United Letters Of Benetton

28 julio, 2010 por Sergio del Molino

Todos los veranos, la elitista y superexquisita revista The New Yorker publica veinte relatos cortos de otros tantos escritores estadounidenses de menos de 40 años, bajo el título 20 under 40. Se trata de ofrecer al lector un panorama selectivo y amplio a la vez de los talentos que van a dominar la narrativa de Estados Unidos en los próximos tiempos.

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Hay varias cosas que llaman la atención en esta ambiciosa y siempre polémica antología -porque es muy arriesgado quedarse solo con veinte nombres de un país donde los escritores se crían mejor que las patatas en Galicia y donde el ambiente fuertemente competitivo les empuja a todos a publicar muy pronto, con lo que, en contra de lo que ocurre en Europa, donde se considera casi de mal gusto descollar antes de los 30, hay bastantes jóvenes consagrados o semiconsagrados que no han llegado a la cuarentena-. Pero habría que destacar una: el fin de la hegemonía Wasp en las letras estadounidenses.

Ese escritor blanco -anglosajón o judío o nieto de emigrantes, pero lo bastante asimilado en la cultura blanca dominante como para que eso no influya en su obra ni en su vida-, residente en Nueva York y amante de ambientes urbanos (y, en no pocas ocasiones, clasistas) se ha acabado. La literatura estadounidense del siglo XXI tiene muchos colores.

El dato es apabullante: de los 20 autores seleccionados por The New Yorker, nueve no han nacido en Estados Unidos. Casi la mitad. Entre ellos hay dos canadienses, que casi no cuentan como extranjeros, pero el resto de países de procedencia son Nigeria, Perú, Letonia, China, Etiopía, Serbia y Rusia. Algunos de ellos no han roto los lazos con sus tierras de origen, aunque escriban en inglés (todos escriben en inglés, que quede claro: son escritores anglosajones sin peros ni matices) y sean ciudadanos estadounidenses, e incluso procuran pasar una temporada del año en sus países.

De los once que sí han nacido en Estados Unidos, ocho viven en Nueva York, y de los nueve extranjeros, cuatro residen en la Gran Manzana. En total, 12 de los 20 son neoyorkinos, de nacimiento o adopción.

¿Qué quiere decir esto? Que, siempre según The New Yorker, aunque se ha roto la hegemonía Wasp, no lo ha hecho la hegemonía neoyorkina. La Gran Manzana sigue siendo la capital de la literatura estadounidense, el lugar donde los escritores se pelean por triunfar. La industria así lo confirma: las principales editoriales de habla inglesa tienen su sede central en Manhattan.

Aunque también pudiera ser que The New Yorker estuviera ofuscada por el nombre de su cabecera. Al fin y al cabo, es una revista vocacionalmente neoyorkina, que presupone que Nueva York es la mejor ciudad de Estados Unidos, la más culta y la más molona. Por lo que podría suceder que no le hubieran prestado la debida atención a los autores que viven fuera de ella. No sería la primera vez que acusan a la revista de nuevayorkcentrismo.

Pero hasta las polémicas parecen dar la razón a The New Yorker. Una tradición de décadas y un gusto exquisito para detectar talentos literarios precoces la avalan. Pese a los reparos, esta selección se acepta como buena en el mundillo literario de Estados Unidos, y el tiempo tiende a confirmarla.

Así que, tomen nota: cambian las voces y los acentos, pero no cambia la ciudad donde fermenta la mejor literatura. Para que luego digan que escribir es un oficio solitario. Al contrario: es un oficio que requiere del contacto, la polución y la competencia con otros escritores. Por eso, las ciudades con tradición literaria y con muchos autores en su guía de teléfonos suelen parir la mejor literatura posible.

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Secretos de alcoba

26 julio, 2010 por Sergio del Molino

E. H. Carr, Los exiliados románticos, Anagrama, 2010 (a la venta desde el 15 de julio)

Estoy leyendo con mucho placer una obrita que puede encajar bien en esta serie de libros viajeros para el verano. Se titula Los exiliados románticos, lo firma E. H. Carr y acaba de salir publicado en la colección Otra vuelta de tuerca de Anagrama.

En realidad, acaba de ser reeditado, porque ya saben que esa colección se abrió el año pasado para celebrar el 40 aniversario de la editorial barcelonesa, y en ella se está dando una segunda vida a clásicos y a títulos fundamentales del inabarcable catálogo construido por Jorge Herralde. Los exiliados románticos, en concreto, fue uno de los primeros libros de ensayo publicados en Anagrama, en 1969.

Los exiliados románticos cuenta la vida de Alxandr Herzen, de Mijail Bakunin y de otros “revolucionarios de palabra” rusos del siglo XIX que pasaron su vida en el exilio de Europa occidental, y puede leerse como una invitación a redescubrir algunas ciudades de ese continente lleno de aristócratas furibundamente demócratas, entusiastas, exaltados y atormentados. A través de sus páginas se puede visitar el París febril y desencantado de la revolución de 1848, la Italia agitada por Mazzini y Garibaldi o las ciudades suizas, rebosantes de apátridas en discusión permanente y consagrados a la revolución, fuera lo que fuese esa amante violenta que siempre desencantaba a sus padres y devoraba a sus hijos.

Una vez, hablando con un amigo de los amores de Lenin -sí, qué se le va a hacer, uno tiene conversaciones así de raras-, le comenté que tenía la esperanza de que la volcánica Alexandra Kolontai hubiera pegado un buen revolcón al fundador de la URSS, desmintiendo la historia oficial, que le retrata monásticamente fiel a la reseca y estiradísima Nadejda Krupskaia, una sota más rígida que el propio Lenin (que se permitía escuchar música y tener alguna debilidad burguesa). A mi juicio, si Lenin había engañado a su mujer, se demostraba que fue humano, y no un robot político. Mi amigo me replicó: “¿Estás pensando en escribir El libro rosa del comunismo?”. Eran los tiempos en los que se hablaba de El libro negro del comunismo, claro, y la broma venía al pelo. Pero tomé nota. No es mala idea: quedaría un relato chulo, con mucho fornicio en el Kremlin y agentes dobles con ligas rojas. Crímenes y sexo, ¿qué más puede pedir un escritor?

Cuento esto porque algún reseñista le ha reprochado a Los exiliados románticos ser una especie de Libro rosa del romanticismo (lo cual sería pintar rosa sobre rosa, claro). Dicen que se centra mucho en la peripecia personal e íntima de los protagonistas y que apenas dice nada de sus ideas y discusiones políticas.

Y es verdad, pero donde otros ven un defecto, yo veo una virtud. Eso es lo que hace que el libro de Carr pueda ser disfrutado por cualquier lector. Es un topicazo, pero es que es verdad: Los exiliados románticos se lee como una novela. Y se lee así porque se ha centrado en contar las entretelas cotillas de esa gente. Si hubiera puesto el foco en sus doctrinas y en sus debates intelectuales, Carr habría escrito una monografía para especialistas. Así, escribió un libro cautivador y divertido, que nos enseña cómo fueron estos personajes en su vida cotidiana.

Creo que este libro se parece bastante a la biografía de Karl Marx que escribió Isahia Berlin, y que pasa por ser el relato canónico del fundador del ismo de su apellido. De hecho, en la biografía de Berlin aparecen Herzen, Bakunin y el resto de retratados en la obra de Carr. Están todos revueltos en los cafés de París, malhumorados, con largos bigotes, obsesionados con cambiar el mundo y escandalizados por la idiotez supina de Napoleón III y de los cretinos parlamentarios franceses.

Carr cuenta la historia de amor de Herzen con su mujer, Natalia, y de cómo esta le engañó con un poeta cobarde alemán, y de cómo ese engaño tambaleó todo el mundo de Herzen: como romántico, defendía el triunfo del amor y de la libertad de la mujer. Pero, como marido cornudo, estalló de rabia. No supo qué hacer el pobre hombre.

¿No es ese relato mil veces más revelador que cualquier disquisición sobre sus postulados políticos y estéticos?

En fin, ya tienen otra lectura veraniega. No teman, es ligera: está escrita por un sabio inglés, y eso garantiza la amenidad. Si la hubiera escrito un philosophe francés, no habría dios que se la tragara.

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Siga a ese argentino

21 julio, 2010 por Sergio del Molino

Ojito al otoño que viene, que se anuncia una nueva invasión latinoamericana. En concreto, argentina.

Ya sabían que la novela negra era la nueva novela histórica. Desde el boom nórdico de hace dos o tres años, los detectives han destronado a los reyes y a las princesitas enamoradas de los moros de la morería. Dénse un garbeo por cualquier gran superficie y comprobarán cómo el espacio antes rotulado como novela histórica se llama ahora policiaca o de suspense, según los gustos del jefe de marketing. La etiqueta novela negra se prodiga mucho menos, porque los gurús del negocio todavía piensan que ese nombre está asociado a cierto lector culto, masculino y entrado en años y en carnes, y que su uso puede espantar a los lectores de cultura más pedestre, femeninos, jóvenes y flacos.

Sutilezas que, cuando cuelan, sirven para vender media docena más de ejemplares.

Bien, esto no es nuevo: lo negro domina el mercado. Los fabricantes de best sellers apuestan por este género antañón -que, tal y como lo conocemos, no tiene ni cien años, pero suena a viejuno en cualquier caso- y los editores que lo han cultivado con primor y cierta discreción estas últimas décadas (como Tusquets, que tiene una de las mejores colecciones del mercado en España) se apuntan al carro. Lo que es nuevo es el sutil giro que se ha escenificado en la última Semana Negra de Gijón: la llegada de los argentinos.

Y los escritores españoles saben que, cuando llegan los argentinos, lo mejor es apagar el ordenador y ponerse a leer. No hay nada que hacer contra esos tipos: escriben condenadamente bien, se les da mejor ligarse a las españolas y son capaces de pasarse el día comiendo asados y empanadas sin engordar ni un gramo.

Dos argentinos, dos, se han llevado los premios gordos de la feria más importante del género en España -y seguramente, en todo el mundo de habla hispana-. Javier Sinay ha ganado el Rodolfo Walsh, y Guillermo Orsi, el Hammet, que es la palma de oro del certamen.

Todos los opinadores y cazatalentos han subrayado el poderío de argentina en el género, que se traslada con timidez y lentitud al cine (la ya veterana Nueve reinas o la más reciente El secreto de tus ojos, ambas con Ricardo Darín al frente, son ejemplos destacados).

En España, un argentino le está tomando el pulso al género: se llama Carlos Salem.

Argentina manda. Los detectives de esta temporada vosearán y recorrerán un Buenos Aires sucio, oscuro y corrupto (como dirían muchos porteños: un Buenos Aires realista, vaya).

Tomen nota, cojan a un taxi y ordenen al taxista: “¡Siga a ese argentino!”.

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Paletos de capital

6 julio, 2010 por Sergio del Molino

Más libros vacacionales y asimilados.

Pero, antes, una aclaración: cuando anuncié que hablaría de libros de viaje o viajeros no me refería necesariamente al género de viajes, a esos relatos en primera persona de aventureros aguerridos y nihilistas, ni siquiera a los remedos literarios de las guías Trotamundos. Me refería a literatura para viajar, a literatura para descubrir sitios y a literatura que narra viajes no necesariamente reales ni por territorios localizables en un mapa.

Vamos, que, como siempre, me reservo el derecho a hacer lo que me venga en gana.

Permítanme presentarles una novela maravillosa, de las de antes, de las de encerrarse con ella una tarde de domingo entera. Una novela de principios del siglo XX (horror) ambientada en los años 70 del siglo XIX (horror, horror). Además, portuguesa (horror, horror, horror). Y firmada por José Maria Eça de Queirós (horror, horror, horror, horror).

Estos datos habrán ahuyentado a todos los postmodernos que había en la sala. Ya nos hemos quedado solos los carcas y los dinosaurios que seguimos convencidos de que la literatura debe proporcionar al lector, ante todo, placer.

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La editorial Funambulista ha recuperado, en primorosa edición, La capital, uno de los textos menos conocidos del autor portugués (que vendría a ser, por peso histórico, el equivalente lusófono a Galdós, aunque se le ha adscrito más al premodernismo y, entre sus imitadores-admiradores en España se contaba, entre otros, Valle-Inclán). Es una sugerente invitación a dejarse seducir por una de las ciudades más tristes, señoriales, decadentes, bellas, melancólicas y fascinantes de Europa: Lisboa. La novela, escrita en 1878 y reescrita muchos años después, se publicó póstumamente en los años 20, cuando los hijos del autor la encontraron entre sus papeles.

La capital cuenta la vida de Arthur Corvelo, un joven estudiante de Coimbra (la Salamanca -o el Oxford- de Portugal) que se queda huérfano y en la miseria, lo que le obliga a colgar los libros y a recluirse en una vida insoportablemente provinciana con dos tías solteronas que viven en un pueblito del interior. Arthur es poeta, y añora su época de estudiante, su idealismo republicano, sus pinitos literarios en los periódicos de Coimbra y la fraternidad de los talentos en las francachelas universitarias. Pero, más que esa nostalgia, le domina un deseo por huir de aquel pueblucho y escapar a la fastuosa Lisboa, donde aspira a convertirse en un famoso literato y frecuentar los salones de los nobles y cortejar a las señoritas ricas.

La suerte se pone de su lado: su padrino le deja una sustanciosa herencia al morir. Así que coge un tren y se marcha a conquistar la capital, de la mano de un periodista para quien lleva una carta de recomendación.

Pero en Lisboa, claro está, las cosas no son tan fáciles, y la fama y la gloria literarias se resisten. El joven Arthur, a base de frustraciones, se va curtiendo, y va descubriendo que bajo la aparente grandeza nobiliaria de Lisboa se esconde un entramado de mezquindades, caciquismos, miserias y mediocridades que le hacen la vida insoportable.

Hay mucho de autobiográfico en La capital. Es fácil reconocer al propio Eça de Queirós en el joven Arthur, paleto y desorientado en una ciudad demasiado grande y demasiado hostil para un letraherido afectado. Eça también fue un chico de provincias que llegó a Lisboa para triunfar, más o menos por las mismas fechas en las que está ambientada la novela, y hay muchos personajes y muchas situaciones que, sin duda, se dieron en realidad. A mí, personalmente, me duelen la ironía y la crueldad con la que Eça retrata al pobre Arthur, y me parece que en esa ironía hay un desprecio del literato viejo y de vuelta de todo por el joven inexperto y demasiado ingenuo que un día fue.

Las pinturas que hace de Lisboa son maravillosas. Es cierto que dibuja una época muy distante, pero Lisboa es inmortal: muchos de los rincones que se retratan en La capital siguen existiendo prácticamente tal y como aparecen en el libro. El Chiado, el barrio burgués donde transcurre buena parte de la acción, se mantiene con el mismo entramado de calles, los mismos edificios -tengan en cuenta que, en los últimos doscientos años, la capital portuguesa no ha sufrido guerras ni bombardeos ni desastres naturales, por lo que sus viejos barrios se conservan mucho mejor que los de cualquier otra gran ciudad europea- y el mismo ambiente de periodistas, políticos, artistas y jóvenes animando sus tascas centenarias.

Si van a Lisboa este verano, dénse un paseo de la mano de Eça de Queirós, que, además de ser un escritor genial, fue  uno de sus más fervientes enamorados.

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Sobre este blog

Si los amigos no se dan consejos, tampoco deberían recomendarse libros. Por eso aquí no se recomienda nada. Solo se lee, compulsivamente, con bulimia, con atragantamiento, y se comenta a vuelapluma lo que se lee. Esto es un cuaderno de lecturas que abre trecho en la espesura de las novedades editoriales. Un blog para lectores que buscan de reojo sin saber lo que buscan y que acaban encontrando lo que no se esperaban. Sin protocolos ni academicismos. Pasen sin llamar.