La caja lista

5 Marzo, 2010 por Sergio del Molino

Si tienes aspiraciones culturetas y te gusta la tele, estás de suerte: hoy, lo catódico mola y está bien visto. ‘Los Soprano’ y ‘The Wire’ tienen mucha culpa de este prestigio, pero hay escritores que no le hacen ascos ni al ‘Sálvame Deluxe’.

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Ii’s not TV, it’s HBO”. No es televisión, es HBO. El lema de la cadena de cable estadounidense (útero que ha gestado y parido, entre otras, ‘A dos metros bajo tierra’, ‘Los Soprano’, ‘The Wire’ y -lo cortés no quita lo menos cortés- ‘Sexo en Nueva York’) es ya casi un mantra que repiten decenas y decenas de escritores e intelectuales. No está mal visto ver tele si la tele que ves lleva el logo de HBO o de cualquier otro canal de Estados Unidos que haga series chulas o con un punto esnob. Como en los cuentos clásicos, al final, la pobrecita hermanastra fea y tonta va a la peluquería, se agencia un vestido bien escotado y se echa un poco de Margaret Astor. El príncipe desdeñoso descubre entonces lo equivocado que estaba, se lamenta por no haber reparado en la belleza que había tras las greñas y la mirada vidriosa de la chacha miserable y los dos amantes corren a atracarse de perdices sin usar cubiertos ni nada.

Nota para teleadictos: sí, es ‘Betty la fea’, pero también Hans Christian Andersen. ¿O pensabais que la tele no bebe de los libros?

La eclosión de la llamada por algunos ‘televisión de calidad’, con sus acongojantes series estadounidenses, y la coronación en los salones literarios de autores más jóvenes que han crecido pegados a la pantalla ha cambiado las tornas. El discurso que la condenaba como ‘caja tonta’, como ‘opio del pueblo’ y como fuente desparramada de alienación y embrutecimiento masivo ha quedado obsoleto, aunque -no hay que engañarse- persisten escritores que se enorgullecen de no tener tele en su salón, y en determinados círculos sigue siendo de buen tono presumir de ignorancia catódica. Es una forma de marcar distancia con la plebe ágrafa.

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“A estas alturas, decir que la televisión no es alta cultura es hacer el ridículo”, sentencia Agustín Fernández Mallo, autor de una trilogía casi de culto entre los postmodernos -‘Nocilla Dream’, ‘Nocilla Experience’ y ‘Nocilla Lab’- y aupado por la crítica al rango de pope de un grupo de narradores españoles conocido como (obviamente) la Generación Nocilla, aunque a él no termine de hacerle gracia esa etiqueta. En numerosas ocasiones ha confesado que la pequeña pantalla es una poderosa influencia en su literatura. “En el fondo -continúa-, el rechazo a la tele es bastante friki, en el sentido de inadaptado: despreciar la televisión (algo completamente legítimo y que yo no discuto) es estar en cierta forma fuera del mundo”.

Precisamente uno de los compeñeros aragoneses de viaje de este grupo de narradores, Manuel Vilas, ha dejado claro ese idilio catódico en su última y aclamada obra, ‘Aire nuestro’ (Alfaguara), que se presenta como una televisión con muchos canales y programas -que serían los capítu-los-. Para Vilas, el zapping define la condición humana de hoy.

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Rodrigo Fresán, escritor argentino residente en Barcelona, cuya última novela, ‘El fondo del cielo’ (Mondadori), es una especie de homenaje a la cultura de la ciencia ficción, se acerca a la caja tonta con una sensibilidad un poco distinta: “Si algún escritor aún considera que apreciar públicamente la televisión es algo así como salir del armario, es que está en otro universo”. Fresán participó hace pocas semanas en un coloquio con Richard Price, guionista de ‘The Wire’, y es uno de los autores de ‘Los Soprano Forever. Antimanual de una serie de culto’ (Errata Naturae) y de un libro similar dedicado a ‘The Wire’ que aparecerá en la misma editorial esta primavera. Son dos ejemplos del idilio apasionado que viven la televisión y la literatura. Un romance que dura ya unos cuantos años en Estados Unidos, pero que en España empezó a dejarse ver en público sin carabina hace muy poco.

“Yo nunca tuve ese problema -insiste Fresán-. Ricardo Piglia dijo hace poco que toda forma bastarda es jerarquizada cuando surge una nueva. El cine subió a la categoría de ‘arte’ con la televisión, y la televisión ascendió cuando se generalizó Internet. Pero ni el cine ni la tele necesitaban esa consagración. De hecho, siempre hubo buena televisión, no es un fenómeno actual. El talento está en saber detectar la calidad”.

“El desprecio de los ‘intelectuales’ por la televisión ha sido enorme, y por muy diversas razones, y creo que sigue existiendo. Lo que ahora ha sucedido es que unas cuantas series de ficción de televisión se han convertido en productos ‘interesantes’ (sobre todo a partir de ‘Los Soprano’)”, cuenta el aragonés Félix Romeo, cuya primera novela, ‘Dibujos animados’ (Anagrama), fue tachada de “televisiva”, una vocación catódica que el escritor confirmó poco después al convertirse en director y presentador de ‘La mandrágora’, en TVE. “Me encanta la televisión -dice-. Me parece un medio magnífico, y a menudo desaprovechado”.

La tele en sí
Es una actitud emparentada con la de Fernández Mallo: “Yo no necesitaba de estas series para apreciar la televisión, no necesitaba que tuviera un prestigio intelectual o como quiera llamarse. Habrá quien sí que lo requería para incluirla en su magno discurso, pero a mí me gusta la tele en sí, no una determinada serie o producto. Es más, casi puedo decir que lo que más me gusta es la publicidad”.

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Frases que años atrás -no tantos- habrían sido percibidas como ‘boutades’, como excentricidades propias de intelectuales populacheros, ansiosos de copar un titular o de escandalizar a las viejas glorias de la Academia, son hoy parte del discurso dominante en los foros letraheridos. El soniquete vetusto, amojamado y profundamente moralista que condenaba a la caja tonta ha quedado definitivamente superado. El debate corre ahora por otros caminos.

Hay polémica, por ejemplo, con ‘Perdidos’, que ha dividido a los teléfilos entre quienes se rinden a su grandiosa genialidad y quienes, como Fresán, creen que es pura filfa, “una estupidez” sin el menor interés. Richard Price, el guionista de ‘The Wire’ que participó con el autor argentino en un ciclo titulado ‘Narrar en la era de la imagen’, llegó a decir que él escribiría los guiones de esa serie con los ojos vendados y las manos esposadas.

En otro sentido, Rodrigo Fresán aprovecha el fenómeno ‘lostie’ para apuntalar unos límites que considera que no debieran traspasarse por muy tórridos que se pongan los revolcones entre letras y cátodos: “No me gusta que los fans hayan influido en la confección de la trama de ‘Perdidos’ a través de Internet. Creo que hay que reservar una parcela intocable para el autor. Hay que mantener ciertos compromisos, y la libertad creativa del escritor o del guionista tiene que respetarse”.

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Influencias
Los amores catódicos de muchos escritores están más que claros, pero, ¿en qué se nota en su literatura?

“Cuando publiqué ‘Dibujos animados’ (en 1994), varios críticos dijeron que se trataba de un libro zapping, porque estaba construido en fragmentos pequeños y se saltaba de un lugar a otro y de un personaje a otro sin una hilazón que justificara esos saltos… ¡Ni se me había pasado por la cabeza!”, confiesa Félix Romeo.

“En mi caso la influencia es importante, pero en diferido -explica, con jerga televisiva, Agustín Fernández Mallo-: el zapping te acostumbra a percibir la realidad de una forma discontinua y fragmentaria que, indudablemente, influye en la forma de escribir de los autores actuales. Pero, además, a mí personalmente me atrae mucho ese universo autónomo que no controlo, que aparece parcialmente a través de la pantalla, en el que todo está sujeto al azar. Es un mundo paralelo que me excita, me sugiere”.

Rodrigo Fresán, en cambio, no se ve muy catódico: “Es una influencia más a la que estoy expuesto. Todo lo que vivo me influye. En el siglo XIX, las novelas tenían 800 páginas y, cuando el personaje llegaba a Londres, la acción se detenía para empezar una prolija descripción de la ciudad. Eso se justificaba porque seguramente ningún lector había estado en Londres o tenía referencias. Hoy basta con escribir ‘Manhattan’ para que al lector se sitúe en el lugar. Y ello es en buena medida gracias a la televisión, que ha ampliado los horizontes de nuestro mundo”.

“Más bien es la literatura la que influye en la televisión -apostilla Romeo-. Realmente, el pop televisivo parecía muy frágil y poco duradero, pero está resultando más duradero que otros ‘pops’ supuestamente más ‘duros’ (el musical, claro, pero también el literario: ¿quién lee a ‘Los cinco’ estando ‘Harry Potter’?)”.

En las librerías anglosajonas hay una sección dedicada a libros sobre televisión. En España no hay títulos suficientes para llenar un estante. Van llegando, pero a cámara lentísima. El matrimonio catódico-letrístico no se ha consolidado aún. Habrá que darles un tiempo.

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Don Quijote solo atacaba molinos de viento marca Acme

La publicidad encontró en la tele su paraíso en la Tierra, hasta el punto en que todo -o casi todo- lo que se hace en televisión tiene una vocación puramente comercial. En el sentido más genuino del término: se trata de vender, vender y vender. Los ejecutivos no piensan en otra cosa, los programas no son más que excusas para poder colar anuncios en ellos, para que las marcas se incrusten en las retinas del público. 

Una de las técnicas publicitarias más agresivas y que más hilaridad provoca (cuando se ejecuta con torpeza: todos recordamos a Lydia Bosch en ‘Médico de familia’ retorciéndose la muñeca al servirse leche de un brick para que la marca del envase quedara en primer plano) es la llamada ‘product placement’: los actores utilizan los productos en las series, dejando bien a la vista etiquetas y logos, y a veces incluso loando sus bondades. En ‘Rockefeller Plaza’ lo han llevado más allá: con ironía y cachondeo alaban el objeto anunciado y, al final, Tina Fey mira a cámara y dice, muy seria: “Ya lo hemos hecho, ¿nos dan la pasta ahora?”.

Lo que pocos podían sospechar es que esta técnica fuera exportable a la literatura. ‘The Bulgari Connection’ solo fue el principio. En 2006, Cover Girl, filial de cosméticos de Procter & Gamble, firmó un acuerdo con la editorial estadounidense Running Press para ‘patrocinar’ sus novelas. A cambio, claro, en los libros tenía que haber alusiones directas a sus barras de labios y perfumes.

Así, en la novela de Sean Steward ‘Cathy’s Book: If Found Call (650) 266-8233’, la prota lleva un pintalabios modelo ‘Daring’ y una sombra de ojos ‘Midnight Metal’. Ambas, sobra decirlo, comercializadas por Cover Girl.

En España aún no hay ejemplos, pero todo se andará.

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