El desencantado Boris Souvarine

27 Enero, 2010 por Sergio del Molino
 Boris Souvarine es una figura trágica, muy desconocida en España y vinculada familiarmente a Aragón que merece un hueco en esta galería libresca porque representa como pocos a esa cultura de adoración y entrega a la palabra escrita, usada como arma de razón, resistencia y cambio. A mí me interesó mucho hace unos años, y llegué a reunir bastante material para componer una pieza literaria que se resistió y no brotó. Hasta molesté a un sobrino suyo con el que me carteé con la promesa de que le enviaría un texto que no he llegado a escribir y que dudo que componga algún día. Lo conté hace mucho tiempo aquí.
 
Boris Souvarine, en el retrato de cubierta de su biografía

Boris Souvarine, en el retrato de cubierta de su biografía

Sin embargo, en artículos, reportajes y otros foros, no me he cortado de evocar su figura en la Zaragoza gris y amedrentada de 1941, quizá abrigado con una gabardina, más cabreado que asustado, malcomiendo en cualquier pensión, a la espera de un billete de tren para Madrid, y luego para Lisboa, y luego, ya en barco, para Nueva York. Souvarine huía de los nazis: en Marsella había conseguido un visado para cruzar España. Entró por Canfranc y llegó a Zaragoza, donde entroncó con la triste ruta del exilio. En París dejaba una casa con una biblioteca de miles de volúmenes que los camisas pardas saquearon y destruyeron casi por entero tan pronto tomaron la Ciudad Luz. La pérdida de sus libros era lo que más le dolía, según escribía en sus diarios y en las cartas a su amiga Simone Weil (otro personaje ligado a Aragón, pues estuvo en la guerra por estas tierras).

Pero no es ese camino amargo el que liga a Boris Souvarine a Aragón, sino su parentesco con una figura destacada de la historia del siglo XX: Joaquín Maurín. El líder del POUM -encarcelado por los franquistas en Salamanca y exiliado posteriormente en Nueva York- estaba casado con la hermana de Boris. Eran, por tanto, cuñados. Pero eran más que eso, pues compartían una sensibilidad ideológica muy parecida -ambos se alistaron con entusiasmo a las filas del bolchevismo, y ambos desertaron de ellas con amargura y soledad al ver que el Gulag y la pureza ideológica no casaban bien con su espíritu humanista- y sus trayectorias vitales y políticas se parecen bastante, aunque acabaran distanciados en lo personal.

Joaquín Maurín

Joaquín Maurín

La primera vez que encarcelaron a Joaquín Maurín (que nació en Bonansa y está emparentado con el actual presidente de Aragón), en plena dictadura de Primo de Rivera, Souvarine animó una campaña en París para presionar internacionalmente al Gobierno español y lograr su indulto. Creo que Maurín nunca pudo corresponder ese gesto.

Souvarine era un seudónimo tomado de la novela Germinal, de Émile Zola. Su verdadero apellido era Lifschitz y procedía de Ucrania. De hecho, Boris nació en Kiev, aunque se trasladó de muy niño con sus padres, judíos dedicados a la joyería, a París. Creció en el barrio del Marais, un distrito de comerciantes y artesanos -hoy, una animada zona de copas de ambiente gay entre palacetes del siglo XVI reconvertidos en apartamentos de lujo-. En la capital de Francia se contagió del furor político de los años previos a la Primera Guerra Mundial y, en plena rabia juvenil, conoció la Revolución Rusa y se convirtió en uno de sus principales apóstoles entre los jóvenes del Partido Socialista, que miraban a Lenin con desgana y desconfianza. Por eso cogió a unos cuantos acólitos y con ellos fundó el Partido Comunista de Francia.

Viajó muchas veces a Moscú para participar en las reuniones de la Komintern, y allí se fue macerando su disidencia. A los altos funcionarios soviéticos les empezó a mosquear su ‘indisciplina’ y su ‘criterio independiente’. Un viaje por su Ucrania natal terminó por romper el encanto: redescubrió un país en plena hambruna, destrozado por un éxodo rural forzoso, una industrialización salvaje y una represión política más dura que en Moscú o en Petrogrado, cuando las estadísticas económicas decían que estaba a punto de destronar a Alemania. Algunos de sus amigos ya conocían la ‘tcheka’…

Simone Weil

Simone Weil

De vuelta a París, ya bien entrados los años 20, empezó a expresar en voz alta y por escrito sus dudas, lo que le valió la expulsión del partido que él mismo había fundado y el ostracismo intelectual. Gallimard, el todopoderoso editor, en pleno romance con la Unión Soviética, le rechazó sus escritos. Poco a poco se fue quedando solo, acusado de quintacolumnista, de trotskista y de filofascista. Nada más lejos de la realidad. De hecho, ni siquiera se llevó bien con Trotski.

De la política, obligado por las circunstancias, fue pasando a la literatura. A la literatura ensayística. Sus libros son una reflexión dolorosa y humanista sobre la ceguera de las utopías. Sin poder reconciliarse con un capitalismo que despreciaba por perpetuar el dominio de unos sobre otros, y sin posibilidad de creerse ninguna de las alternativas del socialismo, se quedó en una tierra de nadie en la que muchos tipos del siglo XXI podemos sentirnos identificados, especialmente después de esta debacle financiera que nos ha dejado en el paro y temblando.

Por desgracia, los pocos libros suyos que se han traducido al español datan de los años 30 o, con suerte, de los 70, y hay que buscarlos en el polvoriento mundo del lance. En Francia se reeditaron casi todos en los años 90 y principios de los años 2000 y son relativamente fáciles de conseguir. Especialmente recomendable es su biografía de Stalin: un ajuste de cuentas más sentimental que político, muy apasionado.

souvarine-stalin

Boris acabó refugiado en los libros. Fundó un centro de estudios de ciencias sociales y pasó su vida escribiendo y leyendo casi en soledad, pues sus antiguos correligionarios nunca le perdonaron la traición, y los guardianes del sistema le negaron su amistad porque le seguían considerando un peligroso comunista. Su figura recuerda a la de George Orwell, aunque literariamente no tenga la talla del inglés.

¿Por qué será que todos estos desencantados solitarios, descabalgados de la utopía, tienen en común su relación más o menos íntima con Aragón? Simone Weil, George Orwell, Boris Souvarine y Joaquín Maurín (este último, aragonés de la Ribagorza). ¿Tendrá algo la tierra aragonesa que anima a los descreídos y les empuja a la soledad del desierto?

>> Más literatura y cosas necesarias, aquí.

En la categoría Clásicos, Literatura internacional

2 Responses

  1. Alberto

    Interesantísimo artículo de una personalidad que desconocía. Me queda la duda de conocer el autor del retrato que aparece en la cubierta de su biografía…
    Un saludo

  2. Miguel Cereceda

    Lástima ese libro frustrado sobre Souvarine. ¿Sabes que también fue amigo de Georges Bataille (otro bibliómano obsesivo) y que los años treinta publicaron juntos en la revista La Critique Sociale? Allí publicón Bataille alguno de sus textos más importantes, como por ejemplo “La notion de dèpense” (el núcleo de La parte maldita) y posiblemente de Souvarine sacó Bataille su conocimiento crítico del comunismo ruso.

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