Destino y trazo

3 Junio, 2009 por Sergio del Molino

Esta tarde, a las 20.30, después de que pase el huracán argentino Rodrigo Fresán por la Feria del Libro, se presenta en la carpa central de Independencia Destino y trazo, de Ángel Gracia. Podría soltaros un rollo sobre el libro, pero como soy el autor del prólogo, creo que es casi mejor que lo cuelgue directamente (aunque sea un poquito largo para la web) y me deje de leches, ¿no?

 

EL LADO DE ALLÁ DEL LADO DE ACÁ

 

 

En la segunda parte de Rayuela, de Julio Cortázar, Horacio Oliveira se encuentra con su alter ego, un tipo porteño amorrado al mate llamado Traveler. Su nombre, viajero en inglés, es una ironía, porque el pobre Traveler no ha salido de Argentina en su vida:

 

A los cuarenta años seguía adherido a la calle Cachimayo, y el hecho de trabajar como gestor y un poco de todo en el circo “Las Estrellas” no le daba la menor esperanza de recorrer los caminos del mundo more Barnum; la zona de operaciones del circo se extendía de Santa Fe a Carmen de Patagones, con largas recaladas en la capital federal, La Plata y Rosario. Cuando Talita, lectora de enciclopedias, se interesaba por los pueblos nómadas y las culturas trashumantes, Traveler gruñía y hacía un elogio insincero del patio con geranios, el catre y el no te salgás del rincón donde empezó tu existencia. Entre mate y mate sacaba a relucir una sapiencia que impresionaba a su mujer, pero se lo veía demasiado dispuesto a persuadir. Dormido se le escapaban algunas veces vocablos de destierro, de desarraigo, de tránsitos ultramarinos, de pasos aduaneros y alidadas imprecisas”.

 

“Un elogio insincero del patio con geranios”. Qué crueldad tan grande. Cortázar, como muchos de nosotros, no concibe otro viajero que el transoceánico. Los demás son unos burgueses frustrados (o peor aún, pequeño-burgueses frustrados) que suspiran por un pasaporte con cuarenta cuñas estampadas en no menos de quince idiomas. El viajero –y, por extensión, el escritor de viajes- tiene la casa llena de máscaras africanas, de hojas de té mongolas, de gorras de la Marina soviética fondeada en Vladivostok y de fémures de dinosaurios patagónicos regalados por el consejero áulico del rey de los patagones.

Yo también buscaba ese exotismo impostado que impregna las páginas de los libros de viajes. Yo, enamorado de La reina de África y de El hombre que pudo reinar, también viajaba para sentirme lejos y lejano. Y lo sigo haciendo, sigo sintiendo esa quemazón de lejanía. Pero Ángel Gracia me ha enseñado que la revelación y la epifanía se encuentran también, con la misma intensidad que en la Micronesia, a 100 kilómetros de casa, y que el paisaje más aparentemente conocido y familiar puede volverse oscuro, tentador y extraño si se sabe afinar la mirada en la clave adecuada. Me lo enseñó primero en Pastoral, la novela que está en la génesis de este libro, y más tarde, en las teselas que componen este volumen-mosaico, que fueron publicándose en las páginas del suplemento Heraldo Domingo entre 2007 y 2008 como parte de la serie Aragón en bici.

En Pastoral, el protagonista vuelve a Zaragoza después de hacer un erasmus en Gena (Alemania) y se encuentra con que su abuelo ha fallecido unas semanas atrás. Para asimilar bien ese duro zarpazo iniciático, el joven emprende un viaje en bici por las tierras de sus ancestros, por el arcillosa y vinícola Campo de Cariñena. Recorre los parajes y los pueblos en una vieja bicicleta con dos alforjas, y poco a poco va interiorizando el paisaje. Lejos de fundirse en él, emprende el proceso contrario y lo incorpora a su cuerpo, a su experiencia, a su estómago y a sus vísceras.

Cuando se publicó, escribí una reseña merecidamente elogiosa de Pastoral, pero me cuidé de no contar en ella que uno de los motivos por los que me emocionó su lectura fue que me remitió a los andares de mi propio abuelo, que también fue un viajero de cercanías. O, dicho en términos cortazarianos, un viajero del lado de acá.

Mi abuelo nunca salió de España, y prácticamente toda su vida se resume en los 300 y pico kilómetros que hay de Madrid a Zaragoza, y en los menos de 100 que median entre Madrid y el Guadarrama. Entre sus costumbres más extravagantes estaba la manía de emplear un día entero en recorrer la distancia que separa Madrid de Zaragoza. Lo hacía en trenes de cercanías, parando cada pocos kilómetros y apeándose en pueblos a los que no le unía nada. Se conocía las posadas más suculentas de la Alcarria, los bollos más tiernos del sur de Soria y las plazas más silenciosas de la Comunidad de Calatayud. Para la familia, esa forma de viajar a trompicones, cuando todos suspirábamos por la velocidad y por llegar antes que el vecino, era una rareza más de su ya de por sí raro carácter. Pero, al leer Pastoral, entendí que mi abuelo, como Ángel Gracia, era un viajero del lado de acá. Y con esta especie no funcionan los exotismos y los convencionalismos que habíamos aprendido en la literatura de viajes.

A diferencia de los grandes aventureros transoceánicos, que se mueven entre magnitudes inmensas, los viajeros del lado de acá operan a pequeña escala. Si fueran científicos, los aventureros de larga distancia serían los astrónomos obsesionados con galaxias y estrellas, y los viajeros del lado de acá serían como físicos nucleares que estudian las partículas elementales. Y todo el mundo sabe que no hay tantas diferencias entre unos y otros, ya que tanto los astrónomos como los físicos nucleares se preocupan por la materia. Intentan comprender lo mismo, pero en claves distintas.

Paul Theroux definió la literatura de viajes como una “autobiografía en tono menor”. En ese sentido, Ángel Gracia es un digno discípulo del genial narrador estadounidense. Gracia sabe que un relato de viajes dice más del viajero que del lugar que visita. Si no, no tendría sentido, el texto no pasaría de la estampa de postal o de la reseña turística.

Todo viaje, pero especialmente los viajes de cercanías, tienen un punto quijotesco y burlón (por algo El Quijote es uno de los mejores libros de viajes que se han escrito en castellano). Quien lo emprende asume que su empeño es una extravagancia, y busca reconocerse en la extrañeza del vecino. Recorrer Aragón en bici, en solitario y sin ánimo deportivo, es algo impropio de alguien sensato. Hay algo incómodamente transgresor en esa aventura. Recorrer la propia tierra como si fuera extraña es el primer paso para sentirse extranjero en ella. Los lugares comunes, lo aprendido, lo establecido, se descomponen cuando se adopta la mirada del extraño en la propia casa. En este libro, el ciclista que aparece por la carretera es un forastero que no quiere nada y que no pide nada. Es alguien, por tanto, sospechoso. ¿A quién anda buscando este forano?, se preguntan. La respuesta es tan obvia que hasta da vergüenza escribirla: a él mismo.

En el capítulo “La escritora de Lanaja” el tramo concluye en Monegrillo, donde el narrador busca el calor de la tasca:

 

“Se diría que los parroquianos del bar me esperaban desde hacía siglos pues, al verme entrar, se giran desde sus mesas y no paran de preguntarme de dónde vengo. No me toman en serio cuando les cuento mi viaje. Muestran tanto asombro que parece que bromean conmigo. No se creen que venga de Lanaja en bici, dicen, no se creen que mi camino termine allí y, menos aún, que pueda continuar”.

 

No importa que los parroquianos de Monegrillo crean o no a Ángel Gracia. Importa que le creamos nosotros. Importa que nosotros sintamos su verdad, que entendamos su necesidad de pedalear contra el viento en los campos de Teruel. Y yo, al menos, la entiendo. Profundamente, además. Siento al leerle cómo el paisaje que hace suyo se hace mío también.

Cuidado, porque es fácil pensar en los programas de Labordeta. Es fácil pensar en ese costumbrismo de garrafón que va espigando pueblos hasta dejarlos en su esqueleto más tópico y ramplón. Puede resultar tentador encuadrar Destino y trazo en ese subgénero popular que ha hecho del viaje menudo y del encuentro con las raíces un leitmotiv, abrillantando los suspiros del abuelo nostálgico con un par de brochazos etnográficos y explotando la veta hasta el punto de dejarla seca y sin más trascendencia que la de un anuncio de fabada Litoral. Como comprobará el lector en cuanto lleve pedaleadas unas pocas páginas, ésta es una comparación que no se sostiene. Aquí hay un trabajo de fondo y, sobre todo, una sensibilidad, que nada tienen que ver con estos corsés de exaltación rural.

En Ángel Gracia predominan la visión poética y la humanización del paisaje, muy por encima de la estampa folclórica o de un enfoque seudoetnográfico. Estos textos son la mirada de un poeta que ha decidido poner en prosa su mirada. No hay lecciones ni propósitos ocultos, no hay un programa ideológico sobre el agro aragonés ni un lamento nostálgico por el pasado que murió. Ni José Antonio Labordeta, ni Joaquín Costa, ni Julio Llamazares. Aquí sólo hay sitio para la reverberación de la belleza de las cosas pequeñas que salen al encuentro del ciclista solitario.

Ese latido resulta evidente cuando el ciclista se empequeñece ante las ripas del río Alcanadre, o cuando detiene su reloj en una vía muerta y oxidada de ferrocarril, o cuando siente la majestuosidad de los cipreses que bailan al son del viento que a él le empuja. El de Gracia es un Aragón de sensaciones, de imágenes, de destellos. Contempla las ruinas de Aragón –porque Aragón está hecho, en buena medida, de ruinas- desde el sillín de su bici con asombro mundano, aparcando la ampulosidad que sin duda poseería a Lord Byron, el experto en ruinas por excelencia.

Y, sin embargo, esa sencillez y esa limpieza en el trazo de la mirada no le impiden dar de cuando en cuando carambolas fantásticas, como cuando utiliza la filosofía de Pascal para explicar la conducta de los habituales de un bar de Robres a la hora del almuerzo. Hay varios fantasmas eruditos que acompañan a Gracia en su pedaleo, como el poeta Hölderlin le acompañaba en Pastoral.

Aunque no es este alimento espiritual el leitmotiv que más se repite en esta colección de artículos, sino el alimento real, la recia y portentosa comida casera que le van sirviendo en los pueblos y que compensa las calorías quemadas en el camino. Ahí quizá sí que esté hermanado con Labordeta, cuyo Un país en la mochila era conocido jocosamente como Un país en la barriga, por las pantagruélicas panzadas que se metía el protagonista entre pecho y espalda. Ángel Gracia no se queda corto, y en las páginas que siguen devora chorizos, huevos, longanizas, ternasco, migas y lo que se le ponga por delante. Y vino, buen vino de la tierra para pasar el trago.

De hecho, este libro comenzó en la mesa de un restaurante, en Jaca. Atacábamos Ángel y yo un glorioso cordero asado embadurnado, como es de ley, con un soberbio ajoaceite casero y regado con un tinto recio y cabezón. Hablábamos de literatura y de nuestras pequeñas miserias, y en un momento dado, Ángel propuso escribir una serie de viajes en bici por Aragón, si a mí me interesaba publicarla en Heraldo. Me acordé de Pastoral y tuve claro que esa prosa podía funcionar, que sin duda iba a ofrecer una mirada diferente y antiturística. Le respondí que sí, que la sacaríamos adelante, y un par de meses después empezó a salir en el suplemento dominical. Cuando me acuerdo de aquella comida no soy capaz de distinguirla de algunas comilonas que aparecen en las páginas que siguen, y me siento como uno de esos personajes anclados al paisaje que conversan con el narrador de Destino y trazo. A veces pienso que no existió, que es sólo un pasaje descartado de este libro. Hasta tal punto su prosa ha condicionado mi recuerdo.

No hay aquí, por tanto, “un elogio insincero del patio con geranios” como los que hacía Traveler. Este no es el libro de un long distance travel frustrado y obligado a trabajar al menudeo. Ángel Gracia ha sabido encontrar, en las profundidades marchitas de Aragón, el lado de allá del lado de acá, demostrándonos a los esnobs predicadores del cosmopolitismo que no importa el lugar ni los kilómetros recorridos. Importa el viaje. E importa, sobre todo, el viajero.

 

 

Sergio del Molino

Zaragoza, abril de 2009

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2 Responses

  1. octavio

    gracias man
    abrazos
    o.

  2. De reojo » Blog Archive » Una breve selección de la cosecha aragonesa de 2009

    […] Como tuve el honor de escribir su prólogo, me veo en la gozosa obligación de reseñar aquí también Destino y trazo, de Ángel Gracia (Editorial Comuniter), que recoge las crónicas de sus viajes en bici por las tierras Aragón publicadas en el suplemento Heraldo Domingo. Remito aquí al prólogo de la obra en cuestión. […]

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