’, pero remuévanme la memoria, plis.

De cualquier manera, me temo que como buenos rockeros hechos a sí mismos, sin oficialismos ni subvenciones de por medio y refractarios a los oropeles institucionales (que le pregunten a los Beatles), tanto a Bunbury como a los otros tres Héroes todo esto se la debe traer al pairo. Es un teatro politiquero más al que no se le debe hacer mucho caso ni ellos prestarse a ejercer de actores. En la política hay mucha fachada, mucho vampirismo oportunista. ¿Dónde estaba el Ayuntamiento cuando ellos necesitaban sus primeros apoyos? O por recordar viejos agravios: ¡cuántas trabas no puso el consistorio, entonces en manos del PSOE, para que actuase Héroes por vez primera en La Romareda, en el 91! Yo las recuerdo muy bien.

Hay muchas formas más edificantes y sólidas, para reconocer el mérito y la perdurabilidad de un artista, en este caso de un grupo sobresaliente que creó un estilo personal, abriendo un nuevo camino en el rock español desde Zaragoza, es decir, como ya manifestaban ellos mismos en el 91, haciendo de “embajadores de la ciudad”. La primera y fundamental, preservar su nombre para la historia; la segunda, difundir y cuidar su obra. Libros, publicaciones, discos, exposiciones, festivales, museos, monolitos, placas, estatuas…, y por supuesto una calle, son buenas herramientas para ello, mas hasta ahora la política municipal, de un signo o de otro, se ha reducido únicamente a dedicarles una oscura y escondida calle.

Con todo ello no resto el más mínimo mérito a la carrera en solitario de Bunbury, a su tenacidad e ingenio para escapar de las redes de un grupo rock muy determinado y convertirse en un solista nuevo y original que ha triunfado en España y Latinoamérica. Pero antes que él, existieron Héroes del Silencio, el vientre en el que se formó. ¿No hubiera sido lo propio reconocer primero al grupo -que aunque inactivo, sus componentes aún están vivos- y después a él. Hubiera sido un detalle elegante y justo por parte del consistorio. Tan razonable como la campaña emprendida por la hermana de los Valdivia. Por ello, he firmado el pliego de peticiones en change.org, que va camino ya de las mil rúbricas.

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Amaral e himnos pop futboleros

Sorprendente el himno que Amaral ha dedicado al equipo femenino del Real Zaragoza. Es la típica petición, como comentaba recientemente la misma Eva al querido Gabriel Sopeña en su programa de TV ‘Planeta Saturno’, que no se atiende, por tiempo y por salirse de los esquemas. Mas, aun estando enfrascados en la composición de nuevas canciones, en el final de gira y en los preparativos para la grabación en directo de un nuevo disco, a Eva y Juan se le revolucionaron las neuronas y aceptaron el reto.

Y han salido con un himno que lo mejor que tiene es que resulta una gran canción, con melodía, letra y arreglos fantásticos sobre cuerdas y programaciones, de manera que podría entrar perfectamente en uno de sus discos oficiales. Es decir, que se aleja del típico himno futbolero para cantar en estadios, aunque sin perder esa finalidad.

No es la primera vez, claro, que el pop se aparea con el fútbol. Los ingleses son campeones, desde hace muchos años, coreando estribillos de canciones famosas en los estadios. El más famoso, el ‘You’ll Never Walk Alone’, de Gerry And The Pacemakers, aunque no era obra del popular conjunto beat, sino de los compositores Rodgers y Hammerstein, que la escribieron en 1945 para el musical ‘Carousel’. El Borussia y el Celtic también se han apropiado de esta canción.

No impera el mal gusto. En Leicester se entona la popular ‘Mrs. Robinson’ de Simon & Garfunkel, y también la magistral ‘Sloop Jon B’, de Beach Boys. Los del Arsenal también la entonan. Oasis suena a través de ‘Wonderwall’ en el campo del Manchester City, del que los Gallagher son forofos. La clásica ‘Blue Moon’, que popularizaron desde Billy Eckstine hasta Ella Fitzgerald, The Marcels o el mismo Elvis, suena en ambos estadios de Manchester, y ‘Glad All Over’, de The Dave Clarke Five, en el del Crystal Palace. Depeche Mode tiene presencia en diversos estadios ingleses a través de su iniciático ‘Just Can’t Get Enough’, y Pet Shop Boys en el Emirates Stadium del Arsenal, con una transcripción del ‘Go West’ de Village People que ha derivado en ‘One-nil to the Arsenal’.

En muchas de estas piezas, los hooligans le cambian los estribillos para adaptarlos a situaciones y jugadores. El verso principal de la inolvidable ‘Lola’, de los Kinks, dedicada al jugador francés Shola Ameobi del Newcastle, se transforma en “He walked up to me and he asked me to dance / I asked him his name and in a geordie voice / He said Shola / Sshh-Sshh-Sshh-Sshh-Ohhhh-la.” Y en Manchester, insólitamente, ‘Love Will Tear Us Apart’, de Joy Division, se trasformó en un cántico de ánimo al centrocampista galés y jugador y entrenador del United, Ryan Giggs, adaptando el verso principal a “Giggs, Giggs will tear you apart again”. Y hasta el ‘Can’t Help Falling In Love’, de Elvis, se corea en diversos estadios y en diversas mutaciones, según convenga.

El catálogo matrimonial entre pop y fútbol es inmenso. ‘100 Hits Footbal’ recoge en cinco discos un centenar de grupos con canciones pop que se cantan en los estadios británicos sobre todo. The Farm, Embrace, Fatboy Slim, Wreckless Eric, The Monkeys, Simple Red, Maxïmo Park, Bloc Party, The Cribs, Moloko, Happy Mondays, Violent Femmes, The Lemonheads, Ramones o Echo & The Bunnymen son algunos de sus integrantes.

Si la nómina se estira a otros países o a jugadores concretos como Maradona (Calamaro, Mano Negra) o Samuel Eto’o (La Granja), a piezas con referencias futboleras (La Habitación Roja, ‘Nunca ganaremos el mundial’), a glosas conjuntas como aquel tan curioso como desconocido ‘Sueño merengue’ que grabaron Las Escarlatinas, con la misma hija de Miguel Ríos en sus filas, Lúa, para ensalzar los éxitos del Madrid galáctico de Zidan y Figo, y sobre todo a canciones adoptadas por organismos diversos para promocionar campeonatos u otros eventos varios, caso de ‘World In Motion’, de New Order, que el grupo británico compuso para el mundial de Italia del 90, ‘Song 2’, de Blur, que la FIFA utilizó para el mundial del 98, y especialmente la campeona de las campeonas, la machacadísima ‘We Are The Champions’, de Queen, que también la FIFA contrató para el mundial del 94, la lista, como digo, ya es absolutamente inabordable.

En España, por poner una pincelada final, el más logrado quizá sea el de Sabina, ‘Motivos de un sentimiento’, para el Atlético de Madrid en tanto que el más festivo fue el que El Arrebato hizo para el Sevilla en su centenario, al que su rival eterno, el Betis, no sin polémica de plagio por medio, respondió con ‘Al final de la palmera’, de Rafa González Serna, que sorprendentemente alcanzó el puesto número uno de discos más vendidos en 2006. En Zaragoza, Joaquín Carbonell se metió en lides balompédicas e hizo lo propio en 2009 con ‘Corazón de león’ para el equipo de la ciudad mientras que los componentes de Tachenko dejaron sus resonancias futboleras en ‘1986’, siguiendo su afición deportiva que obviamente comenzó por su mismo nombre baloncestístico.

Amaral han venido a engrosar este listado sin límite. No son, sin embargo, unos más: a mi entender es el himno más refinado y sensible que se haya compuesto nunca, con unas cuerdas que me traen a la memoria a la Penguin Café Orchestra. Como digo al inicio, una canción pop más que un himno, que debe preservarse con mimo en esa bodega de emotivas versiones del dúo maño, encabezadas por el dylaniano ‘A Hard Rain’s A-Gonna Fall’ y ‘Heroes’ de Bowie.

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The War On Drugs, rock de penumbra, de exploración interior

‘A Deeper Understanding’: Rock melódico, de penumbra, de viaje al mundo interior. Melodías diáfanas, de una pulcritud sangrante, dentro de instrumentaciones envolventes, con apoyo en los teclados, coros femeninos, tinturas de armónica o pedal steel y unas guitarras tan finas como creativas y punzantes. Es el disco de rock tranquilo de la temporada, de este otoño prematuro, que se despertó a finales de agosto con este trabajo melancólico y preciso, el cuarto de The War On Drugs, cuarteto formado en Philadelphia en 2005.

Comentaba en este blog en 2014, a propósito de su magnífico tercer álbum, ‘Lost In The Dream’, que Adam Granduciel y Kurt Vile eran dos apasionados seguidores de Dylan que un día se decidieron a ejecutar ellos mismos sus propias canciones, siguiendo los pasos de su ídolo pero sin mimetizarlo, sin engullirlo descaradamente hasta la indigestión, como daba buena cuenta su debut, ‘Wagonwheel Blues’ (2008).

Luego, Vile se marchó y el influjo dylaniano se evaporó hasta casi desaparecer, mostrando una cara más ochentera en el citado ‘Lost In The Dream’, con reminiscencias de The Cure, U2, Waterboys, Inmaculate Fools, The Alarm… y hasta el mismo Springsteen de aquella década (‘Lost In The Dream’). Fue el álbum que les dio la puntilla para darse a conocer mundialmente y recoger laureles y trabajo a mansalva.

Ahora, en esta nueva entrega, editada por la multinacional Atlantic, aflora de nuevo el espíritu dylaniano, aunque sea quizá más bien de forma anecdótica o como tributo a su mentor espiritual. Es el caso de un par de canciones: ‘Strangest Thing’ y sobre todo la canción de cierre,’You Don’t Have To Go’, con un deje vocal de Adam Granduciel muy cercano al del bardo de Minnesotta. También aflora de nuevo el anclaje con los ochenta nada más abrirse con la magnética ‘Up All Night’, evocando a Inmaculate Fool y House Of Love, a toda aquella gente con canciones de gran espesura instrumental y obcecados por la melodía. Incluso, salvando las distancias y sin hacer comparaciones odiosas, se reedita el ambiente de relajo y elegancia que ofrecía Roxy Music en aquel maravilloso ‘Avalon’. Y también anda por ahí de nuevo el espectro del Springsteen de ‘Dancing In The Dark’ y ‘I’m On Fire’, que aquí los Drugs despiertan y refunden vía ‘In Chains’…

Pero la pieza más significativa y vaporosa, la más sorprendente, es ‘Thinking Of A Place’, un single de ¡once minutos!, once minutos que dirían reiterativamente los taurinos, que editaron para el Record Store Day y que rescatan en este disco como su piedra angular. Suena en el fondo a mucho conocido, desde Pink Floyd a Steely Dan, Dire Straits o Roxy Music si se quiere, pero a nada se parece, tiene su personalidad y encanto propio, que es uno de los logros del cuarteto: echar la vista atrás pero sin clonar descaradamente, torpemente.

Aunque a buen seguro habrá quien tilde este tipo de pop-rock de siraposo y dulzón, de blando como la mantequilla, para quienes amamos la elegancia, el buen gusto, el perfeccionismo, la belleza, el hedonismo… esta es la mejor medicina que se nos puede suministrar para alisar la piel y las neuronas. Música de hoy pero, como la de coetáneos suyos del tipo Fleet Foxes, Bon Iver o Father John Misty, con la pátina del pasado. Probad, probad…

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Diluvio otoñal de discos

“Ya no hay discos”, dijo hace unas noches un indocumentado en el programa cultural de La 2 de TVE. ¿Que no hay discos? La crisis ha derrumbado a las multinacionales, ha cambiado el modelo de consumo musical, a la televisión nacional, salvo para enjuagues raros en connivencia con la SGAE, la música pop y la no pop le suena a chino mandarín, no existe, vamos. Todo lo que se quiera, pero uno vuelve con la cantinela de años atrás: pese a esta catástrofe que ha dado la vuelta a la industria musical pero no la ha destruido, ahora se editan más discos que nunca. El diluvio discográfico, no ya en formato digital sino en físico, es decir en CD y vinilo, es tan torrencial que hay que ponerse a buen recaudo o tirarse de los pelos por la imposibilidad de defenderse de él, dicho sea en plata, de la imposibilidad de abarcar todo lo que se publica para desesperación personal. Y es que entre los restos de las multinacionales, las autoproducciones y especialmente el trabajo ingente e imparable de los pequeños sellos independientes el panorama discográfico goza de una salud de hierro. Otra cosa es la calidad, los contenidos, pero ese es otro cantar o tocar.

Así que el otoño va ser tan pródigo como las setas que crecen en esta época. No es mi intención hacer una exhausta revisión de lo que viene o de lo que incluso va a venir, sino simplemente hacer un breve muestreo de los discos en los que uno personalmente piensa detenerse en fechas próximas o en las mismas actuales con los elepés que esperan o los que ya se han publicado en estos primeros días de septiembre. Un diluvio, ya digo.

La división de las viejas glorias sigue tan activa como siempre. Dos esenciales por aquello de su veteranía mayor y sus significancia: Beatles y Rolling. Los primeros tienen de nuevo en el mercado toda su discografía en vinilo, pero en 180 gramos, algo que no está mal, especialmente para las nuevas generaciones. Lo bueno es que se han publicado los discos ordinarios pero también otros extraordinarios que nunca, que uno sepa, y excusas si patino, vieron la luz en vinilo, caso de los ‘Past Masters’, los ‘Anthology’ o los Live de la BBC. Con libretos, se dice, autorizados y enjundiosos, los edita Planeta de Agostini desde el pasado día 8 de este mes a razón de uno por quincena y en quioscos. Las viejas generaciones también tienen donde picar: seguro que alguno se les pasó en su momento. Los Rolling vuelven, es un decir, con la reedición del psicodélico ‘Their Satanic Majesties Request’, en lujosa edición, y con un gran recopilatorio navideño, estando al caer otro nuevo, no se sabe si en la línea bluesera de ‘Blue & Lonsome’, pero sí con el entusiasmo con que hicieron este último disco. Jagger y cía, al parecer, le han vuelto a pillar gusto al estudio.

Neil Young recupera un disco acústico de 1976 con el título de ‘Hitchhiker’, un ‘disco perdido’, con piezas inéditas y otras que salieron en eléctrico en ediciones muy posteriores, caso de la poderosa ‘Powderfinger’. David Gilmour regresa a Pompeya pero sin Pink Floyd, sino en solitario, con su banda actual: allí grabó un DVD que anuncian poderoso. Aunque para poderoso el de Van Morrison, al menos por lo que sugiere la portada, con una escena de boxeo matadora. Su nuevo álbum se llama ‘Roll With The Punches’. Y otras viejas glorias que apuntar en la agenda: Ringo Starr, Gregg Allman, Deep Purple, Duanne Eddy, Sparks, Robert Plant, Cat Stevens o la misma Carol King que se fue a dar un voltio al londinense Hyde Park y, mire por dónde, de camino, ante 60.000 personas, reinterpretó enterito su glorioso ‘Tapestry’. Ah, y que no quede en el tintero el retorno de Flamin’ Groovies a los discos al cabo de 23 años o los mismos Bravos españoles que resucitan internacionalmente, vía RPM, con una extensa recopilación de 60 canciones en doble CD titulada de forma obvia ‘Black Is Black’. Ya se ve cómo de bullicioso está el patio yayo.

Ochenteros al cuadrilátero: Waterboys con un doble de 34 canciones,‘Out Of All This Blue’, en el que Mike Scott mete la pala, ¡glup!, en el funk y ¡hasta en el hip hop y el rap! (renovarse o suicidarse); Dream Syndicate resucita al cabo de una porrada de años con ‘How Did I Find Myself Here?; Orchestral Manoeuvres In The Dark, a la chita callando, siguen activos ante los sintetizadores y grabando: el turno es ahora para ‘The Punishment Of Luxury’. Y, cómo no, los inefables y poderosos U2 que al fin editan el disco que en principio se creía, o eso anunciaron, la segunda parte de ‘Songs Of Innocence’. Se titula ‘Songs Of Experience’, con adelanto ya del single ‘You Are The Best Thing About Me’. Confiemos en que su previsibilidad y hasta su anodina melodía quede superada por el resto de canciones del álbum.

También los noventeros asoman la patita. El más insigne: Liam Gallagher. Tiene a punto ‘For What Is Worth’ ya a nombre propio, sin Beady Eye, y parece una simple esquirla de Oasis. Veremos. Weezer también anuncia nuevo material: ‘Pacific Daydream’. Y Foo Fighters acaban de presentar en directo en España su décimo trabajo después de que se derrumbara Nirvana: ‘Concrete And Gold’. No olvido a la exuberante y desafiante Shania Twain y ‘Now’, tras quince años sin material nuevo. Y en otro terreno bien distinto, el historicismo jazzístico del pianista Vijay Iyer, con su quinto álbum, ‘Far From Over’, para ECM y su ejercicio sobre el sonido del Miles Davis de los sesenta o el Herbie Hancock de ‘Mwandishi’.

Entremos en el nuevo milenio. La ex primera dama francesa, Carla Bruni, regresa con su estilo intimista y un curioso disco, ‘French Touch’, de versiones de lo más dispares, desde los Rolling a Depeche Mode, Lou Reed, Abba o AC/DC. Casi nada. Ya le están dando sopapos por todos lados. Lo contrario, tanto del intimismo y los sopapos a la Bruni, de Queens Of The Stone Age, cuyo nuevo disco, ‘Villains’, está recogiendo opiniones muy positivas. Y lo mismo ‘America Dream’, y el ‘dance rock’ de LCD Soundsystem, el peculiar intimismo folk de Iron & Wine o la neopsicodelia de The Oh Sees y su ‘Orc’, aunque para psicodelia rockera atención al debut de Faith Healer con ‘Try’ o al tercer álbum de Beaches, ‘Second Of Spring’.
También atractivo es el nuevo disco de The Pains Of Being Pure, titulado ‘Echo Of Pleasure’, las trece versiones de Dylan que se ha marcado Jon Osborne en ‘Songs Of Dylan’, el consustancial retorcimiento de Tori Amos en ‘Native Invader’ o el enigmático melodismo de The National en ‘Sleep Well Beast’. También la asociación del ex REM Peter Buck con la cantante y guitarrista de Sleater Kinney, Corine Tucker en Filthy Friends y su debut, ‘Invitation’, o la propuesta del cantautor británico Nick Mulvey en ‘Wake Up Now’, uniendo folk, pop, africanismo y hasta raíces hispanas para poner sobre la mesa el gran problema de los refugiados. Mas el gran premio de la temporada, una vez más, al menos en mi devocionario particular, se lo va a llevar The War On Drugs y su ‘A Deeper Understanding’. Sugestivo.

Y finalmente, territorio aragonés aunque con proyección internacional: Bunbury y Amaral. El primero publicará en octubre ‘Expectativas’ del que ya han avanzado dos piezas, una de ellas sorprendente por no decir vampírica. ¿El ‘Rock’n’roll’ de Gary Glitter o el eco de T. Rex? Pues ahí está bien evidente en ‘La actitud correcta’. Por su parte, Amaral grabará a finales de octubre en Madrid un disco en directo que saldrá hacia Navidades. Eva y Juan, con su nueva banda, quieren recoger el sonido ‘cañón’, que dicen haber logrado en su última gira. Y detrás, todo un tropel de autoediciones locales y regionales que la mayoría de las veces se quedan en ‘petit comité’, entre amigos y familiares, pero que ahí están engrosando todo el diluvio de grabaciones que cae sobre el mundo mundial. ¿Qué no hay discos? Este otoño se verá.

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Adiós al verano del amor… de hace cincuenta años

El tiempo cronológico y hasta el meteorológico anuncian el final del verano de 2017, de este verano musicalmente insulso, olvidable y amorfo, sin discos espectaculares ni canciones recordables, al menos en mi caso, que habrá quien haya llenado la mochila con más tino y caudal que un servidor. Mucho menos, un verano sin agitación juvenil y movimientos de liberación aún perdurables.

No fue así hace cincuenta años. En su hermoso y privilegiado libro, ‘El verano del amor’, George Martin escribe: “Cómodamente respaldados por un clima de prosperidad y un nivel de desempleo prácticamente nulo, la gente joven tenía el lugar, el tiempo y los ingresos para permitirse experimentar sin límites con la persona. Y si no podías hacerlo en plena calle, podías hacerlo en el mundo de la contracultura, alimentado por el combustible de las drogas, el sexo, la filosofía oriental y la música rock”. El insigne productor de los Beatles describía de esta manera el paisaje juvenil que en el verano de 1967 se vivía en San Francisco, cuna de la psicodelia y el hippismo, y con los Beatles y su reciente ‘Sgt. Pepper’ –venía a decir él- como mascarón de proa.

Un verano ciertamente fecundo y socialmente revolucionario, aunque por estos pagos –vivíamos, ay, en la reserva espiritual de occidente- no se respirase aún (llegaría luego) la más mínima brizna de aquella revolución que se dio en llamar hippismo. Tiempos de utopías y transformaciones sociales que cambiaron el mundo y aún pendulean sobre él. ¡Casi nada comparado con este vacuo verano que se va y del que para cientos de miles de jóvenes del mundo lo que más presente quedará en su memoria musical, y no sé si vital (bufff), serán los acordes de una innombrable cancionceja reggaetonera que cual virus infecto ha envenenado playas, radios y fiestas discotequeras!

Mario Maffi, en su ensayo sobre la cultura underground, señala que el escenario de la música pop en aquellos años finales de la década de los sesenta fue el escenario de la rebelión, con las mismas características que marcaron el escenario político: anarquismo, rebelión cotidiana, autodestrucción, exaltación del placer, mitología, virulencia, fraternidad de los débiles, agitación, frenesí, inconformismo… Un escenario con unos nuevos centauros que, como afirmaría uno de los grandes estudiosos del fenómeno contracultural, Theodore Rozack, arremetieron contra el templo de Apolo e hicieron saltar en astillas todos los convencionalismos de una época de máxima pasividad adulta en la que los viejos –por miedo y acomodamiento- habían perdido el control de las instituciones políticas y los jóvenes –por la peligrosidad de la incertidumbre y la guerra fría- vivían con la amenaza de verse un día tomando un baño de napalm en Vietnam o sepultados por una tormenta de misiles nucleares, si no, más a pie de calle, sometidos a los preceptos moralizantes y estrictos de padres, familias y profesores. Contra todo aquel tanque de opresión, nació el hippismo, aquel sonoro latigazo, envuelto en olores a pachuli y marihuana y consignas de paz y amor, contra la sociedad establecida.

Permitan la fotografía que en el libro ‘Zaragoza60’s’ hice en 2016 de aquella floración contracultural:
“Este nuevo frente juvenil irrumpía en el mundo armado de consignas contra la guerra y el sistema establecido y de defensas públicas hasta entonces impensables y nunca vistas: el amor libre, las drogas, la revolución sexual, los anticonceptivos, el feminismo, la comuna, la rotura del concepto tradicional de familia, la fraternidad universal… Entre olor a pachuli, posters de Jimi Hendrix y canciones mesiánicas de Los Beatles o la Jefferson Airplane, los chicos se dejaron unas barbas y unos pelos de kilómetro, se horadaron las orejas con pendientes, se calzaron chancletas y se cubrieron con vaqueros raídos y chalecos pintados de flores y símbolos pacifistas. Ellas se colocaron flores en el pelo y descubrieron sus cuerpos, tirando al río el vallado de fajas y sostenes que oprimieron –en todos los sentidos- a las generaciones pasadas. Lo ascético del hippismo consistía en bañarse en mugre y barro, y el placer supremo hacer el amor a cualquier hora, en comuna o en dormitorios destartalados bajo la foto de unos Beatles barbudos o del Che Guevara. Algunas quinceañeras, las llamadas ‘runaways’, se escapaban de casa en busca de aquella nueva tarta de libertades que les ofrecía el hippismo. El viejo mundo de convenciones sociales y sumisión paterna se desplomaba definitivamente para siempre. Fue una revolución social atípica y nueva, sin armas, en silencio mediático y mucho trasfondo musical. El rock ha cambiado el mundo más de lo que lo recogen las enciclopedias y los mismos sesudos tratados sociológicos”.

Esto fue lo que trajo aquel verano que hace medio siglo excitó a la gente joven en San Francisco y cuya semilla voló, como esporas agitadas por el viento de la rebelión, lo mismo al Quartier Latin de París que a las escaleras de la Trinitá dei Monti. El famoso decálogo de Farson no llegó a realizarse pero lo cierto es que el hippismo no fue producto insustancial de la fantasía, vómito de la imaginación y el ensueño, sino algo, aunque breve (con la venia, ya dedicaré otra entrada a su incubación y muerte súbita) totalmente tangible e influyente que no solo cambió los modos de vida de miles de jóvenes de aquel verano y posteriores sino que dejó como poso musical un género tan reverencial hoy mismo como la psicodelia y una pléyade de grupos de rock míticos, desde la Jefferson Airplane a los Grateful Dead, Moby Grape, Country Joe & The Fish, Quicksilver Messenger Service y tantos y tantos otros, incluso los no adheridos al movimiento pero sacralizados entonces, como The Doors, los Byrds, Zappa, Fugs o Love, por no olvidar a grandes como Hendrix o Janis Joplin.

No me digan que aquello no eran veranos musicales y sociales con miga y no el amorfismo que nos rodea, estos dos meses estivales que se van sin pena ni gloria musical ni social, salvo que alguien tenga argumentos en contra que serán bien recibidos… Por cierto, un par o tres de discos para acompañar (si hay paciencia) la lectura de este texto o meterse en aguas rockeras de época, o sea, en aquel mismo 1967: ‘Surrealistic Pillow’, de Jefferson Airplane, ‘Grateful Dead’, de los idem, y ‘Moby Grape’ también de los idem.

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Radiohead: 20 años de un disco crucial de los 90, ‘OK Computer’

El tiempo del indie más novedoso, primigenio y percutante, el de los primeros noventa, ya se estaba extinguiendo, si no lo había hecho ya. Y en estas, Radiohead, que había sorprendido con ‘Pablo Honey (1993) y ‘The Bends’ (1995), y sí, con su famosos y pegadizo ‘Creep’, se descolgó en junio de 1997 con un disco fuera de su ámbito sonoro, inesperado y hasta revolucionario. Con el tiempo se convirtió en uno de los discos señeros de los 90, si no el que más: con él se pegó carpetazo al brit-pop, o dicho a lo bruto, como alguien ha opinado, “el disco enterró al grunge y asesinó al britpop” y con él, junto a otros discos, se abrió la puerta al electro-pop y a grupos como Coldplay, Placebo, Travis, Elbow, Muse y toda la estirpe mustia. No fue moco de pavo el eco de su estallido.

Luego, ya se sabe, entre pitos y palmas, el grupo británico se lanzó por los caminos de la experimentación sin límites y más dura, con momentos absolutamente intragables (tengo pendiente un esfuerzo para ver si un día digiero cosas como “Kid A”, “Amnesiac” o “The King Of Limbs”). Y haciendo de chicos malos, en un tiempo en que ya empezaba a estar todo perdido para las grandes discográficas, iniciaron una campaña para desacralizar el disco y arrancarlo de las fauces comerciales de la industria: en 2007 regalaban ‘In Raibows’ vía Internet. Ahora parece que, por lo que revela su apreciable último álbum,’A Moon Shaped Pool’, han vuelto al redil, o sea, a las canciones de verdad, dejando atrás la experimentación brutal, cuando no las salidas de tiesto.

Una historia singular que, pese a los sobresaltos, figura con letras de oro en la historia del pop. Y todo por culpa, sobre todo, de aquel gran disco del 97, de ‘O K Computer’, un disco, pese a todo, no comprendido ni captado al máximo en su momento. No lo voy a destripar de nuevo. Simplemente echo mano de la hemeroteca y traigo al blog la crítica que el 28 de julio de aquel 97, hice en las páginas de Heraldo. La sigo manteniendo, y añadiría nuevos detalles que entonces desconocía, aunque haya canciones que hoy no me hagan tilín como entonces tampoco me lo hicieron, caso de ‘Fitter Happier’, pero todavía piezas como ‘Lucky’ y ‘Tourist’, seguramente por mis querencias pinkfloydianas, me siguen poniendo la piel de gallina, como también lo hacen ‘Let Down’, ‘Exit Music’…

Compartiendo espacio aquella semana con El Niño Gusano, El Bosque, Camus, La Ley y Lutricia McNeal, esto fue lo que escribí:

Tom York, cantante y compositor de Radiohead, es un tipo taciturno y atormentado, esa clase de gente que todo lo cuestiona y que cada paso que da en su vida tiene que tener una explicación. Un auténtico manojo de dudas en conflicto permanente consigo mismo. No extraña que a la hora de componer canciones le salgan cosas tan retorcidas, introspectivas, casi dolorosas como las contenidas en su tercer álbum; el más atormentado de todos los hechos hasta ahora, pero también el más hermoso, que la belleza es fruto no solo de la alegría sino también del dolor y la pena. El es consciente de este conflicto interior suyo pero no tiene remedio, y eso que hasta gente como Mike Stipe de REM se lo avisan: «Estás loco», le dice Stipe, «si sigues hablando de temas tan serios, te vas a quemar». Pero él, ni caso.
Así que con una voz entre los Echo & The Bunnymen de «Ocean Rain» y los U2 de «Unforgertable Fire» y una actitud sufriente a lo Ian Curtis de Joy Division, amén del eco inevitable de los Smiths, de los que Tom York fue y sigue siendo un rendido admirador, Radiohead da salida a doce canciones nuevas que se mueven siempre por la línea del dolor y la balada convulsa, recurriendo a efectos tremendos como el grito liberador de «Climber Up The Wall», a las guitarras distorsionadas de esta misma canción o esa insólita combinación de tres canciones en una _tres líneas melódicas distintas_ que dan lugar a un single difícil como es «Paranoid Android». Y, por supuesto, nada de un nuevo «Creep», que el grupo está ya tan harto del hit que le catapultó al éxito que ya ni lo toca en directo. A cambio de tanta dureza aparente, Radiohead ofrece otras piezas que son puras inhalaciones de canción crooner, impregnadas en un romanticismo impecable y que hacen mantener el CD en el compact durante días y días. El tema final «The Tourist» es de un romanticismo y de una calidez amorosa retumbante, aunque la letra tiene poco de poético («a dónde demonios vas a mil pies por segundo?, hey, tío, despacio, idiota, despacio»). No obstante, el gran tema del disco para el grupo es «Exit Music», la banda sonora de una película de la que Tom dice que jamás había oído música tan bella en un disco. Y casi hay que darle la razón: en conjunto, «OK Computer» es un retablo de solemnes canciones, de una belleza infinita, un álbum que destila exquisitez por todos sus poros y que ha de dejar huella este año. Soberbio.

‘OK Computer’, no lo dije en el inicio, ha cumplido, por tanto, veinte años. Dos décadas, ¡quién lo diría!, que el grupo ha celebrado reeditando el álbum con las doce canciones remasterizadas y un cedé extra con tres inéditas y ocho caras B. ¡Dios! Que quedaran fuera del saco estas tres inéditas… ¡Si son tres joyas! ‘I Promise’, ‘Man Of War’ y ‘Lift’ son sus títulos. Hace unos días veía el vídeo de la actuación del grupo en el pasado Glastonbury y había que ver la solemnidad con que el grupo entonaba la primera citada, ‘I Promise’, y el embelesamiento con que el público la escuchaba, ondeando las típicas banderas del festival, todo un espectáculo en sí mismo, por cierto.

Y como complemento, esas ocho caras B que mantienen palpitante el pulso creativo de un grupo en su mayor época de esplendor. Como será difícil, salvo que se sea un fan compulsivo, que esas ocho caras B, publicadas en los seis EP’s-singles que salieron a la estela de ‘OK Computer’ entre 1997 y 1998, obren en poder de cualquiera, las ocho piezas vienen que ni pintadas, sin recurrir a las tomas diferentes ni a otras zaradanjas de relleno, para complementar un disco que ya suda historia. Vamos, que el disco extra, que bien podría haberse aumentado con más caras B que han quedado en el tintero, tendría entidad por sí solo, algo que suele ocurrir con escasa frecuencia en las acostumbradas exhumaciones a que nos tiene acostumbrada la industria. ¡Qué gozo!

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