El secreto de la felicidad

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No buscar la perfección. Solo así se podrá disfrutar de las cosas. Ningún jardín, terraza o balcón, ningún mueble decapado, serán perfectos. Y eso es lo bonito

A veces el placer está en el proceso. Y demasiado cuidado, demasiado miedo a hacerlo mal, quita toda la gracia. Un amigo está este año desquiciado porque tiene la hiedra hasta arriba de pulgón. Ha probado de todo: tratamientos ecológicos, no ecológicos, veneno para hormigas (la verdadera causa del pulgón, ya que lo ponen ellas)… Ha probado de todo, excepto lo más lógico: dejarlo estar. Porque siempre habrá pulgón, es inevitable, y la hiedra es una planta muy fuerte y soporta eso y más. «Si tienes pulgón en la hiedra, se librarán la adelfa y los crisantemos», le recomendé. Pero no hizo ni caso. Para variar.
El secreto de la felicidad es aceptar que nuestra vida no es un anuncio. Que las fotos son mentira y que tendremos mil y un fallos cuando hagamos un proyecto. Solo los muy profesionales tendrán acabados finos, nosotros solo somos simples aficionados. Y unas plantas tendrán plagas, otra se habrá colocado en el sitio equivocado y, seguramente, alguna se nos morirá. En vez de creer que somos un desastre, es mejor aprender del error y ya está.
Pasa lo mismo con los trabajos manuales. No es tan difícil seguir un tutorial y probar a pintar un mueble, decapar, hacer decoupage o tránsfer… Lo complicado es que no quede exactamente tal y como queríamos. Lo mejor es dejarse llevar y disfrutar del proceso. Una vez tengamos claro qué queremos, ir haciendo los pasos e improvisar sobre la marcha. ¿Hemos colocado mal el papel y ahora está lleno de arrugas? Pues pasamos la lijadora para darle un aspecto envejecido. ¿Hemos colocado listones y han quedado mal encajados? Pues nos convencemos de que queríamos un aspecto rústico. Una cosa es ser conformistas y otra neuróticos.
Todas las fotografías que acompañan a esta página son nuestras, excepto ese balcón tan curioso. La hemos elegido porque resume perfectamente la filosofía que nos dará tranquilidad: asumir que no vivimos en un ático neoyorquino, que nuestros pisos son pequeñitos, sencillos y con pocas pretensiones. Y que podemos, aún así, disfrutar del lugar. Unas plantitas para verlas cada día crecer, unas luces de colores que nos den alegría en verano, una fuente que dé el runrún del agua y el cubo con juguetes.

 

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