Derribar puertas a hachazos

13 Abril, 2009 por Sergio del Molino

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Siento disentir –amigablemente, faltaría más- de algunas de las ideas que sugiere Manuel Vilas en el prólogo del libro que me ocupa hoy, ‘Órbita’, de Miguel Serrano Larraz (Zaragoza, 1977). Me fastidia empezar una reseña tratando de refutar la tesis de otro lector y maestro, pero creo que así se entiende mejor el alcance de este volumen de relatos y de su autor, ayudando a un acercamiento al texto sin prejuicios.

Al trazar una breve exégesis de la estética de Serrano, Vilas insiste mucho en su carácter rupturista y postmoderno, colocando su obra como puntal preclaro de lo que se ha dado en llamar “la era afterpop”. Dice que Serrano narra el “presente histórico” de este arranque del siglo XXI y “aborda el misterio de las relaciones humanas en la era del simulacro y del afterpop”.

Creo, con todos mis respetos, que este libro no remite al presente histórico, sino que está enraizado en una época pasada, los años 90, y remite en todo caso a la memoria y a la lucha contra la nostalgia. Su forma evoca, asimismo, a Cortázar y a modelos –para armar- muy del siglo XX, y si a ratos huele a Bolaño, huele al Bolaño más cortazariano. No faltan referencias al autor de ‘Rayuela’ en sus páginas. Lo vanguardista de este libro es, precisamente, su austero respeto a la técnica de relojero literario que pone toda su maestría al servicio del relato. Esto no le quita a Serrano ni un ápice de contemporaneidad. ¿Cómo no va a ser rabiosamente contemporáneo un autor de 32 años? Ser postmoderno es un atributo del que no puede huir un escritor de la postmodernidad, pero no es ese rasgo el que le define mejor. Su época, su idioma y hasta su sexo son, antes que rasgos literarios, condicionantes con los que debe jugar para construir su obra. ¿O acaso un poeta medieval podía no ser medieval? Pues lo mismo para un narrador del siglo XXI.

‘Órbita’ está compuesto por nueve relatos cortos cuya amalgama bien podría ser el ciclo del descubrimiento de la vida, desde que empezamos a soltar lastre del nido familiar en la adolescencia hasta que nos obligamos a asumir el rol de adultos. Los cuentos avanzan en progresión, cubriendo varias edades. En ‘Órbita’, relato de apertura, el protagonista tiene 14 años, y en ‘Últimas señales’, relato de cierre, los dos protagonistas se enfrentan a la soledad de la vida adulta y al desconsuelo de ver cómo sus padres envejecen y se diluyen. Es una delicada y elegante narración sobre la identidad y la reafirmación del yo.

En medio, siete cuentos que hablan del complejo descubrimiento del mundo, que para Serrano –y para Sartre, y para Cortázar, y para muchos otros- es descubrir al otro, el único lugar donde podemos reconocernos. Es lo que antiguamente se llamaba “un clásico libro iniciático” (Manuel Vilas sabrá perdonarme este exabrupto tan poco postmoderno, pero que seguro que comparte conmigo, aunque él prefiera expresarlo de otra forma). Queda bien claro el espíritu del libro en esta frase del cuento ‘Shaman’s Blues’: “Habíamos derribado la puerta a hachazos, y el otro lado nos llenó de decepción”.

A pesar de este leitmotiv, que funciona como una argamasa que compacta los cuentos y da sentido unitario al libro, los relatos en sí están bien diferenciados y son muy autónomos. Todas las historias, eso sí, transcurren en Zaragoza, en una Zaragoza odiada y amada por igual, que lo mismo aparece como cárcel que como promesa de horizontes abiertos y posibilidades infinitas, y en todas se reconoce un claro hálito autobiográfico bien moldeado por la depurada técnica narrativa del autor.

Serrano dosifica con una contención admirable los destellos plásticos de su imaginación poética. Muy eficazmente, asoman en el texto, como flashes que estallan por casualidad, imágenes de una potencia dolorosa y calculada, que golpean al lector (“el futuro se abría ante mí hermoso y prometedor como un labio partido”, “sólo el flequillo rubio asoma como un brote de infortunio oxidado”…) pero que no desmontan la aparente sencillez con la que está construida la historia y el tono cercano y antirretórico de la enunciación.

Para mi gusto, algunas de las piezas de la colección no son todo lo redondas que debieran, o palidecen un tanto al lado de otros cuentos bien cuajados que nos dejan con la boca abierta. ‘Shaman’s Blues’, por ejemplo, es un relato demasiado críptico, que adivino que está lleno de bromas privadas que sólo pueden descodificar sus destinatarios. ‘Y así sucesivamente’ resulta divertido como juego paródico de la literatura conspiranoica, pero sabe a poco, nos quedamos con ganas de más. Algo parecido le pasa a ‘Y sólo del amor queda el veneno’, que promete más de lo que da.

Son insatisfacciones menores, porque hay textos y finales que te dejan de piedra, que por fuerza han de entusiasmar a los aficionados al género corto. ‘Órbita’ es una pieza magistral, con un final brillante, sobre el miedo a crecer; ‘Perspectivas’ es un inteligente juego digno del mejor Cortázar, con un negro sentido del humor muy bien afinado; ‘Estrategia del aplauso’ es una bella fábula sobre la amistad y sobre los caminos que se separan en la vida, y ‘Cuerpo y alma’ es una alegoría sobre la traición y la culpa donde adivino ecos –no sé si intencionados- de Boris Vian o del Jean-Pierre Jeunet de Delicatessen.

Órbita’ es un libro bien trabado, obra de un narrador meticuloso y dotado de una voz madurada y macerada en años de trabajo. No se asusten si escuchan términos como ‘postmodernidad’ o ‘afterpop’ cuando se refieran a este libro o a este autor. Miguel Serrano Larraz está –como todos los escritores que tienen algo interesante que aportar- más allá de taxonomías. Está en el camino de la literatura honesta: no es artificiero de fuegos artificiales, sino un relojero a la vieja usanza, un narrador. Ni más ni menos.

‘Órbita’. Miguel Serrano Larraz. Editorial Candaya. Prólogo de Manuel Vilas. ‘Órbita’ se presenta el martes 14 de abril, a las 20.00, en la Fnac de Zaragoza, con Manuel Vilas, José Luis Calvo Carilla y el autor.

En la categoría Literatura aragonesa, Novedades

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